25 de enero de 2006

Historia de O

En vista de que ayer cité a Corín Tellado más de uno habrá creído que mi biblioteca es de lo más completa. Qué más quisiera yo. Me temo que no dispongo de ningun volumen debido a esta prolífica autora y como ya he perdido la vergüenza lo confieso aquí sin tapujos. Recuerdo que hace tiempo les hice saber, por ejemplo, que poseía la práctica totalidad de las obras de don Guillermo Cabrera Infante. ‘Práctica totalidad’, como saben, quiere decir que me falta alguno que otro. En concreto entonces me faltaban dos. Desde hace un par de días tan sólo me falta uno porque no sabía yo que la Universidad de Alcalá de Henares y la editorial Fondo de Cultura Económica editan una colección llamada telegráficamente “Biblioteca Premios Cervantes” que, entre otros, ha publicado “O”, uno de esos dos libros ausentes.

Es precisamente en “O”, concretamente en el ensayo titulado “Una inocente pornógrafa” donde encontré el pasaje de Corín Tellado que ayer les referí. Sobre él volveré más adelante, pero déjenme que les comente antes, brevemente, algún detalle de esta ‘cuidada’ edición.

Trae la solapa una biografía del autor ‘políticamente correcta’. Tan ‘políticamente correcta’ que hasta podría venderse en Cuba, donde G. Caín es autor proscrito, sin mayores problemas. El exilio de Cabrera Infante se narra en estos términos: “Deja Cuba en 1965 para instalarse en Londres al año siguiente”. Quizá no fuera necesario exponer los detalles que impidieron a Cabrera Infante regresar a su país por el resto de su vida. Pero lo que no tiene un pase, lo que resulta a todas luces inadmisible es que poco más adelante, en el resumen de su obra, se lea esto: “...el amor a su isla natal se despliega en los ensayos reunidos en ‘Mea Cuba’ (1992)”. Mea Cuba, para quien no lo sepa, es un libro de escritos políticos, profunda (y acertadamente) crítico con todas las tropelías de ese libertador barbudo que padecen por allí, de las que G. Caín sabe más que nadie por haberlas visto desde dentro y por haberlas padecido en sus propias carnes o en las de sus conocidos (libro, por cierto, muy recomendable para los todavía guarden la más mínima comprensión hacia el ‘compañero Fidel’). Llamarlo ‘libro de amor a su isla natal’ supongo que le estará haciendo retorcerse en su tumba. Pero claro, el redactor de solapas, solapista o solapógrafo tal vez sea un premio Cervantes. Lo que no es es un ‘premio Shakespeare’ porque también se debe a su mano esta perlita: “En 1970 viaja a Hollywood para el rodaje de su guión de Banishing Point”. La película se llamaba (y se llama) en realidad ‘Vanishing Point’, claro que, tal vez no sea errata sino inteligente guiño de quién no ha visto posibilidad de expresarse libremente, porque ‘banish’ en inglés quiere decir ‘desterrar’. Así las cosas, paso a tratar lo que era mi intención traer hoy por aquí y dejo esta camisa que mide mucho más de once varas.

Sé que me voy a repetir (a mi edad empieza a ser cosa habitual) pero ya les he dicho que he perdido la vergüenza. Allá por los inicios de este blog, como sentido homenaje a la primera persona que tuvo a bien comentar algo aquí, cierta Kaperucita que amenaza con volver a las andadas, les planteé algo que ayer volvió por aquí, los problemas de la narración erótica. Puestos a repetirme, repito ampliada la cita de don Guillermo Cabrera Infante que les traje entonces.

Hay algo vulgar en el amor, sin siquiera señalar al sexo. Quiero decir, en su expresión que se convierte invariablemente en una relación de vulgaridades. Un gran poeta griego compuso o recitó dos poemas: uno parece celebrar la guerra, el otro la persistencia en la intención del regreso al hogar. El primer poema en realidad expresa emoción ante la ira, la voluntad de venganza y la piedad, y su tono es elevado, heroico. El otro poema exalta a un héroe extraviado que no puede volver a casa y a su esposa porque en el camino otras mujeres le ofrecen diversas formas de amor y hasta le cantan canciones eróticas. Este poema es por supuesto inferior al primero en su intención épica y más que una epopeya parece pertenecer a un género que se inventará mil años más tarde, la novela.

De aquí, de que el amor es necesariamente vulgar, no cabe sino seguir así.

Por otra parte la literatura erótica (con excepciones brillantes en el mundo romano, algunos ejemplos renacentistas y las conocidas aves raras del siglo XVIII) siempre ha estado condenada a la vulgaridad, aun editorial.

Ahora bien, no se tomen esto como una condena de la vulgaridad,sino todo lo contrario. Los que ya hayan tratado con don Guillermo sabrán de qué hablo.

No es que yo tenga nada contra la vulgaridad. Al contrario, nada me complace más que los sentimientos vulgares, que las expresiones vulgares, que lo vulgar. Nada vulgar puede ser divino, pero todo lo vulgar es humano. En cuanto a la expresión de la vulgaridad en la literatura y en el arte, creo que si soy adicto al cine es por su vulgaridad viva y cada día encuentro más insoportables las películas que quieren ser elevadas, significativas, escogidas en su expresión o, lo que es peor aún, en sus intenciones. En el teatro, que es un antecedente del cine, prefiero la menor comedia de Shakespeare a la más empinada (ese adjetivo me lo sugieren los coturnos) tragedia griega. Si algo hace al Quijote (aprate de la inteligencia de su autor y la creación de dos arquetipos) imperecedero es su vulgaridad. Sterne es para mí el escritor del siglo XVIII inglés, no Swift, tan moralizante, o, montada en el fin de siglo, Jane Austen, so proper. Me encanta la vulgaridad de Dickens y no soporto las pretensiones de George Eliot. Dado a escoger, perfiero Bel-Ami a Madame Bovary, como ejemplo de ese artefacto vulgar que es la novela. Afortunadamente Joyce es tan vulgar como innovador, mejor que Bel-Ami casado con Madame Bovary. En la segunda mitad del siglo XX la elevación de la producción pop a la categoría de arte (y lo que es más, de cultura) es no sólo una reivindicación de la vulgaridad sino un acuerdo con mis gustos. Después de todo no estoy escribiendo historia de la cultura sino poniendo la vulgaridad en su sitio -que está muy cerca de mi corazón.

Todo esto viene al caso por los problemas de la Ceci (cuyos abogados o padrinos sigo esperando) a la hora de escribir su relato erótico (y en el que, al parecer, no figura la palabra ‘polla’ ni una sóla vez). Habrá que esperar a leerlo pero confío en que resulte lo suficientemente humano (con pollas o sin pollas, que no es ésta la cosa principal). Es tan fácil caer en el ridículo hablando (o escribiendo) de sexo que casi nos hemos acostumbrado y aceptamos lo inaceptable en cualquier otro tema (por cierto, nadie ha celebrado mi hallazgo sobre los ‘aterciopelados testículos’, ¿no les gustó acaso?).

Entiendo que a la hora de tratar este asunto de forma más o menos literaria hay dos obstáculos que superar. El primero es una cuestión de fondo. ¿Qué sentido tiene perderse en detalladas relaciones eróticas si nada tienen que ver con la historia que se quiere contar? Multitud de relatos eróticos se han compuesto a base de juntar una historia y un coito completamente independientes. De alguna manera es lo que ocurre con el cine pornográfico: ¿qué necesidad hay para la escena en que el butanero llega con la bombona?

El segundo es la cuestión formal, cómo referirse a estas cosas sin parecer cursi, o imbécil, o depravado, o lo que sea. La carcajada está a un solo paso y es imprescindible evitarla. Hoy no hay curso aquí y, en consecuencia, no les daré consejo alguno, pero me referiré a una serie de ejemplos diversos. El primero, el incomprendido marqués de Sade. Yo sigo sin entender por qué hay quién insiste en que Justine es una narración erótica. Pocos libros me han apagado más las ansias y resfriado los ahíncos.

Debo confesartes que Justine me resultó bastante decepcionante (literariamente decepcionante, quiero decir). Le encuentro escasos valores (literarios, por supuesto). Se trata de un conjunto de episodios mal hilvanados (y narrados por la protagonista en un incómodo presente) en que la pobre Justine (que oculta su nombre bajo el pseudónimo de Teresa a lo largo de todo el relato) intenta, sin éxito, conservar su virtud en un mundo repleto de desalmados entregados a todo tipo de depravaciones. El motivo general de todos los episodios es, no ya que la naturaleza no premia la virtud (como se desprendería de las reiteradas y a veces plomizas argumentaciones de los libertinos), sino más bien que recompensa el libertinaje. Así el éxito sonríe a todos ellos mientras Justine sufre terribles calamidades una y otra vez. Para ahorrarles la lectura, la propia Justine resume sus desventuras hacia el final del mismo:

Siendo aún niña, un usurero quiere obligarme a cometer un robo. Me niego a ello, y él se enriquece… Caigo en medio de una banda de ladrones, pero consigo huir con un hombre al que salvo la vida… Para recompensarme, me viola… Llego a casa de un señor libertino, que me hace devorar por sus perros, por no haver querido envenenar a su tía… De allí voy a la de un médico incestuoso y asesino e intento evitar que cometa una acción horrible… Aquel verdugo me imprime la señal de las criminales y sin ninguna duda consuma su delito… Pero él hace fortuna, mientras yo me veo obligada a mendigar para alimentarme… Deseo acercarme a los sacramentos e implorar con fervor al Ser Supremo, del que, sin embargo, recibo tantos males… Y el augusto tribunal en que espero purificarme por medio de uno de nuestros más santos misterios se convierte en el teatro sangriento de mi ignominia… Pero el monstruo que ha abusado de mí pisoteándome se ve elevado a los mayores honores dentro de su Orden, mientras yo vuelvo a hundirme en el atroz abismo de la miseria… Trato de salvar a una mujer de su marido… Y el malvado quiere matarme haciéndome perder la sangre gota a gota… Deseo socorrer a un pobre… Y me roba… Ayudo a un hombre desvanecido… Y el ingrato me obliga a empujar una rueda como si fuera un animal y me cuelga para deleitarse… Pero la suerte lo colma de favores, mientras yo estoy a punto de morir en el cadalso por haber trabajado a la fuerza en su casa… Un ser indigno se empeña en seducirme para que la ayude a cometer un nuevo delito… Y por segunda vez pierdo los pocos bienes que poseo al intentar salvar las riquezas de su víctima… Un hombre sensible se decide a compensarme por todos estos males ofreciéndome su mano… Pero expira en mis brazos antes de poder hacerlo… Me expongo a perder la vida en un incendio para salvar de las llamas a una niña que no es hija mía… Y su madre me acusa y entabla contra mí un proceso criminal… Caigo en manos de mi más mortal enemiga, que logra llevarme a la fuerza a casa de un hombre que se apasiona por cortar cabezas… Y si consigo escapar de la espada de aquel asesino es para volver a ponerme bajo la amenaza de la de Temis… Entonces imploro la protección de alguien a quien he salvado la fortuna y la vida… Me atrevo a confiar en su agradecimiento… Y me atrae a su casa y me convierte en víctima de mil horrores, haciendo que participe en ellos el juez inicuo de quien depende mi destino… Ambos abusan de mí… Los dos me escarnecen y hacen lo posible por acelerar mi caída… Pero la fortuna les sonríe mientras yo me dirijo a la muerte…

De aquí al final, digno del más imaginativo novelista: Justine encuentra por fin a su hermana, de la que se separó al quedar huérfana. Ella se metió a puta y le fue bien. En el momento de su encuentro con Justine, es la mujer de un rico y poderoso señor. Gracias a la influencia de éste, consiguen rescatar a Justine y llevársela a su casa… Entonces, entra un rayo por la ventana y la fulmina. Y después, la justificación moralizante (supongo que obligada por la época, y, a la vista del relato, relativamente irónica):

Y vosotros, los que llorasteis ante los infortunios de la virtud y compadecisteis a la desdichada Justine, disculpando las tintas quizá un poco demasiado cargadas, que nos hemos visto obligados a emplear, ¡ojalá saquéis al menos de esta historia el mismo fruto que la señora de Lorsange [la hermana de Justine]!… ¡Quiera Dios que os convenzáis con ella de que la verdadera felicidad radica exclusivamente en el seno de la virtud y de que si, con intenciones que no nos corresponde averiguar, Él permite su persecución en la tierra, es para resarcirla con las más halagüeñas recompensas en el Cielo!

Pues bien, este libro es con toda probabilidad el prototipo de la ‘escuela elusiva’. Todo se dice a base metáforas las más de las veces ciertamente originales. Fíjense, por ejemplo, de que fina, elegante y elusiva forma se presenta una de los cientos de ocasiones en que Justine es sodomizada sin el más mínimo cuidado o miramiento.

Los ojos del monje impúdico echan fuego, y dueño ya de la plaza, se diría que sólo contempla sus accesos para atacarla con mayor eficacia… No pone en práctica ningún truco ni preparativo, porque, si apartara sus espinas, no sentiría tanto placer al coger las rosas.

En el otro rincón del ring se encuentra la ‘escuela alusiva’. Todo se dice a las claras, que es, por otra parte, como solemos decirlo cotidianamente. Adolfo Bioy Casares refiere una cita de la obra Les Capotes Melancholiques, a su vez citada por Burton en su edición de Thousand Nights and a Night, y que resulta un perfecto ejemplo de esta opuesta estética.

Huyó dejándome un preservativo en el culo.

Al hilo de todo esto y en el ensayito que Cabrera Infante dedicó a Corín Tellado y antes mencioné puede leerse lo siguiente:

Allí se ven [en las obras de Corín Tellado] (la prosa es efectvamente descriptiva) hombros femeninos temblando de amor, besos apasionados, caricias que expanden (o anulan) la percepción, labios como puertas-vaivén, ojos maravillosamente cegados, manos que acarician con suavidad (y eficacia) de taladro, abrazos en que se funden y confunden los cuerpos. En fin, toda la parafernalia tumescente de la literatura erótica, pero envuelta en la aparente asepsia de los eufemismos.

A lo que cabe oponer la versión contraria. Por ejemplo, esa otra O que debemos a Pauline Réage (y que tampoco me satisface gran cosa, literariamente, claro):

-...Tus manos no te pertenecen, ni tus pechos, ni mucho menos ninguno de los orificios de tu cuerpo que nosotros podemos hurgar y en los que podemos penetrar a placer. A modo de señal, para que tengas constantemente presente que has perdido el derecho a negarte, en nuestra presencia, nunca cerrarás los labios, ni cruzarás la piernas, ni juntarás las rodillas (como habrás observado que se te ha prohibido hacer desde que llegaste), lo cual indicará para ti y para nosotros que tu boca, tu vientre y tu grupa están abiertos para nosotros.

Yo, de momento, me quedo con las maneras de Apuleyo que ya les traje en aquel viejo post que antes les enlacé. Pero éste sigue siendo para mí, un problema estético al que no he encontrado una solución satisfactoria. Tampoco es que sea algo importante. Ya lo dijo Chesterton:

La literatura y la ficción son dos cosas completamente diferentes. La literatura es un lujo, la ficción una necesidad.