22 de noviembre de 2005

Tránsito Matritense

Guillermo Cabrera Infante dijo una vez que un exiliado nunca se compra una casa. De llevar razón no puedo llamar exilio a estos últimos seis años de mi vida porque yo sí me compré una casa, la casa que ahora estoy vendiendo para regresar, con toda la tropa, a la ciudad que me vió nacer hace todos esos años que ustedes ya saben.

Dejé atrás muchas cosas, familia, amigos,... Inicié con la sóla compañía de la señora Rus, que tuvo el atrevimiento de venirse conmigo, esta aventura que ha durado un sexenio (y eso que ninguno de los dos somos funcionarios) y que, por lo que parece, toca a su fin. Seis años relativamente lejos de la gran urbe, seis años en los que nos nacieron dos hijos, entre otras cosas reseñables. Ahora partimos y dejamos atrás muchas cosas, es ley de vida. Volvemos a la ciudad.

Dicen que todas las ciudades son la misma (recuerden a Cavafis), que lo urbano es específico de la ciudad y engulle cualquier cosa que hubiera antes allí. Cuesta creerlo. He conocido (conocer es más que visitar) muchas ciudades y, a pesar de su común denominador, todas tienen su espíritu. De lo primero, aquello del común denominador es buen ejemplo lo siguiente:

No conservo el recuerdo de la primera vez que me sentí ciudadano, habitante de ciudad, pero sí tengo muy presente el primer chispazo que me hizo consciente de estar fuera de la ciudad, arrojado a una exterioridad misteriosa tan alejada en el tiempo y el espacio de la vida doméstica como las ilustraciones que adornaban el “Viaje al centro de la tierra” de Julio Verne, aquel lugar en donde las leyes familiares no regían en absoluto. Es un instante que me ha quedado detenido en la memoria, bien perfilado y todavía resplandeciente. (Félix de Azúa)

De lo segundo, de la personalidad inherente a cada ciudad del mundo, me gusta recordar como ejemplo un texto de Javier Marías que afirma, creo que con razón, que el rasgo de Madrid es precisamente el carecer de rasgos.

Precisamente porque el nacido en Madrid carece de raíces, de sentimientos patrios, de entusiasmo exacerbado por su lugar de origen, es más libre y más liberal. No considera su territorio como algo de su propiedad, y por ello no pone trabas ni impedimentos a la llegada y medro perpetuos de los forasteros.

Esa es la ciudad a la que me dispongo a regresar, ciudad que no trató bien a don Guillermo Cabrera Infante (cosas del régimen de la época, que sospechaba de todo lo procedente de Cuba) y sobre la que éste escribió lo siguiente:

Madrid (la d no se pronuncia) no es la capital del mundo, es la capital de España. Pero hay más de un Madrid. Hay el Madrid del escritor americano que habló de la muerte en la tarde en un mundo que era un laberinto con un Minotauro en el centro que era todo toro y los toreros todos querían ser Teseo, pero algunos no eran más que una engañosa Ariadna vestida de luces. Mi Madrid fue una ciudad tapiada, tapada, de monjas. Mojigata. Cuando regresé diez años más tarde comenzaba a cambiar y era una ciudad no de hábitos sino llena de mujeres en flor con el cabello corto y las piernas largas y, para desmentir aún más a Chicho Penhauer, llevaban la conversación en una ciudad donde conversar es una de las bellas artes. Eran ésas, además, las mujeres más libres y más interesantes del mundo conocido para mí, que había estado entre las nativas del Swinging London, todas rubias, y viví para contarlo.

Yo vuelvo a Madrid, aunque no sé si a mi Madrid, que ya no existe. Esta mañana he dejado a Rus en el aeropuerto con una lágrima (en sus ojos y otra en los míos). Ella marcha de avanzadilla de nuestra definitiva invasión. Si he estado ausente estos días no ha sido por otra razón que la planificación del desembarco, acción ciertamente dificultosa si las tropas son numerosas. He de resolver ciertos desaguisados financieros, la venta de la casa (¿le interesa a alguien?), los cambios de trabajo, los cambios de colegio, unos cuantos papeleos, la organización de la mudanza (quizá fuera más barato traer Madrid hasta aquí) y, para colmo de males, cerrar mi episodio odontológico con la cuarta y más temible de las intervenciones. ¿Cómo quieren que me siente aquí y les escriba algo? ¿Es que no han tenido suficiente?

Porque con vistas al próximo aniversario, el primero de todos los por venir, de estas ‘Salidas de Emergencia’, he dedicado algo del escaso tiempo que me queda a repasar lo que aquí he ido soltando y he quedado abrumado por su volumen. No creo que puedan imaginar el número total de folios que ocupan estas necedades mías. De haberlas publicado en papel ya no sería necesario preocuparse por la deforestación del Amazonas porque ya no quedaría allí un solo árbol.

Sepan pues que ando demasiado liado y no consigo centrarme en texto ninguno (y eso que ando trabajando en uno titulado ‘Uno nunca sabe’ que no merece que lo acabe deprisa y corriendo como es mi costumbre), pero, digo yo, que habrá que celebrar haber alcanzado un año de existencia de este gallinero, cosa que es mérito de todos. No se me enfade, señor don Jordi, al fin y al cabo usted ha faltado aquí más veces que yo. Intentaré hacer acto de presencia todo lo que pueda y anuncio desde este momento que con motivo del aniversario tendrán una pequeña sopresa que les dedico con todo el cariño que todavía me queda. Mientras tanto, les dejo con un atardecer en Tapihi debido a la mano maestra de Archibald Fenster-Parrish. Disfrútenlo.

Image hosted by Photobucket.com