24 de enero de 2006

Curso de literatura democrática (y IV)

(Enlaces: Primera parte - Segunda parte - Tercera parte)

Lo cierto es que ya estoy hasta el gorro de esta serie que me empezó divirtiendo componer. Me pasa lo mismo con los best sellers, que puede uno empezarlos hasta divertido pero no llega al final sin agarrarse antes un buen cabreo ante la tomadura de pelo. Intentaré dar hoy carpetazo al asunto por el bien de todos. Las cosas cuando se empiezan hay que terminarlas aunque duelan (salvo los best sellers, por supuesto).

Andábamos el último día de esta estúpida serie repasando algunos de los elementos indispensables para el engorde de nuestra historia, algo así como los piensos compuestos para best sellers, bien hormonados para garantizar el desarrollo de un rollizo gorrino. Daré cuenta hoy de algunos más antes de pasar a analizar la segunda fase de lo que cabría llamar ‘desarrollo de la trama’ si no fuera porque la risa me lo impide. Entremos en harina sin más prolegómenos.

El cuadro antiguo

Éste es uno de los momentos en que más necesario resulta recurrir a los bebedizos que les recomendé el día anterior. No es que la cosa presente grandes dificultades pero no es fácil sin recurso a sustancias alteradoras del sistema nervioso central. La técnica es asombrosamente simple: elijan un cuadro al azar de algun museo (también al azar) y bébanse dos o tres botellas mientras lo contemplan. Después tomen buena nota de lo que ven (es recomendable que lo hagan con una grabadora porque muchos han sido los incapaces de descrifrar los garabatos que apuntaron en su cuaderno una vez afectados por el misterioso espíritu escocés).

Si es su primera vez, lo mejor es que opte por alguna pintura de El Bosco o de alguno de los Brueghel, en las que siempre es fácil encontrar algo que ‘interpretar’ convenientemente. No me tomaré muchas molestias para ilustrarles esto. He escogido la Torre de Babel que Pieter Brueghel el viejo pintó en 1563 y se encuentra en el vienés Kunsthistorisches Museum (hay otra Torre de Babel debida a su mano en Rotterdam, pero es mucho más pequeñita). Acá lo tienen.

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Martin se dirigió a ella en tono tranquilizador.
– Observa el cuadro –le dijo– ¿no ves nada especial?
– No –contestó ella intrigada–, me parece una simple torre desvencijada, un cuadro demasiado recargado para mi gusto.
– Esa ‘recarga’, –reveló Martin con retintín– no es inocente. Sirve a un propósito muy concreto, ocultar lo que está ante los ojos.
– No alcanzo a comprender qué quieres decir –objetó Christine impaciente.
– Fíjate en la esquina inferior izquierda – le manifestó Martin al fin.
Christine no pudo contener la sorpresa y lanzó un pequeño grito.
– ¡Pero si es....! – alcanzó a decir.
En efecto, en la esquina inferior del cuadro podía verse con toda claridad una figura que sostenía entre sus manos un hipertransductor tensorial idéntico al que habían encontrado en las manos de su padre. Un poco más a la derecha, sobre una mesa, podía verse otro desmontado en sus dos piezas.


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No hay mucho más. Hay que poner al pobre Brueghel (el viejo, aunque, como le dije hace tiempo al señor Borgeano, a estas alturas los dos Pieter Brueghel ya son viejos) de participante en la conspiración y sugerir otros muchos nombres conocidos que no tengan nada que ver entre sí.

– Brueghel no es un caso excepcional, Christine–dijo Martin–. Muchos han sido los grandes hombres que han participado en esta trama a lo largo de la historia. Recuerdo haber visto hipertransductores tensoriales en las obras de Descartes, Ingres y Barbara Cartland.

No creo que encuentren dificultad en pergeñar algo de esta índole, así que dejo aquí el asunto.

La zapatiesta

En algun momento del engorde es recomendable colocar una buena zapatiesta. Tres o cuatro malos dominadores de oscuras artes marciales se enfrentan a nuestros protagonistas fracasando de forma incomprensible. La pelea la deben narrar de forma detallada, con absoluto detenimiento. Cada segundo debe equivaler a una página, cada bofetón o mamporro merece un párrafo, cada caída un capítulo. Si les sale bien nadie caerá en la ruptura del ritmo. Una patada en los huevos puede, por ejemplo, quedar así:

Quiso aprovechar el principio de la palanca con su antebrazo mientras elevaba de forma simultánea la pierna izquierda buscando las partes blandas de su adversario. Un ligero movimiento de sus ojos le reveló que éste, con un ligero balanceo que se aprovechaba del contrapeso intentaba cubrir su hígado de las cada vez más furiosas acometidas. Entonces la fortuna le sonrió. Un ligero traspiés de aquella oscura figura, que se vio obligada a apoyar los dos piés en el suelo de forma suficientemente separada, permitió que su empeine fuera a dar con toda la fuerza que la rabia había acumulado en el único punto que había dejado sin protección. Un ligero falsete estremecedor surgió de lo más profundo de su garganta mientras se desplomaba como un fardo.

No pasa nada porque sus protagonistas salgan malheridos del trance. Aprendan de las películas de Holywood, en las que una caída de siete pisos se resuelve con una tirita en la frente.

El apoteósico ayuntamiento

Antes de abordar el final pero con la trama completamente embrollada sin que parezca que vaya a salir adelante, llega el momento de conceder una alegría a nuestros personajes. Sí, ésta es la ocasión de meter por fin en la cama a Martin y a Christine. Estudiaremos este asunto con algún detalle.

No hace mucho nuestra amiga Ceci se planteaba cómo escribir un relato erótico. Sus dos fascinantes alternativas ejemplares bien merecen ser reproducidas aquí:

Él la cogió, la puso mirando para Cuenca y se la metió por detrás con la fuerza de querrer llegar a la garganta...

Le acercó su mástil del amor y acercándose por su popa le realizó un abordaje que le dejó temblando las velas mayores...

Llamar a las cosas por su nombre es cosa de literatos serios, no de autores de best sellers. En otras palabras, si quiren escribir ‘alta literatura’, escriban ‘polla’. Si lo que desean es publicar en la sección de relatos de una revista erótica, escriban los símiles usuales, ‘verga’, ‘mástil’, etc. Pero si están escribiendo un best seller, no tienen más remedio que optar por la variedad ‘elegante’, que aúna morbo y elusión (de la alusión, claro). Se trata, obviamente, de no nombrar las cosas, pero dejarlas bien claritas a base de variadas figuras. Veámos un ejemplo básico.

Uno frente a otro, parecían dos estatuas palpitantes. Él asió su mano. Se la apretó firmemente.
– Me... haces daño.
– Quisiera...
– Me destrozas la mano.
Pero no la soltó. Tiró de aquella mano y el cuerpo femenino quedó incrustado en el suyo. Palpitaron los dos.

(Todo el mérito de este impagable pasaje se debe, y es justo que así conste aquí, a Corín Tellado, autora de Me dejaste injustamente, de donde lo he extraído).

Se habrán dado cuenta, supongo. La clave es el verbo ‘incrustar’ así como las recurrentes palpitaciones. El conjunto de lugares comunes para resolver esta clase de situaciones es, afortunadamente, bastante amplio. Están las mareas, los estallidos, los fuegos artificiales y, si me apuran, los trenes atravesando túneles, los cigarros habanos y esas cosas.

La cosa debe contar al principio con una descripción de los encantos de la chica, pero está prohibido referirse a los encantos del varón. Es admisible algo como ‘ella mostró sus pechos tiernos, firmes, juveniles’, pero, por el contrario, ‘él dejó ver sus aterciopelados testículos’, ‘temblaba ligeramente y sintió su escroto como la piel de la fruta fresca’ o ‘el palpitante y sonrosado prepucio parecía a punto de estallar’ resulta a todas luces inapropiado. Después, un par de requiebros en los que situar las palpitaciones, jadeos, ansias y demás. Y finalmente una serie de verbos equívocos (‘Entonces Martin se introdujo en un mar de sensaciones...’, ‘Se adentró en el templo del placer por su entrada secreta’, ‘Iba y venía hasta que al final sólo venía...’). Un consejo especialmente útil, aunque incómodo, para principiantes es que suspendan toda actividad sexual durante la semana previa a la redacción de este episodio para facilitar la llegada de las musas cargadas de figuras ridículas. Cuanto más cercano sea el recuerdo que tengan de un polvo de verdad más desmerecerá el que andan tratando de escribir.

Descenso y final

Llegados a este punto, bien atiborrados de whisky o lo que hayan tenido a bien elegir como musa, no habrán encontrado muchos problemas para escribir unos sesenta capítulos en los que la cosa se habrá ido enrevesando cada vez más gracias a no haber planificado nada en absoluto. Es momento ahora de abordar la segunda fase, el descenso hacia el final.

Es necesario tener claro adónde debemos llegar. Esto es fácil pues la situación de partida para el final de la novela siempre es la misma. Martin y Christine andan con la policía en los talones, que les considera autores de la muerte del sargento Appleby y de cualquier otro cadáver que se hayan dejado por el camino. La conspiración, ya totalmente desenmascarada por la pareja protagonista, ha conseguido recuperar el hipertransductor tensorial y sólo quedan cuatro horas para que entre en funcionamiento su terrible mecanismo. Crhistine y Martin se han visto obligados a separarse y cada uno va por su lado.

A partir de aquí la cosa es bien simple. Lo único que necesitan es procurarse un procedimiento aleatorio para hacer parejas (yo utilizo el lanzamiento de una moneda, pero un dado o el sorteo del cupón pro ciegos cumplen con la misma función) y dibujarse un cuadrito con el “Quién, Dónde y Qué” como el siguiente.

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Una vez realizado el sorteo de las parejas, tendrán algo como lo que sigue:

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Y ahora sólo tienen que poner en palabras lo que el dado o la moneda les haya traído. Cada triada, un capítulo. Por ejemplo:

  1. Christine se dirije al convento de las Salesas con el cuadro de de Brueghel robado. Allí descubre que la madre superiora participa en la conspiración. Ésta la retiene contra su voluntad.

  2. Martin se dirige a la catedral siguiendo las últimas pistas descubiertas pero en vez de encontrar al hipertransductor tensorial descubre el tesoro oculto de los Hijuelinos.

  3. El inspector Estrada/teniente Colón se dirige al Tribunal Supremo para interrogar al magistrado Rupérez y descubre que éste está ultimando el montaje de una bomba de relojería. A pesar de sus esfuerzos, el magistrado escapa con la bomba.

  4. El jefe de los malvados conspiradores se dirige a unos baños turcos donde monta secretamente el hipertransductor tensorial. El plan está a punto de triunfar.


Ahora se trata de hacer dos nuevas parejas, el uno con el tres y el dos con el cuatro. Es decir:


  1. El inspector Estrada/teniente Colón registra la mesa del magistrado y descubre un papel con el teléfono de las Salesianas y una indicación clara ‘Secuestrar a Christine’. Se huele algo raro y se dirige hacia el convento.

  2. Martin encuentra una tarjeta de los baños turcos entre las joyas del tesoro y supone que allí se encuentra el cuartel general de la conspiración.


Por complicar algo las cosas, la resolución debe contar con el resto de combinaciones:

Christine, secuestrada en el convento, consigue llamar a Martin, que en ese momento entra en los baños turcos. La madre superiora consigue arrebatarle el teléfono antes de que pueda prevenir a Martin. El inspector/teniente, que espera en la salita de al lado, descubre el pastel y consigue recuperar el cuadro así como rescatar a Christine. La madre superiora confiesa y se dirigen a los baños turcos.
Martin es descubierto porque su teléfono ha sonado en el momento más inoportuno. En el momento en que el jefe de la conspiración está a punto de asesinarle hace su aparición el magistrado Rupérez portando su bomba.

Y ahora el grand finale con todos los personajes en escena. Rupérez, tal vez arrepentido tal vez convencido de que sus planes fracasarán decide cambiar de bando y amenaza con hacer explotar la bomba si no liberan a Martin. En ese momento oyen el megáfono del inspector/teniente que les avisa desde el exterior de que están rodeados. Christine grita desesperada: “¿Estás bien, Martin?” (se ve que la dejó con ganas). La sorpresa permite al malvado conspirador introducirse por un pequeño túnel secreto con intención de huir con el hipertransductor tensorial. Rupérez, avispado por una vez, arroja la bomba al túnel...

Ya sólo faltan las disculpas de la policía por haber dudado de nuestros protagonistas y que éstos se larguen con el tesoro de los Hijuelinos hacia una vida de lujo y desenfreno que bien ganada se tienen.

Hasta aquí la teoría. Ahora los deberes. Tienen ustedes quince días para presentarme su best seller (la dirección es la que ya conocen). Los que no superen la evaluación por parte de un comité de expertos formado por Dan Brown, Pablito, Stephen King y MarioVargas Llosa (cualquiera de ellos puede ser sustituido por escritores de similar envergadura y tal vez talento) se verán obligados a repetir curso. Los aprobados serán inmediatamente remitidos a las oficinas centrales de la editorial Planeta a cuyo cargo quedará, si lo tiene a bien, la gestión de su éxito.

Ahora bien, no crean que acaba aquí la cosa. Queda por tratar el aspecto más importante, que no es otro que el suyo, su propio aspecto. De nada sirve haber escrito un best seller de seiscientas páginas si uno no es capaz de respaldarlo ofreciendo una imagen de auténtico escritor de best sellers. Hace unos años, cuando el mercado todavía no estaba muy desarrollado, la cosa era relativamente simple. Bastaba una chaqueta de pana y una camisa de cuadros (también ayudaba lo suyo calzarse los zapatos del profesor de inglés; ¿alguien sabe de dónde los sacan?). Hoy en día, sin embargo, este aspecto ya sólo es admisible para los divulgadores científicos. El escritor de best sellers se ha sofisticado en gran medida y, he ahí el problema, cada uno ha de presentar un pequeño rasgo distintivo, singular, único (descarto aquí tratar los extraordinarios casos de los señores Stephen King y Tom Clancy, que siempre aparecen vestidos de personajes de sus novelas).

El escritor de best sellers no debe nunca, bajo ningún concepto, estar a la moda. Su apariencia debe ser una hábil y estudiada mezcla de vestimenta casual, cierto desaliño y prendas de corte clásico. Deberán hacer un repaso de las primeras figuras para descartar las ternos ya registrados (la chaqueta tweed con vaqueros, por ejemplo, es patrimonio del señor Brown). A día de hoy, quizá ya no valga dentro de unos meses, podría valer una chaqueta príncipe de gales con un jersey negro. El corte de pelo ha de ser antiguo (es forma burda de sugerir que uno lleva años encerrado en la concepción de su magistral obra). Las patillas prominentes todavía resultan admisibles pero empieza a decaer su uso. La barba queda descartada esta temporada, al igual que la coleta.

Todo este estudiado atuendo es fundamental para la parte más importante de su libro, la foto de la solapa. Siempre en blanco y negro, ligeramente desenfocada, mal iluminada y con algun rasgo políticamente incorrecto (un paquete de cigarrillos o una pipa, por ejemplo), debe lograr que el lector se pregunte, ¿pero es que no tenían una foto mejor que ésta? Bajo ella, la presentación elogiosa que usted mismo habrá redactado y adjuntado al manuscrito y que debe decir más o menos lo siguiente.

Un ingenioso thriller lleno de sorpresas y enigmas desarrollado con mano maestra que le atrapará inevitablemente hasta su sorprendente desenlace. Los secretos de una conspiración milenaria darán pie a la trepidante aventura de la original pareja protagonista que se verá obligada a superar los más abigarrados peligros. Sin duda, una de las novelas del año.

Y algo más abajo, su biografía algo adornada.

Patrick Higgins nació en Maine y es profesor de Corte y Confección en la Universidad a distancia de Las Vegas. Hijo de un profesor de sánscrito y una cabaretera, siempre ha sentido un particular interés por las relaciones entre lo incomprensible y los ligueros que ya se plasmó en su primera novela, ‘Nights in white Satan’ (premio Alvin Jones, 1999). Con ésta, su segunda novela, ha demostrado que la firmeza narrativa no está reñida en absoluto con la innovación y el entretenimiento.

¡Qué ganas tenía de quitarme esto de encima!