4 de marzo de 2006

Ars longa,...

Existe una figura retórica llamada aposiopesis o reticencia, que consiste, en aparente paradoja, en decir lo que no se dice. Para que se hagan una idea más cabal recurriré a un ejemplo de lo más apropiado que extraigo del capítulo siete del libro segundo de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy:

–‘Mi hermana quizá’, dijo mi tío Toby, ‘no querrá que un hombre se acerque tanto a sus ****’. Poned estos guiones, – y se trata de una Aposiopesis. – Qiutad los guiones, escribid Posaderas,– y se trata de una Grosería. Borrad Posaderas, poned en su lugar Caminos-cubiertos, y se trata de una metáfora;...

Pues bien, esta pedante introducción viene al caso porque me ha dado por titular este pequeño escrito de manera reticente y deben leer en él, en el título, no lo que pone, sino lo que le falta de cierto conocido aforismo de Hipócrates. Y dicho o escrito esto entro en harina y, además, por uvas.

Traje aquí hace poco la curiosa invención de cierto noble inglés, sir Kenelm Digby. El polvo de simpatía, o ungüento simpático o como quieran llamarlo era aún más fabuloso que el mismísimo bálsamo de Fierabrás que, como todo el mundo sabe, procede de los restos de aquel con que fue embalsamado Jesucristo y que rescató en tierra santa cierto francés de feroces brazos. No es sorprendente que tan insólito producto naciera de manos de sir Kenelm. Parece ser en su caso tradición familiar el verse rodeado de cosas asombrosas. Tal vez sea momento de que sepan que su padre, sir Everard Digby, también cuenta con su pequeña historia extraordinaria.

Sir Everard Digby

Sir Everard Digby, “de los más galantes caballeros y uno de los hombre más guapos de su tiempo”, fue acusado de participar en cierta conspiración para asesinar al rey Jaime I de Inglaterra (deporte muy popular en la época) y, consecuentemente, condenado a muerte. Werner Fuld, en su Diccionario de últimas palabras que les nombré el otro día, recoge la historia. Una vez ajusticiado, el verdugo extrajo del cadáver su corazón y, exponiéndolo a la masa allí congregada exclamó: ¡He aquí el corazón de un traidor! Sir Everard, ya sin corazón, todavía pudo afirmar según diversos testigos: ¡Mientes! La cosa en inglés antiguo suena mucho más elegante, claro.

– Here is the heart of a Traytor!
– Thou liest!

En todo caso, no llego a tiempo el hijo con su prodigioso mejunje. Esta curiosa anécdota (aunque seguro que a sir Everard le pareció cosa poco anecdótica) aparece en la vida de sir Everard Digby que escribió el anticuario John Aubrey, conocido y reconocido autor de biografías breves publicadas bajo el original título de Brief Lives (¿habían caído ya en mi aposiopesis inicial?).

John Aubrey

Aubrey conoció a Thomas Hobbes, cuya biografía escribiría después, estudió en el Trinity College y fue miembro de la Royal Society, a la que también perteneció sir Thomas Browne y que después sería parodiada por Jonathan Swift en la Real Academia de Lagado (hay que ver qué pequeño es el mundo). Además de escribir vidas (como otros cuyo juego no desvelaré aquí) es autor de una Historia Natural de Wiltshire y una curiosa Miscelánea.

Hasta donde tengo noticia, no existe traducción española de las Brief Lives de John Aubrey, pero al menos dos de ellas han sido vertidas a nuestro idioma por alguien que quizá les suene, don Tito Monterroso, condenado a aparecer por estas páginas hasta el fin de los días. Ambas se encuentran recogidas en el volumen que lleva por título La vaca y son las correspondientes a Tomás Moro y Desiderio Erasmo.

Hace tiempo, allá por los inicios de este blog, cuando me preocupé por la polución, les traje por aquí la de Tomás Moro para hablarles de Sir William Roper de Eltham. Les ahorraré el viaje hasta aquel escrito reproduciéndolo aquí.

Así, según Tomás Moro, los utópicos, “en la elección de cónyuge, siguen con toda seriedad una práctica que a nosotros nos parece muy extraña y ridícula. La prometida, ya sea virgen o viuda, es expuesta desnuda a los ojos del pretendiente por alguna matrona grave y honesta; a su vez el novio es presentado ante la muchacha, igualmente desnudo, por un hombre respetable. Y como nosotros censurásemos riendo tan absurda costumbre, admirábanse ellos, por su parte, de la necedad de otros pueblos que, mostrándose muy cautos al adquirir un caballo que, al fin y al cabo, cuesta poco dinero, rehusándose a comprarlo, aunque lo vean en cueros, si no se le quita la silla y despoja de todos sus arreos, no sea que bajo éstos se encubra alguna matadura, procedan con tanta ligereza en la elección de cónyuge, que puede llenar de solaz o pesar el resto de la vida” (Tomás Moro, Utopía). Entre nosotros, sin embargo, tan razonable práctica sólo se encuentra documentada en Sir William Roper, de Eltham.

Me explico, al hilo de ésto en las Brief Lives, de John Aubrey (1627-1697), concretamente en la de Tomás Moro, puede leerse: “En su Utopía se establece como ley que las parejas jóvenes deben verse el uno al otro completamente desnudos antes de casarse. Sir William Roper, de Eltham, en Kent, se presentó una mañana muy temprano a ver a Milord para pedirle en matrimonio a una de sus hijas. Ambas hijas de Milord se encontraban dormidas juntas en una cama en la recámara de su padre. Milord introdujo a Sir William en la recámara, y tomando la sábana por una esquina la levantó de pronto. Ellas estaban sobre sus espaldas con el camisón leventado a la altura de las axilas. Cuando despertaron se dieron vuelta inmediatamente y quedaron sobre sus barrigas. Dijo Roper: - He visto ambos lados- y pasándole la mano sobre las nalgas a una de ellas la escogió diciendo: Tú eres mía” (Trad. por Augusto Monterroso e incluído en su obra La vaca).

Ésta preocupación por que a uno le den gato por liebre a la hora de contraer matrimonio es muy común entre los utopistas clásicos. Francis Bacon, también biografiado por Aubrey, en su Nueva Atlántida, hace decir a uno de sus habitantes:

«...En un libro de uno de los vuestros autores he leído de una imaginaria república, donde a los futuros esposos se les permite verse uno a otro desnudos antes de los desposorios. Aquí esto les desagrada, pues les parecería un escarnio dar una negativa después del conocimiento de tal intimidad; pero a causa de los ocultos defectos que pueden tener los cuerpos de hombres y mujeres, tienen una costumbre mucho más cortés. En las cercanías de cada pueblo hay un par de estanques [llamados los estanques de Adán y Eva] donde se permite que uno de los amigos del hombre, y otra de las amigas de la mujer, les vean bañarse, privadamente, desnudos».

Las vidas de Aubrey no fueron escritas pensando en su publicación y, en consecuencia, están llenas de episodios que podrían haber sido considerados ‘políticamente incorrectos’ y eliminados de haber tenido en mente su publicidad. As private, manuscript texts, the 'Lives' were able to contain the richly controversial material which is their chief interest, dice la Wikipedia al respecto. Uno de los más jugosos pasajes se refiere precisamente a uno de los caballeros más políticamente incorrectos de la historia inglesa y ha dado lugar a una curiosa expresión: Swisser Swatter.

El caballero en cuestión no es otro que sir Walter Raleigh, mujeriego sin par que, asediando, con todo éxito, a cierta dama contra un árbol logró que su víctima acabara profiriendo tan pintorescas palabras. Así lo relata Aubrey:

`Sweet Sir Walter, what do you ask me? Will you undo me? Nay, sweet Sir Walter! Sweet Sir Walter! Sir Walter!' At last, as the danger and the pleasure of it at the same time grew higher, she cried in ecstasy, `Swisser Swatter Swisser Swatter.'


Sir Walter Raleigh

Y por seguir mezclándolo todo sin orden ni concierto recordemos que Sir Walter Raleigh fue el principal sucesor de Rodrigo de Jerez al introducir el tabaco en Inglaterra. Se cuenta, ignoro si Aubrey lo registra, una curiosa historia que sitúa a Sir Walter entre los mártires de la causa. Como siempre, se la dejo en palabras de Caín.

Todos los colegiales ingleses conocen la historia de sir Walter Raleigh, a quien otra persona (en este caso un criado) encontró en su casa echando humo por la boca, la nariz y las orejas –o, al menos, eso parecía. Creyendo que su amo estaba ardiendo, el sirviente «lo empapó con cerveza»... Raleigh, como De Xeres, terminó en el patíbulo, pero sólo años más tarde y por causas distintas a fumar en la cama.

Y si les intriga saber cuáles fueron esas causas recuerden que ya les dije que las conspiraciones para derrocar a Jaime I fueron un popular deporte en su época. La de sir Walter fue otra, distinta de la de sir Everard. Y ahora, por no extenderme demasiado, detengo mi mano no sin antes prometer continuar estas letras por el lugar que menos se esperen.