26 de diciembre de 2005

De estultos y otras hierbas (IV)

Tras los atentados gástricos (que no gastronómicos) propios de estas fechas, aprovecho que pasaba por aquí para desearles feliz navidad y para colocar al cuarto y al quinto de los imbéciles de esta interminable clasificación de estúpidos que algún día nos llevará a puerto, se lo prometo.

4. Stupidus vegetalis, que incluye el berzas, el alcornoque, el boniato, el vaina, el moscatel, el calabaza (naturalmente vacía, o bien en la forma diminutiva de calabacín); el leño, el zoquete, el tarugo y el ceporro, aunque un poco secos, también son vegetales, y con la badea, sandía o melón aguanosos y desabridos, pero también “sin sustancia”, se cierra dignamente este apartado.

Como hombres (y mujeres) de mundo que son supongo que alguna vez habrán pasado por un restaurante vegetariano para admirar toda esta variedad de berzotas en su estado natural, celebrando con espeluznantes rituales caníbales su estulticia (les aseguro que es terrible contemplar a un boniato comiéndose un boniato). Mención aparte merecen los que se autocalifican de ‘ovolácteos’ (con excepción de mi amigo Javier, al que aprovecho para saludar), queriendo decir con ello que tienen unos huevos que son la leche.

Tengo para mí que en esta categoría se han quedado en el tintero algunos más, como el lechuguino de toda la vida, al que ahora todos llaman metrosexual salvo el señor Arlote, que prefiere llamarle cursi. Otras destacadas ausencias en la descripción del maestro Ponte di Pino son el cebollino, tal vez emparentado con aquel Algarrobo que acompañaba a Curro Jiménez; el zanahoria, que por lo visto habita en el Uruguay, y el lila, pariente próximo del stupidus stupidus por sus alelados balbuceos. Quizá deban contarse también en esta especie aquellos que tienen serrín en la cabeza.

Como ven, el reino vegetal es una inagotable fuente de idiotas, tal vez fruto de la envidia que despierta pues todavía no se ha descubierto una encina que padezca estrés. Pero no vayan a creer que el reino animal se encuentra libre de pecado.

5. Stupidus bestialis, la bestia, el animalote, el que descubre su estrecho parentesco con algunos calificados representantes del reino animal: sobre todo los peces, o mejor dicho, los besugos, apreciados por su tendencia a picar en todos los anzuelos; al parecer en Génova y sus alrededores se celebran seminarios sobre las sutiles dferencias entre la estupidez del róbalo, la merluza (y su merluzo), la sepia, el atún y la tenca. Están bien representados –gracias a su proverbial testarudez– todas las “bestias de albarda”: el burro y sus parientes, mulo, asno, pollino, acémila y jumento; asimismo, aparece el buey y el ganso; sin olvidar al pardillo, el chorlito y el palomo e incluso un ave rapaz como el cernícalo.

En estos tiempos en que tan buena prensa goza el diálogo no está de más destacar a la más extendida modalidad de éste, tan de moda en las negociaciones sociales, debates parlamentarios y tertulias diversas, el diálogo de besugos. Es arte que en los tiempos que corren está viviendo una Edad de Oro sin precedentes históricos conocidos acompañado por un no menos espectacular aunque sí más desconocido ‘diálogo de merluzos’.

Por lo que se refiere a la burricie es importante señalar que Santo Tomás de Aquino distingue entre el estulto, que es parangonado al burro, del estólido, cuyo paralelo es la oveja. Ya hicimos hace tiempo aquí una reprobación de la oveja apoyada nada más y nada menos que en el mismísimo Aristóteles y ejemplificada por la peor de las ovejas negras de los tiempos que corren: el ‘artista’ (en el peor sentido de la palabra) Damien Hirst. Poco puedo añadir a aquellas palabras así que me centraré en el pollino, que no ha merecido aquí tanta atención supongo que porque ya cuenta con numerosas e hiperactivas amistades (y algún que otro explotador).

Al decir de la tradición el burro es torpe y testarudo, cualidades en las que me veo retratado con singular precisión (y eso que lo que me divierte es hacer el ganso). Fue un peculiar rumbero el que estableció el parentesco directo entre el borrico y el insipiente que por no saber no sabe ni la ‘u’. Este rumbero resultó ser muy poco socrático pues estaba orgulloso de saber más que un pollino a pesar del poco mérito que eso tiene (i.e. ‘yo sé más que tú’), pero de todo ha de haber en esta viña del señor, como tuvimos ocasión de comprobar en el capítulo anterior de esta serie. En este apartado de las bestias de carga debiera contarse, quizá, el lerdo, a pesar de no identificar especie conrecta alguna y, tal vez, su pariente cercano, el cenutrio.

Caso aparte es el capitulo ornitológico que ya pasó por aquí de refilón aquel día que cazamos pájaros en Google. El pardillo común ya mereció nuestra atención entonces así que mejor será que fijemos la atención en otras especies. Por ejemplo, los chorlitos muestran una impresionante variedad para deleite de los estudiosos de la naturaleza humana. Por ejemplo, en cocktails y celebraciones varias habita el chorlito social mientras que en ministerios y otros departamentos públicos anida el chorlito gris. En todo caso, el cabeza de chorlito guarda un cierto parentesco con el cerebro de mosquito, pues también los insectos han realizado su generosa aportación a este catálogo. El Palomo, por el contrario, no debe contarse en esta especie, pues en realidad de refiere a un stupidus onomasticus bien conocido.

En resumen, los naturalistas han querido encontrar un espejo de la necedad humana en los objetos, vegetales o animales, de su disciplina lo que, va de suyo, no es más que otra prueba más de que hasta para nombrar nuestra imbecilidad somos todos unos merluzos, o unos berzas, o unos burros o unos tarugos.

(Continuará)