21 de febrero de 2006

Paseos por aquende o allende (según se mire)

Como todo el mundo sabe, con la excepción de Jorge Luis Borges, en 1658 Suárez Miranda publicó sus Viajes de varones prudentes en Lérida. Allí, en el Libro Cuarto, Cap. XIV puede leerse lo siguiente:

En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola provincia ocupaba toda una ciudad, y el mapa del imperio, toda una provincia. Con el tiempo, esos mapas desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos adictas al estudio de la Cartografía, las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del sol y de los inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas ruinas del mapa, habitadas por animales y por mendigos; en todo el país no hay otra reliquia de las disciplinas geográficas.

Por alguna razón que nunca he sabido comprender me he sentido siempre identificado con aquellos ambiciosos cartógrafos imperiales. Los mapas ha sido para mí obsesión y fuente de placer desde mi primer recuerdo. Algo tendrá eso de meter el mundo en un papel y fantasear sobre él. Son incontables las horas que he pasado navegando a través de cartas marinas en mi propia casa. Guardo numerosas reproducciones de mapas famosos y hace ya bastantes años que en las paredes de mi salón, cuelga, enmarcado, el primer mapa conocido en que aparece representado el continente americano.

Alguno ya sabrá que estos días, amén de secuestrado por mis doctos trabajos, he estado ocupado, agradablemente, en recorrer algunos rincones de la ciudad en compañía del señor Aquende, que ha tenido a bien visitar la capital. Muchas han sido las cosas reseñables de esos paseos y algunas de ellas las haré constar aquí, pero la primera, la principal, es una visita al Museo Naval de Madrid con el (casi) único objetivo de disfrutar de la contemplación del original de la carta universal de Juan de la Cosa, ese mapa que cuelga en mi salón.

Son tantas las reproducciones de ese mapa que he visto en mi vida que puedo asegurar que no existe ninguna que le haga justicia. Quienes puedan, harían muy bien en acercarse a contemplar el original, de vivísimos colores, fascinantes representaciones de reyes y territorios y casi dos metros de largo. Según el Centro Virtual Cervantes es “la representación de los conocimientos geográficos de la época” y es afirmación muy atinada, pues el amigo Juan no sabía si la América del norte y la América del sur estaban o no unidas, así que, ni corto ni perezoso, colocó una estampita de San Cristóbal por encima de aquellos ignorados parajes.

Mapas curiosos hay unos cuantos, aunque no todos a la altura de esta obra maestra. En Estambul pueden deleitarse con el sorprendente mapa de Piri Reis y si no andan muy preocupados por la verdad de las cosas pueden divertirse con aquel otro mapa de Vinland que “demostraba que los vikingos habían llegado a América mucho antes que Colón”. La pena es que no nos ha llegado aquel otro debido a Toscanelli que tanto convenció a don Critóbal Colón y que debió tener más o menos esta forma.

Pero nuestras navegaciones estos días han discurrido más bien por otro mapa, el de mis recuerdos. Hace tiempo ya me dio aquí un arrebato nostálgico y es buen momento para corregirlo en algo, les hablé, entre otros garitos, de un pequeño café cuyo nombre no recordaba situado en la Galería de Robles. Pues bien, entre las alegrías que me he llevado en este regreso en que he descubierto que muchas cosas que aquí dejé ya han desaparecido, se cuenta la confirmación de que ese café, que ahora puedo decir que se llama Ajenjo, permanece exactamente igual que como lo dejé hace siete años, con el extraordinario (y asturiano) Helios al frente manteniendo el secreto de sus combinados. Por lo visto, hay más bloggers que lo aprecian.

No está de más recordar que el ajenjo es una planta, de nombre Artemisia absinthium, a partir de la cual se elabora la absenta, ese mítico licor que ha sido degustado y sufrido por tantos artistas: Van Gogh, Baudelaire, ... Pero si hay dos bebedores de absenta (no deben llamarlos absentistas) prototípicos, paradigmáticos, esos son Paul Verlaine y Arthur Rimbaud. Éste, el que escribió Une Saison en Enfer, para que don JPQ pudiera titular su blog aunque después saliera con aquello de “Merde pour la poésie”, que no me molestaré en traducir. Aquel, el que se pasó dos años en prisión porque la pareja solía resolver sus riñas a balazos. Balazos que desencadenaron una truculenta historia que no desentrañaré aquí

No sé si algo antes o algo después de sus tormentosos periplos junto a su amado mozalbete, Verlaine tuvo ocasión de conocer a cierto personaje del que Kafka dijo en su día lo que sigue:

En el vituperio no tiene par. A su lado, los profetas nos parecen mancos. Si les aventaja, será porque se nutre del estercolero de nuestro tiempo.

Yo me encontré con él por culpa de Borges y Bioy, o de Bioy y Borges que uno nunca sabe cómo repartir los delitos y las faltas. Me refiero a Léon Bloy. Y si les traigo aquí a este caballero es porque he descubierto que existe una editorial en Palencia, de la que no tenía noticia (de la editorial, no de Palencia), que acaba de publicar las Historias Impertinentes de este extraño autor. La editorial se llama “Menos cuarto” y el libro ha sido uno de los hallazgos de estos paseos que hoy reseño aquí (dos avisos, mi Firefox no carga correctamente la página de la editorial, y todavía no han añadido el libro a su catálogo)

Pero ya sé que no suelen apreciar, ni agradecer mis recomendaciones literarias así que será mejor que les haga alguna de otra índole y en la que, se lo aseguro, no llevo comisión. Porque en estos viajes nostálgicos de estos días, deambulando por las calles que años atrás me vieron siendo otro, también tuve ocasión de rememorar las andanzas del consultor Unai en un bar que bien pudo haberse llamado Manolo y que, de hecho, se llama Manolo, ¿para qué vamos a engañarnos? Me consta que el consultor Unai Nomás se tomó en su día una tortilla en salsa de callos exactamente igual a aquella de la que dimos cuenta el señor Aquende y un servidor hace un par de días. Si pueden, no se la pierdan, y tampoco las croquetas y las codornices.

Así que ya ven. Llevo casi diez días sin escribir y me cuesta retomar el ritmo. Y no es que no sepa sobre qué hacerlo. Lo de arriba es una pequeña muestra de los infinitos temas que estos paseos me han traido. Podría contarles algo sobre Bloy, o sobre Juan de la Cosa, o sobre la tortilla en salsa de callos o sobre un curioso mapa de Tapihi que tengo por ahí guardado. Pero cuando uno pierde la costumbre no es fácil reencontrarla y en eso ando. Si se cruzan por ahí con mi inspiración hagan el favor de rogarle que vuelva a casa, que se la echa mucho de menos.