25 de octubre de 2005

Las miradas del tiempo

Hace unos días, durante este particular via crucis odontológico que me trae por la calle de la amargura, les traje aquí un texto que bien podría resumirse como sigue: todo es según el color del cristal con que se mira, pero hay que mirar. Me refiero a la singular aparición del funcionario Pulpenski y el resto de la caterva de viajeros ferroviarios que le acompañaban. Por una de esas casualidades de la vida, poco tiempo después llegó a mis manos un curioso objeto que quisiera presentarles hoy.

Llegó por correo, precintado y sin remite. Envuelto cuidadosamente en papel de embalar encontré un ajado cuaderno de raídas tapas negras. No sé quién me lo envió, ni las razones que le impulsaron a ello, ni cómo dio con mi dirección, que nunca he declarado aquí. Pero estoy seguro de que tenía que ver con aquel apresurado escrito sobre el funcionario Pulpenski y sus compañeros de viaje. Era el diario personal de Wassily Sigiloff.

He dedicado mi convalecencia a examinar detenidamente sus páginas y, lo confieso, he disfrutado bastante, como siempre que se curiosea en la intimidad de otro y se descubren palabras que acaso siempre estuvieron destinadas a permanecer en secreto. Pero no es la exposición de sus confidencias lo que me trae hoy aquí. Mejor será callarlas. Es otra la idea que me empuja a escribir estas líneas.

Al leer las páginas de Sigiloff no pude evitar recordar a Heidegger, con su ‘Ser-ahí’ y su ‘Ser-en el mundo’:

La serena ecuanimidad, lo mismo que la velada melancolía, del cotidiano “curarse de”, el deslizarse de aquélla a ésta y viceversa, el resbalar hasta el mal humor, no son ontológicamente una nada, por muy inadvertidos que resulten estos fenómenos, como lo más fugaz e indiferente, en apariencia, del “ser ahí”. El hecho de que los sentimientos puedan trastrocarse y enturbiarse sólo dice que el “ser ahí” es en cada caso ya siempre en un estado de ánimo. La ausencia de un estado de ánimo definido, que a menudo se sostiene igual e incolora largo tiempo y que no debe confundirse con un estado de ánimo francamente “negativo”, dista tanto de ser una nada, que justamente en ella se torna el “ser ahí” insufrible para sí mismo. El ser es vuelto patente como una carga. Por qué, no se sabe. Y el “ser ahí” no puede saber cosa semejante, porque las posibilidades de “abrir” de que dispone el conocimiento se quedan demasiado cortas frente al original “abrir” que es peculiar de los sentimientos, en los cuales el “ser ahí” es colocado ante su ser como “ahí”. Y a su vez puede un estado de ánimo “levantado” levantar la patente carga del ser; también esta posibilidad en el orden de los estados de ánimo “abre” el carácter de carga del “ser ahí”, aunque sea por la vía paradójica del levantarla. El estado de ánimo hace patente “cómo le va a uno”. En este “cómo le va a uno” coloca el estado de ánimo al ser en su “ahí”.

Permítanme posponer mis conclusiones hasta después de haberles presentado al señor Sigiloff a través de sus más privadas palabras. Las cursivas son mías.

Extractos del diario de Wassily Sigiloff (1968-2004)

22 de octubre de 1968

Ocupado cómo he estado preparando el examen de mecánica de fluidos, no he podido visitar a Galina estos días. Es curioso cómo la ausencia, incluso la de una sóla semana, transforma tanto los sentimientos. A la atmósfera onírica de nuestros últimos encuentros ha sucedido la aridez de la formulación matemática del comportamiento de los fluidos en régimen laminar y parece haberse llevado todo por delante. Me pregunto a quién encontraré el próximo jueves. Galina se ha vuelto, en tan poco tiempo, toda una extraña.

5 de agosto de 1972

Galina me ha anunciado hoy su intención de emigrar a Alemania. De alguna forma la composición de mi tesis de grado nos ha tenido algo apartados en los últimos tiempos. Toda nuestra historia parece abocada a su final. Qué lejos quedan aquellos días en que la felicidad resultaba tan natural. Jamás podré olvidar aquella tarde en que, a la vuelta de un examen, hicimos el amor por primera vez. No pude evitar sentir que el universo había sido creado sólo para albergar ese exacto y preciso momento.

Insiste Galina en que aquí no encontrará nada y que su vida está esperándola en otra parte. Es una de esas afirmaciones a las que no cabe contraponer nada. Quizá mi vida se cansó de esperarme aquí mientras me extraviaba en mis estudios y ahorá no sé si me espera en alguna parte. La echaré de menos tanto como a mí mismo.

21 de noviembre de 1977

Pasaron dos años entre la marcha de Galina y la recepción de su primera carta. Hoy he recibido la segunda, desde Frankfurt. Entonces me decía que se encontraba bien, que recibía buen trato y que había encontrado un buen trabajo. Hoy, que he sabido en qué consiste ese ‘buen trabajo’, me hierve la sangre. ¿Acaso ‘eso’ era mejor que la nada que yo podía ofrecerle? En la soledad del viejo caserón en que ahora vivo a menudo me asalta la ensoñación y la veo allí jugando con los niños que nunca tendremos. ¿Por qué hubo de marcharse en busca de tesoros que todos sabemos que no existen? Soñar no debe ser nunca vivir engañado.

12 de abril de 1981

Recuerdo el día en que hube de admitir que mi sueño, formar una familia en compañía de Galina, no coincidía necesariamente con el de ella. Recuerdo su contestación a mi carta diciendo que la simple mención de la palabra niños le helaba la sangre, que yo era muy libre de desaprobar su comportamiento pero que su decisión había sido tomada con entera libertad y era firme. Nadie la había obligado a aquello y, además, se consideraba razonablemente feliz. Dudo que la razón tenga algo que ver con la felicidad pero no puedo negar que mi abandono del romanticismo juvenil le ha sentado muy bien a nuestra relación, siempre epistolar. Quizá la felicidad razonable resida en la frialdad disfrazada de neutralidad.

3 de septiembre de 1987

Me comenta Galina que acaba de pasar por un quirófano para hacerse unos ‘repasitos’. Siento que en cierta forma un desconocido cirujano ha borrado de la faz de la tierra el contenido de mis recuerdos. Galina ya no existe, ahora es otra, quizá esa tal Nadja, que es el nombre que usa para trabajar. Ella me dice que necesita ciertas ‘mejoras’ por razones profesionales. Yo, por mi parte, no puedo evitar creer que está renunciando a sí misma. ¿Qué habrá sido de aquella lánguida mirada? ¿Perdurará su cuerpo de bailarina? Hoy, más que nunca, Galina sólo vive en mí y debo preparar un funeral.

15 de octubre de 1992

Entre mis alumnas de este año hay una que no puede resultarme indiferente. Oksana es como aquella Galina que ya no es de este mundo. Ha despertado en mí sentimientos que consideraba bien muertos y enterrados. Nadja sigue escribiéndome con regularidad y, gracias a su transformación creo que ahora puedo llamar camaradería a lo que nos une. Oksana es, por el contrario, un viaje en el tiempo. Tiemblo al pensar en lo que me pasará por la cabeza cuando me toque explicarle la mecánica de fluidos. Quizá deba pedir consejo a Nadja. Sólo ella sabá decirme cómo he de obrar.

24 de marzo de 1999

Por fin se ha consumado. Mi expulsión de la academia es firme. Ha sido un largo proceso desde que el rector me descubrió en actitud amorosa con Oksana, que entonces era una alumna. Ella ha conseguido licenciarse en otro centro y está decicida a vivir conmigo ahora que no me queda nada que ofrecer. De no haber sido por el acoso de la prensa quizá hubiera sido capaz de levantar cabeza en algún otro lugar. Pero ahora estoy marcado. No soy, para los demás, el que realmente soy. ¿Qué hacer ahora junto a mi sueño de juventud? Debo afrontarlo, sólo cabe renunciar a mí mismo.

25 de octubre de 2004

Hoy, recién llegado a Frankfurt, he tomado la decisión de cerrar este cuaderno para siempre. Galina me ha abierto los ojos. Nadie es un cuaderno y yo debo dejar de ocultarme en este. Han sido muy duros estos años tratando de salir adelante con Oksana hasta que aceptamos la invitación de Nadja. Oksana va a trabajar en el nuevo local que regenta Nadja. Ahora son muy amigas y se confían secretos que a mí me ocultan. Cada vez me siento menos persona y a veces me pregunto si nací sólo para que se encontraran.

Sí. Cerraré este cuaderno para siempre y me ire a explicarle las diferencias entre el régimen laminar y el régimen turbulento de un fluido a la camarera de la taberna que hay abajo. A ver si así consigo que aprenda de una vez por todas a tirar una cerveza en condiciones.

Epílogo

Aquí se termina el cuaderno de Sigiloff, que siempre vivió engañado y por eso ‘fue-en el tiempo’ sin ‘ser-ahí’. Yo conocí a Galina Ponedova durante una convención en Frankfurt hace unos meses y sospecho que ha sido ella la responsable de que este cuaderno haya llegado a mis manos. Si alguna vez pasan por Frankfurt y, al tirar la cerveza, la camarera les habla de mecánica de fluidos, tengan en cuenta mi consejo: disfruten de la bebida pero eviten visitar el negocio que funciona en el tercero izquierda.