4 de enero de 2006

Trece necios (y IV)

(Índice general)

10. Once mil vírgenes

Cuenta la leyenda que Clemente Pezzoni yació con once mil mujeres en el plazo de tres años. Y todo porque su prometida, una joven moza de buen ver y mejor familia que atendía por Úrsula, se empeñó en fijar la fecha del casamiento a los tres años de la petición de mano en desesperado empeño por conservar su virginidad. En realidad todo fue una absurda estratagema para intentar evitar el matrimonio porque poco después huyó en compañía de otras diez damas. Cada una de ellas se hizo acompañar de mil vírgenes porque eran así de caprichosas dando lugar a la mágica cifra a la que Clemente Pezzoni se hubo de enfrentar.

La huída no las llevó muy lejos porque el rico padre de Úrsula las había dotado de tres embarcaciones completamente aparejadas pero había olvidado lo fundamental, poner a bordo a alguien con suficientes conocimientos naúticos como para llevar a buen término la travesía. Nada más doblar el pequeño cabo que hay a la salida del puerto las tres naves embarrancaron y así las encontró Clemente Pezzoni tres días después al salir en su persecución. Las once mil vírgenes, imposibilitadas de abandonar los navíos por encontrarse suficientemente alejadas de la costa, quedaron así expuestas a lo que el destino las deparara

Clemente Pezzoni guardó en secreto su descubrimiento y se cuenta que cada noche se presentó a bordo para gozar de diez de las muchachas que habían quedado prisioneras. A los tres años, justo en la fecha que se había fijado para su boda, le llegó el turno a Úrsula, a la que había reservado para el final y que hacía exactamente la número once mil. Ésta fue la última vez que le vieron aparecer. Nunca volvió. Muchos dicen que, cumplida su venganza, se arrojó al mar desapareciendo entre las olas.

Poco después los tres barcos fueron encontrados por las gentes del pueblo y las muchachas rescatadas. Muchas de ellas estaban embarazadas y otras muchas habían parido gran cantidad de niños. Ellas fueron las que contaron esta historia. Yo, sin embargo, no les concedo mucho crédito. Y no lo hago por varias razones.

La primera es que Clemente Pezzoni no ha desaparecido. Vive a setenta millas del pueblo en una lujosa mansión, aunque ahora se hace llamar Pedro Clementi. La segunda es que durante los tres años que duró la desaparición de las once mil vírgenes muchos fueron los varones del pueblo que se ausentaron de casa por las noches. Y la tercera, y creo que definitiva, es que yo mismo fui el que castró a Clemente Pezzoni cuando tan sólo contaba tres años.

11. Crónica de una suerte anunciada

La noche en que lo iban a encumbrar, Marcelo Carrasco cenó judías con chorizo olvidando que las circunstancias que habrían de venir no aconsejaban una digestión pesada. “Le encantaban, se las comía con pasión”, me dijo Adelita Valladares, su madre, evocando 27 días después los pormenores de aquel miércoles ingrato en el que no advirtió ningún augurio aciago en los regüeldos de su hijo. Nadie lo advirtió pero lo hubo para quien hubiera sabido escucharlo.

Marcelo Carrasco se puso un frac y una camisa de algodón, ambas piezas iguales a las que se había puesto el día anterior para el ensayo general. Era su mejor atuendo, porque no todos los días tiene uno la ocasión de debutar como primera figura en el Metropolitan.

La última imagen que su madre recuerda es la de su paso fugaz por la habitación del hotel. La había despertado cuando trataba de encontrar a tientas una aspirina, y ella encendió la luz y lo vio aparecer con el vaso de agua en una mano y en la otra el envoltorio vacío del fatal laxante que había confundido con la aspirina.

Durante el primer acto se desenvolvió como pudo. Fue durante el segundo, al llegar al aria que demandaba el do de pecho más exigente cuando todo ocurrió. Pero eso pertenece ya a la historia de la ópera y no necesita recordarse.

12. Aniceto Ordovás se confiesa

Dispuesto a lavar sus pecados Aniceto Ordovás echó mano del catecismo ya que ignoraba los detalles del procedimiento para hacerlo. Allí encontró, expuesta con claridad meridiana, la clave fundamental de la higiene ya fuera ésta moral o de cualquier otra índole. “El que se lava de tarde en tarde, –leyó entre sus páginas– estará más sucio que el que se lava a menudo”. De entrada, decidió darse una ducha. Después siguió leyendo para descubrir que la cosa no era del todo sencilla. Para empezar, debía practicar un

Examen de conciencia

No le resultó difícil contactar con el doctor Aquilino Bermúdez, psicoanalista y plomero porque no están los tiempos como para sobrevivir con tan sólo un empleo. Él fue el encargado de dirigir el examen de su conciencia a través de una serie de sesiones que le dejó a muy buen precio. Bien es cierto que don Aquilino insistía mucho en hacerle hablar de su padre, y eso que Aniceto jamás lo conoció, pero por lo demás todo resultó de lo más agradable y, de paso, Aniceto descubrió que odiaba a su tía Roberta, cosa que jamás habría imaginado. Llegó el momento de pasar a la segunda fase. Era necesario sentir

Dolor de corazón

Aquí las cosas empezaban a complicarse. El catecismo establecía una distinción tajante ente la atrición y la contrición y recomendaba fervientemente la segunda. Quiso entonces saber en qué consistía la diferencia. El diccionario no le fue de mucha ayuda. Atrición: Pesar de haber ofendido a Dios, no tanto por el amor que se le tiene como por temor a las consecuencias de la ofensa cometida. Contrición: En el sacramento de la penitencia, dolor y pesar de haber pecado ofendiendo a Dios. Afortundamente su librito contenía una aclaración mucho mejor.

Un ejemplo: un chico jugando a la pelota en su casa rompe un jarrón de porcelana que su madre conservaba con cariño y, al ver lo que ha hecho, se arrepiente. Si lo que teme es el castigo que le espera, tiene dolor semejante a la atrición; pero si lo que le duele es el disgusto que se va a llevar su madre, tiene un dolor semejante a la contrición.

Claro que no era un ejemplo fácil de aplicar a su caso. Él no había roto ningún jarrón y su madre lo había abandonado nada más nacer y no era probable que se llevara ningún disgusto por nada de lo que hiciera o dejara de hacer. A pesar de ello, llegó a convencerse de que lo que sentía era, efectivamente, contrición, toda vez que nadie salvo quizá el altísimo iba a llevarse un disgusto por su pecado. Era hora, por tanto, de plantearse el

Propósito de enmienda

Esto ya fue más fácil. La culpa le pesaba tanto que la decisión de no volver a pecar la había tomado desde mucho antes de abrir el catecismo. Así, en tres breves semanas, Aniceto se encontró dispuesto para afrontar la última y definitiva fase:

Confesar los pecados

– Ave María, purísma.
– Sin pecado concebida.
– Padre, he pecado contra Dios y contra el sexto mandamiento
– ¿Cuántas veces?
– Sólo una
– ¿Y cómo ha sido, hijo mío?
– Padre, me he realizado tocamientos ahí.
– ¿Dónde es ahí, alma descarriada?
– Por la parte del escroto y también por la zona perianal.
– ¡Pecador! ¿No sabes que éstos son los pecados más graves que cabe cometer? ¿Acaso el recuerdo de las llamas del infierno no te dio fuerzas para resistir la tentación?
– Pues no, padre, en aquel momento ni se me pasó por la cabeza lo del infierno.
– Da gracias a Dios porque él lo perdona todo. Ve ahora en paz que esto se arregla con seis, no, mejor siete padrenuestros y otros tantos avemarías. Ego te absolvo, etc., etc.

Tras esto, sólo quedaba un mero trámite:

Cumplir la penitencia

Aniceto ni siquiera esperó a abandonar el confesionario y recitó las oraciones a toda prisa en presencia del padre Carrascosa. Así, lavadas las culpas, se sintió otro hombre. Salió de allí feliz, confiado y dispuesto a aguantarse las ganas de rascarse la próxima vez que le picaran los huevos.


13. Sin palabras

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Epílogo Crítico

Antes de terminar con esta serie creo que les debo a todos una explicación, la exégesis del último de los trece cuentos que he venido publicando a lo largo de los últimos días, el que lleva por título ‘Sin Palabras’. Sin duda ha sido el relato más difícil a que me he enfrentado, el que más horas de sueño me ha robado. Creo, no obstante, que el resultado ha merecido la pena. Es mi mejor cuento aunque también el de más difícil interpretación. Por eso estas líneas, para que se aclaren.

Como saben, el tema central de toda esta serie ha sido la necedad y la variedad de sus manifestaciones. Les he traído por aquí a toda clase de estúpidos, desde los que siento más próximos hasta los más alejados de este que les firma. Pero había una clase de idiota (haré una excepción y les confesaré que me refiero al Stupidus stupidus) que no veía forma de abordar de forma convincente.

Muchos han sido los grandes autores que han tratado de enfrentar el mismo problema que yo. A veces incluso han conseguido salir airosos a pesar de que nunca su solución fuera del todo aceptable. Recuerden, por ejemplo, el primer capítulo de El ruido y la furia, quizá el caso más paradigmático de esto que les digo, en el que William Faulkner se dispuso a contar la historia desde el punto de vista de un retrasado mental.

Y entonces conté la experiencia de aquel dia del subnormal, y era incomprensible, incluso yo mismo no podía decir lo que estaba pasando...

Deben descartar, y si conocen la prosa de Faulkner ya lo habrán hecho, que la historia resultara incomprensible debido a su impericia redactora. Faulkner, que era todo un maestro, se enfrentaba a un reto de dimensiones monumentales, hacer de un necio su narrador, exactamente lo mismo que yo pretendía

En otro lugar, Faulkner declararía:

Yo había empezado a contar la historia a través de los ojos del niño idiota, porque pensaba que sería más eficaz si la contaba alguien que sólo fuera capaz de saber lo que sucedía, pero no por qué.

Y aquí encontramos una clave, el retrasado de Faulkner “sabe lo que pasa” aunque no es capaz de interpretarlo. No es, por tanto, un estúpido auténtico, de la raza superior, de los que hemos denominado Stupidus stupidus, que no es que no entiendan lo que pasa, es que no se enteran de nada.

Pero salvado este obstáculo renunciando a caracterizar un verdadero imbécil, aparece otro problema: como ya bien saben, el estupor paraliza al estúpido primigenio que resulta así incapaz de pronuciar, no digamos de escribir, palabra alguna. Babea, menea la cabeza, a veces balbucea cosas sin sentido, pero hablar, lo que se dice hablar, no habla. A Faulkner no le quedó más remedio que recurrir a una suerte de monólogo interior porque ¿cómo demonios va a escribir un libro un retrasado? ¿cómo hacer hablar a un tonto?

No. No hay palabras en la boca del estúpido pero, y he aquí el problema, ¿por qué suponer que las hay en su cabeza? ¿No es más lógico suponer que el mismo silencio que brota de sus cuerdas vocales habita en lo más profundo de sus sesos? Quizá el retrasado de Faulkner tuviera algo en la cabeza por no ser tan bobo y de ahí su monólogo. Pero el mío, un verdadero botarate en toda su pureza, no tenía ninguna. Por eso este relato ha resultado tan dificultoso en su composición. Deseo que el resultado final les haya convencido tanto como a mí.

Y ahora dénme un respiro, que esto de los necios me tiene exhausto. Además, tengo la sospecha de que no han sido trece, sino tan sólo uno.