26 de enero de 2006

¿Y tú me lo preguntas?

Abrí el tostón de ayer o el otro día citando con recurso a pluma ajena pasajes de una autora muy amena, prodigio de las letras mercancía. Cerré aquellos apuntes sin porfía, con frase de un inglés que trajo a escena palabras que, creí, valen la pena en tiempos de cabezas con sequía. No vayan a creer en los azares. Aquí si algo brilla por su ausencia, lo saben si conocen estos lares, son escritos cargados de inocencia, más bien son paseos militares. Me explico en honor a la decencia

Las palabras de Chesterton provenían de un ensayo titulado “En defensa de la novela de quiosco” que no está de más releer hoy habida cuenta de las absurdas reivindicaciones que la llamada ‘novela popular’ tiene en determinados círculos intelectuales, las más de las veces con el único propósito de epatar. No es que la cosa no tenga defensa, es que su defensa es muy otra.

El ensayo de Chesterton está recogido en On Lying in Bed and Other Essays, que aquí, con alarde de originalidad se ha traducido como Correr tras el propio sombrero y otros ensayos (les dejaré sendos enlaces al final, para su disfrute y mi beneficio económico). La verdad es que ando bien divertido con esta colección, y tenía pensado dejarles hoy una entrada ligerita que dejara registro de algunas de las perlas que me estoy encontrando entre sus páginas.

Pero, para mi infortunio, el señor Aquende se puso ayer a colocar sus ripios entre los comentarios y a mí, que sigo sin tener remedio, me dio por responderle en forma similar. Más de uno habrá creído que estamos completamente locos, pero es porque no ha leído otro ensayo de Chesterton, el que lleva por título “El loco”.

“El loco” es un breve ensayo dedicado a mostrar que no es la imaginación sino la razón la que conduce a la locura: Los poetas no se vuelven locos, los jugadores de ajedrez sí. ¿Es el Apocalipsis de San Juan la obra de un loco? Al decir de Chesterton, no. Y aunque San Juan Evangelista vio muchos monstruos extraños en su visión, no vio a ninguna criatura tan absurda como sus propios comentaristas. De ahí esta soberbia definición: El loco no es alguien que ha perdido la razón. El loco es alguien que lo ha perdido todo excepto la razón.

Por tanto, espero que coincidan tanto con Chesterton como conmigo, fue nuestra cordura la verdadera causa del desaguisado poético que se produjo. Sin embargo ahí no acabó la cosa. El señor Aquende insistió pertinaz y acabó colocando este comentario: Ahora lárganos una serie de post sobre las rimas ya que están de moda los 'culebrones'. Pensé entonces, con cierta lógica, que si me diera por plantarles aquí un escrito sobre poesía se iban a aburrir como ostras. Leer poesía tiene su encanto pero nada se me antoja más aburrido que leer ‘sobre poesía’ (Borges escribió una vez: Hay personas que sienten escasamente la poesía; generalmente se dedican a enseñarla). Luego caí en la cuenta de que esto no era problema y, una vez más, gracias a Chesterton,que en el ensayo titulado “Defensa de los pelmazos” sostiene la evidente afirmación de que el aburrimiento es una cualidad de la persona que lo siente y no de la persona que lo produce.

Además, también Chesterton aparece como un encendido defensor de la rima vulgar e inocente, incluso de la rima improvisada: Las rimas improvisadas eran a menudo versos tan vulgares como el latín de muchos hexámetros escritos por monjes o la mayoría de las rudas baladas de la frontera. Pero tengo la sensación de que espantaban a los demonios azules del pesimismo y a los negros demonios del orgullo (El romance de la rima). Consideré de nuevo entonces la idea de traerles una nota sobre poesía pero topé con un problema.

No sólo no soy poeta sino que soy un pésimo lector de poesía. Cada día me veo más cerca de los lamentos sobre la vejez del viejo de Alejandría y me gusta repasar a los poetas latinos y a Dante, pero no suelo pasar de ahí. En general abomino de la poesía romántica (en realidad abomino de todo romanticismo por ser expresión del más peligroso idealismo). Y eso que Chesterton disiente en este punto: En cualquier caso, quienes no saben hacer otra cosa que apartarse del romanticismo están siendo visiblemente castigados por apartarse de la razón. Cualquier novela realista sirve para demostrar que el realismo, cuando se vacía por completo de romanticismo, se vuelve totalmente irreal. Pues el romanticismo no es más que el nombre dado a un amor por la vida que era mucho más grande que una vida de amor, en el sentido byroniano o sentimental.

No entraré en este difícil laberinto que es más político que poético, pero sigo sin tener claro si merecen o no que escriba sobre poesía, esa cosa liviana, alada, de la que tan poco sé, cuando lo que yo quería es comentarles alguna cosilla sobre los ensayos de Chesterton que estoy actualmente leyendo. Tendré que darle vueltas al asunto en busca de alguna solución.

Mientras tanto, lo único que tengo claro es que la prosa es prosa y la poesía poesía y ambas no se deben mezclar. ¿Se les ocurre algo más afectado que escribir prosa en endecasílabos? Prueben, por ejemplo, a leer el primer párrafo de este post como si fuera un soneto.

Abrí el tostón de ayer o el otro día
citando con recurso a pluma ajena
pasajes de una autora muy amena,
prodigio de las letras mercancía.

Cerraba mis apuntes sin porfía,
con frase de un inglés que trajo a escena
palabras que, creí, valen la pena
en tiempos de cabezas con sequía.

No vayan a creer en los azares.
Aquí si algo brilla por su ausencia,
lo saben si conocen estos lares,

son escritos cargados de inocencia,
más bien son paseos militares.
Me explico en honor a la decencia.

¡Qué horror! ¿Verdad? Tal vez este ejemplo sea la mejor prueba de que no debo escribir sobre poesía sino tan sólo limitarme a recomendarles este volumen de ensayos. Yo me lo estoy pasando muy bien con él.

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