23 de diciembre de 2005

De estultos y otras hierbas (III)

Toca hoy, como continuación de esta saga y para variar, una de las más interesantes especies que pueblan el vasto mundo de la estulticia. Mundo al que hasta los más afamados de la blogosfera le están dedicando parte de su abnegado esfuerzo. Sé que estas fechas navideñas no son las más adecuadas para traer aquí a la especie de hoy, pero debo seguir un orden. Pasemos sin más prolegómenos a presentar al

3. Stupidus misticus, o sea cretinus (en el sentido de cristiano) que se intersecta en ciertos aspectos con la categoría anterior; sus ejemplos más clásicos son San Alipio y San Antonio (que, sin embargo, son también parientes del Stupidus stupidus; “parece mismamente un San Alipio en la columna” dicen en Venecia refiriéndose a una estatua colocada sobre una columna en la basílica de San Marcos; mientras que en el Tesino el mismo concepto ha hallado esta expresión: “Igualito que un San Antonio de yeso”; y también San Ciruelo, San Apapucio o el santo Job. En una más amplia derivación bíblica, la categoría abarcaría también algún caifás, judas, barrabás o gedeón.

El señor Ponte di Pino, haciendo gala de una destacable perspicacia, ha señalado que una de las grandes aportaciones del cristianismo ha sido la creación de una nueva clase de estúpido, el ‘pobre de espíritu’, que recibe todas las bienaventuranzas (Mateo, 5,3). No es momento ni lugar para repasar el apasionante tránsito desde la celebración de la necedad de los escritos del Antiguo Testamento, su natural continuación en el Nuevo Testamento (“Destruiré la sabiduría de los sabios y la inteligencia de los entendidos reprobaré”, Corintios, I, I, 19; ), las corroboraciones de los doctores de la Iglesia (“A Dios se le conoce mejor en la ignorancia”, San Agustín, De ordine) y la necesaria culminación del viaje con la aparición del imprescindible “santo bobo”. Dejemos que sea el propio Ponte di Pino quien nos los presente:

... De esta actitud comprensiva bortaría una progenie de campeones de la cristiandad, los “santos bobos”, imprevisibles enemigos del maligno, beatamente inmunes a sus venenosas astucias. A juzgar por algunos episodios, el propio San Francisco podría formar parte de esta élite. Pero el más glorioso representante de la sorprendente categoría sigue siendo sin duda San José de Copertino (1603-1663), llamado “Bocabierta” por su mandíbula colgante y su insuperable estolidez, pero célebre por sus raptos místicos, sus levitaciones y sus autenticos vuelos, incluso a largas distancias: tesimonios fiables nos han transmitido tanto la idiotez como los milagros del santo de Apulia.

Pueden deleitarse con la biografía de San José de Copertino, patrón de los estudiantes, aquí. Para aquellos más perezosos, destacaré a continuación algunos de sus pasajes más interesantes a mi juicio.

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José (todavía no era santo) nació en 1603 en un cobertizo porque a su padre le habían embargado la vivienda por no pagar la hipoteca (¿de qué me sonará a mí esto?). El chaval nunca destacó por sus dotes intelectuales y cuando a los diecisiete años intentó ingresar en diversas órdenes religiosas no fue aceptado en ninguna. Imaginen cómo debía ser el chaval habida cuenta de que entonces los procesos de selección eran bastante menos rigurosos que hoy en día. Incluso un familiar suyo, que era rico, lo mandó a paseo porque “no era bueno para nada”.

Entró a trabajar en un convento de franciscanos que, con el tiempo, llegaron a acostumbrarse a sus cosas y acabaron admitiéndole en la orden. Entonces comenzaron a obrarse prodigios maravillosos que son los que le han llevado a ser patrón de los estudiantes. Como ya he dicho, José no había nacido para los estudios. Su incapacidad era infinita, su ignorancia enciclopédica. Del evangelio sólo consiguió retener una frase: “Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Llegó el día del primer examen parcial y se obró el milagro: esa y no otra fue la frase que cayó en el examen.

Pero no acaba aquí la cosa. Resulta que el examen final, que era oral, resultó mucho más milagroso. El obispo examinador llevaba ya diez alumnos examinados cuando declaró: “¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?” y concedió el aprobado general. Así se libró José, que ocupaba el puesto 11 del examen y fue ordenado sin haber reunido mérito alguno para ello.

A partir de aquí comenzaron sus variopintos números milagrosos entre los cuales destaca la afición por la aeronáutica (hubo muchos otros; sabía, por ejemplo, estar en dos sitios a la vez). De los más de doscientos santos de los que se tiene noticia de que han volado alguna vez, San José de Copertino es el que con mayor frecuencia y mejor estilo lo ha hecho. Una vez, en presencia del embajador de España, vio un cuadro de la virgen en lo alto de un edificio y voló hasta él para dedicarle unas oraciones antes de descender y atender al embajador, que lo esperó pacientemente en el suelo. A veces volaba con carga, como cuando llevó una pesada cruz hasta una montaña porque los diez obreros encargados de ello eran incapaces de hacerlo. Se prodigaba tanto en sus espectáculos que sus superiores llegaron a prohibirle celebrar la misa

Fue beatificado en 1753 por Benedicto XIV (precedente de aquel otro Benedicto que ha mostrado su público apoyo por Pablito) quien declaró tras estudiar con todo rigor la lista de sus milagros: “todos estos hechos no se pueden explicar sin una intervención muy especial de Dios”. Y tan especial, sin duda.

Santos bobos ha habido muchos y no es cuestión de repasarlos aquí a todos. Para cerrar el tema de hoy me detendré, no obstante, en cierta clase de necedad que guarda alguna relación con todo esto ¿Quién no ha recibido alguna vez una carta en cadena? Ya saben, aquellas que ruegan o exigen (la interpretación es libre) que uno reenvíe cierto mensaje (y a veces ciertas monedas) con la amenaza de que, de no hacerlo, terribles desgracias irreparables caerán sobre uno. Casi siempre vienen acompañadas de jugosos ejemplos que constituyen, con todo merecimiento, un género literario: Lisardo Cañete no envió la carta y poco después superó el casting de Gran Hermano; Apapucio Méndez no envió la carta y a la semana fue vapuleado por unos sicarios rumanos que lo confundieron con un traficante de drogas que tampoco había enviado la carta; Rosalinda del Montón no envió la carta y se quedó embarazada de un viajante de comercio que desapareció sin dejar rastro con todo su muestrario.

Pues bien, esta clase de cartas se conocen en Italia como “cadenas de San Antonio” y, dado que niguno estamos libres de la estupidez, estoy seguro de que más de una vez se han sentido culpables por haber cortado la cadena. Tengo la solución para este necio problema, solución que viene de la mano de una filantrópica Organización No Gubernamental dedicada a eliminar este molesto problema y de la que ya les he hablado alguna otra vez: Chain Letter Anonymous. Les contaré cómo funciona.

El problema a resolver es bien simple: todos sabemos que enviar la carta es una estupidez pero también sentimos cierto rechazo a atraer las desgracias hacia nosotros. La solución es bien sencilla. Chain Letters Anonymous dispone de un cuerpo de voluntarios dispuestos a recibir la carta y después cortar la cadena. Se consigue así no ser el último pero garantizar que esa estúpida misiva deje de circular. Para que luego digan que ya no quedan buenos sentimientos.

(Continuará)