8 de octubre de 2005

A realizarse toca

No recuerdo si fue Cervantes, Don Quijote, Cide Hamete Benengelí o Pierre Menard, pero con toda seguridad fue uno de los cuatro, el que dijo que no había madre a la que sus hijos parezcan feos, idea que, de forma natural, cabe extender a los padres, entre los que me cuento. Claro que esta ceguera parcial, sólo registrada con los propios vástagos, no impide realizar afirmaciones dotadas del más estricto rigor científico como en su día hizo el gran Jaume Perich que, al constatar que cuando su hija tiraba arena a los bañistas de la playa, la cosa le hacía mucha gracia pero, cuando los demás niños le tiraban arena a él, no le veía gracia alguna al asunto, declaró: esto prueba que mi hija tiene mucha más gracia tirando arena que los hijos de los demás.

Me ha venido esto a la memoria porque ayer se cumplieron cuatro años del nacimiento del primero de mis descendientes (se llaman así porque con su llegada, la vida del progenitor se transforma es una cada vez más empinada cuesta abajo) y, como es lógico, me pasé el día diciéndome eso de ‘cómo pasa el tiempo’, lo que no es más que otra forma de pasar el tiempo, amén de otras reflexiones que, con suerte, me den para un pequeño apunte en estas ‘Salidas de Emergencia’.

No hizo falta la llegada de Watson y Crick, ni siquiera la de Mendel, para constatar que los hijos tienen tendencia a parecerse a los padres. Pueden leerlo, por ejemplo, en esa gran obra de divulgación científica que ya les he nombrado por aquí más de una vez: De rerum natura, debida a la mano de Lucrecio, al que sus amigos llamaban Tito, exactamente igual que le ocurría a don Augusto Monterroso. Y es que Tito Lucrecio, siguiendo a Epicuro, prefiguró la genética sin necesidad de guisantes lisos o rugosos.

Y por fortuna en el ayuntamiento,
cuando ordeño con suma ligereza
y el viril semen embebió la hembra,
al padre o a la madre se parecen
los hijos, en razón que dominare
el semen de uno u otro; y si de entrambos
fueren los hijos un retrato vivo,
de la sangre más pura de sus padres
fueron formados, cuando las semillas
excitadas por Venus en los miembros
el recíproco ardor equilibrara,
y con igual influjo concurrieron.
A veces sucede parecerse
a los abuelos, o a los bisabuelos,
porque encierran los padres de ordinario
en su cuerpo muchísimos principios
que, de padres a hijos transmitidos,
vienen de un mismo tronco: después Venus
varía las figuras, y remeda
el semblante, la voz y los cabellos
de los abuelos, porque son formadas
aquestas partes de nosotros mismos
no menos que la cara, cuerpo y miembros
de germen fijo. Y la viril semilla
en producir el sexo femenino
influye, y los varones engendrados
son del materno semen; porque el hijo
resulta siempre de las dos semillas,
y aquel a quien el hijo más saliere
suministró más partes de elementos
como en varones y hembras verlo puedes.
(De rerum natura, IV, 1209-1232)

Afortunadamente, Venus ha tenido a bien que mis ‘elementos’ no dominen en ninguno de mis dos retoños y, en consecuencia, haga honor a las palabras de Cervantes, o de Don Quijote, o de Cide Hamete Benegelí, o de Pierrre Menard. No llevo fotos de los niños en la cartera como el típico y tópico padre babeante, pero eso no me impide presentárselos aquí en otro impúdico arrebato de exhibicionismo bitacoril y, de paso, mostrarles que si uno tiene tres flashes (y sabe usarlos) las fotografías ganan bastante.

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Ahora bien, que mis ‘elementos’ no predominen no quiere decir que no se manifiesten en absoluto. Algo asoman por ahí, cosa que pude comprobar ya a los tres o cuatro meses de habernos nacido el primero de los churumbeles. Aquí se lo planto demostrando que es digno hijo de su padre (les aseguro que no lo hacía mal).

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Pero a lo que iba, que me voy por las ramas tanto como los monos, o como cierto Ulises del que alguno ya tiene noticia. Yo sólo quería dejar constancia aquí de que mis hijos no me parecen feos y, además, tienen mucha gracia tirando arena (o piedras) a los demás (confío en que los Reyes Magos no les traigan este año el lanzallamas que han pedido).

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Sorprende sobremanera la forma en que estas conjunciones de elementos van, poco a poco, transformándose en personas. No contento con haber coparido (coparir: acto inútil y ridículo consistente en coger de la mano a una parturienta y decir cosas como ‘respira’, ‘aguanta’, ‘ánimo’y ‘ya queda poco’) un proyecto de persona, y a la manera de las sectas más recalcitrantes, traje (con la inestimable ayuda de la señora Rus, todo hay que decirlo) a este valle de lágrimas otro conato de ser humano que, a una hora escasa de su llegada, presentaba este aspecto.

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Pero el tiempo pasa (‘cómo pasa el tiempo’) y aunque, con objeto de preservar en algo la escasa intimidad que me queda, no pienso plantarles aquí imágenes recientes, les dejo una de los dos mozalbetes en amor y compañía. Dicen que un hijo le cambia a uno la vida (y dos con mayor razón). Les aseguro que es cosa cierta aunque todavía no sé por qué he cambiado yo la mía. Pero, en fin, que sí, que babeo como todos los demás aunque no sea capaz de encontrar razón alguna para hacerlo.

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Algún desdichado estableció hace tiempo que la vida humana sólo es completa si uno ha plantado un hijo, escrito un árbol y tenido un libro. En vista de que tengo unos cuantos libros y hoy les he plantado aquí a unos cuantos hijos, quiero aprovechar la ocasión para realizarme por completo. Allá voy:

UN ÁRBOL