1 de febrero de 2006

Mirando por el hueco

Sería pretencioso por mi parte decir ahora que después de doscientos posts me he quedado sin ideas. Lo sería porque implica presumir que alguna vez las he tenido. Decía ayer el amigo Jordi que me paso la entropía por el forro (que es como se llama al escroto cuando se quiere rimar con ‘zorro’ o con 'champiñones') pero no veo yo cómo puede hacerse una cosa así. Lo que sí es cierto es que si alguien me llega a decir antes de empezar con esto que en estos cuatrocientos días y pico iba a ser capaz de dar salida a los casi dos mil folios que aquí se me han escapado no le habría creído. Uno es así de incrédulo.

Una vez demostrada mi capacidad para el discurso vacío debería practicar la intriga y la puñalada trapera para probar suerte en el ruedo político pero algo me dice que no estoy del todo dotado para tan honorable oficio. No queda otra pues que seguir dedicado a lo que don JPQ llama, ignoro la razón, ‘mis doctos trabajos’ y, por necesidad no exenta de insano placer, continuar excretando letras en este no tan docto rincón.

Pero el señor don Jordi sí lleva razón en que me voy vaciando. No tanto por el número de entradas o apuntes en esta bitácora como como por su particular temática. Me pasa como a Montaigne, que soy la materia de mi blog y en él me voy quedando. Otros, con mejor vista o mayor fortuna no padecen este problema. Sus blogs se dedican a la política o al periodismo. Cosas infinitamente más llevaderas. No veo, por ejemplo, como puede uno vaciarse publicando noticias como esta.

Nueva Ley de Gravitación

La Ley orgánica de la gravitación universal aprobada recientemente por el parlamento establece que a partir del uno de enero del próximo año todos los objetos con masa inferior a dos kilogramos deberán caer hacia arriba. Afortunadamente, para evitar conflictos con aquella otra ley que estableció Newton (sin legitimidad democrática alguna, todo hay que decirlo), esta obligación tan sólo consta en el preámbulo de la Ley.

Otros se dedican a destapar curiosidades u oscuros momentos de la historia que no les tocan de cerca garantizando así su integridad espiritual. Me refiero a cosas como esta.

El Día D

En los preliminares de la planificación del desembarco de Normandía, las autoridades militares tenían claro que necesitaban un nombre en clave para referirse a la fecha que habían decidido para el asalto. El teniente Norman Davis propuso llamarla Día Norman, alterando el nombre del lugar del desembarco y procurándose a sí mismo un lugar en la historia. Pero el alto mando consideró desafortunada su propuesta porque daba demasiadas pistas al enemigo, que ya tenía noticia de la afición del teniente Davis por los juegos de palabras. Tras varias semanas en que los generales no se ponían de acuerdo sobre el nombre convinieron en referirse a la fecha como “Día D”. Comenzó entonces otra acalorada discusión sobre si la D era por ‘Día’ o por ‘Desembarco’. La cosa se alargó tanto que casi dio al traste con los planes aliados. Al final, la inminencia de la fecha les llevó a aceptar un acuerdo de circunstancias, la D era por ‘Davis’. Es una pena que la documentación de todo este fascinante episodio se quemara en un incendio antes de que pudiera desclasificarse.

Por supuesto, hay blogs “tecnológicos” como el de Igor Chepov, al que le recomendaría que se lo hiciera mirar (preferiblemente con esto). Y también los hay dedicados exclusivamente a la egolatría, en los que uno no sólo no se vacía sino que se va llenando aunque no esté muy claro de qué. En otras palabras, que hay muchos caminos para sobrevivir en la blogosfera, pero no me ha dado por tomar ninguno de ellos y así me va.

No tengo explicación para la extensión de lo que aquí me sale. Con lo fácil y descansado que sería publicar entradas de cinco líneas. Este empeño mío por la exuberancia es insensato y enfermizo además de estar condenado al fracaso. Y vacía a velocidades alarmantes, se lo aseguro. Lo único que se me ocurre en su defensa, las dos únicas virtudes de la extensión a mi entender son las siguientes:

  • De haber una idea en el texto ésta queda lo suficientemente diluida en el conjunto como para dejar de existir. Me gusta llamar a esto ‘Literatura homeopática’.

  • La brecha entre lectores potenciales y efectivos alcanza distancias estratosféricas. De hecho, si está leyendo esta línea, si ha llegado hasta aquí, se cuenta usted en una exigua minoría (dentro de la que existe una minoría aún más exigua a la que saludaré al final).


Pero además, y esto es lo que quería traer hoy aquí, a mis ‘doctos trabajos’ y a estas letras apresuradas se une una tercera ocupación (o cuarta si lo de ser padre de familia ha de contarse entre las ocupaciones o preocupaciones). Y ésta sí que es culpa suya. Me han hecho ustedes volver a escribir. Entiéndanme, no digo que no sea escribir lo que hago aquí. Me han hecho volver a escribir textos muy distintos de los que aquí me salen. Distintos en forma, estilo e intención. Textos con los que espero llenar lo que aquí se vacía aunque, de alguna manera, beben de los posos que aquí van quedando.

Debo reconocer que las más de las veces no dedico más de media hora a componer lo que aquí aparece. El blogger medio sabe muy bien de la insistente llamada del botón de publicar, que le está invitando a uno a que lo pulse desde el mismo momento en que escribe su primera frase. No he quedado especialmente insatisfecho del resultado de mis docientos posts anteriores si, esto es clave, se asume la premura con que fueron concebidos y paridos. Pero ya me han entrado las ganas de darme algún que otro gusto y me ha dado por escribir sin presiones y prisas (no teman, o témanlo, no dejaré por ello de asomar por aquí), de hecho llevo tiempo haciéndolo.

Ando enredado, por ejemplo, con una historia sin moscas ni basiliscos (al menos, de momento) aunque sí con enciclopedias y en la que la mítica Tapihi está pidiendo a gritos entrar (ya veremos si lo consigue). De alguna forma es homenaje a uno de los mejores relatos de los que tengo noticia, o de los que más me han gustado desde siempre, Bartleby el escribiente, de Herman Melville. Ya les iré dando noticias sobre su evolución si es que sigue evolucionando.

William Faulkner dijo que a él le habría gustado escribir Moby Dick. A un servidor, que no es Faulkner por razones más que evidentes, le habría encantado escribir Bartleby. En vista de que tampoco soy Pierre Menard no me ha quedado más remedio que pergeñar esta historia de enciclopedias para buscar esa satisfacción que ya veremos si consigo. Pero lo haga o no, aquellos de ustedes que no hayan tenido contacto con Bartleby deberían tenerlo. Disfrutarían más que con mis vacíos o vaciamientos.

Y ahora, en plan fenicio, voy a buscarles un par de ediciones (inglés y español, como siempre) para que no tengan excusa. Pero la versión española será algo especial, porque Bartleby, en traducción de Jorge Luis Borges, está incluído en la Antología del cuento triste que realizó Augusto Monterroso en colaboración con su esposa Barbara Jacobs. Así tendrán la suerte de hacerse con otros muchos relatos memorables.

Y ahora, saludos a los que han llegado hasta aquí. Proseguirenos viaje.

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