14 de octubre de 2005

De las tonalidades del gris (y del vacío)

En mi última comparecencia conseguí que algunos que creían que se iban a ir de rositas de este mundo leyeran a Platón. Supongo que, por compensar, debería hoy traerles algo más ligerito. Veamos qué me sale. Imaginen una breve historia. Cualquier historia vale, pero por si alguno anda falto de imaginación ahí va la primera que se me ha ocurrido.

El funcionario Pulpenski se dirige a su centro de trabajo, como hace a diario desde hace diez años, en un tren de cercanías. Hojea con desgana el periódico y, de cuando en cuando, observa a los viajeros. Al fondo del vagón un desgarbado viajero también observa al pasaje con mucho menos recato que nuestro funcionario. A su derecha se sienta otro pasajero con perilla de mirada inquieta. En esto, una mujer se sienta frente a Pulpenski. Sin reparar en él, comienza a maquillarse. Pulpenski centra la vista en el periódico. Por alguna razón, le resulta violento que su mirada se cruce con la de ella. Aparece el revisor y le pide el billete. Pulkpenski se lo entrega. Cuando el revisor llega hasta la mujer, ésta se levanta y se funden en un encendido beso.

Ya ven una historia anodina, vulgar, sin el menor interés. Por eso les decía que valía cualquiera. La más nimia anécdota es suficiente para el propósito que traigo aquí hoy. Ahora se trata de jugar con ella haciéndose preguntas. Por ejemplo, qué habría escrito Pulpenski en su blog al llegar a su casa por la tarde. A la vista del blog medio, típico o standard yo pienso en una cosa así.

La mirada del pulpo
(El blog de Pulpenski)

Iba yo en el tren esta mañana y no veas lo que me ha pasao. Se me ha sentao delante una tia buena de esas que ya no se ven. Buaaaaa. No veas que pibón. Mira que he cogido veces ese tren a la misma hora y jamás me había encontrao con una tía así. Todo lo más unos cardos borriqueros. Pero esta era otra cosa. Me estaba poniendo a cien así, sin hacer nada. Y en esto llega el revisor, ella le sonríe y le suelta un morreo de agárrate y no te menees. Todos los del vagón hemos flipao en colores. Se ve que a algunas les siguen poniendo los uniformes aunque sean de revisor ferroviario. Juas, juas juas.
Updeit: Juraría que yo le dí el billete al revisor, pero al llegar a la oficina he comprobado que aún lo llevaba en el bolsillo. ¿Habré soñado todo esto?

Un tanto decepcionante, ¿no creen? Pero, en fin, casi todos los blogs, incluído este, son un tanto decepcionantes. Pero sigámonos haciendo preguntas a ver si llegamos a alguna parte. Cabe imaginar que la señorita también mantiene un blog, algo más cursi o poético (estos términos se confunden en la blogosfera) que el de Pulpenski.

Retazos de luz
(El blog de Irina Nosekaya)

Todo resulta gris. Así pasa esta vacía hora cada mañana en el tren. Mirando distraídamente por la ventanilla. Retocándome el maquillaje para satisfacer al comisionado Kalashnikov y lograr que de una vez por todas informe positivamente sobre Plan Belinski.

Pero hoy el destino me tenía reservado un relámpago centelleante. Al fondo del vagón vi sus ojos. Nuestras miradas se cruzaron desde el primer momento. Era Sergei, con quien pasé aquel inolvidable verano y al que no había vuelto a ver desde hacía seis años. La fatalidad nos separó y la casualidad nos unía ahora. Me ha besado como si no hubiera pasado el tiempo y me ha invitado a cenar esta noche en su casa. Tal vez las cosas empiecen por fin a mejorar. Os dejo que me voy volando en busca de mi príncipe.

Pulpenski dijo que todos los del vagón habían flipado en colores. No sé si la expresión es muy acertada porque cada uno se toma las cosas a su manera y no a todas ellas puede llamarse ‘flipar’. Aquel hombre desgarbado del fondo del vagón que observaba a todos sin recato...¿lo imaginan? Pues sí, también tiene blog y tampoco es gran cosa.

Absurdalia
(El blog de Wassily Sigiloff)

Todas las mañanas veo sus caras y me pregunto si hay algo detrás, qué esconden. Son cientos, tal vez miles, los trabajadores que toman, que tomamos, el tren de cercanías cada mañana para dirigirnos al centro administrativo. Todos con la mirada ausente, portando un periódico que las más de las veces llegará a la papelera sin haber sido siquiera hojeado. Por eso me fijé en ella. Su mirada era fuerte, inquisitiva. Vestía un abrigo marrón y llevaba un bolso más adecuado para una señora de edad que para la jovencita que era. Se andaba retocando el maquillaje con cierta coquetería mientras el viajero que tenía al frente luchaba por no cruzar sus ojos con los de ella.

Andaba tomando notas en mi cuaderno cuando apareció el revisor. Nadie se dio cuenta salvo ella, que no le quitaba el ojo de encima. Cuando el la vió parecieron sonar violines para el que supiera escucharlos. Hasta hoy jamás creí en la existencia de flechazos pero este me dejó anonadado. El revisor iba pacientemente solicitando los billetes a los pasajeros sin dejar de mirarla. Cuando llegó hasta ella ya no pudo reprimirse. Ella tampoco y se besaron sin mediar palabra ante el asombro de todos. Después de aquella intensidad, su amor solo puede discurrir cuesta abajo.

No vayan a pensar que acaba aquí la cosa. Al fin y al cabo no sería de extrañar que el propio revisor también tuviera su propia bitácora con la que sobrellevar las largas horas de soledad del trabajador ferroviario. Echemos un vistazo a su testimonio.

Vigilancia Rigurosa
(El blog de Sergei Peromachov)

Lo de esta mañana ha sido muy fuerte. Estrenaba nueva línea, la que se dirige al centro administrativo y todas las caras me resultaban nuevas. Es curioso, pero basta un mes de revisor en una línea para conocer al dedillo a todos los que viajan en el tren a diario. Pero esta vez eran todos nuevos. Por eso iba más atento que nunca a sus caras, por la novedad, supongo.

El caso es que al llegar al tercer vagón he descubierto entre los viajeros a Irina, una chiquita que me trajiné hace tiempo y de cuyas garras me costó escapar. Era una romántica de esas que acaban pensando en el matrimonio y cosas así. Por eso aproveché un traslado para contarle una milonga sobre una desgracia familiar y desaparecer del mapa. Pero al verla, he recordado lo buena que estaba y los buenos ratos que me hizo pasar. Según avanzaba hacia ella iba pensando si sería buena idea volverle a entrar. ¿Quién le hace ascos a un buen polvo? Claro que luego tendría que inventarme alguna otra historia rocambolesca para poner piés en polvorosa. Lo cierto es que iba dudando mientras no dejaba de mirarla. Por cierto un viajero aprovechó para colarme un calendario antiguo en lugar del billete y yo no me di cuenta. Pero cuando llegué a su lado me dije ¡Qué coño! Y la besé apasionadamente. Ahora estoy esperando que llegue a casa a cenar. Ya os contaré si cae.

A estas alturas se andarán preguntando qué demonios les importa a ustedes todo esto. No soy quién para responder a esta pregunta pero tal vez les ayude consultar el blog del pasajero con perilla, testigo de todos estos acontecimientos y que esa misma tarde publicó en su blog lo siguiente.

Tecnoperillán
(El blog de Igor Chepov)

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Ya ven, la vida de Pulpenski, de Irina, de Wassily, de Sergei puede ser gris e insustancial. Pero que levante la mano el que la cambiaría por la de Igor.