27 de marzo de 2006

Reflexión terminal

Sé que les tengo prometido traer por aquí una serie de asuntos. Llegarán, se lo aseguro. Pero permítanme hoy dedicar estas líneas a otra cosilla. No es que sea cuestión de especial interés, pero como este blog es mío y hago con él lo que me viene en gana, pues eso, que me tienen que aguantar tal y como soy. O voy siendo, que es conjugación mucho más precisa y adecuada a la realidad.

Me encuentro en estos momentos, por utilizar la terminología de las autoridades sanitarias, desplazado. Si prefieren el lenguaje militar, debería escribir ‘destacado’ y si lo que les va son las expresiones cotidianas la cosa podría resolverse con un escueto ‘estoy de viaje’. Cosas de tener que buscarse las habichuelas allá donde éstas se encuentren y consecuencia de la natural tendencia de las mismas a ubicarse a desmano.

Gracias a este desplazamiento he tenido ocasión de disfrutar de la gloriosa y flamante nueva terminal del aeropuerto de Barajas, singular monumento llamado a contarse entre las maravillas del mundo y predestinado, sin ninguna duda, a la eternidad. Mucho se ha escrito sobre ella desde su reciente inauguración. Es cierto que se ha sembrado cierta ‘alarma social’ por el caos inicial, de dimensiones ajustadas a las de la propia terminal y los sufridos viajeros se han resignado a aparecer por allí con varias horas de antelación no vaya a ser que los azares del destino se alíen con las modernas tecnologías allí instaladas para impedir el normal desarrollo de algo tan simple como subirse a un avión. No deja de ser curioso que este problema, convenientemente resuelto por el resto de medios de transporte desde hace varios siglos sea en el caso de la aviación comercial toda una odisea. ¿Se imaginan los mismos trámites para coger el metro?

Debo dejar aquí constancia, no obstante, de que en mi caso todo funcionó a la perfección, de que no advertí diferencia alguna con ningún otro gran aeropuerto del mundo y de que tengo la impresión de que gran parte de lo dicho o escrito al respecto lo ha sido por gentes que no deben haber visto un aeropuerto en su vida. Si no, no se entiende tanta queja por las ‘terribles distancias’ que debe uno recorrer o la ‘pesima señalización’ cuando ésta es, con la excepción que les señalaré más adelante, correcta y suficiente. Supongo que todo se debe a la moderna afición por hacer escándalo de cualquier cosa hasta el punto de haber multiplicado el número de ‘escandalómanos’, esto es, de individuos incapaces de pasar un solo día sin su dosis de escándalo o espanto. Si se fijan en los telediarios actuales, al menos en los españoles, comprobarán que todos ellos procuran, antes que informar, contribuir a que sus fieles seguidores se echen las manos a la cabeza ya sea por alguna salvajada internacional, por cierta corruptela municipal, por algún error arbitral (futbolístico, claro) o por algún luctuoso suceso de especial truculencia.

De todas formas, que mi viaje se desarrollara con normalidad y sin contratiempos no quiere decir que no merezca algún que otro comentario y/o apreciación. Además, lo de los contratiempos no es del todo cierto porque mi vuelo sufrió el tradicional retraso que a estas alturas considero natural y hasta exigible, caso de no producirse. Recuerdo que hace tiempo alguien, con buen criterio, cayó en la cuenta de que muchos de los gritos, altercados y actos de vandalismo cometidos o protagonizados por los pasajeros afectados por un retraso se debían a una insuficiente ‘política de información’ (así la llaman), vamos, a que a nadie se la pasaba por la cabeza decirle a ningún pasajero qué demonios pasaba con su vuelo, aquel por el que había pagado una suma considerable aunque ya nadie lo recordara. Gracias a tan perspicaz constatación, hace un tiempo se estableció una serie de ‘causas de retraso’ en absurdo afán de normalización, que se comunican convenientemente a los pasajeros sin que la cosa parezca haber tenido efecto positivo alguno. Algunas de estas causas son verdaderamente arcanas, como las misteriosas ‘causas operativas’. Otras, como la que a mí me tocó, tan sólo maltratan el lenguaje. ‘Llegada tarde del avión’. Digo yo que los sustantivos, y ‘llegada’ lo es, se califican con adjetivos y no con adverbios. Se puede ‘llegar tarde’, pero eso convierte la llegada en ‘tardía’, no en ‘tarde’. Pero en fin, a quién le preocupan estas nimiedades hoy en día.

Lo de la ‘política de información’, de todas formas, tiene su aquel. ¿A quién se le habrá ocurrido la peregrina idea de que lo que el pasajero quiere saber es si su avión ha llegado tarde, tiene una rueda pinchada, le falta un tornillo, sufre goteras, le ha cogido vicio el junquillo o tiene que pasar la revisión de los 50.000 km? Lo que ese caballero (o señora) quiere saber es cuando leches va a despegar su avión o si va a hacerlo algún día, si tiene derecho a ser indemnizado o alojado en un hotel, y cosas así. El tornillo por lo que se ve, no es al avión al que le falta.

Además, la nueva terminal nos ha traído novedades informativas sorprendentes, como un sistema de megafonía que sólo se utiliza para anunciar que no se dan avisos por megafonía. Esta sorprendente iniciativa se ve complementada con la recuperación de tradiciones que ya se creían perdidas. Ayer, por ejemplo, tuve ocasión de ver a una empleada aeroportuaria que, con genuina voz de arriero, iba pegando gritos para avisar del cambio de puerta de embarque del vuelo con destino a Málaga. Tal vez debieran haber informado por megafonía a los pasajeros sobre la conveniencia de atender a los alaridos de esta sufrida trabajadora a la que, en mi opinión, no le vendría mal la asistencia de un foniatra.

Ya saben, por mi mano y por muchas otras, de las sutiles maniobras de acoso y derribo que los poderes públicos andan ejecutando contra el indigno y peligroso vicio tabaquil o nicotínico. La T-4, no cabía esperar otra cosa, no podía ser excepción. Sin embargo, da la impresión de que a estos inquisidores contemporáneos les ha faltado la imaginación o la osadía de los de antaño y se han quedado en acciones de exasperante simplicidad, escaso alcance, mínima efectividad y decepcionante creatividad. Que los espacios para fumadores sean escasos, reducidos, carentes de asientos, y no estén señalizados sabe a poco a los que ya le vamos cogiendo el gusto a esto de ser proscritos. Un servidor, sin haber dedicado gran esfuerzo, se siente en condiciones de proponer alternativas mucho más sugerentes.

Por ejemplo, en Melilla acaban de colocar un ‘obstáculo multidimensional’ (no recuerdo ahora el fantástico término con que se referían a él) para impedir la entrada irregular de subsaharianos, que es como se llama ahora a los negros que no disfrutan de las ventajas de la nacionalidad estadounidense. Al margen de que no veo yo razón alguna para esta clase de impedimentos habida cuenta de que la gran mayoría de ellos, de los subsaharianos, muestra mejores cualidades humanas que las de quienes les cierran el paso, lo cierto es que la considero una medida absurda e innecesaria. Una solución mucho más interesante y acorde con las ideas de la política migratoria oficial habría sido elevar la valla actual, no hasta los seis metros como se ha hecho, sino hasta los 6,15 metros y conceder la nacionalidad y una beca olímpica automáticas a todos aquellos que demostraran ser capaces de saltársela provistos de una pértiga. Y el ‘obstáculo multidimensional’ o como quiera que se llame eso bien podría utilizarse para dificultar el acceso a las zonas de fumadores aeroportuarias siempre que se recubriera convenientemente de alambre de espino y demás elementos de una pista americana para gozo y alegría del chino Cudeiro, que no sé si es o no fumador.

El intrépido fumador capaz de sortear tales estorbos y dificultades y alcanzar el ansiado nirvana humeante no debería, en todo caso, prometérselas muy felices. En la actualidad, el cuchitril se limita a cuatro ceniceros de dimensiones calculadas por un no fumador y dos amenazadores artefactos de fabricación alemana que, al parecer, tienen por función ‘extraer el humo’ (en aplicación inversa de otra conocida tecnología de la misma nacionalidad). ¿Qué trabajo habría costado instalar, por ejemplo, paredes móviles llenas de pinchos de acero (alemán, si quieren, que es de renombrada calidad) como las que salían en las películas de Fu-Manchú o, más modernamente, en las de Indiana Jones? ¿Por qué no obligar al uso de grilletes o artefactos de similar molestia? Cabría incluso, y la cosa contaría con el beneficio añadido de crear empleo, contratar a alguien para que se entretuviera dando tobas en las orejas y collejas a quienes por allí deambularan (es verbo irónico, dado el tamaño del recinto) cigarro en mano, boca u oreja.

Debemos al terrorismo internacional la introducción de novedosas costumbres en el mundo occidental y tal vez sea el momento de agradecerle los buenos momentos que nos hace pasar. No hace mucho, el acceso a las zonas de embarque en los aeropuertos era algo gris, aburrido y carente de interés. A día de hoy, por el contrario, la cosa se ha vuelto de lo más divertida. Empezando por el obligatorio striptease que los pasajeros deben ejecutar ante la escrutadora e impasible mirada del vigilante de seguridad de turno.

Se trata, no obstante, de una práctica de reciente implantación que puede mejorarse considerablemente con algunos añadidos que no comportarían grandes costes. Podría, por ejemplo, facilitarse la tarea al viajero haciendo sonar alguna música sensual e insinuante que haga más agradable la tarea. Claro que es posible que no se haya hecho por la más que probable pretensión de cierta ‘Sociedad’ de sacar tajada por cada pieza que sonara o sonase en las dependencias aeroportuarias. Cosas de la cultura, de cierta ‘cultura’, al menos.

En todo caso, parece claro que pronto se generalizará el uso de ropa de stripper, ya saben, esos pantalones milagrosamente compuestos a base de velcro y que se quitan con un simple tirón de la cintura para lucir tanga de leopardo, tigre o buey amizclero, según el gusto y posibilidades de cada cual. Al menos, es mi pronóstico, se generalizará entre aquellos que las compañías aéreas llaman pedantemente ‘frequent flyers’ y que deben estar hasta las narices u otros apéndices de mostrar la ropa interior por los cinco continentes sin la menor muestra de agradecimiento, simpatía o agrado por parte de quienes disfrutan del espectáculo. Porque, digo yo, ¿tan difícil es reconocer el esfuerzo con un pequeño aplauso? No digo que haya que colocar billetes en el tanga, aunque hay que reconocer que a veces la cosa lo merece. Tan sólo un breve aplauso que, no me cabe duda, proporcionaría al pasajero una más que merecida satisfacción.

Hay otras cosas, no obstante, que por mucha inversión aeroportuaria que uno realice no cambiarán jamás. La más eterna, la que seguirá tal y como hoy la conocemos dentro de varias glaciaciones es, sin duda, la imitación de bocadillo de sucedáneo de tortilla que allí se sirve por unas módicas seiscientas de las olvidadas pesetas. Pocas cosas hay que soporten el paso del tiempo como esta singular manifestación de las glorias gastronómicas locales y creo, con sólidas razones, que la comunidad científica hace muy mal en no lanzarse de inmediato a investigar sus milagrosas propiedades. Tal vez el secreto para la erradicación del cáncer, la solución para la construcción de infraestructuras capaces de soportar terremotos de grado 8, un sorprendente aislante térmico o acústico o el microchip del futuro se escondan en tan inocente bazofia sin que a nadie parezca preocuparle en absoluto.

Hace años tuve ocasión de participar en un estudio sobre las consecuencias de la abolición del ‘Duty Free’ en los vuelos intracomunitarios. Descubrí, así de ignorante era yo, que en ciertos países europeos los aeropuertos se financiaban en un porcentaje considerable con los llamados ‘ingresos comerciales’ y no, como ocurría por estos lares, a través de una Sociedad Pública. Más papistas que el Papa, como siempre nos ha gustado ser y cosa que a día de hoy no parece difícil, esta nueva terminal responde a esta otra concepción. De hecho, la T-4 no es, como se nos ha repetido hasta la saciedad, una terminal de un aeropuerto. No. En realidad es un centro comercial que incorpora, como ‘servicio de valor añadido’ la posibilidad de coger un avión. Pero eso, ténganlo claro, es cosa secundaria y de importancia menor. Lo suyo, la razón de ser de esta magna obra no es otra que echar mano al bolsillo del incauto pasajero.

Una vez más, siento resultar pesado, nuestros prohombres se han quedado cortos o han errado el tiro. No sé por qué razón o sinrazón desde tiempos inmemoriales los responsables de estas cosas han creído que lujosos perfumes, ropa de marca, tabaco y alcohol son artículos de primera necesidad para el pasajero aéreo o aviónico. Si se trata de obtener beneficios sería mucho más razonable una oferta más variada y, sobre todo, más adecuada a las verdaderas necesidades y deseos del viajero. Una buena pescadería, por ejemplo, tendría sin duda un éxito notable aunque, es obvio, podría causar alguna que otra molestia, sobre todo en vuelos transoceánicos no preparados para transportar jureles o quisquillas en la cabina de pasajeros. Pero no hay progreso que no comporte alguna desventaja.

Imagino que, como es habitual, tan interesantes sugerencias caerán en saco roto y seguiremos padeciendo la terminal en su estado actual, sin cambio alguno. Seguimos siendo el país del “¡que inventen ellos!” con la circunstancia agravante de que ahora parecen haberse tomado en serio la admonición. Y así, la nación que un día inventó la fregona, el chupa-chups y la siesta se parece cada día más a Suiza, pero sin los Alpes, ni el chocolate, ni el secreto bancario, ni la puntualidad, ni el reloj de cuco y demás prodigios helvéticos por excelencia.

Tal vez sea lo adecuado y conveniente. No soy quién para decirlo. De todas formas, no se tomen esto muy en serio porque me han dicho que el bautizo de fuego, la gran prueba hercúlea todavía la tengo pendiente. Lo verdaderamente heroico, según ciertas informaciones, es pasar por la zona de Llegadas. Tal vez a mi regreso, el viernes próximo, me reencuentre con el caos, el desorden, el jaleo, la ineficiencia, la ineficacia, la caradura, el griterío permanente y el quítate tú que me pongo yo sin los que, reconozcámoslo, no sabríamos vivir los españoles. Ya les contaré.