12 de octubre de 2005

Melodrama convaleciente en tres actos (y los que vendrán)

Introitus interruptus

Llevaba mucha razón, como suele, el señor Chin al afirmar ayer o antesdeayer que ‘empieza uno por colgar las fotos de los hijos y acaba por hablar de sus hemorroides’. Por darle aún más la razón, les informo aquí de que no padezco tan terrible mal (lo más parecido sería esta misma bitácora) aunque sí ciertamente sufro de otros tormentos, como el tratamiento quirúrgico en que acabó derivando mi excursión odontológica del otro día y que es lo que me tiene apartado de esta almorrana literaria (debería calificarme de ‘retrasado dental’ que es forma poética de decir ‘adelantado dental’, ya que mi dentadura parace tener muchos más años que yo mismo). No crean, por tanto, que me he olvidado de ustedes, es que últimamente me acuerdo de la madre de algunos y eso, claro está, también lleva su tiempo. De todas formas, acá estoy. Aturdido por la medicación postoperatoria (me encanta exagerar). En peores condiciones de las habituales al redactar estas páginas (lo que parecía imposible). Y dispuesto a no tratar en adelante mis hemorroides, por no padecerlas, ni mi descendencia, porque anoche pasaron por TV un alarmista o alrmante documental sobre pederastas en la red, y se despertaron mis peores instintos. Entre mis aficiones se cuenta el asesinato de pedófilos (previa tortura, por supuesto), lo que no debe considerarse, por más que De Quincey se empeñe, una de las Bellas Artes, pero sí, qué duda cabe, un servicio a la comunidad. De ser cierto lo que ayer se vió, los chats infantiles andan llenos de esta clase de hijos de puta.

Uno, que lleva usando computadoras desde antes de que se inventara la PC, que envió su primer eMail hace veintitres años, que recuerda la internet en modo texto (Gopher, Veronica, y aquellas cosas), debe ser una rara avis porque jamás ha usado el Messenger (ni ICQ, ni GoogleTalk, ni similares). Para mí, chatear sigue siendo ir de vinos y no ese extraño vicio tan de moda entre la niñería (real y virtual) cuyos encantos sigo sin entender.

Sólo una vez entré en un ‘chat’ (la curiosidad no sólo mata gatos) y quedé asombrado de lo mucho que aquello se parecía a un gallinero (‘Lugar donde la mucha gritería no deja que se entiendan unos con otros’); un lugar donde centenares de majaderos descerebrados con nicks ridículos (Superelfo86, Cagüen314, y cosas así) masacraban la sintaxis, la ortografía y las más elementales reglas del raciocinio A mí me recordó, qué le vamos a hacer, aquel skecth de Monty Python que, según cuentan, dio lugar a que denominemos Spam al correo basura.

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Para los que no lo conozcan (una de las mayores estupideces de los programadores televisivos españolas ha sido no pasar jamás aquella gloriosa serie de TV, ‘Monty Python Flying Circus’) les cuento que el Spam (aquella carne enlatada británica) era el ingrediente principal, si no único, de la carta de cierto restaurante donde Eric Idle y Graham Chapman pretendían comer mientras unos vikingos hacían del Spam el motivo de sus crecientes cánticos. Pueden leer el sketch aquí e informarse algo más en la Wikipedia.

Claro que si uno atiende a otros ámbitos comprobará sin duda que no se trata de un fenómeno circunscrito a conversación on-line. ¿Qué programa de la televisión actual no es un gallinero? (No deja de ser alarmante que por acá se haya estrenado un programa de pretendido ‘debate’ en el que los contertulios sólo tienen cincuenta y nueve segundos para argumentar, supongo que sus creadores habrán estudiado el asunto y constatado que la audiencia no es capaz de seguir una argumentación razonada que supere ese tiempo). Si les da por chatear en una tasca, peguen un poco la oreja y podrán cerciorarse de que la conversación está siendo suplantada por el cacareo gallináceo que todo lo invade. It’s a sign of the times, que decía la canción. Para qué hablar de los Parlamentos.

El problema para algunos, entre los que me cuento, es que no tenemos desarrollada la capacidad para el cacareo. Esto supone un cierto desplazamiento, una cierta marginación, un cierto no estar en el mundo muy similar al de aquellos a los que no nos gusta el fútbol. Ya va siendo hora de poner remedio a esto. Por eso, quiero comenzar aquí un pequeño estudio sobre la cuestión con el deseo de que, de llegar a buen puerto, pueda ayudar a todos aquellos que sufran el mismo problema a lograr comportarse como el mayor de los bendecidos por la idiocia y conseguir así brillar con luz propia en este memo mundo infantil que nos ha tocado vivir.

Insisto, lo que sigue a continuación no es más que el resultado de un breve brain storming entre mis múltiples personalidades que espero que ustedes me ayuden a completar en los comentarios. Si la unión hace la fuerza, con mayor razón ha de lograr la estulticia. Le daré forma de diálogo por quedar a medio camino entre aquel filósofo cavernícola y los modernos chats, y recuperaré a los personajes con que suelo elaborar mis pequeños diálogos personales:

Breve introducción (compuesta a la manera de Mikel Erentxun)

AUDACIO: Imagina a los hombres en un antro, tal que un estudio de televisión o un chat. Los hombres están aquí desde hace tiempo encadenados por el cuello, las orejas, los cojones y las piernas, de tal modo que en todo momento sólo pueden ver lo que tienen delante, incapaces de volver sus cabezas a causa de las cadenas. A sus espaldas, desde arriba y a cierta distancia, brilla la luz de un gran foco. Entre este foco y los encadenados hay un sendero elevado, a lo largo del cual se alza un muro parecido a la mampara que los titiriteros levantan ante el público para mostrar por encima sus muñecos.

VACILANDRO: Ya estoy viéndolo.

AUDACIO: Imagina ahora que por el sendero pasan unos portando utensilios diversos que sobresalen del muro, también estatuas de hombres y de otros vivientes hechas en piedra o madera, así como todo tipo de cosas trabajadas. De estos porteadores algunos hablan y otros pasan en silencio.

VACILANDRO: Extraña imagen y extraños prisioneros.

AUDACIO: Pues eso es que no has visto la programación de sobremesa, o que nunca has entrado en un chat. En primer lugar, ¿te parece que estos prisioneros verán de sí mismos, o unos de otros, algo distinto de las sombras proyectadas por la luz del foco sobre la pared que tienen enfrente?

VACILANDRO: ¿Cómo podrían ver algo más que las sombras, si están forzados de por vida a tener sus cabezas fijas contra la pared?

AUDACIO: ¿Y no les sucede otro tanto con las cosas que son llevadas por los que pasan al otro lado del muro?

VACILANDRO: Por supuesto.

AUDACIO: Y cuando se pongan a conversar entre sí, ¿no te parece que tomarán las sombras que ven por lo que es?

VACILANDRO: Necesariamente

AUDACIO: Y si la prisión tuviese eco, dado por la pared de enfrente,¿cuándo alguno de los que pasan al otro lado del muro hablase, no te parece que los prisioneros creerían que lo que habla es la sombra que pasa delante suyo?

VACILANDRO: Claro que sí, por Zeus.

AUDACIO: Luego los prisioneros tendrían por lo que es tan sólo las sombras que ven.

VACILANDRO: Es de toda necesidad.

AUDACIO: Considera ahora que aconteciese una liberación de las cadenas y una cura de la ignorancia de la siguiente manera: que alguno de ellos fuese liberado y obligado de repente a menearse, a volver la cabeza y a caminar hacia la luz del foco, de suerte que al hacer todo esto se doliera y, a causa del deslumbramiento, fuera incapaz de ver las cosas cuyas sombras veía. ¿Qué te parece que diría si se le dijese que lo que antes veía eran naderías y que, en cambio, es ahora cuando, al dirigir su mirada hacia algo que es más, ve algo más próximo al ser? Y si mostrándole cada una de las cosas que pasan a lo largo del muro, se le obligase a responder a la pregunta “¿qué es?”, ¿no te parece que quedaría desconcertado y que estimaría como más verdadero lo que antes veía que lo que ahora se le muestra?

VACILANDRO: Desde luego.

AUDACIO: Y si se le obligara a mirar hacia el foco mismo, ¿no te parece que le dolerían los ojos y que huiría, volviéndose hacía aquello que podía contemplar, considerándolo más claro que lo que ahora le es mostrado?

VACILANDRO: En efecto.

AUDACIO: Y si fuera arrastrado por la fuerza, a través de la abrupta y empinada cuesta que conduce a la salida, sin soltarle antes de llegar hasta la luz del sol, ¿no te parece que al ser arrastrado sufriría y se irritaría y que, llegado a la luz del sol, por tener los ojos cegados debido a su resplandor, sería incapaz de ver ninguna de las cosas que ahora le son mostradas como las que de verdad son?

VACILANDRO: No podría, al menos en un primer momento.

AUDACIO: Precisaría, sin duda, habituarse hasta poder ver las cosas de arriba. Y primero podrá mirar con mayor facilidad las sombras de las cosas que el sol alumbra, después las imágenes reflejadas en la superficie del agua, y más adelante las cosas mismas. Podrá luego ver lo que hay en el cielo y el propio cielo, observándolo más fácilmente de noche, a la luz de las estrellas y de la luna, que de día bajo la luz del sol.

VACILANDRO: No cabe duda.

AUDACIO: Por último podrá mirar al sol, no sólo su imagen en el agua o dondequiera que sea, sino al sol mismo, en sí y en su lugar propio, contemplándolo tal cual es.

VACILANDRO: Necesariamente.

AUDACIO: Y será entonces cuando podrá reconocer esto respecto al sol: que es lo que dispensa las estaciones y los años, así como lo que gobierna todo cuanto se muestra en el dominio de lo que puede verse, siendo incluso la causa de aquello que de algún modo es visto por los que permanecen prisioneros.

VACILANDRO: Es claro que llegará a reconocer esto sólo tras haber salido de la prisión.

AUDACIO: Y si se acordase de aquella su primera morada, de la sabiduría de allí y de sus compañeros de cautiverio, ¿te parece que se alegraría por el cambio y que los compadecería?

VACILANDRO: Ya lo creo.

AUDACIO: Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, de las recompensas dadas al que con mayor agudeza discernía las sombras que pasaban y al que mejor recordaba lo que suele pasar antes y a la vez y después, siendo así capaz de predecir lo que iba a pasar, ¿te parece que echaría de menos tales recompensas y que envidiaría a los que son más honrados y tienen mayor poder entre aquellos? ¿O acaso no crees que le pasaría lo que Homero dice de Aquiles: que “preferiría servir a un labrador empobrecido” o sufrir cualquier otro destino, menos el de volver a los pareceres y a la vida que antes llevaba?

VACILANDRO: Creo, en efecto, que aceptaría soportar cualquier suerte a seguir llevando semejante vida.

AUDACIO: Considera ahora lo siguiente: si descendiera otra vez a la prisión y volviese a instalarse en su antiguo sitio, al llegar de pronto desde la luz del sol, ¿no quedaría su vista ofuscada por las tinieblas?

VACILANDRO: Desde luego.

AUDACIO: Y si tuviese que competir de nuevo en distinguir las sombras con quienes siempre han permanecido encadenados, mientras aún ve confusamente hasta que sus ojos se acomoden durante un tiempo nada breve de adaptación, ¿no provocaría la risa de los demás y no dirían de él que por haber ido hasta lo alto, se había estropeado los ojos y que no valía la pena emprender semejante subida? ¿Y no es menos cierto que si intentase soltarlos y conducirlos arriba, de poder atraparlo y darle muerte, acabarían matándolo?

VACILANDRO: Seguramente.

AUDACIO: Más vale entonces aprender a vivir entre sombras y perder todo interés por la verdad salvo que busque empleo en informativos telecinco, en cuyo caso tampoco es que haga mucha falta.

VACILANDRO: Oh, maestro, dime cómo he de hacer para acomodarme a estas sombras.

Continuación Natural del Artificio

AUDACIO: Debes procurar, en primer lugar, olvidar la hilación de las cosas.

VACILANDRO: ¿Podría ser más claro, maestro?

AUDACIO: Nunca contestar a lo que se te pregunte, sino responder cualquier otra cosa. A la pregunta por la situación de los inmigrantes sin papeles debes contestar hablando de la guerra civil. A la pregunta por los presupuestos generales del estado debes contestar hablando de la situación de los inmigrantes sin papeles.. A la pregunta por la guerra civil debes contestar hablando de los presupuestos generales del estado.

VACILANDRO: Lo cierto es que no me suelen preguntar esas cosas.

AUDACIO: Pero el principio es extensivo a cualquier otro ámbito. Si te preguntan por una película, puedes hablar sobre Jacques Derrida. Si te preguntan por qué acosas a ciertos personajes y descubres nimios aspectos de su intimidad debes hablar sobre el deber de informar y sobre la libertad de expresión. Si te preguntan por el precio de las cosas puedes enumerar a los que no han leído a Hayek. Muchos son los ejemplos que sin duda vendrán a tu cabeza.

VACILANDRO: Creo entender tu enzeñanza.

AUDACIO: Pero eso no es todo. Al aserto debes añadir la perversión del razonamiento.

VACILANDRO: Creo necesitar otra vez de mayor precisión.

AUDACIO: Olvida las reglas de inferencia, ninguna de ellas te ha de servir. Debes razonar de modo imperfecto. De la constatación de que el señor George W. Bush es malvado y se lleva mal con el señor Hugo Chavez, debes concluir que el señor Hugo Chavez es un caritativo angelito. De la constatación de que hay negros marginados debes inferir que es porque no se les llama subsaharianos o afroamericanos, según el continente. La clave está en no respetar la lógica.

VACILANDRO: Creo que voy comprendiendo.

AUDACIO: Pero no hace falta comprensión ninguna, más bien es al contrario, darlo todo por relativo. Debes afirmar que uno más uno son siete y que pretender lo contrario es un ejercicio de autoritarismo mientras que tú no tratas de imponer tu opinión a nadie. Debes olvidar que aquellos que insisten en negar que el hombre desciende del mono logran sus propósitos mostrando que más bien desciende hacia el mono. Debes creer que las leyes físicas son ideología siempre y en todo lugar. Debes ignorar el error e inferir sobre casos únicos. Del hecho de que la ciencia no disponga de explicación para todo debes inferir que cualquier adivino analfabeto sí dispone de ella. Si un hombre dice ser Napoleón, sin duda lo es, pues es su derecho serlo. Si varios hombres dicen ser una nación, sin duda lo son, pues es su derecho serlo. Debes pregonar la tolerancia hasta de lo introlerable, especialmente de lo intolerable. Y debes saber que cualquier majadería tiene defensa en nombre de la cultura.

VACILANDRO: Oh maestro, qué sabias palabras.

AUDACIO: Sólo así conseguirás afrontar el casting para la próxima edición de Gran Hermano con ciertas garantías que era, si no me equivoco, lo que pretendías.

VACILANDRO: Así es, maestro, aunque son tantos los programas y chats que me tientan, que no cabo de decidirme por ninguno de ellos.