23 de febrero de 2006

Cuadernos, últimas palabras, Bloy, disfraces

Cuadernos

A pesar de las preocupaciones de alguno (y alguna) la inspiración sigue huída y no veo forma de hacerla regresar. Tampoco es que sea problema grave. Cuando falta la inspiración siempre se puede recurrir a la de otros. Por eso somos tantos los que llevamos un cuaderno en que anotar todo lo de interés o valor que encontramos por ahí. De alguna forma este blog juega ese papel pero además mantengo mi viejo cuaderno de los de antes, una vulgar libreta (no he llegado a Moleskine) donde acaban muchos de mis hallazgos.

Pero esto del cuaderno tiene también sus peligros. Cuando su propietario alcanza cierta celebridad nunca falta quien se empeña en publicarlos. Tal vez por defenderse cuando aún podía hacerlo, don Tito Monterroso publicó una versión fragmentaria y algo modificada de sus diarios de 1983 a 1985 bajo el título de La letra E. Con menor fortuna, los cuadernos de Bioy Casares se publicaron postumamente, cuando su autor poco podía hacer para evitarlo. Primero en De jardines ajenos y luego en Descanso de caminantes. Por fortuna no creo que yo vaya a alcanzar la suficiente notoriedad como para que mi pequeña libreta vea la luz pública, cosa que me resultaría de lo más desagradable.

Entre mis contradicciones, sin embargo, se cuenta el disfrute de leer los cuadernos de otros y fue al pasear por los jardines ajenos de Bioy cuando descubrí una curiosa afición de éste, que había registrado, sin orden ni concierto, numerosas frases postreras, pronunciadas en el momento de expirar por multitud de personajes, no siempre célebres.

Últimas palabras

Allá por la noche de los tiempos confesé aquí mi predilección por el coleccionismo de ‘Últimas palabras’. Les traje unas frases de Sir Thomas Browne que afirmaban la especial elevación que se alcanza cuando el alma está presta a abandonar el cuerpo, cosa demostrada, por ejemplo con aquellas impagables: “Doctor, ¿cree que habrá sido el salchichón?” que pronunció Claudel en su lecho de muerte según Julien Green.

Quizá alguno crea que ésta es afición insana, pero debe saber que son muchos los que la han practicado. Chateaubriand, por ejemplo, escribió que “le gustaría tener una antología de las últimas palabras de hombres célebres” y mi muy quierdo Montaigne planeó hacer (y luego no hizo) una colección de ellas. Hacia la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a publicarse numerosas recopilaciones de ‘Últimas Palabras’, cosa que no ha dejado de hacerse hasta el día de hoy. A mis manos acaba de llegar una de las últimas, el Diccionario de Últimas Palabras compilado por Werner Fuld.

En él pueden encontrar imperiosos reproches, como el que dirigió el asesino en serie Carl Panzram a su verdugo, que se demoraba con la soga: “Date prisa de una vez, idiota. En el tiempo que tú necesitas aquí, yo habría ahorcado ya a una docena de hombres”. También hay palabras verdaderamente dramáticas, como las últimas de Manolete: “Doctor, ¿tengo los ojos abiertos? No puedo ver nada”. Se incluyen prácticos consejos, como aquel debido a Conrad Hilton, el fundador de la cadena hotelera, que, al ser preguntado si deseaba transmitir algún legado a sus empleados, dijo: “¡La cortina de la ducha hay que ponerla por el lado de dentro de la bañera!”. Algunas frases son ciertamente cínicas como las de Marlene Dietrich expulsando a un sacerdote: “¿De qué voy yo a hablar con usted? ¡Tengo un encuentro inminente con su jefe!”. Una colección muy completa, como ven.

Personalmente, me quedo con la historia de Pancho Villa, que ya conocía por habersela leído a Bioy, precisamente en De jardines ajenos, en estos términos:

Pancho Villa andaba siempre con un periodista americano que le escribía todo, discursos, declaraciones, etcétera. Llega el día en que recibe un balazo mortal; se vuelve hacia el periodista y le pregunta: «Amigo, ¿cuáles fueron mis últimas palabras?».

Werner Fuld refiere una historia similar, menos literaria pero más desesperada:

Cuando el revolucionario mexicano Pancho Villa fue herido mortalmente en 1923 en un atentado, rogaba, mientras se moría, a un periodista que no le dejase morir sin pronunciar palabra: «¡Escriba usted que he dicho algo!».

Alguna otra resulta de lo más enigmática. Fuld refiere el intento de confesión del asesino inglés Neil Cream que al ser colgado sólo acertó a decir “Yo soy... Jack...”. Muchos han querido leer en ellas que se trataba de Jack el destripador. Sin embargo la más enigmática de todas no está recogida ni por Bioy ni por Fuld, es el final del Proyecto de oración fúnebre, una de las Historias impertinentes de Léon Bloy.

Tuvo demasiados testigos esta agonía para que sea necesario relatarla. Me falta, además, valor para hacerlo. Sólo me reservo, tal como dije antes, la última y suprema frase, muy ignorada ésta, muy profundamente ignorada, se lo garantizo, y de la que quiero ser divulgador implacable.
Conoceremos entonces el color de la frente de cierto pontífice.

Bloy

Les confesé ayer que llegué a Bloy a través de Bioy. De hecho, De jardines ajenos contiene numerosas citas de Bloy, algunas provenientes, cómo no, de su diario.. Son cosas como:

Tengo, de ese joven fantoche ya mencionado arriba, el 8 de abril, una masa de cartas no muy cuidadas que conservo como la colección documental más preciosa para una Psicología del Fariseo que escribiré.
(19 de junio de 1896)

He sido asqueado sucesivamente por Tácito y por Pascal.
(17 de septiembre de 1898)

Aunque conociendo a Bloy, la más interesante proviene de La porte des humbles, y dice así:

Hallado en la correspondencia de la princesa Palatina: «Cada uno, aquí abajo, es el demonio encargado de atormentar a algún otro».

El caso es que Borges, en sus Otras Inquisiciones de 1952 contó a Bloy entre los precursores de Kafka.

Mis notas registran asimismo dos cuentos. Uno pertenece a las ‘Histoires désobligeantes’ de Léon Bloy y refiere el caso de unas personas que abundan en globos terráqueos, en atlas, en guías de ferrocarril y en baúles, y que mueren sin haber logrado salir de su pueblo natal.

Borges se refiere al cuento titulado Los cautivos de Longjumeau, en el que la fatalidad lleva a que el señor y la señora Fourmi pasen veinte años sin salir nunca de la ciudad. El propio señor Fourmi llegó a escribir en una carta:

Hace quince años que perdemos todos los trenes y todos los transportes públicos, hagamos lo que hagamos. Es totalmente estúpido, es atrozmente ridículo, pero empiezo a pensar que el mal no tiene remedio. Somos víctimas de una especie de extravagante fatalidad. No hay nada que hacer. Para coger el tren de las ocho, por ejemplo, incluso nos hemos levantado a las tres de la madrugada, y hasta hemos pasado la noche en blanco. Pues bien, amigo mío, en el último momento se incendiaba la chimenea, a medio camino me torcía el tobillo, el vestido de Julieta se enganchaba en una zarza, nos quedábamos dormidos en el sofá de la sala de espera, sin que ni la llegada del tren ni los gritos del empleado nos despertasen a tiempo, etc. etc.... La última vez olvidé mi monedero.

Por eso el autor afirma estar convencido de que alrededor del hogar de los Fourmi había un cordón de tropas invisibles. Los Fourmi pasaban sus días cautivos leyendo historias de navegantes famosos o boletínes de la Sociedad Geográfica. Y así, lo que podría interpretarse como alegoría del auténtico confinamiento que acaba siendo toda vida ha acabado siendo para mí la expresión de un cautiverio mucho más personal mientras paso mis días con mapas e historias de navegantes.

No sé bien qué tienen los libros, o qué tenemos los lectores, que acabamos viendonos retratados en todo lo que leemos, incluso en un recetario de cocina o en la guía telefónica. Pero supongo que esto no es más que otra indeseable consecuencia de algo que escribió Borges recordando a Bloy.

‘Ningún hombre sabe quién es’, afirmó Léon Bloy. Nadie como él para ilustrar esa ignorancia íntima.

¿Qué sentido tiene disfrazarse ante este desconocimiento?

Disfraces

El servicio secreto de estas Salidas de Emergencia tiene encomendada para el día de hoy una arriesgada misión de espionaje. Como saben algunos fieles parroquianos, don Juan Gómez Jurado, que ya nos ha visitado alguna que otra vez, presenta su Espía de Dios esta misma tarde en el salón de Ámbito Cultural (se llama así, por lo visto) de El Corte Inglés (c/ Serrano 52, Madrid). La cita es a las siete de la tarde y si Dios y el tiempo no lo impiden por allí estaré (lo del tiempo tiene su aquel, porque con la nevada que está cayendo parece éste el espía que surgió del frió).

No estoy muy puesto es este tipo de actividades, así que no me ha quedado más remedio que pedir consejo a Pablito, que al menos fue asesor de la CIA en materia gastronómica. No es que haya sacado mucho en claro de su consejo, pero al menos me ha prestado una barba postiza estilo Henning-Olsen y una gabardina vieja muy a juego con el raido traje de don Alirio Gutiérrez. De esa guisa me presentaré en el evento dispuesto a recabar información jugosa con que nutrir estas páginas. Aunque tal vez el disfraz sea otro.

El humor y la timidez generalmente se dan juntos. Tú no eres una excepción. El humor es una máscara y la timidez otra. No dejes que te quiten las dos al mismo tiempo.

Ye veremos si me llevo el humor o la timidez.

Y ahora, para escándalo de Chin, siempre ofendido por mis ardides publicitarios, dos tazas.