21 de diciembre de 2005

De estultos y otras hierbas (I)

Por fin, tras un cierto paréntesis sobrevenido, regreso a esta tribuna con ánimo de retomar cualquiera que fuese la cosa que por aquí hacía e inaugurar la nueva temporada de estas ‘Salidas de Emergencia’. Sería presuntuoso por mi parte suponer que me han echado de menos (aunque alguno me consta que ha habido), pero tampoco creo que me hayan echado de más (al fin y al cabo, es bien sencillo no leer estas estupideces mías, cosa que se hace mayoritariamente). Lo único cierto es que he faltado aquí muchos días por razones sobradamente conocidas por los fieles (e incluso por algunos infieles). Quede el juicio sobre si esos días han sido demasiados o demasiado pocos en manos del respetable y tal vez respetado. Yo a lo mío.

Debo confesarles, no obstante, que unas vacaciones blogueriles son más que saludables y éstas, aunque no pretendidas, lo han sido para mí. Dejaré ahora zarpar a la segunda temporada a la manera de siempre, sin rumbo, ni destino, ni propósito. De todas formas y por guardar estas últimas, las formas, no estaría de más hacerle un lavado de cara al blog. Es cosa archiconocida entre creativos publicitarios, que nadan siempre entre dos verdades o artículos de fé: que para vender lo mismo de siempre hay que hacerlo pasar por nuevo, y que para vender algo nuevo hay que hacerlo pasar por lo mismo de siempre. En vista de que no tengo idea sobre si este segundo año traerá por aquí lo mismo de siempre o algo nuevo y de acuerdo con las tablas de la ley publicitaria, me veo en la obligación de adoptar una solución de compromiso, a medio camino entre uno y otro mandamiento. Ésta es la mejor manera de asegurarse un resultado mediocre lo que a su vez es la secreta aspiración de todo lo que aquí escribo.

Es hora, por tanto, de introducir cambios. Los suficientes como para producir una cierta distancia respecto del año pasado pero insuficientes como para renegar del mismo. En otras palabras, que quien quiera ver aquí lo mismo del año pasado pueda hacerlo, y quien quiera ver algo nuevo, pueda darse el mismo gusto. Enumeraré de forma sucinta algunas de estas modificaciones por dos motivos principales: por dar razón de ellas y porque algo he de publicar aquí el día de mi regreso y tan repentina como mi desconexión ha resultado mi ‘reconexión’, que me ha cogido sin idea alguna que traer aquí (lo que, obviamente, no es noticia).

Les prometí, por ejemplo, un PDF recopilatorio del primer año de ‘Salidas de Emergencia’. Puedo anunciar y anuncio que ya está terminado y que, en cuanto decida y resuelva dónde y cómo alojarlo, lo tendrán disponible en la columna de la derecha, en la que también he decidido sustituir el viejo basilisco por otro que quiero creer más elegante. Precisamente ha sido la compilación de mis propios textos la que me ha revelado la hábil perspicacia de San Jerónimo al afirmar lo que hasta hoy ha sido el lema de esta bitácora, que el número de los necios (y, en consecuencia, de las necedades) es infinito. No menos hábil ha sido la mía, mi perspicacia, al tomar estas palabras como divisa. Los necios somos legión y ya era hora de celebrarlo.

Pocas dudas caben de que el número de los necios sea infinito (es afirmación retórica, en realidad no cabe ninguna duda) y por eso lo he proclamado orgullosa y solemnemente. Puesto a dar un paso más he creído oportuno establecer un nuevo lema para este segundo año. En sustitución y como complemento de la anterior divisa, recurro ahora a las profundas y sutiles palabras de Cicerón sobre la dispersión espacial y temporal de los imbéciles: Stultorum plena sunt omnia, es decir, que los necios están (o estamos) por todas partes. No abundaré aquí, no por falta de interés sino porque ya se ha hecho de forma mucho más rigurosa que la que mi entendimiento permite, en las trascendentales cuestiones que se refieren a la importancia, utilidad y carácter benéfico de la estupidez. La propia estupidez ya lo hizo de forma memorable aprovechándose de la mano de Erasmo de Rotterdam a la manera en que las hermanas Vane hicieron lo propio con la de Vladimir Nabokov.

No obstante, éste de la estupidez es asunto que me preocupa sobremanera y al que he dedicado muchas horas de perdidas reflexiones. Puedo decir, con cierto orgullo, que mentes a todas luces más iluminadas que la mía se han visto asaltadas por similares inquitudes y es que mal de muchos ya se sabe a quién consuela. Por ahorrarles en lo posible mis consideraciones, a las que poco interés veo, dedicaré estas líneas durante algunos días a aquellas otras debidas a algunos hombres ilustres que me han precedido en esta disciplina tan poco apreciada pero tan necesaria para el progreso del espíritu: el estudio y análisis de la estupidez. Quede así mi nuevo lema tan justificado como el antiguo.

Los pocos que hayan seguido con aprovechamiento estas bobadas mías desde el principio recordarán que hace tiempo les traje por aquí un librillo fundamental debido a la mano, la cabeza y tal vez otros órganos de un caballero italiano, Oliviero Ponte de Pino. Aquella obra llevaba y sigue llevando por título El que no lea este libro es un imbécil. Sobre parte de este libro basaré estos escritos. A ello añadiré, como referencia complementaria, una breve nota publicada en los Cuadernos de Información y Comunicación del Departamente de Periodismo III de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutenese de Madrid (compadezcan al que tenga que citar esta publicación por su nombre) y firmada por un tal L. Jean Lauand, de la Universidad de Sao Paulo: La tontería y los tontos en el análisis de Santo Tomás de Aquino, disponible en PDF en algun lugar de la red de cuyo nombre no quiero ni puedo acordarme. Bien es sabido que Santo Tomás, como buen aristotélico confeso, mostraba una tendencia al despiece que bien puede ayudar a arrojar algo de luz alrededor de (e incuso directamente sobre) estos asuntos. Tampoco se hagan muchas ilusiones, porque el despiece del de Aquino deja bastante que desear y resulta bastante desordenado, pero por algun lado hay que empezar. Valor y al toro.

Del hecho de que los necios sean, sin género de dudas, infinitos cabe sospechar cuando no deducir que no todos han de responder al mismo patrón. Los ha de haber de muy diversa índole y condición y su catalogación, muchas veces intentada pero jamás lograda de forma convincente, resulta una necesidad imperiosa para, como bien dice Ponte di Pino “orientarse en el laberinto de la memez humana”. ¿Es lo mismo un idiota que un cretino? ¿Se puede ser imbécil sin ser estúpido? ¿Qué distingue al soplagaitas del giliflautas?

Por intentar darle forma a lo que no la tiene tomaré como referencia fundamental la taxonomía del estúpido que este lúcido italiano propone a partir de la página 229 de su libro y que, como no podía ser de otra forma, arranca con el estúpido en estado puro y virginal, el bobo de toda la vida para entedernos (los elementos numerados corresponden a Ponte di Pino; me he ahorrado las cursivas para conservar las originales):

1. Stupidus stupidus: el etimológico, que conserva todo el estupor originario, el majadero, el pasmado; quizá el inocente, el que bambolea la cabeza sin entender, estrecho pariente del sandio, extraña etimología acaso originada en el vocativo piadoso Sancte Deus que provocaba la presencia del pobre infeliz; el balbuciente, que balbucea porque ha perdido las palabras a causa del estupor, y sus parientes el bobalicón y el babieca.

La fuente de la estupidez es, en consecuencia, el estupor. De hecho, Santo Tomás de Aquino alterna la denominación Stupidus con la de Cataplex porque considera que el estupor, a diferencia de la admiración, produce la parálisis de la inteligencia.

Admirans refugit in praesenti dare iudicum de eo quod miratur, timens defectum, sed in futurum inquirit. Stupens autem timet et in praesenti iudicare, et in futuro inquirere. Unde admiratio est principium philosophandi, sed stupor est philosophicae considerationes impedimentum (I-II, 41, 4 ad 5)

Estoy seguro, porque presumo su lucidez e instrucción, de que ya le han puesto más de un nombre a este estúpido. Basta asistir a una conferencia (aún mejor es un discurso pronunciado por algun monarca) y reparar en la expresión ausente de los asistentes que pretenden, sin éxito, aparentar estar escuchando con interés lo que allí se dice, para encontrarse con una nutrida representación de este necio primigenio que en ningún caso debe ser confundido con Tony Leblanc practicando el timo del tocomocho, que no tiene nada de idiota.

En todo caso hemos topado aquí con el quid, el busilis, el núcleo del asunto y no está de más detenerse algo en él. Tengo para mí que es cosa necia considerar que estupefacción, pasmo o asombro, por citar tan sólo algunos vocablos de la infinita lista que nos proporciona el idioma, sean sinónimos (y eso que tan estupefacto como pasmado y asombrado quedé, por poner un ejemplo, cuando oí a aquel notorio parlamentario hablar del ‘régimen laminar’).

Aquellos con edad suficiente y a los que no produzca sonrojo bucear en los recuerdos más vergonzantes tal vez conserven alguna imagen de cierto consuro televisivo infantil que llevaba por originalísimo título: El monstruo de Sanchezstein. En él, el tierno infante concursante debía dirigir con instrucciones de viva voz a un remedo del monstruo del Dr. Frankenstein poco respetuoso con Mary Shelley, interpretado si no recuerdo mal por Pepe Carabias y que respondía al poco afortunado nombre, al menos para un monstruo, de Luis Ricardo. El objetivo de todo ello era conseguir superar con éxito una prueba cambiante cada semana. De esta manera cada tierno chaval semanal iba ‘concursando’ con grandes gritos: ‘¡Luis Ricardo, tres pasos a la izquierda!’, ¡Luis Ricardo, coge la palangana!’, ¡Luis Ricardo, vete a la mierda!’.

El caso es que la ‘gracia’, si puede llamarse así, del asunto era que el señor Carabias exigía instrucciones suficientemente precisas para ejecutar las órdenes. Bastaba el menor resquicio a la interpretación para que el maldito monstruo ejecutara acciones contrarias a las pretendidas (¿imaginan que se obligara a los niños de hoy en día a expresarse con claridad? ¡qué atrocidad!). Y en algun caso, bastante frecuente por cierto, el monstruo quedaba literalmente ‘pasmado’, incapaz de hacer nada ante lo absurdo de lo que se le decía. Así quedé yo, por seguir con el ejemplo anterior, el día de las ‘láminas’ para después salir del pasmo, pero no del asombro, y redactarles aquel viejo escrito.

En consecuencia, pasmo y estupor son simplemente asombros de tal grado que suspenden el juicio, que queda inutilizado temporal o definitivamente. Dicho o aclarado esto, es importante distinguir entre aquel que tiene el juicio embotado a causa del estupor y aquel otro que carece de juicio susceptible de embotarse. El primero es el autentico stultus mientras que el segundo es el fatuus y, tal vez, el vacuus, el que tiene la cabeza hueca. Si tienen interés en asomarse al vacío (y no padecen de vértigo) es suficiente con que presencien la ‘tertulia de actualidad’ del programa de Maria Teresa Campos (espero que emita por satélite para deleite de los lectores de allá). No cabe imaginar mayor despliegue de fatuidad.

Creo, por tanto, que de este Stupidus stupidus al que cabría denominar Stultus primigenium se pueden derivar al menos tres subespecies bien definidas (seguro que ustedes son capaces de aportar muchas más) cuya estupidez no precisa del estupor dado que carecen de juicio:

Fatuus televisionis: subespecie endémica de los platós de televisión y, en ocasiones, de los estudios radiofónicos. Añade a la ausencia total de facultades intelectivas una inusitada capacidad canora que desarrolla no sólo a través del aparato fónico sino también de los codos. Es subespecie divagante que se reproduce por doquier, lo que viene a ser como decir por esporas.

Inanis infinitus: demostración de que el infinito no ocupa lugar y cabe sin problemas en una cavidad craneal de tamaño medio o standard. Se caracteriza por portar un infinito, insondable, inabarcable, abisal vacío en el lugar generalmente ocupado por la materia gris. Gracias a ello, es capaz de almacenar cuantas majaderías cabe imaginar, majaderías que repite sin cesar dando la sensación de que razona cuando en realidad sólo reproduce a la manera de los loros. Se cultiva en escuelas, colegios, academias, intitutos y universidades y goza de un sólido e inmerecido prestigio.

Vacuus silvestris: Contrapartida natural del Inanis infinitus especializado en reafirmar, afirmar, repetir y petir lo maravillosa que es la naturaleza sentado en un sillón de polipiel ignorante él (no el sillón), como aquel cantante brasileño, de que los animales no son, por definición, civilizados. Suele alimentarse de consignas simples mientras genera residuos en cantidades inconcebibles en el estado de naturaleza que tanto admira. Ha hecho del cambio de tercio (pero no de tercio de cerveza, por supuesto) su estrategia defensiva por excelencia.

(Continuará)