22 de diciembre de 2005

De estultos y otras hierbas (II)

Continuando con la relación de estúpidos iniciada ayer y recurriendo de nuevo al maestro Ponte di Pino, llega el momento de ocuparse de una nueva especie:

2. Stupidus geographicus, con denominación de origen controlada, el beocio, el batueco, el pánfilo, el bolonio, el lepero, el cuaco, el bárbaro y el zulú. Entra quizá en esta categoría (de la que constituiría, por tanto, una subcategoría) el Stupidus onomasticus, identificado por un nombre de pila (típico tal vez de los campesinos): Pánfilo, Primo, Rústico, Abundio, Gil, Mamerto, Penseque (el hijo de don Tonteque) y Perogrullo, estos dos medio primos; Facundo, Pichote, Perico el de los palotes, Ambrosio –el de la carabina–, más la varopinta familia de los Juanes: Juan Lanas, Juan Jumento, Juan Zoquete, Juan de la Torre, a quien la baba le corre, o Juan Flor, que se curaba para estar mejor, o el recentísimo Juan Valdés, tan tonto que cosecha el café grano a grano; por lo que sé, en esta categoría no aparecen mujeres, prueba acaso de la diabólica astucia del sexo débil. Y quizá hubiera que agregar a esta lista de nombres propios el anónimo que aso la manteca...

Esto de juzgar a las personas por el lugar donde nacieron (o pacieron), tan del gusto de nacionalistas de toda índole, es cosa que la propia estupidez ha sabido y practicado desde siempre y por ello lo ha tenido en cuenta al hacer gala de su linaje. La estupidez, si nos atenemos a su propia confesión, nació en las mismísimas islas Canarias:

Pero si también os interesa el lugar en que nací, puesto que hoy día piensan que lo que más atañe a tu nobleza es en qué lugar has dado los primeros vagidos, no fui yo parida en la errabunda Delos, ni en el ondeante mar, ni en profundas cavernas, sino en las mismísimas Islas Afortunadas, donde todo crece sin sembrarse ni ararse. (Erasmo de Rotterdam, Elogio de la estupidez, VIII)

Por supuesto, que la estupidez naciera en las islas Canarias no quiere decir que todos los idiotas sean canarios, ni que todos los canarios sean idiotas (puedo probar la falsedad de ambas afirmaciones). De hecho, cabe afirmar, con Aristóteles, luego refrendado por el propio Santo Tomás de Aquino, que los estólidos por antonomasia son los celtas.

Potest autem dici insanus, sicut dicitur de celtis qui sunt stolidi (Tab. L. Eth. cp t)

En todo caso, mucho cabe reflexionar acerca del necio con denominación de origen. No todos pueden contarse en la misma cuerda. El bolonio, por ejemplo, muestra una estolidez adquirida, no sin esfuerzo, en el Real Colegio de España en Bolonia (siendo, por tanto, sospechoso de pertenecer, más bien, a la subespecie que he denominado Inanis Infinitus), mientras que el beocio parece verse bendecido por la misma gracias al simple hecho de haber nacido en Beocia (conviene no olvidar que Píndaro, por ejemplo, era beocio, qué decir de los generales tebanos).

El pánfilo (que tan sólo significa bondadoso a no ser que se refiera al inefable Pánfilo de Narváez que tan buenos ratos le hizo pasar a Alvar Nuñez Cabeza de Vaca), desde luego, no debe ser incluído en esta categoría pues no está adscrito a región o territorio alguno como, por ejemplo, el batueco. También debe hacerse excepción con el Leperus vulgaris, tradicional pero erróneamente considerado un Stupidus geographicus en estado puro: cualquiera que se moleste en revisar la evolución reciente de la renta del municipio de Lepe se convencerá de que allá no tienen un pelo de tontos. Caso aparte es el de Babia, pues parece que nacer allí no tiene relación ninguna con la bobería y se exige la presencia física en el territorio para contarse entre los imbéciles.

Echo de menos en esta categoría algunos lugares no menos celebrados como los cerros de Úbeda, por donde suelen (solemos) pasear los estupefactos en desesperado intento de superar la parálisis intelectual y cuyos más escondidos rincones conozco a la perfección por propia experiencia. Más de una vez he pensado en escribir una Guía de los Cerros de Úbeda no para enseñar a salir de ellos, cosa de la que poco provecho puede extraerse, sino para recorrerlos en toda su extension con la decisión que es capaz de proporcionar el estupor, que por si no lo saben, es mucha.

Algo más lejos queda la luna, patria de los lunáticos a la que se empeñan en llegar, por alguna suerte de natural disposición, rusos y norteamericanos (últimamente acompañados de los chinos y algún que otro multimillonario aburrido). No puedo decirles gran cosa sobre este exótico destino. Me he visto multitud de veces en las batuecas pero jamás de los jamases he estado en la luna, ni siquiera al redactar estas páginas.

Un hecho paradójico es que ciertos stupidus geographicus ejercen su idiotez a base de suponérsela al resto de la humanidad. No está de más recordar la etimología de la palabra idiota, cosa que ya hizo en su día Santo Tomás:

Idiota proprie dicitur qui scit tantum linguam in qua natus est (Super I ad Cor. 11-16)

Idiota es, por tanto, aquel que sólo conoce su lengua materna (dejaré aparte cualquier referencia a la primera epístola de San Pablo a los corintios, porque es cosa que corresponde a otra especie a la que me referiré más adelante). Cómo no pensar en aquellos que, disponiendo de una lengua materna (es decir, aquella en y con la que se criaron), se apresuran a inventar otra a la que denominan ‘materna’ en desesperado tránsito desde la idiocia hasta la más pura estupidez, disponiendo toda clase de recursos que mejor uso tendrian de encomendarse hacia la mejora de las condiciones materiales de sus gentes. Pero hace tiempo les prometí no referirme a este asunto y debo hacer honor a mi palabra.

Bárbaros, a estas alturas en que por más que busque uno a Roma en Roma no la encuentra, lo somos todos y los zulúes, de atender al políticamente incorrecto (como debe ser) Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua son tan solo brutos, no estúpidos (¿recuerdan que el señor Arzallus dijo una vez que un vasco y un zulú no tienen nada en común?, el que tiene boca se equivoca).

La caterva de personajes, reales o imaginarios, que cabe clasificar como stupidus onomasticus amenaza con superar en número al de los propios necios, que ya saben que es infinito. Y todo porque el más mínimo contratiempo ya le condena a uno a ejemplificar la tontería universal. El pobre Ambrosio, por ejemplo, tan sólo tenía una carabina que no funcionaba al carecer de pólvora y que le impidió desarrollar convenientemente su carrera de bandolero. Abundio, al parecer, pasó a la historia por llevarse, al ir a vendimiar, uvas de postre. Del infeliz Mamerto ni siquiera conozco el pecado. Y yo me pregunto si alguien, con el corazón en la mano, puede decir que nunca ha hecho algo digno de figurar al mismo nivel que estas gilipolleces. Yo, desde luego, he cometido idioteces muy superiores que me callo para no engrosar tan abultada lista de nombres.

(Continuará)