29 de septiembre de 2005

Testarudez, herejía.

Vengo hoy dispuesto a defender la testarudez, o más bien mi propia testarudez, eso que la Real Academia Española de la Lengua define como terquedad, que a su vez define como pertinacia. Hay razones para ello, la principal de las cuales se encuentra en ese pequeño script que hay colocado debajo de mi foto y que proclama que este blog cumple mañana nada menos que trescientos días. Ahí es nada.

Cincuenta y cinco fueron los días que Ava Gardner, acompañada por Charlton Heston y David Niven, pasó atrapada en Pekín. Para inundar el mundo bastaron cuarenta días. Para estremecerlo, tan sólo diez fueron suficientes. Seis días le bastaron al ejercito israelí para guerrear exitosamente contra Egipto. Y para qué hablar de los ciento veinte días de Sodoma. Pero trescientos días es cantidad que sobrepasa todo lo que había podido imaginar, sobre todo porque tampoco tengo yo gran cosa que decir ni creo saber hacerlo guardando las siempre necesarias formas. Pero ya ven, trescientos días soltando mamotretos (¿Alguien recuerda a Juan Marquesino?) sin descanso, cosa que sólo cabe achacar a mi testarudez, es decir, a mi terquedad, es decir, a mi pertinacia.

pertinacia.
(Del lat. pertinacĭa).
1. f. Obstinación, terquedad o tenacidad en mantener una opinión, una doctrina o la resolución que se ha tomado.
2. f. Gran duración o persistencia.

Y esto de la pertinacia viene pero que muy al caso. Y no tanto por la definición del diccionario como por algo que ya les comenté por aquí alguna vez, y es que originalmente se llamaba pertinaz al reo de la inquisición que persistía en su herejía. Estarán conmigo en que lo de pertinaz me va que ni pintado, es decir, que me viene pintiparado (excusen estas deformaciones de lo que, en su día, El Florido Byte, denominó mi Panpegrafía).

Sin querer meterme en camisas de once varas, el hereje no es más que un heterodoxo, es decir, el que se desvía del dogma. Y, qué quieren que les diga, nunca he soportado muy bien los dogmas, como ese que le preocupa a Alejandro Polanco y que afirma que los posts en un blog deben ser breves (por lo visto, leer más de diez líneas seguidas es perjudicial para la salud). Los habituales ya tienen alguna idea sobre por dónde me paso yo ese dogma.

Otro dogma establecido, no sin razón, es que una bitácora debe mantener una cierta ‘unidad temática’. Es verdad que si uno procura no desconcertar al lector, si éste encuentra exactamente lo que busca y no se lleva sorpresas, todo se mueve en un mar de tranquilidad. Pero estarán conmigo en que la cosa resulta de lo más aburrida. Además, para mantener esa recomendada ‘unidad’ no hay más remedio que ser, uno mismo, ‘unitario’, situación especialmente alejada de mi propia realidad. Sólo sería capaz de mantener un blog temático si contara con las necesarias dosis de cordura, disciplina, represión y angustia. Pero claro, si las tuviera, ¿para qué demonios iba a mantener un blog? Estaría mejor protagonizando anuncios publicitarios o jugando a la lotería.

Persistiré, por tanto, en mi herejía (en realidad, mis herejías, en plural), a ver si alcanzo otros trescientos días más antes de que me encierren. Con barcos, mamotretos, literatura aleatoria, estadísticas, moscas, basiliscos, poetas latinos o alejandrinos, cavernas y salas de despiece, inventos, personas, personajes, sexadores de rinocerontes y el resto de la fauna que puebla estas páginas. Gracias a todos los que lo han soportado, aunque no les alabo el gusto.

Y en vista de que este post se me ha quedado algo corto y me veo en la necesidad de alargarlo para pasarme el dogma por el área escrotal, pues ése y no otro era el lugar al que antes me referí, no está de más un poco divulgación cultural para su mejor instrucción. ¿Qué tal andan de herejías? Muchos sólo se quedaron con lo que pudieron leer en El nombre de la rosa, y muchos otros ni eso. Y lo cierto es que tienen su aquel. ¿Sabían, por ejemplo, que una de las más famosas herejías de la aniguedad sostenía que Jesucristo era adoptado? ¿No les parece un tema interesante?

Pues sí, señores, el Paulicianismo, también conocido como Adopcionismo (les aseguro que no estoy de broma), se basó en las ideas de Pablo de Samosata (200-273 d.C.), y se desarrolló en Armenia durante el siglo VIII alcanzando gran desarrollo durante el siglo IX. El meollo de la cuestión venía a ser que, según estos caballeros, Jesucristo era un tipo normal, como ustedes o yo (bueno, como yo no) y sólo cuando, a los treinta años, fue bautizado, Dios lo adoptó como su hijo (en aquellos tiempos lo de la adopción llevaba menos papeleo que ahora).

Los paulicianos llegaron a disfrutar de un estado propio en la frontera occidental de Armenia con capital en Tephrik. Sigo sin comprender por qué no se ha tenido en cuenta esta historia como significativo antecedente histórico para el debate sobre la reforma del estatuto catalán. Quizá sea porque, harto de reivindicaciones absurdas, el emperador de Bizancio, Basilio I, que había intentado solucionar el problema por las buenas, en el año 872 mandó allí a sus ejércitos, que destruyeron todo sin contemplaciones obligando a los paulicianos a refugiarse en Melitene.

Un servidor, como hereje que es, anda dispuesto a fundar un estado en Tapihi, que es territorio que ningún ejército podrá jamás conquistar. Allí, seguro, podré desviarme del dogma todo lo que me venga en gana. Porque herejía es, por ejemplo, lo que andaba preparando antes de caer en la cuenta de lo de los trescientos días y que, puesto a alejarme del dogma de la extensión, les coloco aquí, en el estado en que lo tenía, como despedida por hoy. No se ofendan los que descubran el juego, que es broma.

Aguardando al Robot
Drama horriblemente cómico en dos actos

(Oficina en la ciudad, sin árbol)

(Atardecer)

(Vacilandro, sentado en su escritorio frente a la computadora, intenta escribir un post. Se esfuerza haciéndolo con cabeza, corazón y vísceras, fatigosamente. Se detiene, agotado, descansa, jadea, vuelve a empezar. Repite los mismos gestos)

(Entra Audacio)

VACILANDRO (renunciando de nuevo): No hay nada que hacer.
AUDACIO (se acerca a pasitos rígidos, las piernas separadas): empiezo a creerlo. (Se queda inmóvil). Durante mucho tiempo me he resistido a pensarlo, diciéndome, Audacio, sé razonable, aún no lo has intentado todo, Y volvía a la lucha. (Se concentra pensando en la lucha. A Vacilandro) Vaya, ya estás ahí otra vez.
VACILANDRO: ¿Tú crees?
AUDACIO: Me alegra volver a verte. Creí que te habías ido para siempre.
VACILANDRO: Yo también.
AUDACIO: ¿Qué podemos hacer para celebrar este encuentro? (Reflexiona.) Levántate, deja que te abrace. (Tiende la mano a Vacilandro)
VACILANDRO (irritado): En seguida, en seguida.

(Silencio)

AUDACIO (Ofendido, con frialdad): ¿Se puede saber dónde ha pasado el día el señor?
VACILANDRO: En administración.
AUDACIO (estupefacto): ¡Administración! ¿Dónde?
VACILANDRO (sin gesticular): Por ahí.
AUDACIO: ¿Y no te han expedientado?
VACILANDRO: Sí... No demasiado.
AUDACIO: ¿Los de siempre?
VACILANDRO: ¿Los de siempre? No sé

(Silencio.)

AUDACIO: Cuando lo pienso... desde entonces... me pregunto... qué hubiera sido de ti... sin mí... (Decicido.) Sin duda, a estas horas, serías ya un desempleado.
VACILANDRO (profundamente enojado): ¿Algo más?
AUDACIO (agobiado): Es demasiado para un hombre solo. (Pausa. Con vivacidad.) Por otra parte es lo que me digo, para qué desanimarse ahora. Hubiera sido necesario pensarlo hace una eternidad, hacia 1953.
VACILANDRO: Basta. Ayúdame a sacarme de encima esta porquería.
AUDACIO: Hubiéramos sido de los primeros en arrojarnos juntos, cogidos de la mano, desde la Torre Agbar. Entonces valíamos algo. Ahora es demasiado tarde. Ni siquiera nos permitirían subir. (Vacilandro se encarniza con su post.) ¿Qué haces?
VACILANDRO: Escribir un post. ¿No lo has hecho nunca?
AUDACIO: Desde hace tiempo vengo diciéndote que hay que escribir un post todos los días. Más te valdría hacerme caso.
VACILANDRO (débilmente): ¡Ayúdame!
AUDACIO: ¿Te sientes mal?
VACILANDRO: ¡Mal! ¡Me pregunta si me siento mal!
AUDACIO (encorajinado): ¡Siempre eres el único que sufre! Yo no importo nada. Quisiera verte en mi lugar. Ya me lo harías saber.
VACILANDRO: ¿Has estado mal?
AUDACIO: ¡Mal! ¡Me pregunta si he estado mal!
VACILANDRO (señalando con el índice): Esa no es razón para ir con la bragueta abierta.
AUDACIO (se inclina): Es cierto. (Se abrocha.) No hay que descuidarse en las pequeñas cosas.
VACILANDRO: Qué quieres que te diga, siempre esperas al último momento.
AUDACIO (soñadoramente): El último momento... (medita.) Tarda en llegar, pero vale la pena. ¿Quién lo decía?
VACILANDRO: ¿No quieres ayudarme?
AUDACIO: A veces me digo que, a pesar de todo, llega. Entonces me siento muy raro. (Abre el portafolios, mira dentro, pasa la mano por el interior, lo sacude y lo cierra de nuevo.) ¿Cómo decirlo? Aliviado y al mismo tiempo... (Busca.)... aterrado. (Con énfasis) A-TE-RRA-DO. (Vuelve a abrir el portafolios y mira el interior.) ¡Vaya! (Golpea el fondo como para hacer que algo caiga del interior, mira hacia dentro otra vez y lo cierra de nuevo.) En fin... (Vacilandro, como recompensa a su gran esfuerzo, logra terminar su post y pulsa el botón de publicar. Mira la pantalla, pasa la mano por ella, le da la vuelta, la sacude, busca en el suelo por si se ha caído algo, no encuentra nada, y vuelve a pasar la mano por la pantalla, la mirada vaga.) ¿Y?
VACILANDRO: Nada.
AUDACIO: A ver.
VACILANDRO: No hay nada que ver.
AUDACIO: Intenta publicarlo otra vez.
VACILANDRO (después de examinar su escrito): Voy a dejar que repose un poco.
AUDACIO: He aquí al hombre íntegro arremetiendo contra su escrito cuando la culpable es la cabeza, el corazón, las vísceras. (Abre el portafolios una vez más, mira hacia dentro, pasa la mano por el interior, lo sacude, golpea el fondo, sopla hacia adentro y lo cierra de nuevo.) Esto empieza a resultar inquietante. (Pausa. Vacilandro mueve la cabeza para que las ideas se refresquen.) Uno de los dos ladrones se salvó. (Pausa.) Es un porcentaje decente. (Pausa.) Landro...
VACILANDRO: ¿Qué?
AUDACIO: ¿Y si nos arrepintiésemos?
VACILANDRO: ¿De qué?
AUDACIO: Pues... (Piensa.) No sería necesario entrar en detalles.
VACILANDRO: ¿De haber nacido?

(Quién sabe si continuará)