3 de enero de 2006

Trece necios (III)

(Índice general)

7. Atestado

En el dia de hoy, trece de abril de 2003, comparece en estas dependencias quien dice ser Adolfo Toledo Márquez, lo que acredita mediante la presentación de Documento Nacional de Identidad número 02547822451147588/W31 y corrobora el sargento Parrondo, hoy de guardia, que afirma haber sido su compañero en el colegio. El declarante, de treinta y seis años de edad, vecino de esta localidad y, por lo que parece, en pleno uso de sus facultades mentales, declara voluntariamente lo siguiente:

Que desde hace unos años se han instalado en su casa unos desconocidos que se niegan a abandonarla. Preguntado por cuántos son esos años, el declarante afirma que siete. Preguntado por cuántos son esos desconocidos, el declarante afirma que unos cinco o seis y que no es facil saberlo con precisión porque a menudo invitan a amistades que a veces se quedan por temporadas muy largas. Preguntado sobre las razones para no haberlo denunciado antes, el declarante afirma que al principio la cosa no resultaba muy molesta, ya que vive sólo y un poco de compañía nunca viene mal. Declara, además, que al menos dos de los ocupantes contaban muy bien los chistes y eso siempre es de valorar.

Que en los últimos tiempos los ocupantes han dejado de colaborar en las tareas básicas de mantenimiento del hogar y ya no friegan los platos ni limpian los baños estando la casa, como es natural, en un estado lamentable. Preguntado por cuáles son esos últimos tiempos el declarante afirma que más o menos los últimos seis meses. Preguntado sobre si existe riesgo de que exista un foco de enfermedades infecto-contagiosas el declarante afirma que no le extrañaría. Preguntado sobre si ha informado a las autoridades sanitarias el declarante dice que no, que bastante tiene ya con lo suyo.

Que la noche pasada, al llegar del trabajo, se encontró con que los ocupantes habían organizado una fiesta sin su consentimiento con asistencia de mujeres de mala vida para escándalo del vecindario. Preguntado por la hora de estos sucesos, el declarante afirma que serían sobre las dos de la mañana. Preguntado sobre qué horas son esas de llegar del trabajo, el declarante afirma que hubo de hacer horas extraordinarias porque debe cerrar la contabilidad del trimestre. Preguntado por cuántas eran las mujeres de mala vida, el declarante dice que tres. Preguntado por cuánto cobraron por toda una noche de fiesta el declarante afirma que no está seguro pero que cree que unos doscientos euros cada una. Preguntado sobre si estaban buenas, el declarante afirma que una sí, pero que las otras dos no valían gran cosa.

Que durante la fiesta y como quien no quiere la cosa, el que parece hacer las veces de cabecilla del grupo de ocupantes le instó a abandonar la vivienda aduciendo que se trataba de una fiesta privada lo que, después de siete años, le extrañó sobremanera. Afirma además que, por no crear problemas, abandonó la vivienda y pasó la noche en una pensión. Preguntado por cuál es esa pensión declara que fue la Pensión Juanita, sita en la calle Ruibarbo nº 32. Preguntado sobre si las habitaciones eran limpias y espaciosas el declarante afirma que limpias sí, pero que no puede decirse que fueran espaciosas. Preguntado sobre qué tal está de precio, el declarante dice que 27 euros la noche, desayuno aparte.

Que esta misma mañana se ha presentado en el domicilio al objeto de recuperar su cepillo de dientes y le ha sido negado el acceso a la vivienda. Preguntado sobre si el cepillo era de cerdas duras o blandas el declarante afirma que ciertos problemas dentales le obligan a utilizar cepillos de cerdas blandas. Preguntado sobre si utiliza además cepillos interdentales y seda dental, el declarante afirma que por supuesto, que qué nos hemos creído.

Por todo lo cual, solicita de este departamento que tome las medidas oportunas para restablecer la situación inicial a la que cree tener derecho basándose tanto en la costumbre como en las escrituras de propiedad que presenta.

Examinadas las escrituras, se pregunta al declarante si el domicilio que en ellas consta, calle López Pi 27, 3ºA, se corresponde con la vivienda a la que se le niega el acceso. El declarante, azorado, declara que el piso es el segundo A. Las averiguaciones telefónicas pertinentes confirman que el declarante lleva siete años viviendo en el piso equivocado por lo que procede cerrar aquí este atestado no sin antes hacer constar, a instancias del sargento Parrondo, que ya desde el colegio Adolfo Toledo siempre fue un poco gilipollas.

En Villamediana, a trece de abril de 2003.

8. Un calvo saca otro calvo

Tras largos años de abnegado esfuerzo y desinteresada dedicación Mauricio Contreras dio con el secreto que tanto tiempo había buscado, el remedio definitivo contra la alopecia. Por fin aquella desenfadada muchacha que le había rechazado hacía cuarenta años iba a tener que tragarse sus palabras. ¿Cómo voy yo a irme con un calvorota como tú? –le había dicho con desprecio engendrando así la que había de ser su obsesión de por vida. Fue entonces cuando Mauricio se encerró en el pequeño laboratorio que se hizo construir en la buhardilla.

Su tía Adelaida, que bien se tiene ganado el cielo, le dejaba todas las mañanas a la puerta una bandeja con la comida del día. Cuando regresaba a la noche, exhausta por haber pasado el día fregando escaleras, la encontraba donde la había dejado, siempre vacía. Jamás durante todos esos años vió a Mauricio, aunque de vez en cuando oía ruidos que le confirmaban que allí seguía entregado a su tarea.

El día de su triunfo Mauricio por fin salió de la buhardilla, Había engordado algo debido a la falta de ejercicio físico pero, sobre todo, lucía una hermosa melena rizada que habría hecho furor en las más alocadas noches del Studio 54. Bajó a la salita con una confianza que hasta entonces no había conocido. Allí le esperaba, con lágrimas en los ojos, la tía Adelaida.

– Por fin, tía, las mujeres dejarán de menospreciarme.
– No lo dudo –dijo ella–, pero ¿has pensado cómo vas a satisfacerlas ahora que tienes setenta años?

La tia Adelaida no tuvo tiempo de explicarle que el remedio para el problema que le había sugerido ya existía. Salíó raudo y volvió a encerrarse en su secreto laboratorio. Allí sigue intentando descubrir la Viagra.

9. El motor de cuatro tiempos

Admisión

La verdad es que para ser mi primera entrevista de trabajo no me salió del todo mal. Me recibieron en una lujosa sala de reuniones, se deshicieron en alabanzas sobre el currículum vitae que había presentado y que, técnicamente, no contenía información falsa, y casi dieron por supuesto desde el principio que el puesto de trabajo iba a ser para mí. El cuadro que me pintaron era idílico, el sueño de cualquier recién licenciado. Magníficas condiciones de trabajo. Interesantes incentivos. Grandes posibilidades de promoción. Parecía, más bien, que ellos me estaban vendiendo la empresa

– Ya verá cómo la empresa no le defraudará. Aquí funcionamos como una máquina, como un motor bien engrasado– recuerdo que me dijo uno de ellos.

Pronto habría de comprobar que era exactamente así.

Compresión

Yo ya imaginaba que las cosas no podían ser tan buenas, que la trampa tenía que estar en algún sitio. Por eso, no me importunó demasiado que durante las primeras semanas tuviera que quedarme en el despacho hasta altas horas de la noche. Lo cierto es que lo hacían muy bien. Me hacían sentirme de lo más importante y yo pringaba noche tras noche.

Mi jefe directo o, para usar su extraña terminología, la “persona a la que reportaba” era de aquellos que se hacían pasar por amigos de todo el mundo, campechanos, repartiendo palmaditas en la espalda a todo el mundo, incluso al repartidor de las pizzas. Tenía la costumbre de hacerme encargos urgentes cinco minutos antes de la hora de salida. De hecho daba la impresión de que lo hacía a propósito, de que se pasaba el día esperando que llegaran las siete menos cinco para empezar a repartir tareas a diestro y siniestro marcando mucho las sílabas.

– No me has entendido bien– decía ante cualquier intento de escaqueo–. ¡Lo quiero para Ma-ña-na! ¡Y a pri-me-ra ho-ra!

Debo decir que hasta ese punto las cosas me parecían tolerables. Lo consideraba un peaje a pagar y procuraba que no me afectaran demasiado. Pero luego fueron tomando otro cariz. Primero empezó a pedirme el coche o las llaves de mi casa para llevarse a alguna de sus amantes. Luego me tomó de recadero y todos los lunes me mandaba a comprarle un “gramito para la nariz” que, por supuesto, pasaba a la empresa como gasto en aspirinas. Cuando me ordenó que todos los miércoles por la tarde, después de su partido de pádel, le masajeara los pies ya empezaba a vislumbrar que la cosa pasaba de castaño oscuro.

Explosión

Una mañana de primavera tuvo la desfachatez de pedirme que le filmara en vídeo mientras se acostaba con mi novia. Bastante cuesta arriba se me hacía ya que se la cepillara todos los jueves, que era el único día que no tenía gimnasio, ni partida de póker, ni pádel, ni nada, como para tener que presentarme allí con una birria de cámara que no tenía ni un megapixel. Mi novia merecía mucho más. Un calorcillo repentino me subió por las orejas, las sienes comenzaron a latirme con desenfreno, un ligero temblor me sobrevino por las extremidades y empecé a apretar los dientes con fuerza casi sobrehumana. Fue cuestión de segundos el que la situación se hiciera insostenible.

Mi primera reacción fue arrojarle por la ventana, pero justo cuando iba a hacerlo ambos vimos caer un hombre que, por lo visto, se había arrojado desde el piso treinta y seis. Hube de contentarme con clavarle el abridor de cartas en el pecho.

Escape

Huí por la escalera de emergencia y corrí calle abajo antes de que dieran la voz de alarma. No me atreví a volver por mi casa. Ahora permanezco escondido en la buhardilla en la que el tío abuelo de un viejo compañero de estudios desarrolla en secreto experimentos químicos. Allí he podido comprobar que el dicromato potásico mancha los dedos y que el anhidrido sulforoso huele a rayos (aunque tengo mis sospechas de que el tío abuelo de mi compañero, que frecuenta poco la ducha, también contribuye lo suyo, pero al menos no me obliga a masajearle los pies y por supuesto no le “reporto” nada).