26 de febrero de 2006

Zarandajas

A cuento de cierto papelito de mi puño y letra, de hace más de veinte años y que apareció no hace mucho en casa de un viejo amigo he andado discutiendo con nuestra Corsaria Oficial sobre la multiplicidad de zarandajas que vamos dejando por ahí. Las mías, y de alguna ya les he dado noticia, son fundamentalmente chorradas, sandeces y gansadas y conservo unas cuantas. No he podido evitar, por tanto, ponerme a rebuscar por viejas carpetas a ver lo que aparecía. Lo primero, de hace veintidós o veintitrés años, ha sido una colección de cuentecillos infantiles que recuerdo haber escrito durante una clase de Historia en el bachillerato. He aquí una transcripción literal, sin corrección alguna, para que se asusten de una vez al comprobar qué clase de personaje firma este blog.


El pececillo de colores

Un blanco manto de nieve había cubierto las bellas llanuras del País del Mazapán. Del castillo del Príncipe Fantasma brotaban las suaves y delicadas notas de la lira del trovador encantado del bosque. El cervatillo ibérico recogía la cosecha de rábanos silvestres que servían para alimentar al sapo cautivo. De pronto irrumpió el duendecillo botante, dirigiendo su motoneta hacia el montón de heno que tenía el labrador humilde. El caracol común saltó la valla del jardín de la hija del zapatero parlanchín. La bruja leonada acudió a la casa del alguacil saltimbanqui para decirle lo que pasaba. Pero éste había salido a cazar perros silvestres con su pato de caza., la babosa saltarina no hacía más que aguzar el oído a la par que exclamaba: ¡Qué tiempos!

Pero pronto volvió la paz y la armonía, los bueyes levantaron el vuelo y fueron de flor en flor alegrando con su canto la vida de los habitantes del País del Mazapán.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Las tres hijas del zapatero

Anochecía ya en el reino del Anciano Saludable y su hija, la princesa Gundasvinta, no había regresado de los baños termales del otro lado del río. La guardia del palacio dormitaba sin darse cuenta de que el loro maligno había penetrado en la fortaleza por el ventanuco del laboratorio del alquimista perezoso. Pronto, el dragón danzante iniciaría su ataque con la pretensión de apoderarse de las galletas del Principe Estupendo.

Pero hete aquí que irrumpe en la escena el hijo del Zapatero Optimista, el cual, armado con una seta y un cordón, consigue acabar con el enemigo cargante reduciéndolo a cenizas vulgares.

El inspector rural tomó nota de los sucedido y se encaminó a dar parte al Chambelán Grotesco, pero fue detenido en su empeño por una bandada de jirafas que surcaban el cielo para dirigirse al ártico.

Fue larga la noche, pero al amanecer todo se había olvidado y se celebró la fiesta tal y como estaba previsto en el proyecto oficial y fueron felices y comieron perdices.

El rocín galopante

Hacía mucho tiempo que no se oía hablar en el Bosque Servil de la Ocarina Encantada. El Hada Caníbal se había encargado de hacer desaparecer todo rastro del Jabalí Acuático y con ello habían ido al fondo del Lago Rino las ancianas del Club de Amigas Trapecistas. Los melones habían vuelto a florecer en las copas de los árboles. La armonía campestre dominaba la situación. Pero el carrito de los helados comenzó a turbar la paz con el molesto zumbido del mecanismo grasiento. El lirismo desapareció de las estepas.

La solución llegó con el vendedor de slips que se había dirigido allí con la pretensión de construir un zoológico de piedras. El Sapo Aborígen se dio cuenta de la gravedad de la situación y organizó un sindicato.

El blanco rocín jorobado cortaba la niebla raudo y veloz para llegar a tiempo al Bosque Servil. Pero cuando llegó, la bruja Mones se había salido con la suya.

A partir de ese día, el rey dijo a sus vasallos: ¡En Abril, aguas mil!

Y era verdad.

El ratón feliz

Hacía mucho tiempo que la felicidad no se dignaba a pasar por el País de las Alpargatas Conocidas. El Galápago Veloz y sus perversos compinches habían capturado al humilde torvador del castillo de caramelo y nata. El Bufón Tremebundo había aprovechado la cosecha de calcetines para hacerse con todo el esparto del país. Los campesinos, desamparados, lloraban amargamente la muerte de su protector, el Marqués de las Calzas Sonrientes. Pero la perversidad del comerciante de babuchas no había podido con todos. En el Club de Fans de lo Referente subsistía un individuo grácil.

Pasaron los años y llegó al país un caballero alegre y saltarín que llevaba una marsopa en el hombro. El consejero real comprendió lo que ocurría y puso a buen recaudo las pertenencias del Hada Caústica.

El buen hacer de los duendecillos llevó al pais a la prosperidad y ya se ha acabado el cuento ¡coño!

El baile de palacio

Amanecía de nuevo y por primera vez sobre las caballerizas del Conde Nado. El relincho de los sapos daba un tono nostálgico a la escena observada por el hijo de la Cerillera Ibérica. Ya no quedaba rastro del pastel de manzana que había servido para celebrar el cincuentenario de la bella y joven princesa. El Caballero Común daba de comer a las ardillas mágicas mientras tarareaba una bella melodía de amor.

Y llegados a esta parte creo recordar que no era así, sino que la Babosa Septentrional tan sólo pasaba de largo, por lo que el niño inocente no podía saber lo que le esperaba.

Todo estaba dispuesto. Y fueron los pajarillos en salsa de pepinillos quienes advirtieron al guerrero sin nombre, que no se llamaba así, porque no tenía nombre, para que tomase medidas. Éstas fueron 11x21m y 5x0,75m.

Y colorín colorado, este cuento sacabao.

El cántaro sin fondo

Paseaba la niña común por el Bosque Desértico sin advertir que el Cabrito Indeseable se había ocultado tras los arbustos que conformaban el cubil de la Hechicera Colega. Era muy de mañana y el ratoncillo blanco había salido a recolectar polen para el invierno. El Guardabosques Valiente estaba desconcertado porque el Alquimista Temerario había presentado su dimisión como alguacilillo de la plaza de ranas. El vendedor deambulante operaba parsimoniosamente por la zona a la vez que la Raposa Inservible y sus compinches daban los últimos toques a su perverso Plan de Desarrollo Industrial. La huelga de jilgueros había sido desconvocada gracias a la intervención mediadora del Ruiseñor Subacuático que contaba con la inestimable ayuda del Secretario Jocoso. El Saltamontes Leonado no comprendía nada y se vió en la necesidad de acudir a la Escuela de Artes Inexplicables. La banda del pueblo interpretaba los himnos nacionales antes de la confrontación. El Motorista Deprimido no tuvo más remedio que aceptar la proposición. Y se casaron y se fueron a vivir a un país muy lejano.

Pero no todos esos papelajos que conservo, sin razón de peso alguna, son cosa de letras (que no literaria). También los hay, para espanto de Chin, gráficos. Durante una cierta temporada dedicamos el entonces tan sobrante tiempo a recrear bichos inmundos con vistas la publicación de un sorprendente manual zoológico. Conservo unas cuantas de mis creaciones, de las que les presentaré tres: el Flexodonte, el Caracul y el Diascórides. Recuerdo que por aquella época solía insistir a los que se espantaban con mis obras que era necesario imaginar estos bichos “en movimiento” para captar toda la realidad que yo quería expresar.








También recuerdo haber hecho algun estudio sobre personajes de cómics que nunca dibujé. Guardo varios de ellos.


¿Se explica alguien ahora cómo es posible que yo siga sin estar encerrado en un hospital psiquiátrico?