1 de enero de 2006

Trece necios (I)

Tal y como prometí, abro este año con trece necios que publicaré por entregas por no alargar demasiado el post. Hubiera querido disponer de más tiempo para trabajarlos algo más, pero así son las cosas en la blogosfera. Se los serviré convenientemente desordenados para no privarles del placer de identificar la especie de estúpido a que se refieren según la clasificación que he apuntado a lo largo de los últimos dias. Sirva lo que sigue como

Índice General

1. Todo un premio Nobel
2. En defensa de la inutilidad
3. La hora de la carcajada
4. Un trato ventajoso
5. Lo que es llegar alto
6. El gran salto
7. Atestado
8. Un calvo saca otro calvo
9. El motor de cuatro tiempos
10. Once mil vírgenes
11. Crónica de una suerte anunciada
12. Aniceto Ordovás se confiesa
13. Sin palabras


1. Todo un premio Nobel

El hombre se acercó en actitud solemne al atril. El auditorio permanecía en completa oscuridad. Tras golpear ligeramente el micrófono para comprobar que estaba conectado comenzó su discurso con voz profunda y dicción pausada.

– Excelentísimos y excelentísimas señores y señoras académicos y académicas, damas y caballeros, personal de administración y servicios, público en general,

Tomó entonces un trago de agua sin mostrar prisa alguna.

– Es para mí un honor recibir de tan alta institución el galardón que ha tenido a bien concederme. Debo confesarles que ha sido para mí toda una sorpresa ya que, como consecuencia de mi abnegada labor, la encomiable tarea que ustedes desarrollan se verá considerablemente mermada en los años venideros.

El orador se apoyaba sobre el atril con gesto de gran confianza en sí mismo. A pesar de llevar unas gafas para la vista cansada no parecía estar leyendo el discurso y dirigía la mirada hacia el auditorio sin luz.

– Hace ya unos cuantos años que, por casualidad, como siempre han ocurrido los grandes avances científicos, descubrimos en mi laboratorio un extraño polímero de fascinantes propiedades. Lejos estabamos entonces de saber cómo iba a cambiar el mundo la síntesis de la Polipropimetafluoxetinasa, como tuvimos a bien bautizarlo o bautizarla, que uno nunca sabe muy bien el género de estas cosas.

Hizo una pausa en espera de una reacción del público que no llegó.

– No fue sino hasta unos meses después, mientras investigábamos sus parece que inagotables propiedades sorprendentes cuando descubrimos que, por alguna suerte de mecanismo aún no suficientemente conocido, la molécula de Polipropimetafluoxetinasa tiene tendencia a encapsular selectivamente determinadas proteínas, hormonas e incluso secciones concretas de los ácidos nucleicos. Cuál no sería nuestra sorpresa al comprobar que esa encapsulación selectiva iba sistemáticamente encaminada a aislar los comportamientos patológicos. Fue así, de esta forma tan azarosa, como conseguimos erradicar de una vez por todas la las enfermedades del mundo privándoles a ustedes, señoras y señores académicos, de poder premiar más contribuciones al desarrollo de la medicina, cuyas artes ahora sólo mantienen interés para los historiadores.

El calor de los focos comenzaba a resultarle sofocante. Extrajo un pañuelo de su bolsillo y se secó el sudor de la frente antes de continuar.

– No mucho después, al hilo de este descubrimiento, encontramos otra sorprendente propiedad de la Polipropimetafluoxetinasa. En la medida en la que inutiliza secciones concretas del codigo genético produce notables modificaciones del comportamiento. Tuvimos ocasión de comprobar que se limita a aquellas responsables de las acciones poco éticas. Tras una apresurada fase de experimentación y gracias al apoyo de ciertos gobiernos de saneada economía logramos primero la erradicación completa del crimen y, posteriormente, la paz en el mundo. Ya no habrá lugar para que ustedes recompensen los esfuerzos por un mayor entendimiento entre los hombres y las candidatas a Miss Mundo se verán obligadas a buscar otro buen deseo para sus discursos.

Esbozó entonces una sonrisa que mudó en gesto severo ante el silencio del auditorio. Sin perder la convicción en sus palabras inició la recta final de su discurso.

– Se ha dicho, equivocadamente, que la Polipropimetafluoxetinasa ha eliminado el mal del mundo. Nada más lejos de la realidad. El mal sigue existiendo. Tan sólo ocurre que, una vez plastificado, se vuelve inocuo. Este hecho, no obstante, parece haber oscurecido la que, a mi juicio, es la principal aportación de la Polipropimetafluoxetinasa: que ha detenido la evolución. Gracias a la administración generalizada de este polímero no se producen mutaciones en la reproducción del ADN. Damas y caballeros, la evolución ha terminado. Hemos llegado a ser todo lo que podemos llegar a ser. Tras tantos intentos de acabar con la historia ha sido mi modesto laboratorio el que ha logrado hacerlo. Ahora sólo queda el suicidio. Desafortunadamente, la Polipropimetafluoxetinasa me impide llevarlo a cabo...

Un hombre con mono azul surgió de entre las sombras de la platea.

– ¿Se puede saber qué coño estás diciendo?

Casi sin inmutarse, el conferenciante le respondió con naturalidad.

– Pues probar el micrófono para la gala de esta noche. ¿No es eso lo que me habías encargado?

– Pues sí, pero basta decir ‘Uno, dos, probando’, como hacemos todos los demás. Si ya decía yo que los recomendados siempre traen problemas....

2. En defensa de la inutilidad

Aquella tarde de otoño Avelino Florido descubrió lo que quería hacer de su vida. Fue en una clase de Introducción a la Teoría Económica. Allí fue donde se le hizo la luz y donde decidió consagrar todos sus esfuerzos a ser un consumidor racional. El catedrático le había dejado muy claras las cosas: había dicho que los consumidores racionales se limitaban a algo tan simple como maximizar su utilidad, es decir y por decirlo de forma algo más comprensible, que se gastaban los cuartos en aquello que más satisfacciones les daba. Para Avelino aquello fue todo un descubrimiento, una revelación. Le pareció todo un hallazgo teórico: los consumidores racionales compraban aquello que les gustaba mientras que los irracionales acababan con la bolsa llena de trastos inútiles por no haberse detenido a maximizar aquella cosa tan abstrusa pero sin duda importante que llamaban ‘utilidad’.

Salió del aula convencido, decidido a maximizar su utilidad por mucho que el mundo tratara de impedírselo. Y el mundo empezó a impedírselo minutos después, justo al llegar a la cafetería de la facultad. En el mostrador no quedaba gran cosa. Una ración de tortilla y otra de croquetas. Avelino, fiel a su nueva religión, resolvió decidir primero cuál de las dos posibilidades maximizaba su utilidad. Dos horas después no había logrado dar con la opción adecuada. Su cabeza saltaba de un lado al otro, tortilla, croquetas, tortilla, croquetas. Alguna vez, preso del nerviosismo, había llegado a pensar “toltilla” y “cocretas”. Para su desgracia, cuando la debilidad estuvo a punto de hacerle desistir de su empeño maximizador dos estudiantes irracionales ya habían dado cuenta de las raciones lo que les convertía, de alguna manera, en “racionales”. En definitiva, este fue el día en que Avelino dejó de comer.

Tampoco llegó a casa esa noche. No supo decidirse por ningun medio de transporte para hacerlo. ¿Maximizaría el autobús su utilidad? ¿Sería el metro el que lo hiciera? A la mañana siguiente lo encontraron sus compañeros donde lo habían dejado el día anterior, sumido en la misma profunda reflexión sobre su propia utilidad. Todo esto duró más o menos una semana en la que Avelino llegó a rondar las puertas de la muerte. De no ser por Abdullah, un estudiante argelino de intercambio que le obligó a meterse ente pecho y espalda un bocadillo de lomo y lo mandó para casa en un taxi, la cosa podía haber acabado muy mal.

A día de hoy Avelino es un renombrado poeta. Abdullah, el único miembro de la promoción que tenía clara su utilidad, supo sacarle a su licenciatura el partido que le buscaba y actualmente tiene seis mujeres y veintiocho concubinas.

3. La hora de la carcajada

Hacer reir siempre fue una obsesión para Lisardo Cañete, más conocido como “Gordopilo”. A ello dedicó casi toda su vida. Desde el colegio, en el que siempre estaba dispuesto a hacer el payaso, luego en pequeños bolos para amateurs y finalmente con una accidentada carrera profesional. Iba de pueblo en pueblo con su espectáculo “La hora de la carcajada” que ni duraba una hora ni solía producir carcajadas en el público. La cosa arrancaba con un plato fuerte, el chiste del baturro, pero después se precitaba por un absimo que parecía no tener final. Al chiste del baturro seguía la patética imitacion de una bailarina con exceso de peso empeñada en ejecutar la danza del vientre. Definitivamente nada muy agradable para la vista. Después sacaba una minúscula trompetilla de plástico con la que interpretaba, más bien perpetraba, los clásicos de la copla mientras imitaba los ademanes de una folklórica.

Llegada esta parte la gran mayoría del público solía haber escapado hacia otro lugar y sólo quedaban tres o cuatro desgraciados a los que el estupor les había privado de la capacidad de moverse. Mediado el espectáculo, el sobrepeso de Gordopilo comenzaba a jugarle malas pasadas. Sudaba en exceso, bufaba sin parar extenuado por lo que para él era un esfuerzo sin par. Aprovechaba para coger un poco de aire recitando en tono de burla una serie de noticias de actualidad sentado en una banqueta. Tampoco esto solía tener éxito porque las noticias eran de actualidad, pero de la actualidad de cuando fueron escritas, más de veinte años atrás.

Fue más o menos a esta altura del espectáculo cuando una noche de 1987, en Matogordo de Arriba, que a la sazón celebraba sus fiestas patronales, entró en el local el que habría de convertirse en su asesino, un pastor de avanzada edad que una vez cada cinco años bajaba al pueblo para darse un homenaje. Andaba Gordopilo contando sus gracias sobre la bomba de Palomares y los calzoncillos del señor Fraga Iribarne cuando sucedió lo inesperado. Facundo, el pastor, estalló en una sonora carcajada, la primera y la única que Gordopilo oyó en su vida. Según el doctor que le atendió fue la sorpresa ante esta reacción la que le causó el infarto.