5 de octubre de 2005

De lo bien que conjuntan sabiduría y astucia

De todos es sabido que los monos no saben escribir aunque, en número suficiente, sean capaces de producir las obras completas de William Shakespeare. Por eso, cuando un mono, yo mismo sin ir más lejos, piensa ‘en ese tema’ (no piensen mal, ‘ese tema’ es “el del que en alguna forma ha logrado fama de inteligente y se tortura pensando que sus amigos esperan de él que escriba algo, y lo hace, con el único resultado de que sus amigos empiezan a sospechar de su inteligencia y de vez en cuando se suicida”), pasa lo que pasa. Ni siquiera cuando a los monos les da por ser escritores satíricos la cosa tiene arreglo y, finalmente, dejan de escribir, les da por la Mística y el Amor y todos dicen que se han vuelto locos y dejan de recibirlos con gusto. Mucho más sensata es la estrategia del Zorro que, es público y notorio, no sólo sabe escribir sino que también sabe dejar de hacerlo.

Un día en que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

Y es que a veces ‘ese tema’ en el que piensa el Mono es aquel “del escritor que no escribe, o el del que se pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y poco a poco va convirtiéndose en mero lector mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan”. ‘Ese tema’ es tema inconcebible para el Zorro que, decidido a convertirse en escritor, inmediatamente se puso a ello. Y vaya si se puso.

Nos dice el innominado fabulista al que he recurrido para ilustrar este ensayo que fueron aburrimiento, melancolía y falta de dinero los motivos del Zorro para ponerse a escribir.Yo no sé si la cosa fue tan así o si ésta es, con toda su verdad, la mejor manera de expresarlo. Más bien creo que el Zorro, en su aburrimiento, quiso leer un libro aún no escrito y no le quedó otro remedio que escribirlo él mismo toda vez que a nadie parecía buena idea el hacerlo. Les informo de que no soy el único en creerlo, pero son ustedes muy libres de sumarse a cualquier otra iglesia. Faltaría más.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

Quizá no debieran confundirse bondad y éxito, que no siempre van de la mano. El primer libro del Zorro fue, en efecto, muy bueno desde que salió de la imprenta. De hecho ya era muy bueno antes de entrar en ella y lo ha seguido siendo hasta el día de hoy. El éxito, sin embargo, como tantas otras cosas en la vida, es relativo y, lo que es más, subjetivo y otras tantas cosas más que acaban en –tivo y cuya enumeración aquí me resulta tan enojosa como para evitarla.

El caso es que de aquel libro se tiraron 2000 ejemplares y tampoco es que fuera un bombazo pero poco a poco fue llamando la atención de unos pocos que, con el tiempo, dejaron de ser tan pocos. Y no era para menos. La desoladora prosa de aquel libro retrataba una devastación física y espiritual a la que resultaba imposible sentirse ajeno. En él podía leerse, por ejemplo:

Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir deprisa tras de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos.

Cuando uno compone una obra maestra sólo le quedan dos opciones: crear una obra de aún mayor maestría o callar para siempre. Cierto autor, del que ya les he hablado antes aquí, dijo una vez que a ningún autor debía permitírsele publicar un segundo libro mientras no demostrara que el primero era lo suficientemente malo como para merecer una segunda oportunidad. En el caso del Zorro esta demostración era imposible pero aún así se puso manos a la obra y, sin mediar demostración, un segundo libro salió de sus manos.

El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros del Zorro.

Cuando los profesores norteamericanos escriben libros sobre los propios libros puede uno estar seguro de que ha saboreado las mieles de la gloria, de que ha pisado el Olimpo reservado a los dioses, de que la fama y sus trompetas cantan su nombre por doquier, de que será obligado a responder muchas preguntas estúpidas y de que será invitado a numerosos cocktails donde se discutirá sesudamente sobre la clase de mobiliario que le conviene al Parnaso. El caso del Zorro no fue excepción y, por tanto, esta regla sigue sin confirmarse cosa que tampoco afecta en nada a esta pequeña historia.

Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.

Ésta y no otra es la razón por la que escasean los zorros en eso que llaman ‘blogosfera’. No hace mucho discutía con cierta persona al respecto y concluí que este lamentable vicio bitacoril no es más que una extraña manifestación del exhibicionismo que, por esta misma razón, se opone a lo que conocemos como literatura. Don Eduardo Torres ya señaló que el escritor escribe siempre para la posteridad, argumento que explica que el Quijote no incorpore un sistema de comentarios. Los exhibicionistas escribimos para los contemporáneos (salvo alguna rara avis que lo hace para sus antepasados) y así nos va. Pero no quiero distraerme de lo que me ha traido hasta aquí, la historia de un Zorro tan sabio como astuto.

Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

– Pero si ya he publicado dos libros –respondía él con cansancio.
– Y muy buenos –le contestaban–; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

Pero el Zorro no era el Mono. El Zorro une a la astucia la sabiduría y ambas, en feliz arreglo, facilitan de igual manera la redacción de obras maestras y el silencio más absoluto.

El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”.

Y no lo hizo.

No, señores. No lo hizo. El Zorro guardó silencio hasta el mismo día de su muerte, en 1986, quizá recordando aquel viejo adagio que decía que es preferible mantener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y despejar todas las dudas. Y eso que el Zorro no era, con toda seguridad, estúpido. No es posible serlo con la difícil infancia que tuvo, con toda su familia asesinada y una estancia en un orfanato en el que aprendió, según propia confesión, a deprimirse. Tal vez cayó en la cuenta de ‘ese otro tema’ en el que a veces piensa el Mono, aquel “del que cuando ha perfeccionado un estilo se encuentra con que no tiene nada que decir”, que a veces se transforma en aquel otro “del que entre más inteligente es, menos escribe” y que no debe aplicarse a nuestra Corsaria no vaya a ser que no vuelva a publicar nada y nos deje a dos velas.

Pueden localizar a este Zorro, cuyas iniciales son J.R., entre las listas de mi última anotación. No hace falta que les nombre al otro autor de quién he tomado todo lo que en esta entrada está en cursiva y no se atribuye al Zorro, que ya nos vamos conociendo.