20 de enero de 2006

Curso de literatura democrática (III)

(Nota del editor: Nunca terceras partes fueron buen negocio)
(Enlaces: Primera parte - Segunda parte)

En fin, ya que he empezado con esto de la literatura democrática será mejor que lo termine no vaya a ser que alguien quede defraudado (claro que, si lo termino, seguro que serán muchos más los defraudados, no sólo nuestro Navegante, que fue el primero en detectar la pendiente por la que esta serie se va deslizando). En todo caso, los que hayan seguido los comentarios de la anterior entrega ya sabrán que tienen un wiki a su disposición para realizar las prácticas de esta prescindible asignatura. No sean tímidos.Y ahora vayamos con el quinto de los capítulos introductorios.

El interrogatorio policial, cuerpo central de este capítulo, cuenta con dos posibilidades fundamentales. Cabe recurrir al método ‘inspector Lestrade’ o bien a la técnica conocida como ‘teniente Columbo’. La primera de ellas, con todos los respetos para Lestrade, hace del interrogador un memo irremediable incapaz de apreciar la honda significación de lo que tiene ante sus narices. Ya he tratado antes de las dificultades inherentes al lelo como personaje y no abundaré en ello aquí, pero sí me permitiré señalarles la fórmula para tratar con este problema de manera sencilla: basta con que el inspector no tenga posibilidad de leer su libro. De esta forma, usted puede ir llenándolo todo de adjetivos inusuales a los que el investigador jamás tendrá acceso. Pero antes de mostrarle este efecto en acción no están de más unas palabras sobre la ‘dictadura del adjetivo’.

Como autores noveles de best sellers, deben recordar en todo momento que ésto no es el mundo real, donde los hechos y las cosas son tozudos (y tozudas, claro). Aquí, en su novela, todo es tal y como ustedes lo califican y por eso es imprescindible el recurso a una serie de adjetivos capaces de transformar el hecho más normalito en el más asombroso fenómeno. Comparen estas dos opciones.

A: Y al salir pisó el papel de un chicle.

B: Cuando dejaba atrás la oscuridad del claustro, su pié vino a dar inadvertidamente en el enigmático envoltorio de una golosina que quizá había sido puesto allí como parte de aquella negra trama en la que ningún ínfimo detalle parecía haber sido dejado al azar.

¿Lo ven? Lestrade sólo ha visto que Martin pisaba el papel de un chicle. El lector, por el contrario, se ve sumergido en oscuridades, enigmas y tramas que Lestrade no puede ni imaginar. Para sus adentros el lector se preguntará ¿cómo demonios no se habrá dado cuenta este botarate de lo enigmático que es el papel del chicle? (Y todo esto pueden aplicárselo también a los adverbios, por supuesto).

Bien. Ya saben que deben llenarlo todo de adjetivos y adverbios intrigantes, pero que ninguno debe aparecer en los diálogos con la policía no sea que Lestrade empiece a darse cuenta de lo que pasa. Es éste buen momento, antes de proseguir con el interrogatorio modelo ‘Lestrade’, de anotar alguna que otra cosa sobre la construcción de diálogos.

  1. Todos esos verbos que nadie usa jamás (cosas como ‘inquirió’, etc.) son aquí imprescindibles. Hágase una lista y procure usarlos todos sin repetir ninguno.

  2. Cada frase debe llevar aparejada una reacción, ya sea ésta de sorpresa o asombro, de turbación, de nerviosismo o de lo que se le ocurra. En ningún caso coloque los verbos sin su correspondiente adverbio o adjetivo (no escriba ‘contestó Lestrade’ sino ‘contestó Lestrade azoradamente’; si, como a Ana, le desagradan los adverbios en ‘mente’, escriba ‘contestó Lestrade azorado’).

  3. Use las interjecciones con moderación pues, aunque no deben faltar, su exceso es contraproducente. Una cada diez o quince líneas es un promedio admisible.

  4. Bajo ningún concepto sucumba a la tentación de reproducir una conversación real. No hay nada que parezca más falso que un verdadero diálogo. En caso de duda cópieselos a Enid Blyton, que seguro que no le pillan.


Ya tenemos todas las piezas. Ahora sólo hay que juntarlas. Llamaré a nuestro primer inspector tipo ‘inspector Estrada’.

Martin Nicholson seguía consolando a Christine cuando el inspector Estrada, hasta entonces ocupado con los forenses, se acercó para tomarles declaración. Mientras hablaba, seguía mirando a su alrededor, desorientado ante la acumulación de ornamentos históricos. Aquel era, sin duda, el más extraño escenario para un crimen que habia visto en toda su carrera.
– Tengo entendido, señor Nicholson, –arrancó a decir– que fue usted quién descubrió el cadáver.
– Así es –asintió Martin con seguridad.
– ¿Sería tan amable de describirme las circunstancias del hallazgo? –inquirió Estrada con autoridad.
– Pues no hay mucho que contar –respondió Martin con cierta desgana–. Me había citado aquí con el señor Appleby a las nueve de la mañana. Me sorprendió no encontrarlo al llegar, pues siempre fue muy estricto con la puntualidad...
– Hummmmm –interrumpió intrigado Lestrade–, así que estricto con la puntualidad. Interesante...
– Como le decía, –prosiguió Nicholson sin hacer mucho caso– sorprendido por su ausencia, me dio por recorrer la catedral por si se encontraba en alguno de los rincones poco iluminados. Ya sabe que estas catedrales están llenas de sombras.
– ¿Sombras dice? – le interrogó Lestrade mientras anotaba claramente la palabra ‘sombras’ en su cuaderno.

El segundo de los modelos de interrogatorio es el que he denominado ‘teniente Columbo’. Aquí el interrogador pasa de ser memo a ser un campechano infeliz digno de lástima. Desastrado en su aspecto y chafardero en su actitud, suele ganarse la confianza de sus investigados, que le perdonan incluso que se coma un bocadillo de mortadela en un recinto sagrado. Llamaremos a nuestro segundo modelo ‘teniente Colón’.

Martin Nicholson seguía consolando a Christine cuando el teniente Colón, hasta entonces ocupado con los forenses, se acercó para tomarles declaración. Mientras hablaba, seguía dando buena cuenta de su bocadillo de mortadela sin opercatarse de que se encontraba en un recinto sagrado. Aquel era, sin duda, el más extraño escenario para un crimen que habia visto en toda su carrera.
– Tengo entendido, señor Nicholson, –arrancó a decir– que fue usted quién descubrió el cadáver.
Martin le miró sorprendido. Pronto el teniente comprendió que era su bocadillo la causa de la sorpresa.
– ¡Ah, esto! –comentó con una sonrisa – Deben disculparme, es que esta mañana no me ha dado tiempo a desayunar. Es mortadela de la buena. ¿Gustan ustedes?
– No gracias – acertó a responder Martin con cierta repugnancia–, sólo como ibéricos.
– Veo que le gusta cuidarse – afirmó amable el teniente–, desgraciadamente no puedo hacer lo mismo. ¿Sabe? Mi sueldo no me lo permite y si lo hiciera sería el medico el que me los prohibiría.
– Supongo, de todas formas, –replicó Nicholson que empezaba a impacientarse– que no nos ha retenido aquí para discutir sobre las propiedades de los embutidos.
– ¿Qué? –inquirió el teniente sorprendido – ¡Ah, no! El cadáver. Usted lo descubrió, ¿no es así?
– Así es –asintió Martin con seguridad.
– Muy bien, – confirmó el teniente mientras lo apuntaba en su libreta– pues muchas gracias. Eso es todo.

Una importante característica de este segundo tipo de interrogador es que hace las preguntas de una en una. Después se aleja y, cuando los interrogados creen que la cosa ha terminado, se vuelve con una nueva cuestión. Esta liturgia puede repetirse tantas veces como uno desee.

– Una última cuestión – interpeló el teniente volviéndose hacia ellos– ¿Sería tan amable de describirme las circunstancias del hallazgo?
– Pues no hay mucho que contar –respondió Martin con cierta desgana–. Me había citado aquí con el señor Appleby a las nueve de la mañana. Me sorprendió no encontrarlo al llegar, pues siempre fue muy estricto con la puntualidad...
– Hummmmm –interrumpió intrigado Colón–, así que estricto con la puntualidad. Interesante...


Antes de cerrar este capítulo, deben dejar algun comentario que convierta a nuestros protagonistas en sospechosos ante la policía. Si no se ven capaces de reflejarlo en el propio interrogatorio no pasa nada. Lo escriben tal cual y punto. Algo así les puede servir.

Martin apreció, mientras se alejaba el inspector Estrada/teniente Colón, que éste parecía desconfiar de ellos. Al fin y al cabo no había pistas, ni móvil. Todo era de lo más sospechoso.

Finalizado el quinto capitulo, es momento de abordar el ‘desarrollo de la novela’. Este proceso tiene dos fases bien diferenciadas, una primera de acumulación de elementos y circunstancias y una segunda de descenso hacia la situación de la que debe partir la resolución. Analizaré a continuación con algún detalle la primera de ellas

Primera fase: Engordando la historia

No deben engañarse, esto de engordar historias es, en general, cuestión de oficio. Cada vez les resultará más fácil. Pero dado que escribo estas líneas pensando en un destinatario sin la menor experiencia literaria, me permito aquí recomendarles los brebajes a que yo suelo recurrir: Macallan (con el 12 años es suficiente), Dalwhinnie y Glennmorangie (especialmente el Port Wood Finish). Cualquiera de los tres les propocionará suficiente autonomía de vuelo para enfrenatrse con las dificultades de esta fase que, como verán, tampoco son tantas.

Como les he señalado antes, no sólo no es necesario plantearse previamente una estructura narrativa sino que es imprescindible no hacerlo. Sólo así las cosas cobrarán la forma que necesitan. Supongo que se preguntarán por qué y la explicación pasa por una exposición sucinta de la ‘Teoría del flashback’.

Cualquiera que, en la situación de contar un chiste, haya descubierto que había olvidado hacer referencia a algun elemento relevante en su resolución sabe que ese descuido ha arruinado el efecto cómico que se persigue. Pues bien, el caso de los best seller es exactamente el contrario. Cuando, tras haber redactado veinticuatro capítulos, uno descubre que sería aconsejable que el protagonista haya recorrido el Himalaya en su juventud, lo último que debe hacer es ponerse a revisar y corregir lo que ya lleva escrito. Simplemente es momento de introducir un flashback.

La gran virtud del flashback con calzador es que, en lugar de mostrar debilidades narrativas, da imagen de gran maestría en esto de las letras. Cuánto más desordenado esté su relato, sin propósito alguno, más extasiados quedarán los críticos, que se desharán en alabanzas múltiples sobre sus habilidades literarias. No es éste, como saben, nuestro objetivo principal (que es vender libros a ‘puñaos’), pero nunca está de más un poco de alimento para el ego.

Supongo que los brebajes que les he recomendado antes resolverán casi todos los problemas que puedan encontrar. Pero por si acaso en esta, su primera novela, topan con más dificultades de las esperadas, no está de más que repasemos algunos de los elementos fundamentales. No todos son obligatorios, pero deben estar presentes al menos en un 80% para contar con ciertas garantías de éxito. Vamos allá.

El pasadizo secreto

Antes o después el autor de best sellers se ha de enfrentar al pasadizo secreto, el lugar donde muchos aficionados fracasan por desconocer cuál es su función. Algún ingénuo pensará que la función de un pasadizo, pues así lo indica su nombre, es pasar de un lado a otro. Ésta es la razón del descalabro de tantos. La función del pasadizo es llenar páginas (no olviden que los editores compran los best sellers al peso). Observen muchos de los éxitos recientes y sobre todo fíjense en que en ninguno de ellos, una vez descubierto el pasaje, se dice ‘y pasaron a....’. No. Normalmente la cosa lleva varios capítulos. Los maestros del género suelen rizar el rizo introduciendo una retirada estratégica a mitad del pasadizo lo que permite contar la travesía dos veces (tres intentos de atraversarlo está sólo reservado para los grandes maestros del género).

Teniendo esto en cuenta, debe hacer las cosas por orden. Primero construya su pasadizo y sólo después decida qué hay en cada extremo del mismo. El pasadizo es, por regla general, angosto. Es de suponer que el precio del suelo en las grandes urbes impide construirlos con alegría y despreocupación. Tampoco debe estar ventilado, los pasadizos completamente herméticos son los que dan mejor resultado. Sus constructores, a pesar de haberlo usado durante mucho tiempo, jamás cayeron en la cuenta de la necesidad de iluminarlo, aunque sólo fuera con un par de bombillas de 60W. En resumen, que parece que lo construyeron pensando en que antes o después, Martin y Christine habían de atravesarlo y era menester ponerles las cosas cuesta arriba (cuesta abajo para usted, literato en ciernes).

Todo pasadizo empieza por su entrada secreta, que se abre accionando un mecanismo churrigueresco (también vale un mecanismo imbécil). Normalmente se trata de alguna clase de clave ridícula, por ejemplo posar los dedos en las letras de una inscripción en determinado orden.

Martin alzó nervioso la cartilla de lectura y fue colocando los dedos en las letras. Primero en la M. Luego en la I. Luego en la M. Luego en la A. Luego en la M. Luego en la A. Luego en la M. Luego en la E. Luego en la M. Luego en la I. Luego en la M, y finalmente en la A. De pronto, la imperfecta juntura comenzó a separarse y dejó ante sus ojos un oscuro pasaje.

Si han seguido mis consejos con aprovechamiento ya sabran que éste es un momento perfecto para concluir un capítulo y seguir con otro completamente alejado de esta situación. Tras este capítulo intermedio regresaremos al lugar donde dejamos a Martin y Christine, que nos habrán esperado pacientemente sin hacer nada.

El aire estancado durante años desprendía un hedor insoportable...

Un pasadizo standard debe contar al menos con un par de trampas ideadas con muy mala leche y bastante torpeza. Muy mala leche porque le pegan a uno unos sustos tremendos. Bastante torpeza porque un par de lelos como Martin y Christine son capaces de sortearlas sin grandes problemas. En general es aconsejable que la pareja se libre de la primera trampa gracias a alguna casualidad (un tropezón de la protagonista es muy socorrido en estos casos).

Christine tropezó con una calavera y cayó en los brazos de Martin. Ambos rodaron por el suelo justo cuando la afilada hoja de una cimitarra oculta en la pared se precipitaba contra ellos.

Una vez sorteada la primera trampa hay que aprovechar para mostrar los profundos conocimientos de nuestro héroe sobre pasadizos y sus obstáculos (no les preocupe que su protagonista diga sandeces tipo, como que ‘hay que tener cuidado’ después de que les hayan intentado asesinar tres veces y mientras atraviesan un pasadizo secreto que puede llevarles directamente al terrible enemigo; tampoco renuncien a comparaciones absurdas en el caso de la chica).

– A partir de ahora debemos andarnos con cuidado– advirtió Martin cauteloso–, este parece ser uno de los túneles que los Hijuelinos construyeron en la época de la persecución de Godofredo de Aznavour. Nadie externo a la organización fue capaz jamás de atraversarlos. Cuentan que están llenos de trampas mortales y por lo que hemos visto, es cierto.
Christine, sobresaltada, se aferró a su mano como si en ello le fuera la vida.

La segunda trampa debe salvarse gracias a la habilidad y perspicacia de Martin (o como quiera que se llame su protagonista).

– ¡Alto! –gritó Martin inquieto– Eso que tenemos delante es un Buffonnet, la indicación de que un peligro acecha a quien traspase este punto.
Comenzó a escudriñar las paredes en busca de una pista, de alguna ayuda...

En fin. Si han visto alguna película de Indiana Jones ya saben cómo seguir. No olviden, en todo caso, que cualquier momento es bueno para hacer alarde de la sabiduría de su protagonista. El hipertransductor tensorial, por ejemplo, es una buena posibilidad. Imagínenlo. El señor Nicholson, hombre de mundo, sosteniendo entre sus manos el extraño objeto troncocónico que había recuperado de las manos de su amigo fallecido

Sabía que aquel objeto le recordaba algo, pero no fue hasta encajar la pieza que había perdido aquella siniestra figura cuando cayó en la cuenta de qué era en realidad.

– ¡Es un hipertransductor tensorial! –gritó alarmado.
– ¿Y qué demonios es eso? –le interpeló Christine intrigada.
– Recuerdo haber visto uno en la guerra del golfo– le indicó nervioso–, no es fácil de explicar lo que es, pero puedo asegurarte que su poder destructivo es terrible.
Elle le miró con ojos que mostraban a la vez temor y admiración.

Si han seguido esta exposición hasta aquí ya se habrán dado cuenta del recurso a algunos de los elementos que ya he mencionado antes. De una parte está el fiel respeto a las reglas del diálogo. De otra, la afirmación, un tanto paternal, del protagonista que deja claro que éste sabe de todo (salvo cosas elementales). Después, el viejo truco de salir de los callejones sin salida sin decir nada (¿recuerdan la secta de los Hijuelinos?). Y por último, ya les he dicho que no deben olvidarlo en ningún momento, un ligero avance de la pareja protagonista hacia el catre. Es momento de referirse a otro elemento útil.

La caja de seguridad del banco suizo

Nunca debe faltar una caja de seguridad en un banco suizo. Tienen dos posibilidades, trasladar a los protagonistas hasta Zurich (es lo más recomendable para romper la unidad espacial) o llevarlos hasta una sucursal situada en el lugar donde se encuentren (posibilidad con mucho menos glamour pero igual de efectiva). Si no ha estado en Zurich en su vida es recomendable que reserve el viaje de sus protagonistas para su segunda novela. Para entonces ya conocerá la ciudad por haberla visitado para ingresar las sacas que la editorial le entregará trimestralmente con los royalties de la primera.

Poco hay que reseñar en este caso. La cosa es la habitual. Un ceñudo empleado que guarda celosamente su copia de la llave de la caja. Sus retiencias, comprensibles por otra parte, a abrir la caja a petición de dos completos extraños deben resolverse de forma expeditiva (las posibilidades son muchas, desde la suplantación de personalidad hasta una simple pistola con que amenazarle, ya se sabe que la seguridad en los bancos suizos deja bastante que desear).

Seguiremos el próximo día porque veo que una vez más me estoy enrollando como las persianas. No olviden hacer las prácticas.

(Sigue en el Grand Finale)