2 de enero de 2006

Trece necios (II)

(Índice general)

4. Un trato ventajoso

En el día de hoy, exactamente treinta años después de los sucesos que aquí aclararemos, los alumnos de la XIII promoción del colegio de las Reverendas Madres Ursulinas Descalzas creemos nuestro deber hacer públicos ciertos acontecimientos que han permanecido en secreto por demasiado tiempo. Es hora de que se conozcan las verdaderas circunstancias de la desaparición de Pedrito Bofarull un día de otoño de 1954, cuando contaba con once años de edad, y del que nunca más se supo.

La versión oficial ha insisitido siempre en que Pedrito jamás llegó a la escuela aquel día. Todos, alumnos y profesores, declaramos en su momento que no le habíamos visto aparecer por clase. La realidad fue y es muy otra. Sin embargo, antes de hacérsela saber debemos ponerles en antecedentes presentándoles algunos detalles sobre la señorita Peláez, nuestra profesora de Ciencias Naturales por aquellos días.

Han pasado muchos años, pero ninguno hemos olvidado el extremo rigor con que se desenvolvía la señorita Peláez. Cada vez que decidía tomar la lección sin previo aviso, alguno de nosotros sufría una lipotimia o percance similar. Tal era el grado de tensión que generaba que tiempo después los de nuestra quinta llegamos a hacernos célebres gracias a cierto artículo que se público en el Boletín Trimestral de Estudios sobre la Hipertensión.

Aquella lejana mañana de 1954 la señorita Peláez anunció un examen sorpresa y llamó al encerado a Pedrito Bofarull, que, por supuesto, sí había llegado a clase.

– A ver, Bofarull, dígame usted cinco características de los ungulados.

Pedrito, que como todos los demás poco sabía de los ungulados, trago saliva e intentó salir del paso como Dios le dio a entender. Mientras balbuceaba palabras sin sentido el resto de alumnos, que ya teníamos sobrada experiencia en este tipo de lances, organizamos una compleja maniobra de rescate. Mientras Blazquez y Martorell simulaban una pelea como distracción, el tirachinas de Ferrandis sirvió para hacerle llegar una chuleta a la víctima del día. Pedrito alcanzó a coger el papel, lo desdobló y comprobó alarmado que se había dejado las gafas en el pupitre y era incapaz de leer nada. Lo intentó con denuedo, acercándoselo a escasos centímetros de los ojos, pero no hubo manera. Tan absorto andaba intentando descifrar la respuesta sobre los ungulados que casi no se percató de que la señorita Peláez había conseguido poner paz entre Blazquez y Martorell y se disponía a regresar a su mesa junto a la que esperaba Bofarull.

En el último momento, a la desesperada, Pedrito se intodujo la chuleta en la boca e intentó tragársela con tan mala fortuna que fue a obstruirle la traquea. La señorita Peláez continuaba insistiendo en obtener la respuesta a su pregunta mientras Bofarull iba primero cambiando de color, luego flojeando de piernas y finalmente desmayándose con gran aparato. La profesora no se sorprendió gran cosa, al fin y al cabo estaba acostumbrada a los desvanecimientos de los examinandos. Ninguno de nosotros estaba en condiciones de confesar lo que estaba ocurriendo. Hacerlo habría sido condenarse a un severo castigo. Si la señorita Peláez hubiese descubierto la chuleta que se alojaba en las vías respiratorias de nuestro compañero sin duda lo habríamos pasado muy mal. Sólo al rato, cuando ella se percató de que el alumno no respiraba empezó a alarmarse.

– ¡Ferrandis! –gritó la señorita Peláez– ¡Llame inmediatamente a doña Ildegarda!

Doña Ildegarda era la enfermera diplomada del colegio. Lo segundo era verdad, pues se había diplomado en corte y confección, pero lo primero no podía considerarse cierto ni siquiera en la más condescendiente de las interpretaciones. Doña Ildegarda sabía de medicina y primeros auxilios lo mismo que Pedrito Bofarull sobre los ungulados. A pesar de todo, cuando llegó trató deseperadamente de tomarle el pulso al muchacho, por supuesto sin éxito. Quiso achacar la ausencia de latidos cardíacos a su propio nerviosismo pero lo cierto es que el corazón de Bofarull hacía tiempo que había dejado de cumplir su necesaria función y de no haber sido así, hubiera bastado el golpe que se llevó en la cabeza cuando se le cayó de entre los brazos para que se parara. Nuestro compañero se había marchado ya al lugar donde las almas purgan sus pecados en espera del juicio final. La señorita Peláez lo tuvo bien claro.

– Debemos deshacernos del cadáver con discreción no vaya a ser que nos cierren la escuela, que andan en el Ministerio muy sensibles después de lo de la violación del mes pasado.

– Pero, ¿y los niños? –dijo la enfermera– Ellos lo han presenciado todo.

– Déjeme eso a mí – afirmó con seguridad la señorita Peláez

Eran aquellos tiempos de escasez, así que durante el resto del curso utilizamos el cuerpo de nuestro compañero para las prácticas del laboratorio de ciencias naturales. Recuerdo, por ejemplo, que Agúndez hizo una formidable disección de sus ojos. Y ya que Bofarull era más bien lo que se dice gordito, sus restos de grasa bien mezclados con sosa caústica permitieron que tras la práctica de una saponificación, cada uno de nosotros lleváramos una pastilla de jabón a casa con la que obsequiar a nuestras madres.

Hasta hoy ninguno hemos comentado nada acerca del aciago destino de nuestro compañero Pedrito que tan importante papel habría de jugar en nuestra formación científica y, por qué no decirlo, en nuestra higiene. Quizá hicimos mal y nos disculpamos ahora ante su familia, que todavía el año pasado andaba de televisión en televisión intentando localizar al niño perdido. Dejen de buscarle. Si no lo hemos comunicado hasta ahora ha sido porque le prometimos treinta años de silencio a la señorita Peláez a cambio de un aprobado general y, estarán conmigo, el trato era de lo más ventajoso.

Fdo: Enric Clapton y treinta y dos firmas más.

5. Lo que es llegar alto

Si hubiera que destacar un solo montañero de entre la legión de alpinistas que se han distinguido por las más encumbradas hazañas, las mieles de la gloria recaerían sin lugar a dudas en Sir Francis Tuffenuff, el primer hombre en escalar las cuarenta y siete cimas más bajas del mundo. Bien es cierto que otros podrían disputarle el puesto. Sir Edmund Hillary, por ejemplo, fue el primero en alcanzar la cima del Everest sin ser un sherpa, lo que puede resultar muy meritorio. Pero lo que Sir Francis logró resulta de mucha mayor valía. En primer lugar porque lo hizo sin oxígeno, y entienda esto de forma literal y no como habitualmente hacen muchos escaladores queriendo decir que no utilizaron botellas de oxígeno complementario. No, Sir Francis realizó todas sus escaladas conteniendo la respiración hasta alcanzar la cima, es decir, efectivamente sin oxígeno. Tampoco contó con ayuda ninguna. Todas las expediciones las efectuó completamente en solitario, sin la colaboración de individuos del tercer mundo vilmente explotados para hacerles cargar con todo el pesado equipo. Además, todas sus ascensiones las realizó del tirón, sin detenerse a reponer fuerzas en campamentos base y cosas por el estilo. Y por si todo esto fuera poco, debe saber que esta proeza la llevó a cabo cuando contaba con setenta y nueve años. No acabo de entender, por tanto, por qué se opone a erigirle el monumento tal y como le propongo. Monumento que sin duda merece y que nuestros paisanos, estoy seguro, recibirían con alborozo.

6. El gran salto

– Parabarabarabarabarabá

Eustaquio trataba con cierta deseperación de que aquel caballero elegantemente trajeado identificara la música que había de acompañar la campaña publicitaria que estaba en ese momento presentándole. El encorbatado oyente no era otro que Matías Doppleganger, presidente y fundador de Doppleganger Technologies Incorprated, importante suministrador nacional de gadgets para tómbolas y feriantes y el principal cliente de la agencia para la que Eustaquio trabajaba. De hecho era todo un honor, aunque también una gran responsabilidad, que le hubieran hecho un encargo semejante para este cliente. “Ésta es mi oportunidad”, se había dicho y había intentado sacar lo mejor de sí.

Una semana atrás, Gutiérrez, el director de campañas corporativas, le había llamado a su despacho del piso treinta y seis.

– Eustaquio –le dijo en tono de confianza–, lleva usted más de veinte años con nosotros y ya va siendo hora de que de el gran salto. Voy a darle la oportunidad que lleva tanto tiempo esperando, la ocasión de trabajar para uno de nuestros grandes clientes. El más grande, de hecho. No hace falta decir qué clase de consecuencias puede tener para usted que el cliente quede satisfecho.

Eustaquio se ruborizó. No estaba acostumbrado a esta clase de halagos y por eso olvídó plantearse qué clase de consecuencias podía tener para él que el cliente quedase insatisfecho.

– Bueno, señor... eeer... me halaga... eeer.. no sé qué decir... eeer... no le defraudaré...

– Dejémonos de formalidades y cumplidos–dijo Gutiérrez interrumpiendo sus balbuceos– y pasemos a los detalles. Como sabe Doppleganger está sometido desde hace tiempo a una intensa presión mediática. Unos desaprensivos se han dedicado a filtrar una serie de documentos confidenciales que, fuera de contexto, pueden inducir a creer que las treinta y seis desafortunadas intoxicaciones mortales que sufrieron los niños que ganaron la “Supertrompetilla Atómica Doppleganger” en diversas ferias se debieron a alguna clase de negligencia por parte del fabricante. Nada más lejos de la realidad. El reglamentario y obligatorio libro de instrucciones lo dejaba bien claro. ‘Sóplese –decía y dice– por el agujero ancho, la boquilla contiene Cloruro Sádico’. ¿Qué culpa tiene el señor Doppleganger de que el país se haya llenado de analfabetos incapaces de entender una instrucción tan sencilla?

– Ciertamente, señor Gutiérrez –acertó a decir Eustaquio.

– El caso es que las ventas de Doppleganger han caído en picado. La opinión pública, que se deja llevar fácilmente por lo que escriben cuatro juntaletras sin escrúpulos, hace responsable al señor Doppleganger de la desgraciada muerte de aquellos niños que Dios tenga en su gloria. Yo, por mi parte, estoy convencido de que todo volverá a la normalidad cuando esos chiquilicuatres se vean las caras en un juzgado contra el equipo de abogados de la compañía, pero mientras tanto hay que hacer algo.

Eustaquio escuchaba con atención mientras pintarrajeaba garabatos en un cuaderno para hacer ver que tomaba notas.

– Y aquí –prosiguió Gutiérrez– es donde entra usted. El señor Dopleganger desea llevar a cabo una intensa campaña de comunicación para empezar a poner los puntos sobre las íes en este desdichado asunto. Queremos que sea usted quien diseñe esa campaña. Tome este dossier con toda la información que necesita y preséntenos algo dentro de una semana. Estoy seguro de que sabrá apreciar esta oportunidad en lo que vale.

El dossier era de lo más completo. Incluía hasta la instrucción del sumario judicial del caso. También había una nota manuscrita del propio Matías Doppleganger en el que se apuntaban algunas ideas para la campaña. Había frases como “No es intención del señor Doppleganger eludir responsabilidad alguna sino que éstas recaigan sobre los verdaderos causantes de esta tragedia”. También había un registro de las acciones que había llevado a cabo, de forma altruista y desinteresada, en favor de las familias afectadas por el suceso. Todas ellas, por ejemplo, habían recibido unos vales que podían canjearse por diez sobres sorpresa en cualquiera de las tómbolas a las que servía su empresa. Eustaquio comenzó a plantearse las líneas generales de la campaña y se puso manos a la obra.

No le llevó mucho tiempo comprobar que no era un trabajo fácil. La imagen corporativa de la empresa se había basado en el uso intensivo del color negro, color que en estas circunstancias recordaba inconvenientemente el luto. El logotipo recordaba vagamente una cruz gamada lo que, indudablemente, tampoco contribuía a despertar las simpatías del público. Por último, la espectacular campaña con que se había lanzado el producto estrella de la pasada temporada, ‘El laboratorio de Monsieur Verdoux’, que entre otros peligrosos componentes incluía Cloruro Sádico, no ayudaba mucho. Eustaquio pronto tuvo claro que había que introducir un cambio de imagen radical.

Lo primero que se le ocurrió fue utilizar peluches, que siempre llaman al lado sensible de las personas de buena fe, pero no hubo forma. El conejo ya estaba demasiado asociado a cierta marca de baterías alcalinas. El osito, a un suavizante para la ropa. El perrito, a una marca de papel higiénico. El patito, a un detergente sanitario. El cerdito, a una entidad bancaria. El tigre de bengala, a unos cereales para el desayuno. El puma, a unas zapatillas deportivas. El elefante, a un servicio de información telefónica. La gacela de Thompson, a una empresa de seguridad privada. El ornitorrinco, a una marca de ropa infantil. El Ñu, a una cadena de televisión especializada en documentales. El tapir, a una marca de preservativos. Una consulta a un manual de zoología vino a confirmar lo obvio, que no quedaba especie, con excepción de los microbios, que no fuese imagen de marca de algún producto. Había que buscar en otra parte

Pero todo parecía fallar. Idea que se le ocurría, idea que resultaba inaplicable por una u otra razón. Presionado por la urgencia, Eustaquio tiró por la calle de en medio y preparó un spot sin grandes alharacas. Un bucólico escenario alpino donde aparece el señor Doppleganger rodeado de niños rubios y rollizos. Mientras reparte a éstos dulces y chocolatinas, ofrece sus explicaciones sobre el desgraciado caso. Con tan poca cosa, se presentó aquel día en el piso treinta y seis.

Allí le esperaban Gutiérrez y Doppleganger que le instaron a presentar sus ideas de inmediato. Eustaquio colocó en un caballete sus papelones y se lanzó a describir con toda la vehemencia de la que fue capaz su proyecto. Nada más ver las montañas nevadas el señor Doppleganger hizo notar que le parecía un escenario demasado elitista, que llegaba poco al populacho. Guitiérrez frunció el ceño y comenzó a decepcionarse. Al aparecer los niños rubios, Doppleganger preguntó si no resultaba la cosa demasiado aria en estos tiempos de globalización y mestizaje. La mirada de Gutiérrez se volvió cruel y Eustaquio comprendió que su futuro pendía de un hilo. Después, Doppleganger señaló que no le parecía correcto que se repartieran dulces y chocolatinas a niños con evidente sobrepeso. Gutiérrez ya andaba buscando el teléfono del departamento de recursos humanos. Entonces llegó el momento de explicar la banda sonora.

– Parabarabarabarabarabá– dijo Eustaquio con forzada sonrisa.
– ¡Pero, hombre de Dios! –Gutiérrez no se pudo contener– ¡Cómo se le ocurre usar a Wagner! Tan sólo pensaba en despedirle, pero después de esto tenga claro que voy a hacer todo lo posible por buscarle la ruina además de ordenar a los de seguridad que le den una paliza. ¡Wagner! ¡A quién se le ocurre!

Doppleganger abandonó la reunión visiblemente disgustado mientras tarareaba la cabalgata de las Walkirias. Eustaquio agarró una trompetilla, sopló por la boquilla e inmediatamente después se precipitó por la ventana. Los forenses tratan ahora de averiguar si el Cloruro Sádico acabó o no con su vida antes de llegar al suelo, por si fuera necesario y pertinente añadir otra muerte al sumario.