27 de febrero de 2006

Sir Kenelm Digby y los problemas de la navegación

Confesé aquí hace unos días, no sin cierta dificultad, que me disponía a leer la vida de Sir Thomas Browne que escribió el Dr. Samuel Johnson. Como hombre de palabra que soy, así lo hice y, de casualidad en casualidad, vine a encontrarme con una vieja historia de la que tenía alguna noticia y que pienso registrar aquí más por guardármela que por enseñársela a ustedes.

Como bien sabrán si les han aprovechado en algo mis tostones, en 1642 se publicó Religio Medici, la primera obra de Sir Thomas Browne, ‘tal vez el mejor prosista de las letras inglesas’ en palabras de Borges. La historia de su publicación es, no obstante, algo más rocambolesca que lo que sugiere mi anterior afirmación pues antes había andado circulando en diversos manuscritos y llegó a la imprenta sin su consentimiento y, por lo que parece, bastante corrupta.

En todo caso, entre el 22 y el 23 de diciembre de 1642, esta edición de Religio Medici recibió una severa crítica, aunque será mejor que sea el propio Dr. Johnson quién se lo cuente.

Lo que mucho se lee, mucho se critica. El conde de Dorset recomendó este libro al examen de sir Kenelm Digby, quién le remitió su juicio sobre el mismo, no en una carta sino en un libro; en el cual, aunque mezcladas con algunas declaraciones fabulosas e inciertas, hay observaciones agudas, censuras justas y especulaciones profundas, pero su principal derecho a nuestra admiración reside en que fue escrito en veinticuatro horas, parte de las cuales se usaron en obtener el libro de Browne y parte en leerlo.

De esas censuras, cuando todavía no estaban todas impresas, la oficiosidad o la malicia informó al Dr. Browne, que escribió a sir Kenelm, con mucha suavidad y ceremonia, declarando el poco valor de su trabajo para merecer tal atención, la intención particular y personal de su composición y las corrupciones de la impresión; y recibió una respuesta igualmente gentil y respetuosa, conteniendo altos elogios de la obra, pomposas profesiones de reverencia, sumisas admisiones de incapacidad y angustiadas disculpas ante la precipitación de sus observaciones.

La cortesía recíproca de los autores constituye una de las escenas más cómicas en la farsa de la vida. Quién no hubiera pensado que estas dos luminarias de su época habían renunciado a crecer en brillantez mediante el mutuo obscurecimiento: sin embargo, críticas tan débiles, tan precipitadas, sobre un libro tan dañado en su transcripción, llegaron rápidamente a la imprenta y ‘Religio Medici’ se publicó con mayor precisión, precedida por una advertencia «a aquellos que han leído o han de leer las observaciones sobre una previa copia corrupta», donde aparece una severa censura no contra Digby, a quien debía tratarse con ceremonia, sino contra el Observador que había usurpado su nombre: ni tampoco escribía esta invectiva el Dr. Browne, a quien se tenía por satisfecho con la disculpa de su opositor, sino algún amigo diligente y celoso de su honor, sin su consentimiento.


En efecto, en 1643 apareció la primera edición autorizada de Religio Medici. Si tiene interés por las Observaciones de Digby, pueden leerlas aquí. Yo he de centrarme en el personaje o, al menos, en una de sus obras.

Merece la pena leer la biografía de Sir Kenelm Digby. Es de lo más variada y curiosa. Fue, por ejemplo, el albacea literario de Ben Jonson gracias a lo cual desconocemos la mayor parte del poema que éste dedicó a la esposa de aquel, Venetia Stanley, y que Digby extravió. Pero entre las numerosas contribuciones de Sir Kenelm al progreso tanto material como espiritual de occidente la más fascinante, al menos a mi modesto entender, es su famoso “ungüento simpático”, una milagrosa sustancia que curaba heridas aplicándose no sobre el enfermo sino sobre el objeto que había causado la herida. Para entendernos, si se quería sanar de una herida de espada era necesario aplicar el ungüento sobre la propia espada.

Es posible, no obstante, que alguna de las más interesantes aplicaciones de este maravilloso producto se les escape, así que se la haré saber. Pero antes es necesario dar un pequeño rodeo para presentarles un viejo problema de la navegación.

Desde bien antiguo los navegantes habían aprendido a determinar la latitud de su posición observando las estrellas. No se los detallaré demasiado, pero es un problema sencillo. Basta determinar un punto fijo en el cielo y “tomar su altura”, es decir, el ángulo con que se observa. En el hemisferio norte, por ejemplo, la estrella polar, que aproximadamente se sitúa sobre el polo norte permite calcular, provisto de instrumentos sencillos, como una ballestilla, o algo más complejos, como un sextante, una buena aproximación de la latitud.

Sin embargo, el cálculo de la longitud es mucho más problemático. No existen los polos Este y Oeste y durante muchos años se consideró imposible una solución a este problema. No hace falta decir la importancia que tendría una solución , que permitiría orientarse a los navegantes, en la época de los grandes descubrimientos. Conscientes de ello, los reyes de España, Francia, Portugal e Inglaterra llegaron a ofrecer cuantiosas sumas a quien proporcionara un método para determinar las longitudes geográficas. Felipe III de España llegó a convocar un concurso al que se presentó nada menos de Galileo Galilei. Éste es el problema de la longitud o del punto fijo. Para su mejor ilustración transcribiré un pasaje de un libro muy recomendable aunque algo difícil de encontrar, El cielo de Colón; Técnicas navales y astronómicas en el viaje del descubrimiento de José Luis Comellas:

La cuestión de las longitudes llegó a hacerse dramática. El origen del problema es muy sencillo. La Tierra gira de Oeste a Este (y por eso el paisaje celeste parece moverse de Este a Oeste) de modo que los países situados más al Este marchan “adelantados” respecto de los situados más al Oeste. En Moscú es media mañana cuando en Madrid está amaneciendo (y en las Azores es todavía noche cerrada). Si dividimos la tierra en 24 “gajos”, separados por meridianos, cada gajo (o huso horario) tendrá su hora. Cuando en Europa occidental son las cinco, en Europa central son las seis, en Europa oriental las siete y en Irán las ocho. La hora depende del meridiano.

En la época de Colón era relativamente fácil, mediante un reloj de sol, de arena o de pesas saber que en Salamanca eran más o menos las cinco de la tarde. Pero ¿qué hora era en ese momento en La Española? Hubiera habido que preguntarlo por teléfono, y faltaban varios siglos para el descubrimiento de Graham Bell. No es posible conocer la diferencia de horas sin una comunicación instantánea. Y sin conocer la diferencia de hora no puede determinarse el meridiano del lugar.

Un solo medio restaba para conocer la diferencia de hora: la observación de un hecho cósmico capaz de ser visto en el mismo instante desde distintos puntos de la tierra. Ese hecho equivale a un mensaje instantáneo. Si podemos predecir un fenómeno celeste que se verá en Salamanca a las cinco de la tarde, sabremos, en cualquier parte del mundo en que lo presenciemos, que en ese momento son en Salamanca las cinco de la tarde. Sólo hace falta consultar nuestro reloj para conocer la hora local y medir la diferencia de horas.

Pues bien, aunque quizá no me crean, el ungüento simpático de Sir Kenelm Digby se cuenta entra las soluciones propuestas para resolver el problema de la longitud. Bien mirado, puede considerarse un rudimentario sistema de mensajería instantánea. Esta idea que, insisto, fue históricamente considerada como una posible solución al problema de la longitud, fue retomada por Umberto Eco en una novela titulada La isla del día de antes. Ya les he hablado de ella alguna vez, es aquella en la que un personaje, el padre Emanuel, manejaba la máquina de Ramón Llul.

La aplicación del “método Digby” es harto sencilla. Basta con embarcar a un perro herido y mantenerle la herida abierta. Alguien, en el punto de origen, a horas fijas debe aplicar el ungüento sobre el arma con que se le hirió para que los navegantes puedan observar su alivio y conocer la hora.

Por lo que Roberto había visto, lo que podía deducir un hombre que supiera lo que él sabía era que el perro había sido herido en Inglaterra y Byrd cuidábase mucho de que permaneciera siempre llagado. Alguien en Londres, cada día a una hora fija y convenida, hacía algo al arma culpable, o a un paño empapado de la sangre del animal, provocándole la reacción. Quizá de alivio, quizá de pena aún mayor, pues el doctor Byrd había dicho que con el Weapon Salve también podía hacerse daño.
De esa forma, a bordo del Amarilis se podía saber en un momento determinado qué hora era en Europa. ¡Conociendo la hora del lugar de tránsito, era posible calcular el meridiano!


Y es que no hay nada como el ingenio humano, ¿verdad?