25 de febrero de 2006

¡Por Dios!

Me había propuesto no traer por aquí el archimanido asunto de las caricaturas de Mahoma para decepción de Borjamaris. Ya saben que en Tapihi estos problemas suenan ridículos, como muchas de las cosas que se han dicho al respecto. Es éste, además, un debate estéril, en el que sólo puede aspirarse a convencer al covencido. No veo forma de razonar, esa limitada costumbre occidental, con gentes que pueden llegar a afirmar cosas como que “la mujer si no menstrúa, se embaraza” (uno de los fascinantes hallazgos del señor Aquende entre las páginas de Muammar El Gadhafi).

Además, ya hay quién ha defendido ciertos valores con tino, por lo que a mí sólo me queda suscribir lo dicho y pasar a otra cosa. Y esa cosa es que, gracias a El Catoblepas, he tenido acceso a una serie de “textos tomados de los ‘Principios políticos, filosóficos, sociales y religiosos’ del Ayatollah Jomeini (según la edición de Icaria, Barcelona 1981, 124 páginas, en traducción del francés de María Rodríguez Bayraguet y Karmele Marchante)”. Y, qué quieren que les diga, ando de lo más perplejo.

Lo ignoro casi todo del Islam. Es mi absurda voluntad infiel seguir haciéndolo, pero, a la vista de estos textos, no acabo de comprender cómo los más radicales islamistas campan por ahí con sus bombas tan tranquilamente. Si yo tuviera que recordar semejante cantidad de preceptos, hasta para las cosas más insignificantes o cotidianas, tengan por seguro que no podría dedicarme a otra cosa. Cargaría todo el día con los manuales pertinentes y me pasaría las horas consultándolos a cada momento para poder vivir.

Es cierto que, por lo visto, hay cosas que facilitan mucho la existencia. Por ejemplo, a las mujeres islámicas les llega la menopausia a fecha fija y por decreto, lo que evidentemente elimina muchas molestias e incordios. “Las mujeres de la familia del Profeta del Islam son menopáusicas al llegar a los sesenta. El resto lo son a los cincuenta cumplidos”. Claro que durante el periodo fértil, que comprende de los nueve a los sesenta (o cincuenta), es necesario establecer si una hemorragia vaginal es simplemente menstrual o de otra índole. Afortunadamente, Alá ha iluminado al señor Jomeini para que nos haga llegar esta imprescindible regla: Si la mujer ve brotar la sangre de su vagina durante más de tres días y menos de diez y duda sobre si es sangre menstrual o de hemorragia, deberá, si le es posible, introducir un algodón dentro de la vagina y sacarlo. Si la sangre brota del lado izquierdo, es menstrual, si brota del lado derecho, es una hemorragia.

Como pueden ver, lo del señor Gadhafi no era una casualidad. Este asunto de la menstruación ocupa unas cuantas de las preocupaciones de los imanes y ayatolas. No es cosa de renunciar a darse alegrías pero se desaconseja evitar el coito durante las menstruaciones. Si, de todas formas, uno no puede reprimir los instintos la cosa tiene arreglo echando mano a la bolsa: Si se divide el número de días de menstruación de la mujer por tres, el marido que hace el coito durante los dos primeros días debe pagar el equivalente de dieciocho 'nokhod' (3 g.) de oro a los pobres; si lo hace durante el tercero y cuarto días, el equivalente de nueve 'nokhod'; y si lo hace los dos últimos días el equivalente de cuatro y medio 'nokhod'. Los pobres tienen dos opciones, usar el oro que les entregan para echar también una canita al aire o bien la sodomía, que “no comporta pago alguno”.

Pero el problema, lo que hace la vida casi imposible, es constatar que el mundo está repleto de ‘cosas impuras’ y hay que andarse con mucho ojo para evitarlas. Al principio todo parece fácil, las cosas impuras son sólo once: la orina, los excrementos, el esperma, los huesos, la sangre, el perro, el cerdo, el hombre y la mujer no musulmanes, el vino, la cerveza y el sudor del camello que come basuras. Pero luego el detalle reglamentario resulta de la más complicado. Yo no he conseguido aprendérmelo y mira que lo he intentado veces. Veamos si escribiéndolo lo retengo mejor.

Por ejemplo, los excrementos impuros son los del hombre. Los de los animales sólo son impuros en los siguientes casos:

a) Si brota sangre cuando se les abren las venas y arterias.
b) Si se alimentan de basuras
c) Si han sido poseídos sexualmente por un hombre

Desde luego, hay animales de los que no brota sangre, entre otras cosas porque carecen de ella y, consecuentemente, también carecen de venas y arterias. A bote pronto se me ocurre el mejillón, pero debo descartarlo porque se alimenta de basuras. Habrá que pensar en organismos más simples, como el paramecio o la ameba. En todo caso, a mí me parece que el caso a) contiene por completo al caso c). No veo forma de poseer sexualmente a un paramecio o una ameba, ni siquiera a un mejillón o una esponja de mar, aunque claro, yo soy de lo más normalito en lo que a sexo se refiere y se me escapan muchas de las prácticas más exóticas.

Por alguna razón que no alcazo a comprender, el señor Jomeini se ve obligado a aclarar que también son impuras la orina y las defecaciones de las cabras alimentadas con leche de marrana. No sé si en Irán las cabras no sangran como las de aquí pero bueno es saberlo. Un caso aún más curioso es el siguiente: “Si se comete un acto de sodomía con un buey, cordero o camello, su orina y excrementos se vuelven impuros, su leche no podrá consumirse”. Yo sigo de lo más intrigado con eso de prohibir la “leche de buey”.

Hay otra secreción que disfruta de un status más ambiguo, el sudor. En principio, no es impuro lo que es a todas luces un alivio, especialmente en los países tropicales. Sólo el del camello que se alimenta de excrementos es impuro. Si el camello come Whiskas o Dog-Chow podemos estar tranquilos. Sin embargo el ajetreo sexual, que cuando es satisfactorio acarrea notable sudoración, trae algun que otro problema. No puede decirse que ese sudor sea técnicamente impuro pero es preferible no realizar plegarias “mientras en su cuerpo o vestidos queden restos de dicho sudor”. Caso aparte son los ayuntamientos en periodo de abstinencia o un caso mucho más singular, el del “hombre que ha eyaculado como consecuencia de un coito con mujer ajena, y que de nuevo eyacula con la mujer propia”. En estos casos se pierde el derecho a rezar hasta que desaparezca el sudor aunque no se nos aclara si basta con una ducha. De todas formas no confundan este último caso con el opuesto. El orden de los factores sí altera el producto: si el primer coito lo ha realizado con su mujer legítima y a continuación con una ajena, puede hacer sus plegarias aunque esté sudado.

Los mocos son caso aparte y me pregunto qué hacen los conductores islámicos cuando están detenidos en un semáforo. En cambio, los escupitajos y esputos sólo lo son si son sanguinolentos, imagino que por la cierta posibilidad de tratarse de un caso de tuberculosis. Lo cierto es que un simple resfriado, tan frecuente en estas fechas (en este hemisferio, claro), puede convertirse en todo un infierno pues “si las secreciones nasales o el esputo salen de la boca o nariz, la parte de la epidermis contaminada deberá purificarse, la parte no contaminada permanecerá pura”. De haberme yo convertido al islam llevaría las últimas dos semanas purificándome las narices y sin tiempo para nada más.

Ahora bien, el asunto escatológico (en la segunda acepción de escatología) se vuelve de lo más incómodo cuando se pasa de la potencia al acto. Es lógico y comprensible, casi todas las culturas han coincidido en ello, que se aconseje orinar y defecar de forma discreta y sin alardes: En el momento de orinar o defecar deberá ocultarse el sexo de las miradas púberes, también de la hermana o de la madre, de los pobres de espíritu y de los niños en edad de comprender. Es de suponer, no obstante, que no es necesario taparse las partes pudendas en presencia de alguien rico de espíritu, como el propio señor Jomeini. De todas formas, “no es indispensable ocultar el sexo con algún objeto particular, es suficiente hacerlo con la mano”, salvo, claró está, que las dimensiones de la zona a tapar excedan lo que puede abarcarse con ambas manos bien extendidas. A esto debe añadirse que la orina, como ya sabemos, es impura, y con tanto tapamiento no es fácil quedar a salvo de salpicaduras.

Por si esto fuera poco, es imprecindible orientarse correctamente: En el momento de defecar u orinar habrá que agacharse de forma que el cuerpo no esté ni de frente, ni de espaldas a La Meca. A lo que se añade una pertinente aclaración: No es suficiente desviar el sexo incluso cuando el cuerpo esté situado incorrectamente respecto a La Meca. En cualquier caso el sexo jamás deberá exponerse de frente o de espalda a La Meca. Imagino que si la adversidad se alía con un apretón, más de uno puede llegar a verse obligado a solicitar al comandante de la aeronave en la que viaja un momentáneo cambio de rumbo mientras se alivia.

El caso es que bien provisto de una brújula uno se las promete muy felices a la hora de obrar, pero la cosa se sigue complicando: Para orinar o defecar es preferible agacharse en un lugar aislado en el que deberá entrarse con el pie izquierdo y salir con el derecho. Durante la evacuación es recomendable cubrirse la cabeza y que el pie izquierdo soporte todo el peso del cuerpo. Ignoro cómo lo harán los cojos del pié izquierdo, tal vez condenados para siempre a la impureza. Supongamos, de todas formas, que uno ha conseguido descargar sin romper ni una sóla regla y ya tiene su flamante montoncito de impurezas de las que debe deshacerse. Pues bien, no se preocupe, no es necesario que se frote con tres piedras, basta “una sóla piedra”. En todo caso no debe usar jamás un papel que lleve escrito el nombre de Dios. En consecuencia, nunca debe llevar el texto sagrado al excusado. No sólo para evitar tentaciones sino también algún que otro riesgo que puede inutilizar los baños de su vivienda por largo tiempo: Si una hoja del Corán o un papel con el nombre de Dios, del Profeta o de uno de los Imanes escrito en él cae en el W.C., habrá que recogerlo por mucho que cueste. Si no se pudiera, no se utilizará el W.C., hasta que se tenga la absoluta certeza de que dicho papel está podrido.

Otro problema se presenta con las comidas. No abundaré mucho en él pero les señalaré que la carne de caballo, mula y asno está prohibida “si el animal ha sido sodomizado por un hombre”. No es que suela consumirla, pero no me veo yo preguntando al camarero o al carnicero si está en condiciones de asegurarme que nadie se ha dado una alegría con el bicho para comérmelo tranquilo. Además, tampoco hay forma de acompañarlo en condiciones sin arriesgarse a un desalentador panorama: Beber vino y bebidas alcohólicas es un pecado mortal, por lo tanto está estrictamente prohibido. Aquel que ingiera una bebida alcohólica no conserva más que una parte de su alma, la parte deformada y maligna. Está condenado por Dios, sus Arcángeles, Profetas y Creyentes. Sus plegarias cotidianas serán rechazadas por Dios durante cuatro días. El día de la resurrección de los muertos su cara se volverá negra, la lengua colgará de su boca, la saliva babeará por su pecho y estará constantemente sediento.

Por todas estas cosas y algunas más compadezco a quienes se han de ganar la salvación a base de tanto sufrimiento e incomodidad a la vez que me alegro de que mi religión, la Sagrada Iglesia del Spaghetti Monstruoso Volador, me ponga las cosas mucho más fáciles además de alentar la multiplicación del número de piratas y corsarios.