12 de noviembre de 2005

Ambiciosa decisión

Como saben algunos de ustedes si no todos, un tal Pablito me tiene algo ocupado estos días. No tanto por su contenido, manifiestamente estúpido, como por tener que atender a tanta gente de imprevisibles reacciones. Recuerdo ahora las palabras de Tito Livio (XXXI, 34): “Nada más imprevisible que los juicios de la multitud”. Bueno, en realidad Tito Livio no dijo eso sino “Nihil tant inaestimable est quam animi multitudinis” pero claro, si se lo hubiera transcrito en su literalidad no se habrían ustedes enterado de nada. En otras palabras, si supieran latín no estarían leyendo blogs. Pasaré por alto, no obstante, esta cuestión porque al fin y al cabo no escribo este blog para su provecho sino para el mío (¿acaso no han visto que está lleno de publicidad?).

El caso es que cuando a nuestro buen amigo Michel de Montaigne, primer blogger de la historia diga lo que diga la Wikipedia, le dio por tratar el tema de la “gloria” (así, en general, nada que ver con Gloria Estefan o con aquella otra a la que cantó Van Morrison cuando era un mozalbete) no se le ocurrió nada mejor que juntar las anteriores palabras de Tito Livio con estas otras debidas a Cicerón, al que con impropia confianza los autores ingleses del siglo XVIII llamaban Tully: “Y yo considero que algo no vergonzoso se convierte en ello cuando la multitud lo alaba” (bueno, vale, lo que dijo, o mejor escribió, Cicerón fue “Ego hoc iudico, si quando turpe non sit, tamen non esse non turpe, quum id a multitudine laudeatur”, De los fines, II, 15).

La conclusión de que la multitud sólo reparte indignidad, que es lo único previsible cuando la multitud se pone a emitir juicios, resulta inevitable de creer al bueno de Tully. Quizá no esté de más un ejemplo. La ignominiosa indecencia del último culebrón exitoso en España, aquel cuyo título evoca un documental ornitológico toda vez que habla de Gavilanes (sin aclarar si se refiere al Accipiter nisus, al Accipiter brevipes o a alguna otra subespecie endémica de aquellas latitudes y/o longitudes, tal vez incluso un Azor, Accipiter gentilis); pues bien, repito, esta ignominiosa indecencia es consecuencia antes que causa de su éxito. Si a las masas les hubiera dado por El acorazado Potemkin sería esta película la que encabezaría la lista de impúdicas desvergüenzas y la crítica ensalzaría a una sóla voz los grandes valores de aquel enredo pajaril. Resumiendo y simplificando para bloggers: lo que triunfa es una mierda precisamente porque triunfa.

Llegados a este punto sólo cabe concluir el éxito de Pablito, seguro que efímero como todos los éxitos, su indignidad, seguro que imperecedera como todas las indignidades, es responsabilidad colectiva de la multitud que, como decía Horacio y ya les cité alguna vez por acá, tontamente da a menudo honores a hombres indignos (Sat. I, 6, 15). ¿A santo de qué si no esos más de cinco mil hits en doce días? Me tienen ustedes más perplejo que Maimónides, pero esta consideración me permite no asumir responsabilidad alguna por ese desaguisado.

Lo malo, o simplemente ‘el hecho’, es que sí hay responsabilidades que asumir y que poco tienen que ver con éxitos multitudinarios, ni siquiera con éxitos privados. El gran Jaume Perich señaló con su habitual perspicacia que no es lo mismo preguntar por el autor de una cosa que por su responsable. Ciertamente hay, por ejemplo, cada vez más películas, obras teatrales (sobre todo musicales), libros, blogs o qué sé yo por las que es urgente preguntar por su responsable pero nadie lo hace. ¿Y qué decir de la política, transformada hoy día en el arte de eludir responsabilidades?

Qué lejos quedan los tiempos en que Epicuro recomendaba alejarse de la vida pública precisamente para evitar el reconocimiento de los demás, tan pernicioso él (o tan perniciosos ellos, los demás). Pero nunca es tarde para defender una buena causa por más olvidada que esté y para ello recurriré a una feliz expresión del escritor Juan José Millás que alguna vez he citado en los comentarios a esta página pero que nunca ha gozado del privilegio de asomar en ella. Tomen buena nota porque no pienso repetirlo: Señores, es más que recomendable ser un cerdo a la izquierda (los curiosos por el signficado de la expresión pueden consultar el original aquí, donde el basilisco que vive en la esquina inferior derecha de esta página se transforma por arte de magia en obelisco fálico y autoritario, como todos los obeliscos; las negritas se las dedico a la Ceci, que sé que le gustan).

El cerdo a la izquierda es irresponsable por naturaleza. No sabe de estrés o trastornos gástricos (digiere lo que le echen). Duerme como un bendito y lleva la paz en la mirada. Come y se reboza en las inmundicias con naturalidad no exenta de deleite. Disfruta en lo que puede de las cerdas a la izquierda pero tampoco permite que le amarguen la existencia. Transita por los días con total relajación sin necesidad de filosofías orientales. Jamás piensa en practicar el yoga, mucho menos el aerobic. Algunos incluso se fuman de vez en cuando un habano y observan, ausentes, las volutas de humo ascendiendo pausadamente hacia el techo de la pocilga. No sé si se han dado cuenta, pero el cerdo a la izquierda es, ni más ni menos, que el mismísimo cerdo de la piara de Epicuro del que ya hemos hablado aquí sobradamente.

Los que leyeran mi último disparate ya saben que hoy me caen cuarenta años sobre las espaldas. Qué mejor momento para decidir, de una vez por todas, pasar a ser un verdadero cerdo a la izquierda que es lo que, con los años, mucho después de Epicuro y Horacio y algo depués que Augusto Monterroso, quizá a través del mismo camino, he llegado a saber que constituye la más alta de las ambiciones humanas.