30 de enero de 2006

G.K. Chesterton, literatura democrática, recetas, poesía y don Eduardo Torres

Me apropio hoy del estilo titulador del don JPQ para hacer lo de siempre, un batiburrillo sin criterio de ideas, ocurrencias, sucesos y bobadas. No se alarmen los fieles que el estilo seguirá en su línea habitual, por los suelos. El caso es que debo o quiero dejar registro de algunos acontecimientos recientes antes de que los hados de Haloscan se los lleven al limbo (quizá algún día me de por dejar de ser agarrado y pague los doce dólares que convertirían los comentarios en eternos).

El caso es que jamás pude imaginar el revuelo que mi ‘Curso de literatura democrática” iba a formar. No es que la cosa haya llegado muy lejos, pero dada la difusión media de mi producción blogueril ya se cuenta entre mis textos más populares. El curso fue tan sólo fue una de tantas chorradas que me vienen a la cabeza, pero ya les hice saber en su día que Libro de Notas lo enlazó (al igual que su hermano florido). Algo después, Ramón Machón, desde su kafkiano refugio, lo llevó hasta un foro literario.También ha asomado por otros lugares, pero entre las asombrosas recepciones de este digno candidato a figurar entre los ‘Éxitos Inexplicables’ de mi próximo refrito ha habido una francamente curiosa que creo merece saltar desde los comentarios hasta aquí.

Andábamos, para variar, el señor Aquende y un servidor con nuestras absurdas payadas cuando se produjo el primer eslabón de la cadena de acontecimientos que quiero referir y que ya conocerán si han seguido los comentarios de mi anterior entrega: el descubrimiento de la inminente aparición de una novela que parecía haber seguido punto por punto los sabios (o no tan sabios) consejos de mi curso. Se trata de una novela de título cuando menos blasfemo, ‘Espía de Dios’. ¿Para qué demonios necesita Dios espías si en su omnipotencia todo lo ve y todo lo sabe? A partir del próximo siete de febrero estará disponible en España pero, si tienen los altavoces encendidos, pueden ir abriendo boca aquí.

En mi natural inocencia creí ver en el material promocional alguna semejanza con los resultados de mi esfuerzo docente: una experta criminalista, un ex-militar norteamericano, un escándalo eclesiástico, cosas así. Dios me libre de afirmar relación alguna entre mis limitados conocimientos y lo que parece que será una importante fuente de ingresos para el señor Gómez-Jurado, autor de este divino espionaje.

Y entonces se produjo el milagro, la aparición por este humilde rincón del mismísimo autor de esta novela que ya ha sido vendida en numerosos países. Pero antes de pasar a la relación de la amable discusión que por aquí tuvo lugar y para irles situando, me he tomado la molestia de preparar una pequeña nota de prensa tomando de aquí y de allá la información que existe en la red sobre la obra. No me anima otra cosa que la vocación informativa.

NOTA DE PRENSA
Roca Editorial publicará el próximo 7 de febrero la primera novela de Juan Gómez Jurado, Espía de Dios. La novela ya ha sido vendida a Italia (Longanesi), Estados Unidos y Canadá (Dutton Books-Penguin Group), Inglaterra, Escocia, Irlanda, Australia y Nueva Zelanda (Orion Books), Suecia (Natur och Kultur), Noruega (Gyldendal), Holanda (A. W. Bruna), y también se publicará en Francia, Alemania, Brasil, Portugal... Se trata de un trepidante thriller plagado de acción, violencia y misterio, en el que la realidad y la ficción se mezclan para inquietarnos con lo que, sin ser cierto, bien podría serlo. Ambientada durante el cónclave que eligió al sucesor de Juan Pablo II, denuncia entre otras cosas la existencia de un centro donde se rehabilita a sacerdotes católicos con historial de abusos sexuales y es fruto de tres años de intensos trabajos de investigación y documentación.


He procurado mantener la necesaria neutralidad que tanto escasea hoy día en los medios. La más comedida y discreta nota de prensa en manos de un periodista desalmado (y son legión) puede tener terribles cosecuencias. La nota anterior, por ejemplo, se puede quedar en esto otro

Autor sospechoso de asesinar al Papa
ELE.- Tras conocer la afirmación de Juan Gómez-Jurado de que lleva tres años de intenso trabajo de investigación para la redacción de su novela “Espía de Dios” la fiscalía se está planteando actuar de oficio contra el mismo. La novela, que saldrá al mercado el próximo día siete de febrero, se desarrolla durante el cónclave que eligió al sucesor de Juan Pablo II que, como todo el mundo sabe, tuvo lugar el año pasado. Es esta discordancia de fechas la que lleva a pensar que la investigación del señor Jurado estuvo fundamentalmente dirigida a acabar con la vida del pontífice para procurarse un escenario adecuado para su novela.


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Don Juan Gómez-Jurado, que también es blogger, hizo ayer aquí gala de una exquisita educación y un gran sentido del humor por lo que no se deben llamar a engaño: es bastante improbable que él asesinara a Juan Pablo II diga lo que diga la prensa sensacionalista. Debo decir que no he leído todavia ni una sóla línea suya (más allá de los comentarios que tuvo a bien dejar aquí) y, por tanto, nada de lo que hoy declararé aquí puede refirirse a sus cualidades o talento literario. Tampoco es que mis capacidades críticas lleguen muy allá. Pero ya que saltaron a escena unos cuantos temas, me permitiré darles alguna que otra vuelta por ver si yo mismo me aclaro algo

Como cabia esperar, don Juan se arrancó con una encendida defensa de su libro basada en argumentos incontestables que comparto y entre los que destaco dos:

Entretanto, reivindico mi vocación de narrador, de contar historias que emocionen a las personas.

Eso si, defiendo mi historia. He escrito una novela de género, pero digna y documentada. Me ha costado mucho tiempo, creedme.

Con respecto al primero no está de más recordar de nuevo aquellas palabras de Chesterton que les traje el otro día, aquellas que decían que la literatura es un lujo y la ficción una necesidad. Es imposible abstraerse de la necesidad de contar historias y bien está que así sea. Y por lo que toca al segundo de los argumentos es innegable que escribir la peor de las novelas (y no digo que ésta lo sea) requiere un gran esfuerzo que merece, al menos respeto. Tomarse la molestia de juntar unos centenares de páginas ya es algo digno de consideración.

Honestamente debo decir que Espía de Dios no parece casar a priori con mis gustos. A posteriori nunca sabe uno qué va a encontrarse y por tanto no enjuiciaré el resultado, jucio también vedado a su autor. Un escritor no puede ni debe aspirar a más que a escribir buenas obras pero no está en su mano ejuiciarlas. Recuerden a Thomas Mann haciendo el ridículo declarando que cuando escribió Muerte en Venecia no era más que “un aprendiz, un aprendiz de genio pero aprendiz al fin y al cabo”. Uno escribe lo que su ingenio y voluntad le permite y ahí se queda la cosa. Y creo que siempre es de celebrar que se escriba. Se escriba lo que se escriba.

Ahora bien, también don Juan trajo algún otro argumento más discutible. Por ejemplo éste:

Y por muy mala que sea una novela, si gana un lector en el metro antes que otros tímpanos destrozados por los auriculares del MP3, esa obra es santa.

Debo disentir en este punto. Sigo sin encontrar razón objetiva alguna para esa defensa etérea de la lectura que tanto florece actualmente. Leer es verbo transitivo. Siempre se lee algo y la supuesta bondad de tan respetado ejercicio sólo puede basarse en la calidad de lo leído. Recuerdo haber discutido sobre ello con el hiperactivo Wally hace tiempo. Estoy seguro de que coincidirán conmigo en que hay libros que es mejor no leer aunque probablemente no haya acuerdo sobre cuáles sean éstos. Cada uno tiene sus ‘ídolos de la aberración’. Yo, por ejemplo, no puedo perdonarle al pelma de Saramago el tiempo que me ha hecho perder con sus insufribles bodrios como tampoco le perdono su cara de besugo amargado (recuerden que grandes hombres ya han dejado claro que a partir de cierta edad, sobre la que no se ponen de acuerdo pero que el laureado luso conejero ha superado con creces, todo hombre es responsable de su cara).

Llevamos tiempo primando la cantidad sobre la calidad. La calidad de la investigación en las universidades españolas se mide al peso, por número de publicaciones independientemente de lo que éstas digan. Algo similar ocurre con la lectura con tantos prohombres preocupados de que se lea pero no de qué se lee.

Otra de las opinables cuestiones que por aquí surgieron es la siguiente:

Por desgracia, solo hay 45 tipos de personaje, con 140 subvariantes. Es inevitable descubrir coincidencias, y atención a mis palabras, en los resúmenes elaborados por la persona de márketing de la editorial.

Y algo más adelante.

Sobre los personajes, existen los 45, creeme. Tengo el tema muy estudiado...

Te recomiendo el libro (el título por si solo demuestra mi afirmación) "45 Master Characters". Lo tienes en Amazon. Se trata de un análisis somero de los arquetipos jungianos, sencillo pero muy ameno y bien escrito.

Esto ya es harina de otro costal. Puedo admitir que el numero de personajes sea infinito o bien que sea mucho más reducido. En todo caso, un vistazo a la página de Amazon hace sospechar que el libro se trata de una suerte de recetario, un conjunto de fórmulas para crear “personajes originales” (tales como “mujeres creíbles”, supongo que por eso se nos aconseja que una madre con bebé que no puede permitirse pagar una nanny debe llevar el pelo corto porque no tiene tiempo para arreglarse por las mañanas). Me pregunto si Stevenson habría podido dormir tranquilo sin haber determinado si el príncipe Florizel de Bohemia tenía la cara ancha o estrecha, si a Shakespeare le dieron más de un quebradero de cabeza los ojos de Lady Macbeth, si Melville sufrió indeciblemente hasta aclararse con la edad de su personaje más inolvidable, Moby Dick.

Ya he dicho por aquí más de una vez que toda clasificación es un lecho de Procusto. A ello añado que todo recetario fuera de la cocina es del todo inútil. Si quieren ver un recetario inútil en acción no tiene más que ver alguno de los documentales en los que una tal Philipa Boyens, co-guionista de la adaptación cinematográfica de El señor de los anillos, explica con todo desparpajo las ‘recetarias’ razones que le obligaron a realizar cambios en la historia original. Más le había valido a esa señora tener algo más de mundo, algo más de sensibilidad hacia las cosas humanas y algo más de seso. Más le valdría a cualquiera que se ponga a componer personajes o a narrar historias. No hay otro camino. Cuanta más vida haya dentro de uno más vida habrá en lo que escriba (a lo que cabría añadir, en justo paralelismo, que cuanta más vida haya dentro de uno, más vida encontrará en lo que lea).

En los últimos días, Antonio Lobo Atunes se nos descolgó en El País con un encendido elogio del aficionado polemista Juan Marsé, que a su vez ya nos deleitó con una pantomima con ocasión de la concesión de los últimos premios Planeta. El portugués se despachó a gusto con Nabokov cuyos libros, en su opinión, “están desprovistos de la llama de la que está hecho el genio”. Ha demostrado así, que no ha sabido leer a don Vladimir (discusiones al respecto aquí y aquí). No siempre la culpa es del autor, los lectores también han de hacerse responsables de sus lecturas.

Y eso que malos escritos los ha habido siempre y siempre los habrá. Ni el más excelso de los escritores está a salvo de componer textos infumables. “Creo que se podría recopilar el peor libro del mundo seleccionando únicamente pasajes de los mejores escritores del mundo”, nos dice Chesterton y no le falta razón. Y qué decir de la mala poesía, a la que Chesterton también dedicó un ensayo inspirado precisamente por cierta antología de las peores poesías.

Dándole vueltas al tema del último día me di cuenta de que ya he hablado de poesía aquí más veces de las que recordaba. El viejo de Alejandría nos ha visitado unas cuantas veces, como el día en que tratamos aquí de ‘grandes rifiutos’ o aquel otro en que ya veía venir mi mudanza a la capital. Recuerdo ahora que una vez incluso ‘propendí al lirismo’. Dejaré pues que la poesía siga asomando por aquí con la misma discreción con que lo ha hecho hasta ahora.

Y a don Juan Gómez-Jurado le recuerdo cuál es ahora su obligación si hemos de atender al sabio consejo de don Eduardo Torres (cuyas características fisonómicas desconocemos por habérsenos muerto don Tito sin conocer el imprescindible recetario anterior): A ningún autor debería permitírsele publicar un segundo libro mientras no demuestre que el primero era lo suficientemente malo como para merecer una segunda oportunidad.