11 de noviembre de 2005

Cantando (o contando) los cuarenta rugientes

Cuarenta fueron los ladrones que le complicaron la existencia a Alí Babá. También cuarenta son las cartas de la baraja española como sabe todo buen musolari. Cuarenta eran los paralelos que bramaban en los oídos de Vito Dumas. Cuarenta grados, al decir de los médicos, que nunca son de fiar, son fiebre alta. Cuarenta piés tiene un contenedor standard, los mismos que la eslora del velero con el que sueña un servidor. Cuarenta, según la shakespeariana cadena SER (o no SER), son los Principales. Cuarenta fueron los años que por acá anduvimos acaudillados y cuarenta fueron, al parecer, los mártires de Sebaste. Por si fuera poco, cuarenta son los grados del whisky que tengo en mis manos en este momento. A poco que uno se fije caerá en la cuenta de que vivimos rodeados de más cuarentas de los que dicta la lógica.

La vida, por poner un ejemplo elemental, se divide en dos grandes etapas. Primero uno se dirige hacia los cuarenta. Luego comienza a alejarse de ellos. Un servidor, mañana mismo, transitará de una a otra de estas fases. En efecto, señores, están a punto de caerme los treinta y diez y aquí me tienen, vigilante, esperando la llegada de la famosa depresión, que no acaba de asomar por ninguna parte (será que hay otras cosas que me deprimen aún más). Llegados a este punto y según los más prestigiosos consejeros espirituales, el abanico de opciones que a uno le queda es, aunque limitado, lo suficientemente amplio como para tener que pensárselo un poquito. Un somero repaso, quizá no exhaustivo porque escribo de memoria, me ha llevado a la siguiente lista:

  1. Opción, todavía soy un chaval (variante financieramente saneada): la cosa consiste un comprarse un automóvil deportivo y empezar a vestir como un mamarracho. Es opción que tengo descartada a la vista de los precios de los Ferrari, amén de estar seguro de que, de empezar a vestir como un mamarracho, pocos serían los que notaran cambio alguno. Ayuda mucho llevar una veinteañera cañón del brazo pero no resulta nada sencillo procurársela (y no concedan a este verbo más significado que el que tiene).

  2. Opción todavía soy un chaval (variante realista): Al igual que en el caso anterior, resulta imprescindible hacer caso omiso de la barriga e incipiente alopecia (no es mi caso, se lo aseguro, carezco de ambas). Esta variante se caracteriza por sustituir el deportivo por elementos más asequibles. A veces basta con un poco de labia, como, por ejemplo, decir que se practica el ‘puenting’ cuando en realidad uno sólo tiene un ‘puente’ en la dentadura. De lo que no se libra uno es de lo de parecer un majadero disfrazado de pandillero del Bronx.

  3. Opción mística: son pocos, pero espectaculares, los casos en que la llegada a los cuarenta produce un giro espiritual religioso y el protoanciano decide “acercarse a Dios”, cosa para la que no se ha encontrado mejor manera de la práctica de la levitación. Es cosa harto incómoda a pesar de sus indudables ventajas (ahorra mucho uno en zapatos, por ejemplo).

  4. Opción gélido-racionalista o ‘sólo es un día más’: se trata del fruto de una fría reflexión que aúna consideraciones tales como: “al fin y al cabo, un año no es más que una convención” y cosas por el estilo que muestran, más que evitan, los problemas que uno pretende evadir.

  5. Opción ‘de consolatione philosophae’ o ‘todavía no necesito de la Viagra’, que, en realidad, no es más que una variante de la opción anterior que se caracteriza por añadir una falacia clásica: la idea de que basta con la famosa pastilla para practicar el sexo cuando, cualquier hijo de vecino lo sabe, lo básico y principal es disponer de una pareja (o de una pareja de parejas, sin duda cosa mucho más divertida).

  6. Opción catastrofico-obsesiva o ‘a ver si quedan plazas en el asilo’, opcion alarmista donde las haya que suele venir motivada por la pérdida prematura de piezas dentales amen de otros achaques que mi señor padre, lúcido en estos asuntos, insiste en llamar “goteras”.


Un servidor no acaba de decidirse por niguna de ellas. Algunas tienen su atracativo, otras parecen irme como un guante, pero no acabo de tenerlo claro. Desde luego, tengo claro que ya no soy un chaval, sólo algunos whiskies de malta me hacen levitar, no he probado la Viagra (más bien necesito del efecto contrario al de la dichosa pastilla), la reflexión filosófica la reservo para las nimiedades (qué mejor prueba que estas ‘Salidas’) y las goteras, que ya se van asemejando a un expediente de ruina, reconozco que no me preocupan demasiado. Otras son las cosas que tengo en la cabeza y que, repasando antiguos escritos, he comprobado que las veía venir.

Algo de eso ya había el pasado 11 de enero cuando les traje aquí al Papa Celestino V y es que no sé hablar de mi vida sin disfrazar las cosas de forma exagerada. La continuación natural de aquellas palabras llegó el 30 de enero y, desde entonces, creo que las he tenido calladas. Así van a seguir aunque los acontecimientos, al contrario que las palabras, se han empeñado en no estarse quietos y tengo el Gran Rifiuto y La Ciudad a la vuelta de la esquina.

Eso que no nombro y no otra cosa es lo que me ha tenido alejado de este lugar en los últimos días (supongo que nadie se habrá creído que me fui a Tapihi con Pablito). Procuraré que la cosa no vaya a más y pueda proporcionarles otros cuantos años más de sinsentidos en este lugar. Gracias a todos por anticipado.