30 de diciembre de 2005

De estultos y otras hierbas (y VI)

Toca hoy a su fin esta interminable serie de estólidos variados. Nada menos que cinco especies, necesariamente abreviadas, para concluir el asunto y anunciar el por qué de todo esto.

9. Stupidus musicalis, que comprende el cencerro, el badajo o badajuelo, el sonado, el desafinado, el destemplado, el desacordado, el soplagaitas y el intercadente.

Sin duda ninguna es categoría que tiene bemoles. La música es con toda probabilidad el arte más relacionado con la estupidez. Para confirmarlo, no tienen más que ver Operación Triunfo, ese inefable concurso donde florece por doquier una de las subespecies más comunes y extendidas, el cantamañanas (exposiciones prolongadas pueden ser perjudiciales para la salud). La reproducción de éste se ve muy favorecida por la convivencia con otra especie musical que también frecuenta ese concurso, el falsete.

Es lugar común ubicar la estupidez entre los instrumentos de percusión: cencerro, pandero, etc. Sin embargo, la totalidad de los instrumentos orquestales, así como los populares se relacionan de alguna u otra forma con la idiotez. Desde luego, entre los instrumentos de viento destaca la gaita y entre los de cuerda la bandurria, pero eso no quiere decir que los demás no vengan a cuento. Ahí tienen la flauta de Bartolo, sin ir más lejos.

Un instrumento tradicional por estas fechas, la botella de anís, sugiere de forma muy directa otra clase de necio: el trompa, cuya estupidez es temporal y desaparece a la mañana siguiente, tal y como acertadamente le señaló Sir Winston Churchill a Lady Astor. Existe otra variedad musical de menor entidad, el entonado, que viene a ser un trompa en fase embrionaria. Todos ellos acaban haciendo de Asturias su patria querida por razones que la ciencia todavía no ha conseguido explicar.

Y por completar esta categoría, el sonado, tan frecuente en el boxeo y en la política nacional es pariente próximo del monocorde que, aunque parezca mentira, puede ser también disonante.

10. Stupidus geometricus, o sea, el obtuso, el encefalograma plano, pero también el romo, al que no hay manera de sacarle punta, y el boto (de embotado), rudo y torpe de ingenio.

Atendiendo a los reveladores textos de Santo Tomás de Aquino (y a cualquier manual de geometría), lo obtuso se opone a la agudeza (“Hebes acuto opponitur”, nos dice el de Aquino). El obtuso, al igual que el romo, es incapaz de penetrar la realidad, no la comprende y sus ideas e intuiciones son necesariamente groseras. De ahí que también quepa contar en esta categoría al incrassatus.

Pero esta especie contiene muchos otros ejemplares no necesariamente relacionados con lo obtuso. Si hay un estúpido opuesto al embotado éste es sin duda el hiperbólico, tendente a la exageración hasta extremos ridículos y que a veces pasea por el sevillano barrio de Santa Cruz.

Debe señalarse que el desarrollo del análisis matemático en los siglos XVII y XVIII ha aportado una interesante novedad y es que cualquier clase de necio puede ser bendecido por una cierta calidad de stupidus geometricus. Se dice entonces que éste es un bobo integral, un tonto integral, un gilipollas integral, etc.

11. Stupidus meteorologicus, como el bochornoso, o el lila, que se da mejor en primavera; pero también el fool, del latín follis, o sea, “bolsa henchida de aire, fuelle”, y el bufón, del verbo bufar –osea, soplar– el viento.

Al lila ya lo colocamos el otro día entre los stupidus vegetalis, que es su sitio natural. Por el contrario, faltan aquí el aventado, el primavera y, quizá, el tormentoso o el atormentado tan queridos por los dos Toievski. Y es que anticiclones y borrascas siempre han traído parejos toda clase de imbéciles. Por eso al tradicional txirimiri (también conocido como ‘lluvia meona’) se le denomina en otros pagos calabobos. También por eso la llegada de un huracán a las costas hace siempre aparecer a tres o cuatro surfers dispuestos a ‘vivir con intensidad’, que es como se llama ahora al suicidio.

Se cuenta aquí también el ventoso, muy próximo al fatuo y que no debe confundirse con el ventosidad, muy próximo al flato, ni con el ventosa, muy próximo al falto. También debe citarse al nublado y, tal vez, al deslumbrado.

12. Stupidus gastronomicus, un híbrido entre el Stupidis vegetalis y el Stupidus Technologicus, que comprende entre otros el papamoscas, el papanatas, el zampobodigos y el zampatortas.

Uno de los avances que la posmodernidad ha traído es que la estupidez ya no se asocia exclusivamente con el exceso en la comida (zampabollos, etc.). Y ello gracias a la apararición de la Nouvelle Cuisine, en la que inicialmente el estúpido era el cocinero (al que llaman chef y cosas peores, como restaurador) que creía poder cobrar una fortuna por un plato (muy grande, eso sí) con dos guisantes y un chorrito de aceite. Posteriormente la estupidez se ha trasladado al comensal que efectivamente paga esas fortunas por salir del restaurante muerto de hambre. Un viejo chiste hacía una interesante asociación: comer en cantidades tan nimias es como limitarse a leer sellos de correos. La cosa ha llegado a tal extremo que ya cabe hablar de ‘comedores pasivos’ al igual que se hace con los fumadores, tan de actualidad estos días en España.

Curiosamente, a pesar de este pintoresco fenómeno el número de gordos ha aumentado notoriamente en el que llaman, no sin ironía, mundo civilizado. A mí me da que lo que engorda es la idiotez y no la comida lo que sin duda avanza una interesante hipótesis para el desarrollo futuro de la biología. Científicos del mundo, espero que me agradezcan esta sugerencia en su discurso de aceptación del premio Nobel.

Lamento por último tener que corregir en este punto al maestro Ponte di Pino, cuyos conocimientos ornitológicos son algo limitados. El papamoscas es un stupidus bestialis, ya que hace referencia a cierto pajarraco que se alimenta de esos insectos tan apreciados por don Augusto Monterroso.

13. Stupidus ironicus, un auténtico Genio, un Cerebro, un premio Nobel.

Aquí hay poco que añadir. Éste soy yo (bueno, y Pablito también).

Y con esto llegamos al final. Se ha quedado por el camino alguno que otro (el pringado, el mastuerzo, el mentecato, el pazguato, etc.), pero no cabía esperar otra cosa ante la estupidez de quien esto firma. No olviden, de todas formas, que ya Erasmo nos advirtió que sin la estupidez la vida no sería disfrutable.

Epílogo y confesión

Tras este insufrible repaso, necesariamente incompleto, de las distintas variedades de la necedad y sus múltiples representaciones e instancias, me siento en la obligación de confesarles la razón de todo ello. Si les he tenido unos cuantos días martirizados con la teoría de la estulticia ha sido con un propósito muy concreto. Tal vez desafortunado, pero concreto al fin y al cabo: he querido orientarles, proporcionarles el mapa para atravesar el ejercicio que me propongo abordar en este momento, la composición de historias necias basadas en la exposición que he llevado a cabo a lo largo de todos estos días.

Veo, no obstante, que me he expresado mal. Yo no sé urdir historias. Me limito a componer personajes con mejor o peor fortuna y, si hay suerte, alguno trae su historia bajo el brazo. El año que viene les traeré por aquí a trece necios. Ahora ya saben de dónde han salido.

Feliz 2006 a todos.