20 de marzo de 2006

De vuelta

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero quienes lo dicen no entienden de imágenes ni de palabras. Por no saber, hasta desconocen qué imagen es capaz de expresar con claridad lo que siete palabras afirman de forma evidente, a saber, que una imagen vale más que mil palabras. Por la misma razón, sólo una imagen puede expresar esta prolongada ausencia mía y es todo lo que voy a dejar aquí al respecto.

Pero además de la explicación que no voy a darles, también siento que les debo una disculpa y no tengo empacho ninguno en dársela: siento mucho haberles privado de su ración de pedante martirio en este humilde rincón. A veces faltan las fuerzas y supongo que por eso, hace años, Eric Clapton cantaba aquello de Oh Lord, give me strength to carry on (si han visto Peter’s Friends, es la canción que suena durante el brumoso amanecer).

La grandeza y miseria de los blogs reside en un mismo hecho, en su carácter personal. Detrás (y a veces delante) de cada uno hay una persona, es decir, un saco de limitaciones, entusiasmos, miedos, ilusiones, desilusiones, éxitos, fracasos, ideas, majaderías y todo eso que llena los días hasta que éstos dejan de existir. Son, o deben ser, en definitiva, humanos. Con sus altibajos. Un auténtico blog, o más bien, su autor, debe conocer por igual las más altas cumbres y las simas más insondables si quiere poner algo de vida en sus absurdas letras. Pero no quiero ponerme muy trascendente porque ni es mi estilo ni mi costumbre.

Además, de alguna manera, no publicar, ahora lo sé, produce una suerte de tranquilidad espiritual porque, por más que uno se empeñe en racionalizarlo, al fondo siempre persiste un extraño y visceral sentido de la responsabilidad y la obligación que todo lo estropea. No sé ustedes, pero lo poco de valor que yo he podido escribir, estoy convencido de ello, ha surgido de los momentos en que no me he sentido ni obligado ni responsable. Y así ha de seguir siendo mientras no sea capaz de sentirlo de otra forma.

Tal vez cuando sepa para qué demonios abrí este blog las cosas cambien y cobren otro sentido. Ahora sólo tienen el que tienen si es que tienen alguno. Tal vez cuando sepa si pretendo algo con estas letras descubra una dirección en la que avanzar. Mientras tanto me limitaré a golpear el teclado por si aparece algo de valor.

Me dijo de madrugada un tipo en el Savoy: “Muchacho, la literatura es en apariencia algo tan sencillo como poner las palabras en cierto orden. Lo malo es que pruebas y nunca aciertas. Y entonces, maldita sea, comprendes que en acertar con el orden consiste también la lotería”.

Por no dejar a alguno con la intriga les cuento que este Savoy es un local nocturno situado en Nueva York, ciudad a su vez situada en la cabeza de José Luis Alvite. Cierto caballero que ayer, al igual que Alvite, celebró su onomástica y con el que me he visto embarcado en alguna que otra aventura decidió hace un par de años participar en cierto proyecto editorial y, lo que es más, arrancar su andadura rescatando para su publicación las Historias del Savoy que este caballero compostelano, me refiero al propio Alvite, tiraba a la papelera una vez aparecidas en diarios o leídas por la radio.

El Savoy tiene su encanto, al menos para mí, por muchas razones, entre ellas el hecho de estar lleno de humo.

Suprimirle el humo al Savoy sería como limpiarle la sangre a Cristo y convertirlo en un surfista hawaiano.

Un texto que no le hace justicia (sólo el conjunto se la hace) pero que no puedo resistirme a transcribir aquí, tal vez les anime a conocer el Savoy, un lugar en el que ha tocado hasta el mismísimo Charlie Parker.

Tiene razón Francisco. Dice que la técnica se ha depurado tanto que lo que menos se mira a un tipo para firmarle un disco es la voz. Hemos alcanzado un nivel técnico tan depurado, que se le podría grabar un CD de éxito a un tipo que llevase menos de ocho años muerto. En el mercado ahora lo que importa es la presencia física y abrir las cervezas con el ano. A las chavalas les miden el talento por la talla del sujetador y a María Callas le dirían: “¡Lástima de voz! Te falta el careto y las proporciones. Vuelve cuando tengas tetas, nena”.

Además, a los treinta años eres viejo en España. Dentro de poco, en los asilos las monjas sólo admitirán a tipos de menos de cuarenta. Las viejas figuras de la música ligera sacan sus trabajos a escondidas y matan el tiempo plantando mármol en el jardín. Con un taburete y una guitarra ya no vas a ninguna parte, muchacho. Tienes que recorrer el escenario a saltos, lanzarte contra el público, sudar como un minero, si quieres llegar lejos en las salas de verano.

¡Dios Santo!, Serrat y compañía casi parece que no existieron nunca y que sus últimas fotos artísticas se las hizo el fotógrafo de “La última cena”. No podrían competir con Bisbal, con Bustamante, con Chenoa, por citar sólo a tres de estos muchachos que alcanzaron la cima cuando apenas habían leído algo más profundo que las instrucciones del Clearasil y su currículum eran tres cursos de taekwondo por correo y tres maneras disntintas de usar el papel higiénico con los pantalones puestos. Les pilló tan jóvenes la posteridad, maldita sea, que la última foto de Bustamante antes de salir en la portada de un disco, probablemente se la hicieron sentado en el coche de la autoescuela. Y ahora, ahí les tienes, amigo, en lo más alto, recorriendo España y cruzando el charco, tersos como lacones, triunfantes, arrolladores y fluorescentes, ¡tan creídos!, tan autopropulsados, ¡joder! Que como si tal cosa, serían capaces de contratar a Dios de telonero.

Pero vuelvo a enrrollarme cual persiana, lo que no era, como siempre, mi intención. Hoy tan sólo se trataba de regresar aquí, así que, de momento, dejemos que la imagen anterior sea sustituída por esta otra de una verja que pronto volverá a abrirse para dejar escapar una vez más mis obsesivas memeces.

Y ahora, dejo aquí constancia de qué me anda rondando la cabeza para servir por aquí a ver si el compromiso me trae las fuerzas necesarias para hacerlo.
  • Barcos: hace mucho que no traigo barcos por aquí y recuerdo haberles prometido hablar de los que me gustan. Pues bien, pronto llegarán unos barcos con mucha clase cuyo nombre empieza y termina con J.

  • Tres reyes: No hay constancia de que los reyes magos fueran tres, de hecho ni siquiera la hay de que fueran reyes. Pero hay otros tres reyes de cuyos méritos y grandeza no cabe dudar. Procuraré demostrárselo.

  • Tapihi no está sola. Utopía, la Ciudad del Sol, la Nueva Atlántida y muchas otras islas no andan muy lejos de ella. Tal vez sea buen momento para un repaso geográfico de todas ellas.