8 de marzo de 2006

Reflexiones salomónicas

Cierto cruce de comentarios con don JPQ me ha llevado a recordar al rey Salomon. Más de uno pensará que me refiero al tercer y último rey de Israel, tan dotado para la poesía, la arquitectura y el prorrateo, actividades para las que encontró tiempo suficiente a pesar de que “tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas” (Reyes, XI, 3). Más de uno estará equivocado al pensarlo pues a quien había recordado es otro rey, el rey de los indiscretos. Déjenme presentárselo.

Nació en 1886 en Alemania y estudió zoología, cosa de la que extrajo un provecho insospechado, pues parece que le dotó para la discreta observación de sus congéneres sin alterar las condiciones de su hábitat natural. El suceso que habría de cambiarle la vida es buena prueba de ello. Sucedió en 1928, cuando se introdujo con cámara oculta en un juicio y tomó una serie de fotografías.

Aquellas fotografías, publicadas en el Berliner Illustrierte y, al parecer, pagadas a precio de oro, lo empujaron a establecerse como fotógrafo independiente, lo que, a su vez, lo empujó a convertirse en una invisible presencia que todo lo registraba sin que nadie lo advirtiera. En estos tiempos decadentes tal vez la cosa merezca una aclaración, no era un paparazzi sino un reportero. No andaba camuflado entre arbustos a la caza de algún vicio inconfesable de personajes olvidables sino en el corazón de los acontecimientos sociales y políticos, que él retrataba como los naturalistas hacen con el buitre leonado o el lirón careto. El primer ministro prusiano llegó a decir que era posible llevar a cabo conferencias internacionales sin ministros, pero no sin la presencia de éste discreto fotógrafo que se había vuelto indispensable y al que debemos una imagen más humana de las grandes cumbres internacionales, de las que hasta entonces sólo se conocía ‘el retrato oficial’. Con él, llegamos a conocer a los poderosos políticos hasta durmiendo.

También fue pionero del gadget de espionaje.Comenzó ocultando su cámara en un bombín, aunque también recurrió a arreglos florales o paquetes de libros para los mismos fines. Llegó a esconder la cámara en una gaita para inmortalizar una reunión de nobles escoceses, pero cometió el error de vestir una falda con el tartán equivocado y fue explulsado antes de poder realizar ninguna toma.

Cuenta la leyenda que sólo una vez fue descubierto en el ejercicio de su profesión lo que, a la postre, acabaría titulando una de sus instantáneas más conocidas. Descubierto, identificado, señalado, pudo oir como se dirigían a él con las siguientes palabras: Ah, le voila, le roi des indiscretes! Paradojas de la vida, él que había sido siempre todo discreción, pasaría a la historia como el rey de los indiscretos.

Erich Salomon, Ah, le voila, le roi des indiscretes!

Lamentablemente no pudo pasar desapercibido cuando más lo necesitó. En Scheveningen fue detenido por los nazis. Murió asesinado en Auschwitz, junto a su esposa y su hijo. Corría el año 1944 y los aliados acababan de desembarcar en Normandía. Por supuesto, era judío. Su nombre era Erich Salomon.

Erich Salomon

Si tienen interés por él será mejor que recurran a este magnífico artículo y no a mis apresuradas y poco meditadas letras.

El caso es que si recordé a este ‘rey’ fue por cierto post de don JPQ sobre la obra del fotógrafo Daniel Mordzinski en el que puede leerse que ‘muchas de sus “antiguas” fotografías (Vázquez Montalbán, Porcel, etc.) venían de la tradición del “instante decisivo” (HCB) y una cierta estética del “robo” o “reflejo” de la personalidad a través de planos, ángulos, con una cierta vocación pedagógica o psicológica’. Mucho se ha escrito sobre el ‘instante decisivo’ de Henri Cartier-Bresson. Tal vez demasiado y por eso no abundaré en ello aquí. Tan sólo diré que la célebre imagen de un tribunal de des-nazificación que debemos a HCB siempre me pareció un ejemplo soberbio. La imagen es terrible, alejada de otras mucho más amables, pero ilustra a la perfección la idea: observen las expresiones de todos los que figuran en la foto, todas dicen algo. Si me permiten la frivolidad, ¡ni uno sólo tiene los ojos cerrados!

Pero la ‘estética del robo’, del robo de imágenes se entiende, tuvo su pionero en Erich Salomon, un hombre que supo ‘mirar’ (la grandeza de los fotógrafos sólo reside en eso, en mirar, aunque Ansel Adams, que a veces se levantaba pedante, lo llamara ‘gestión de la imagen’). Por eso, en el artículo que antes les enlacé, cuya lectura recomiendo encarecidamente, puede leerse lo siguiente:

...como siempre, el ojo detrás de la cámara era mucho más importante, y pocos fotógrafos desde entonces han duplicado su percepción. Mostraba poco interés por la belleza formal y más por la belleza que surge de una acción captada en su punto más maduro y revelador - lo que Cartier-Bresson, siguiendo el surco que había trazado Salomon, llamaría el “momento decisivo”.