11 de enero de 2006

Curso de literatura democrática

Hace tiempo, cuando les presenté aquí la imprescindible ciencia de la comitología hube de referirme al más ilustre practicante de la disciplina: el profesor Charles Northcote Parkinson, el mismo que arrancó el libro que expone la tercera de sus célebres leyes con las siguientes palabras:

Al poner al alcance de todo el mundo, por primera vez, el secreto del éxito, considero que me he hecho acreedor en cierta medida a la gratitud del género humano.

Palabras que son, puedo asegurárselo, de lo más acertadas, pues efectivamente ese libro, sugerentemente titulado ‘Al patrimonio por el matrimonio’ esconde los ocultos y reservados arcanos que conducen a la riqueza y el reconocimiento público. Supongo que se preguntarán a qué me refiero con eso de ‘éxito’. Les respondo: pues a eso que están ustedes pensando, caray.

Las obras sobre el tema del éxito, entre las que el presente trabajo es sin duda alguna la más moderna y la mejor, raramente difieren sobre el significado del triunfo. La expresión “llegar a ser alguien” en su acepción familiar puede que no atraiga (y, efectivamente, no atrae) al filósofo o al moralista, pero tiene al menos el gran merito de ser perfectamente clara.

Si tienen interés por penetrar en esta disciplina fundamental cómprense el libro. No seré yo el que venga aquí a destripárselo (al menos hoy). La idea que traigo en la cabeza es otra, aunque me ha recordado la honesta disposición que el profesor Parkinson muestra desde el principio y que ya les cité en su día.

Vemos con demasiada frecuencia libros sobre el tema “Cómo triunfar”, en los que se anima al estudiante a desplegar más energía, a ser más inteligente, a ayudar a sus semejantes, a ser más munucioso, más agradable y más leal que los demás. Pero con todas esas cualidades. ¿para qué iba a necesitar libro alguno? No es ese tipo de persona a quien se dedica un libro de estos. Ese señor va a triunfar con o sin el libro. El que necesita asesoramiento especial es el que está por debajo de la media, es decir, el memo, el perezoso, el descuidado, falto de espíritu de colaboración, malhumorado y desleal. A éste hay que dirigir libros de este tipo. Bien mirado, vivimos en un pais democrático. ¿Por qué no ha de triunfar este señor, lo mismo que cualquier otro? Puede hacerlo, como vamos a mostrar en las páginas que siguen.

Esta extraña perversión de la idea de democracia, eso de que cualquiera puede ser cualquier cosa ha calado tanto que tal vez no quede más remedio que aceptarla, aunque sea a regañadientes. Sin ir más lejos, los norteamericanos (estadounidenses, preciso) están orgullosos de que en su país cualquier pueda llegar a ser presidente y se empeñan en demostrarlo elección tras elección (afortunadamente esto no es del todo cierto, Arnold Schwarzenegger no puede ser presidente). Y en este orden de cosas, me ha dado por pensar en la versión literaria del asunto. Seamos demócratas consecuentes y permitamos que cualquiera pueda ser un escritor de éxito.

Un vistazo rápido a la evolución reciente del mundo editorial (ya saben que a mí me dio por leer en orden cronológico y todavía ando atascado en el siglo III, por lo que no estoy muy al día) me ha mostrado amplísimas virtudes “democráticas”. La gran mayoría de los best sellers están escritos por cualquieras, sin más mérito que conocer algunos mecanismos que me propongo hoy desentrañar para ganarme al menos una pequeña parte del agradecimiento que se ganó el profesor Parkinson por la misma vía.

De todos es sabido que el gran arte es cuestión de formas, pero que éstas han de sustentarse sobre un fondo que en la pintura suele llamarse ‘lienzo’ y en la literatura se llama ‘trama’. Las formas, la cosa elevada, dan mucho más juego si uno pretende apuntarse alguna medalla pero mi intención es hoy eminentemente práctica y no tengo empacho en comenzar por lo más prosaico. Vamos a ello a ver si llegamos a alguna parte.

Mi somero repaso a los recientes éxitos editoriales me ha llevado a elaborar una breve lista de elementos que cualquier historia debe reunir si pretende, como la naturaeza humana suele demandar, el éxito incondicional. De forma harto esquemática y aún más sintética, éstos son: un misterio, una pequeña dosis de escándalo, una pizca de esoterismo, tres cucharadas de historia, un héroe paternal y con mucho mundo, una jóven profesional de sólida formación pero algo cándida, un conjunto variopinto de malos en todas sus gradaciones, un muerto y tres o cuatro elementos de la actualidad reciente. No se los tomen como receta mágica porque todo va en modas, hace años se llevaban mucho los misiles nucleares y ya nadie se acuerda de ellos. Desarrollaré a continuación, brevemente, estos elementos.


  • Misterio: Como mostraré más adelante, la presencia de un misterio resulta fundamental para ciertos juegos formales que son imprescindibles. Ahora bien, por misterio no deben entender un verdadero misterio, sino una majadería de alcance no superior a aquella vieja adivinanza que decía ‘Oro parece, plata no es...’. No se alarme el aprendiz de literato exitoso ante la evidencia o estupidez de su misterio. No hay problema, por ejemplo, en que a un ‘experto en Leonardo da Vinci’ le lleve tres capítulos descubrir que cierto texto en clave es simplemente una imagen especular del texto descifrado (como todos los textos de Leonardo da Vinci). Por tonto que sea su personaje siempre será más tonto el lector. Extraños códices, cofres secretos, mapas del tesoro, cualquier cosa vale para construir en enigmático castillo de papel, por ejemplo, una extraña inscripción descubierta en el altar de una catedral gótica.

  • Escándalo: Para dotar a la obra de su necesaria dosis de escándalo lo más recomendable es tomarla con alguna iglesia o credo religioso suficientemente extendido. Salman Rushdie, por ejemplo, ha manejado esta técnica de forma asombrosamente efectiva aunque ha llegado a generarle alguna que otra incomodidad. Si uno busca evitarse problemas, la opcion más recomendable es la iglesia católica, que lleva ya una larga temporada sin mandar a nadie a la hoguera. Además, cuenta con la ventaja de que ofrece numerosas órdenes y grupos religiosos, con lo que no se ve uno obligado a enfrentarse a la totalidad de los fieles. Cabe reunir misterio y escándalo para hacer el resultado más efectivo. Puede, por ejemplo, decirse que la Orden de la Visitación fue en realidad promovida en secreto por unos extraterrestres (de ahí su nombre) como parte de su oculto plan para dominar el mundo.

  • Esoterismo: Tampoco hace falta quebrarse mucho la cabeza para dar con algo efectivo. Cualquier estupidez servirá para la ocasión, tomen ejemplo de los cientos de revistas sobre parapsicología que inundan los quioscos, que tampoco se han quebrado mucho la cabeza y salen cada mes repletas de páginas sin sentido. Cualquier extraña teoría, por disparatda que parezca, funciona. Por seguir con mi ejemplo, esos terribles extraterrestres hubieron de establecer en la tierra durante la edad media su sistema de comunicaciones y se vieron en la necesidad colocar antenas repetidoras ocultas discretamente. Se apunta así una explicación para la transición del románico al barroco en la arquitectura. Las fachadas góticas no son sino el escondrijo ideal de tales antenas. Cabe añadir aquí alguna teoría pretendidamente “científica” (por científica deben entender cualquier cosa que incorpore un número). Para mi ejemplo he decicido que la teoría de la propagación de la radiación electromagnética demuestra que el ángulo que forman entre sí las fachadas de las catedrales de Burgos y León no puede considerarse casual y responde a una estrategia deliberada de optimización de la comunicación radioeléctrica entre ambas.

  • Historia: una vez establecida la hipótesis esotérica no hay más que pasarse por el monumento afectado y comprarse el librillo que siempre hay en la tienda de souvenirs que hay a la salida para documentarse sobre algún par de sucesos históricos no muy conocidos que le den al conjunto un cierto barniz cultural y muestre el intenso trabajo de documentación que se ha llevado a cabo. Conviene no olvidar añadir al principio una lista de agradecimientos que incluya los nombres de afamadas instituciones. No debe darle vergüenza tomarse alguna que otra licencia. Si, por ejemplo, entre sus agradecimientos se cuenta el Museo del Louvre, basta con haberlo visitado una vez (previa cola y abono de la entrada) para agradecer, sin faltar a la verdad, que le hayan dejado entrar (la visita virtual por internet puede valer en este caso y resulta mucho más cómoda y barata).

  • El héroe y la heroína: Obviamente su función, más que sostener la trama, es meterse en la cama alcanzadas las tres cuartas partes de la historia. Para ello es recomendable que la heroína sea experta en algún abstruso campo aunque desconozca los rudimentos más básicos de su especialización. No pasa nada (y contamos con recientes ejemplos de ello) por que una experta en criptología sea incapaz de resolver la sopa de letras de la hoja parroquial. Como digo, la cosa es que el héroe se la beneficie tras centenares de páginas de ‘sí es no es’ en los que a veces le enseña el búlgaro y otras le enseña el ‘búlgaro’.

  • Los malos: Aquí debe haber de todo. No puede faltar ni uno. Son imprescindibles el malo-malísimo, el que se arrepiente al final, el que parece bueno y al final traiciona a la pareja protagonista y el que parece malo y al final resulta que no lo es. Como veremos más adelante, el esquema en que éstos se mueven es fijo e inamovible aunque el lector, por razones desconocidas, se empeña en considerar que siempre se trata de una historia nueva y original.

  • El muerto: en realidad no tiene otra función que rellenar el primer capítulo. Es necesario que el fallecimiento se produzca de forma rocambolesca y sugiera alguna clase de peligroso ritual. El suicidio puede utlizarse como variante siempre que venga motivado por un terrible secreto.

  • Actualidad: Tampoco es que esto importe mucho, pero funciona para dar una sensación de proximidad. Si se habla, por ejemplo, de la primera guerra del golfo, que con seguridad todos los lectores siguieron por televisión, se logra una cierta asociación de ideas que tiene como consecuencia que el lector suspenda su incredudlidad de la misma forma en que lo hace ante los noticieros de la CNN.


Una vez apuntada la concreción de todos estos elementos en una cuartilla (si le ha ocupado más espacio debería eliminar alguna cosa para no pasarse de complejo), ya está listo para iniciar la redacción de sus seiscientas páginas (menos no se recomienda, aunque esto es evidencia meramente estadística). Es hora, por tanto, de plantearse las formas. No se asuste, no se trata de emular a Góngora. Tan sólo debe recordar aquello que le contaron en la escuela: Sujeto+verbo+predicado. Olvídese de oraciones compuestas, que sólo distraen la atención y vaya al grano (se permite alguna oración subordinada, pero de no más de cinco palabras). Pero antes de ofrecerles una serie de consejos para esta fase, vayamos con la cuartilla que corresponde a mi ejemplo para que se hagan una idea de todo lo expuesto hasta el momento.

Martin Nicholson, prestigioso documentalista del Discovery Channel se ha citado con un viejo compañero de armas en la primera guera del golfo. El encuentro ha de producirse en una catedral gótica española, pero cuando Martin llega halla el cadáver de su amigo completamente dsesfigurado bajo el altar. Al agacharse junto a él descubre una extraña inscripción en la piedra. El cadáver, además, sostiene entre las manos un extraño objeto troncocónico adornado con figuras geométricas.

Martin recuerda que Christine, la hija de su viejo compañero, se ha especializado en paleografía por lo que aprovecha que ha de darle la trsite noticia para indagar sobre el significado de la inscripción y sobre qué pueda ser el objeto que ha encontrado en las manos de su amigo. Christine le confirma sus sospechas, hay gato encerrado, todo apunta a ello: no es habitual que a uno le desfiguren la cara junto a un altar y la inscripción no se corresponde con ningún alfabeto conocido.

Tras ser interrogados por la policía, deciden investigar algo más en la catedral y descubren a un viejo fraile que se escabulle entre las sombras. Tras una infructuosa persecución recogen una pieza que parece encajar dentro del objeto que encontraron en manos del fallecido y del que no habían dado cuenta a la policía. Al hacerlos coincidir descubren una secreta conspiración para dominar el mundo que unos extraterrestres iniciaron sigilosamente en la Edad Media y que está a punto de alcanzar su fase final. Llevan setecientos años preparando su plan y ya sólo quedan cuarenta y ocho horas.

Los responsables de esta conspiración, que utilizan la orden de la Visitación como tapadera y la red de catedrales góticas como sistema de comunicaciones secretas, harán lo imposible por deshacerse de estos molestos personajes cuya curiosidad amenaza sus terribles planes. La policía, como es habitual, no dará crédito a estas teorías y acusará a los protagonistas de la muerte del caballero, obligando a estos a desarrollar toda su investigación huyendo de la justicia.

Hala, ya está. Originalísimo como ven. No deben preocuparse porque falten casi todos los elementos de la historia. Como verán, la propia estructura ya se los irá ofreciendo. Ahora a escribir. Ya verán qué fácil es.

La cosa ha de tener muchos capítulos. Cuantos más mejor. Le da a uno un tono profesional. La mejor manera de llenar capítulos es alternar la acción cortando en cada uno de ellos en el momento más inoportuno para pasar a otra cosa (esto permite convertir dos escenas en unos treinta y seis capítulos sin enseñar el plumero). Prorcionaré ejemplos de esto más adelante, pero antes hemos de fijarnos en la estructura inicial, que siempre es la misma.

El primer capítulo, como he señalado antes, es para lucimiento del muerto. Se trata de llevar a Martin hasta el escenario del crímen y que se lleve la sorpresita que le tenemos preparada. Hay básicamente dos maneras de hacerlo. En primer lugar narrar el crímen y después la llegada del héroe. En segundo lugar narrar la llegada del héroe y después su reconstrucción del crímen (esta segunda opción aconseja que el protagonista señale un par de detalles que los investigadores forenses han pasado por alto para dejar claro que es muy listo). Entre ambas puede jugarse con la alternancia de acciones. En todo caso debe señalarse una hora exacta en la primera frase, que da un toque muy moderno (algun detalle lejanamente tecnológico también viene bien) y después introducir una frase de diálogo que no venga a cuento. Algo más o menos así.

A las 8:35, quince minutos después del horario previsto, el Boeing 737 aterrizaba en el aeropuerto internacional de Calasparra con Martin Nicholson en su interior.
– No olviden su equipaje de mano– dijo amablemente la azafata mientras éste recordaba a Larry, su viejo compañero en la primera guerra del golfo al que no había visto desde hacía años. Una misteriosa llamada suya lo había llevado hasta allí. ‘Debes ver algo’, le había dicho.

Mientras Martin esperaba en la cola de los taxis, a pocos kilómetros de allí Larry se debatía entre la vida y la muerte, atacado con una crueldad que no había sido vista sobre la tierra desde la desaparición, en 1543, de la secta de los Hijuelinos.

Como ven, he respetado escrupulosamente el reglamento, pero además, y éste es un hecho importante, he introducido una novedad, una extraña secta que no figuraba en el plan inicial. De eso se trata. Simplemente no tenía ni pajolera idea de cómo demonios matar a Larry de una forma terrible. Pues nada, hay que encontrar la manera de no decirlo sin que se note que no hemos dicho nada. Así, poco a poco, se irá complicando esta estúpida historia. Es el momento de comprar un cuaderno e ir tomando nota de todas las memeces que vayamos incorporando para no caer en demasiadas contradicciones (se estima en un 10% el número de contradicciones admisibles en un best seller contemporáneo, los clásicos, como el Quijote, tienen muchas más, por supuesto).

Un problema que siempre presenta este capítulo es el de la inscripción. Para darle a la cosa cierto empaque (y, por qué no decirlo, para joder a quien haya de componer el texto para su publicación), hay que construirla sin recurso a tipografía conocida alguna. Una cosa así podría funcionar:

Martin alzó la vista y descubrió son asombro unas palabras grabadas en la piedra junto al cadáver. No supo qué querían decir pero, de alguna manera, intuyó que el hallazgo del cuerpo de su compañero junto a aquella inscripción no había sido casual. Por eso las anotó cuidadosamente en su cuaderno de campo.


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No deben preocuparse porque el sentido de la inscripción esté clarísimo hasta para los chicos de la LOGSE (Ley de Ordenación General del Sistema Educativo). Tengan en cuenta que los lectores se empeñarán en que es de lo más misteriosa y se negarán rotundamente a comprenderla. Pongan lo que sea porque no se van a ver obligados a descifrarla después (o bien, por el contrario, pueden decir que significa lo que les venga en gana, que para el caso es lo mismo, pero no adelantemos acontecimientos). Tampoco es necesario que justifiquen la asombrosa intuición de su protagonista al encontrar relación entre la inscripción y el asesinato y no, por ejemplo, entre las vidrieras y el asesinato o entre las vidrieras y la inscripción. ¿Quién se va a preocupar por eso?

Ya sólo queda, para cerrar este capítulo, encontrar un cierto clímax que interrumpir con brusquedad. Un recurso habitual ante la escasez de ideas y que ha mostrado su eficacia en numerosas ocasiones es utilizar una llamada telefónica (a la que luego no será necesario volver a referirse). Por ejemplo esto:

Justo cuando iba a retirar aquel extraño objeto de sus manos sonó el teléfono.

Y ya está. Hasta aquí el primer capítulo. ¿Ven qué fácil? No acabo de ver por qué hay tantos libros que afirman tratar sobre los secretos de Dan Brown y ninguno de ellos se refiere a éstos, sus verdaderos secretos. En los próximos días continuaré, si así lo desean, esta exposición para que todos disfruten de la posibilidad de forrarse emborronando cuartillas. Entre los capítulos obligatorios nos quedan pendientes el segundo (los malos se alarman), el tercero (llega la chica), el cuarto (los malos tienen un plan) y el quinto (interrogatorio policial). Después sería necesario repasar las técnicas más usuales para llenar folios hasta la inevitable resolución final. Pero ya les digo, eso será sólo si lo desean.

Notas marginales:


  • Adjetivos obligatorios para hablar de monumentos antiguos: majestuoso, solemne, oscuro, enigmático.

  • Lugares comunes que pueden ser de utilidad: “...setecientos años nos contemplan...”, “...sentía el peso de la historia...”, “...la ciudad dormía la siesta...”, “... un silencio sepulcral lo invadía todo...”.

(No se pierda la segunda parte)