7 de enero de 2006

Malos humos

Por fin me saqué de encima el asunto de los imbéciles y puedo tomarme las cosas con algo más de calma. Tampoco mucha porque, como ya sabrán, por aquí en las Españas acaba de entrar en vigor la Ley Antitabaco que acaba de convertirnos en apestados a varios millones de ciudadanos lo que me produce alguna que otra incomodidad (tampoco muchas, todo hay que decirlo). Y no digo que no haya razones para ello. Al fin y al cabo somos unos peligrosos asesinos a los que sólo cabe aplicar como atenuante la circunstancia evidente de que no sabemos lo que hacemos. Veo difícil que consigan que yo deje de fumar pero, quién sabe. Ya se habla de tomarla con el alcohol para el año que viene y son insistentes los rumores de que para 2007 se van a prohibir las pajas (tal vez con el recuperado argumento de que secan la médula espinal). La verdad es que con este panorama dan ganas de dejar el tabaco y pasarse directamente al cianuro.

Pero no quiero salir aquí en defensa del tabaco. Líbreme Dios de ello. Ya sé que es muy malo, malísimo. Ya sé que voy a morir veinticinco años antes de lo que lo hubiera hecho de no haber fumado (las matemáticas enseñan que a cualquier número se le puede sumar o restar 25). Además, y a pesar del cuidado que pongo (o ponía, que ya me estoy cansando) en no molestar a nadie con mis malos humos, me habré llevado a la tumba a un montón de fumadores pasivos, cosa de la que habré de rendir cuentas el día del jucio final y probablemente me suponga la condenación eterna (espero que en el infierno se permita fumar, porque Dante no nos dio detalles al respecto al desconocer tan terrible droga). Algo habré contribuido al calentamiento global del planeta, aunque no tanto como Sofía Loren en sus años mozos. Soy, en consecuencia, responsable indirecto de tsunamis e inundaciones y qué sé yo de cuantas desgracias más. En fin, que si no fuera tan mastuerzo no podría conciliar el sueño por el peso de tantas culpas como arrastro.

Pero, qué le vamos a hacer. Como dice la publicidad institucional, la cosa ahora “es de ley” y además, “de izquierdas” (los que tengan arrestos léanse la intervención de nuestro señor presidente del 3 de septiembre pasado en el Comité Federal de su partido). Tal vez un día de estos me de por traer aquí el asunto de qué clase de izquierdas son esas, que tiene mucha miga, pero el otro, el legal, no tene vuelta de hoja. La ley se ha aprobado y está vigente. A joderse toca.

Yo llevo ya un par de semanas evitando en lo posible discutir sobre este asunto por no ingresar en el catálogo que ya les presenté a fines del pasado año. Y es que parece que no es posible decir nada sensato al respecto. Al menos por lo que yo he tenido que ver y oir sin pretenderlo a lo largo de los últimos días. No es que no haya encontrado aportaciones de cierta envergadura intelectual, pero, en general, lo que se lee por ahí raya en el encefalograma plano. Es cierto que algunas cosas son divertidas, como eso de que el tabaco es la “pricipal causa de muerte evitable” cuando parece mucho más sensato decir que es la “principal causa evitable de muerte” y no generar falsas esperanzas sobre la inmortalidad (que es ansia de los necios). Otros piden más impuestos para el tabaco pero, conscientes de su impacto inflacionista, añaden que no deberían contabilizarse en el IPC (si de lo que se trata es de que el IPC no suba, que tampoco cuenten el precio de la vivienda o de ciertos alimentos, ¿habrá pensado alguno de estos genios que el IPC trata de reflejar la evolución de los precios y que el objetivo de politica económica es controlar los precios, no controlar el IPC, que sólo es una medida de éstos mientras ningún imbécil se ponga a quitarle precios al tun tun?). En fin, seguiré aguantándome las ganas de decir lo que pienso al respecto aunque no puedo prometerles que vaya a resistir para siempre.

Pero en esta ley sí hay un asuntillo que, en mi modesta opinión, roza lo intolerable y no veo problema en hacérselo saber por si deciden unirse a ni campaña personal en defensa de los cigarrillos de chocolate (de chocolate de verdad, no de hachís). Les pongo en antecedentes.

De acuerdo con la Ley 28/2005, de 26 de diciembre, de medidas sanitarias frente al tabaquismo y reguladora de la venta, el suministro, el consumo y la publicidad de los productos del tabaco, publicada en el Boletín Oficial del Estado, nº 309 de 27 de diciembre de 2005 (si me refiero a ella así, es porque ya he visto a más de uno criticando que se la llame “Ley Antitabaco”), quedan terminantemente prohibidos los cigarritos de chocolate. En efecto, el artículo 3.2 dice literalmente lo siguiente:

Se prohíbe vender o entregar a personas menores de dieciocho años productos del tabaco así como cualquier otro producto que le imite o induzca a fumar. En particular, se prohíbe la venta de dulces, refrigerios, juguetes y otros objetos que tengan forma de productos del tabaco y puedan resultar atractivos para los menores...

En fin, quizá me he pasado. La prohibición no es terminante. Los mayores de dieciocho años podemos seguir disfrutando de los cigarritos de chocolate. Son los niños los que se han quedado sin ellos. Yo guardo gratísimos recuerdos de aquellas cajetillas que imitaban los paquetes de Lucky Strike. No eran un dulce de todos los días, sólo me las daban en las grandes ocasiones. Alguna la gané tirando pelotas en las barracas de la feria. Quién iba a decirnos que aquel aparentemente ingénuo paquete de chocolatinas iba a convertirme con los años en un criminal de lesa humanidad. A mí lo que me gustaba era el chocolate, pero parece ser evidente que si ahora disfruto del tabaco es por la perniciosa influencia subliminal de aquellas cajetillas.

Por eso, esta ley tan necesaria cuenta la entrega de cigarritos de chocolate a menores entre las infracciones que tipifica como graves. Pues sí, el artículo 19.3 apartado tipifica como infracción grave “la venta o entrega a personas menores de dieciocho años de productos del tabaco o de productos que imiten productos del tabaco e induzcan a fumar, así como de dulces, refrigerios, juguetes y otros objetos que tengan forma de productos del tabaco y puedan resultar atractivos para los menores”.

Y yo, queridos lectores, qué quieren que les diga, me apetece comprarles a mis hijos cigarritos de chocolate, pero me arriesgo a una multa de 601 a 10.000 euros (artículo 20). Y no sé qué hacer. Puedo comprarles chocolatinas con forma de fusil de asalto, o de bomba atómica. Puedo comprarles un pene de 27 centímetros de chocolate. Puedo comprarles dulces con la cara de Osama Bin Laden o una reproducción a escala y en chocolate del campo de Treblinka. Pero cigarritos no, que es lo que a ellos les haría ilusión.

Probablemente mi mente esté nublada por la nicotina y tal vez mis hijos hayan heredado algo de la estupidez que me ha causado el tabaco. Quizá mi querido Ulises, aquel que cuando despertó comprobó que Rosario seguía allí, no llevara razón y sí puedan matarse moscas a cañonazos. Pero tal vez, en vista de que ya se han habilitado teléfonos oficiales para efectuar delaciones (ignoro si la delación es de derechas o de izquierdas, pero me sigue pareciendo una cosa muy pero que muy fea), sólo sea una muestra más del espíritu con que se ha hecho todo esto y que, al margen de lo que pueda uno pensar sobre el tabaquismo, no tiene muy buena pinta y peores humos.

Únase quien quiera a mi cruzada en defensa de los cigarritos de chocolate. Hasta aquí podríamos llegar.