14 de enero de 2006

Curso de literatura democrática (II)

(Nota del editor: Nunca segundas partes fueron buenas)
(Enlace a la primera parte)

Sorprendido por el inexplicable éxito de la anterior entrega retomo el teclado con idea de darles doble ración por ver si alcanzan eso que técnicamente se conoce como punto de saturación. Antes, no obstante, creo oportuno realizar una serie de aclaraciones ante ciertos comentarios a mi juicio desenfocados.

  1. En ningún momento he pretendido con estos apuntes menospreciar las artes del señor Brown, cuya capacidad para amasar dinero envidio en gran manera.

  2. Más bien al contrario, estas líneas deben tomarse como un homenaje a su indiscutible éxito.

  3. Uno en su bondad, y demócrata de toda la vida, sólo ha buscado poner al alcance de cualquiera la posibilidad de emular a estos admirables y admirados autores de best sellers.

  4. Si le gusta la literatura abandone este lugar inmediatamente. Esto es una escuela de negocios.


Dicho o escrito esto lidiemos con lo que me ha traido aquí. Los que hayan hecho sus deberes ya tendrán bien guardado en un cajón el flamante primer capítulo de su best seller personal. Martin Nicholson habrá pasado a llamarse Roger Hoffman o Jacob Peters y tal vez sea entomólogo o equilibrista, qué sé yo. La inscripción en piedra quizá se haya vuelto códice; la catedral, cripta o biblioteca laberíntica, y la secta bien puede haberse convertido en el Ejército de Salvación. El muerto, por el contrario, lo supongo bien muerto. Por no dejarles en la estacada, continúo aquí la exposición interrumpida en mi última comparecencia en este lugar para que sigan en el camino del triunfo.

De acuerdo con el esquema apuntado el último día, el segundo capítulo debe reservarse para presentar a los malvados conspiradores. Es importante recordar unos cuantos detalles. En primer lugar, que los malos siempre están hiperorganizados (lo que no impedirá que a lo largo de la novela actúen con un desorden propio de colegiales peleándose por unos caramelos). En estos primeros momentos los malos deben parecer un ministerio, a ser posible el de defensa, tan de actualidad hoy día, con su estricto organigrama, su papeleo y sus expedientes (pero sin los días de libre disposición que aquí se conocen como ‘moscosos’). El segundo elemento clave es que los malos disponen de la más avanzada tecnología (aunque luego no la usarán para nada durante el desarrollo de la historia). En tercer pero no menos importante lugar debe recordarse que toda conspiración tiene un líder secreto que se oculta en alguna de las más altas instancias de la sociedad o la política. Y en último lugar, que a pesar de todo el poder que acumulan, los malos siempre han sido incapaces de procurarse una iluminación adecuada y siempre andan en habitaciones a media luz. Con todo esto, el capítulo segundo se presta a muy pocas variaciones. Su arranque siempre ha de producirse in medias res.

Entre las sombras del lúgubre pasillo una figura caminaba apresuradamente hacia el gran portalón del fondo. A aquella puerta sólo se llamaba por cuestiones de especial gravedad y hacía ya ciento veintisiete años que había sido abierta por última vez. En esta ocasión las circunstancias lo justificaban, el geodetector telemétrico de emisión de campo había revelado que el hipertransductor tensorial había caído en manos extrañas y el plan que tantos años había llevado urdir peligraba.

Como pueden observar, en tan pocas líneas ya aparecen muchos de estos elementos esenciales. No se preocupen porque sus cachivaches tecnológicos no tengan ningún sentido y sus nombres recuerden más bien a trastos de feria. Por algún mecanismo que la psicología aún no ha conseguido desentrañar cuanto más estúpido es el chisme mejor resultado produce en el lector. De todas formas antes o después se verá uno en la necesidad de ofrecer una mínima descripión del mismo y conviene estar preparado para ello. Yo he preparado mi hipertransductor tensorial con dos vasos de papel (uno grande y otro pequeño introducido boca abajo en su interior). Tenerlo delante ayuda mucho a la hora de escribir. Otras posibilidades interesantes son las cajas de huevos, los cartones brik convenientemente recortados, las piezas de un viejo transistor o aquel disco duro que se nos rompió hace tiempo y nunca nos atrevimos a tirar (sí, ese que todos tenemos al fondo de un cajón).

Una vez que este malvado de segundo orden ha informado a su superior de que sus maquinaciones corren el riesgo de irse al garete, es el momento de colocar sobre el tablero buena parte de las piezas y esconder una. Me explico. Tras aquel portón se esconde el que podríamos llamar Director General del Mal, que hará las funciones de jefe operativo del enemigo a lo largo de la historia. En algún momento se ha de dejar caer la existencia del gran líder, aquel que nadie conoce y ante el que este Director General rinde cuentas, el presidente, para entendernos (o el consejo de administración, caso de tratarse de un órgano colegiado). Además, este Director General cuenta con una especie de asesor, su mano derecha, que siempre está en su despacho. Diríase que forma parte del mobiliario. No es momento de adelantarlo, pero este asesor será el que al final se arrepienta y cambie de bando. Quizá un ejemplo ilustre mejor todo esto.

Si recuerdan el esquema inicial, nuestros malvados utilizan la Orden de la Visitación como tapadera desde tiempos inmemoriales. Basta con tirar un poco de Google para descubrir que esta orden fue fundada por San Francisco de Sales y por eso es conocida también como la Orden de las Salesas. Por tanto, la primera opción es localizar un monasterio de salesianas para ubicar el cuartel general de la conjura.

Ahora bien, ¿se han preguntado por qué todos los autores de best sellers insisten tanto en sus trabajos de documentación? ¿Se imaginan, por ejemplo, a Valle-Inclán jactándose de los miles de bibliotecas que recorrió para escribir Tirano Banderas? La respuesta es muy simple, de alguna forma hay que vestir la consulta de las páginas amarillas y tres o cuatro folletos (y Google, claro). Eso es lo que yo hice para buscar mi monasterio de salesianas y descubrir con gran regocijo que en Madrid, concretamente en 1748, doña Bárbara de Braganza fundó el Monasterio de las Salesas Reales sobre el que años después se construiría el que todavía hoy es Palacio de Justicia, sede del Tribunal Supremo. El best seller empieza a prometer , la malvada conspiración se oculta nada menos que en el Tribunal Supremo con el discreto apoyo táctico y logístico de una orden de religiosas contemplativas.

Temblorosamente llamó a la puerta y pronto se vió introducido en uno de los grandes despachos del Palacio de Justicia. Tras la suntuosa mesa de estilo Luis XVI se encontraba el Maestre. Junto a él, un hombre de rostro apacible y pelo cano se frotaba las manos.
– Debe perdonarme que le importune pero ha surgido un contratiempo –comenzó a decir–, hemos perdido el control del hipertransductor tensorial.
La alarma asomó en sus rostros.

Ya sólo queda encadenar, mejor o peor, una pequeña conversación con los detalles y sanseacabó. (Aprovecho para colocar aquí un pequeño consejo, los muebles deben ser siempre de estilo “Luis” más un número elegido al azar entre el XIV y el XVI).

Apreciarán que en ningún momento he hecho referencia a las monjitas. No es algo casual sino premeditado y esto me permite introducirles (a ustedes, no al lector) al tercero de los malos fundamentales, el traidor, el que parece bueno y sólo al final se descubre que forma parte de la terrible trama. Comprenderán que en este caso concreto es prácticamente obligado que este papel recaiga sobre la madre superiora de las salesianas, que resulta poco sospechosa a priori y puede dar mucho juego. La participación de las salesianas en el escalofriante plan de dominación del mundo debe, por tanto, quedar oculta, reservada para los necesarios fuegos artificiales de los útimos capítulos.

Y ya están todos. El malo, el malo que se arrepiente, el malo traidor y el gran líder. Sólo falta el que parece malo pero no lo es, que es figura que debe aparecer en otro capítulo, como veremos. Si todo esto les parece traido por los pelos es que no se han puesto a ello. Prueben, prueben. Ya verán como con dos folletos y quince minutos de sesuda investigación resulta sencillísimo dar con una conspiración delirante. Háganme caso. Se van a llevar una sorpresa.

Y ahora, al igual que en el primer capítulo, es necesario interrumpir la acción en algun momento clave. Un sencillo recurso, contrapartida del que utilizamos en el capítulo anterior, es el siguiente.

Marcó pausadamente un número de teléfono y conectó el sistema de manos libres. Al poco tiempo una voz femenina contestó a la llamada.

Ya les he señalado que el siguiente capítulo debe ser, obligadamente, la entrada triunfal de la heroína. Muchos autores noveles caen en el error de intentar describirla en cuanto ésta asoma por las páginas (recuerden, en el capítulo tres, no antes). Se pierden en nimiedades como sus andares o su gesto de confianza. Lo repetiré una vez más: la heroína está allí para que se la cepille el protagonista y a eso debe supeditarse todo lo demás. Para darle cierto tono morboso es habitual que el protagonista se sorprenda de que aquella chiquilla de cinco años (con coletas, las chiquillas de cinco años sin coletas no existen en este género y escasean en los demás) que conoció hace tiempo luzca ahora unos turgentes pechos que se bambolean rítimicamente al compás de sus pasos mientras la pálida luz de la mañana se refleja en sus rizados cabellos rubios. Esto no es una descripción, es preparar el terreno, que es cosa muy distinta.

El material más recomendado para la construcción de personajes de best sellers es el cartón piedra. Es resistente, moldeable, barato y permite que los personajes no salgan pesados. Martin Nicholson ha perdido a un buen amigo pero tampoco parece que le importe gran cosa mientras se dedica a apuntar absurdas inscipciones en un cuaderno. Con Christine la cosa es igual. Ella ha perdido a su padre, pero sólo le lleva dos páginas olvidarlo y pasar a otra cosa. Unas lagrimillas siempre vienen bien, pero sólo porque gracias a ellas Martin puede abrazarla llevándose una primera impresión sobre la firmeza mamaria de su partenaire.

Como ya he señalado, Christine debe ser una avezada especialista en algún campo más bien raro, y ya que me dio por echar mano de una inscripción, nada mejor que lo suyo sea la paleografía. Con ello se matan varios pájaros con el mismo tiro. El más importante de todos es, por supuesto, que Martin Nicholson ya tiene a quién consultar sus dudas sobre inscripciones, manuscritos y demás zarandajas.

Es posible que crean que en este punto vuelve a ser necesaria la ‘documentación’. Están en un error. Aquí lo que hay que hacer es echarle morro. No se preocupen mucho. Pocos paleógrafos leerán su libro y los que lo hagan sólo conseguirán avivar una polémica que le prorcionará publicidad gratuita. Usted se escudará entonces en dos clases de argumentos: el primero es obvio, que su obra es pura ficción, el segundo es el que juega algún papel a la hora de escribir su gran éxito. La idea es tan sencilla que sorprende que pocos estén al tanto de ella: sus inscripciones, códigos, manuscritos, claves o lo que sea llevan siglos pasando por numerosas manos sin que nadie haya caído en la cuenta del secreto que esconden. ¿Cómo puede ser esto? Pues muy sencillo, porque ninguno de ellos pudo conocer lo que está usted a punto de inventarse en este momento. Aquí, por ejemplo, puede venir muy bien el conocimiento que Christine puede aportar sobre el alfabeto secreto de los Hijuelinos, desarrollado en el siglo XVI cuando la secta comenzó a ser perseguida por Godofredo de Aznavour (por suerte las fechas encajan y cabe afirmar que la orden de las salesas se fundó para sustituir a los desaparecidos Hijuelinos).

Un detalle que quizá le haga ganar confianza es saber que la totalidad de los códigos indescifrables que uno encuentra en los best sellers son de un infantilismo alarmante (puedo asegurarles que si la encriptación de las transacciones comerciales por internet utilizara cualquiera de estas claves no habría manera de no dejar los dólares en el bolsillo equivocado). No se moleste en aprender nada sobre la moderna encriptación, nadie le entenderá. Los grandes secretos se guardan con claves de colegiales.

No les proporcionaré en esta ocasión ejemplos sobre los bamboleantes pechos de la jovencita o sus necias teorías históricas. Los quioscos de prensa abundan en ellos y algo habrán de poner de su parte. Pero ya que antes o después habrá que terminar este capítulo y, si recuerdan, cerramos el primero con un personaje recibiendo una llamada telefónica, y el segundo con un personaje efectuando una llamada telefónica, quizá sea momento para presentar la tercera variante de esta técnica, la llamada interrumpida.

En ese momento se interrumpió la comunicación.

El cuarto capítulo, como ya saben, tiene por función poner a los malos en marcha. Para mostrar la gravedad de la situación nada como que el jefe envíe a su mano derecha a hacerse cargo de la situación. Nadie se va a preguntar por qué una gran organización secreta tiene necesidad de recurrir a sus máximos responsables para tareas tan ingratas como asesinar a un par de desgraciados. Nadie va a echar de menos a los centenares de esbirros que se le suponen en sus filas. No. Son los propios jefazos los que asumen el trabajo sucio. Ojalá el mundo laboral fuera de verdad así, ¿no creen?

Dado que nuestro protagonista viajó en avión en el primer capítulo es recomendable, para establecer un contraste significativo, que este malo, al que llamaremos ‘magistrado Rupérez’, utilice otro medio de transporte. Un tren de alta velocidad siempre da buen resultado y permite a Rupérez unos momentos reflexivos que nos servirán para colocar todas las explicaciones que hayamos olvidado introducir con anterioridad. Como siempre, la cosa in medias res.

El magistrado Rupérez miraba absorto la ventanilla del Tren de Altísima Velocidad que le llevaba a Calasparra. Mientras veía pasar a gran velocidad los postes telefónicos repasaba los detalles de la misión que le había sido encomendada. Las prioridades estaban claras, ante todo debía recuperar el hipertransductor tensorial, después, era necesario averiguar hasta dónde habían quedado comprometidos sus planes por lo que hiubieran podido descubrir sus actuales poseedores y, en caso necesario, deshacerse de ellos.

Éste es un buen momento para ilustrar sobre el grandísimo poder de esta terrible organización secreta y, de paso, soltar alguna información sobre los protagonistas.

Abrió cuidadosamente su portafolios y extrajo el dossier que le habían entregado. Lo había leído ya muchas veces pero por alguna razón nunca le parecían suficientes. Allí constaba hasta las más nimia e insignificante información sobre sus potenciales víctimas. Una vez más leyó con detenimiento.

(aquí no deben olvidar introducir un cambio de tipografía, porque el lector es imbécil y puede no darse cuenta de que lo que sigue es el dossier. Dado que los malos no han oído hablar jamás de los procesadores de textos, una fuente de ancho fijo es ideal)

Martin Nicholson, nacido en Toledo, Ohio, el 31 de mayo de 1956. Divorciado, sin hijos. 1,82 metros de estatura, 92 kilos de peso, complexión normal.
Signos exteriores: un antojo en forma de trebol en la nalga derecha y una pequeña cicatriz en la comisura izquierda del labio.
Aficiones: jugador de bolos, coleccionista de cajas de cerillas y vocal de la federación estatal de dardos.
Libros favoritos: El principito, Trópico de Cáncer.
Canciones favoritas: Hotel California, Chelsea Hotel y en general todas las relacionadas con la hostelería.
Tres cosas que se llevaría a una isla desierta: un abrelatas, una bicicleta estática y un rayador de queso.
Datos biográficos: Tras ciertos fracasos escolares se enroló en la armada y tuvo ocasión de participar en la primera guerra del golfo como oficial de comunicaciones. Una vez licenciado con honores, se buscó la vida, sin éxito, como investigador privado, camarero de una hamburguersería, gigoló, espía, carpintero y repartidor de publicidad. Finalmente consiguió empleo como documentalista del Discovery Channel. El éxito de su primer trabajo, un documental sobre la pesca del langostino titulado ‘Esquilmar los mares’, le ha valido un inmerecido reconocimiento profesional que ha sabido aprovechar.


Con Christine cabe hacer lo mismo, aunque es recomendable interrumpir la lectura con algún nimio suceso que separe ambos expedientes. No se sabe muy bien por qué, pero eso de soltar detallitos que no vengan a cuento se considera en ciertos círculos un signo inequívoco de distinción literaria.

El revisor accedió al compartimento y solicitó el billete. Rupérez se lo tendió con desgana antes de volver a abstraerse en la lectura de sus papeles.

Christine Appleby, nacida en Toronto el 20 de febrero de 1981 durante un partido de la liga profesional de hockey sobre hielo. 1.70 metros de estatura, 62 kilos, curvas generosas. Ligera miopía.
Signos exteriores: pequeño tatuaje en forma de dragón chino cerca del pubis, lunar falso en la mejilla derecha.
Aficiones: la teletienda, el aerobic y el sexo tántrico.
Libros favoritos: Tus zonas erróneas, Deje de fumar en quince días y Fenomenología del espíritu
Canciones favoritas: La gallina Turuleta, La gallina Cocouaua.
Tres cosas que se llevaría una isla desierta: una bufanda, la tarjeta del video club y un pequeño electrodoméstico alargado que funciona con pilas y cuya utilidad no hemos logrado averiguar.
Datos biográficos: Hija militares, nació y creció en un cuartel de la OTAN en Alemania. Su padre, el sargento Appleby, fue convertido por la CNN en héroe de la primera guerra del golfo, lo que le permitió pagarle los estudios de historia en la Sorbona. Por París todavía circulan numerosos rumores sobre sus alocados años de estudiante pero lo cierto es que finalmente consiguió un puesto de asesora cultural de la Unión Europea y actualmente colabora con la Dirección General del Patrimonio del gobierno de España desempolvando no sé qué piedras y papelajos.


Como ven, esto del dossier secreto es un chollo. Se ahorra uno perderse en descripciones y además consigue darle al libro un tono moderno, ‘ecléctico’ lo llaman ahora. Ya sólo queda cerrar el capítulo, pero ya hemos agotado las posibilidades telefónicas (salvo el quedarse sin cobertura o sin batería, pero ése es recurso más indicado en caso de persecuciones) así que debe recurrirse a alguna otra estratagema. Propongo aquí usar la ‘frase lapidaria’. Se trata de una técnica muy simple que se basa en convertir cualquier frase cotidiana en algo digno de Julio César justo antes de pasar el Rubicón. Si necesitan ejemplos concretos basta con que se graben en vídeo un capítulo de CSI Miami y tomen nota de todo lo que dice el pelirrojo. En nuestro caso la cosa puede consistir en Rupérez bajandose del tren

– ¿Le ayudo con el equipaje? –le preguntó un mozo amablemente.
– No, gracias, puedo con mi carga –le contestó impasible mientras seguía avanzando por el andén.

Es momento de abordar el quinto y último de los capítulos obligatorios, el del interrogatorio policial, pero veo que me estoy alargando demasiado y creo además que con esto ya tienen material suficiente para seguir trabajando por unos días. Tendrán que esperar pues. Vayan avanzando con su best seller.

(Si todavía le quedan ganas, siga con la tercera parte)