3 de marzo de 2006

Un gran descubrimiento

Frecuento a diario las Extraordinarias Historias de Peluche 2.0 porque resultan amables, simpáticas y agradables. Tiene su mérito preparar todos los días una pequeña curiosidad a la manera de los antiguos almanaques. Ignoro dónde se documenta y si sus fuentes son solventes, pero no es eso lo importante y no suelo cuestionarme lo que allí consta. Sin embargo, el pasado 1 de marzo, don Pelu nos trajo una historia sobre la que quiero puntualizar alguna cosa y a la que añadir alguna otra. La reproduzco aquí casi en su integridad.

Según el Padre Bartolomé de las Casas, en la madrugada del 6 al 7 de octubre de 1492, Cristóbal Colón entabló una airada discusión con Pinzón sobre el rumbo a seguir.

Pinzón quería continuar hacia Poniente, lo que le hubiera conducido a descubrir Norteamérica, mientras el almirante quería orientar la nave hacia Sudoeste, es decir, en dirección a las Antillas.

Finalmente, la discusión quedó resuelta por una bandada de loros que aquella noche volaban dirección Sudoeste. Según Colón "donde hay papagayos, hay oro"..

En realidad ésta es una leyenda muy poco, por no decir nada, documentada. Poco o nada sabemos de los detalles de aquella discusión entre Colón y Martín Alonso Pinzón, aunque sí sabemos que ocurrió. Y sabemos alguna cosilla más al respecto a la que quiero dedicar aquí unas líneas. Pero antes será mejor que les ponga en antecedentes.

Debemos a Fray Bartolomé de las Casas la única transcripción que existe del diario de Cristóbal Colón durante el viaje del descubrimiento de América. Se trata de un documento excepcional, aunque no exento de problemas. Conviene no olvidar que no es el original sino una transcripción. Las Casas conservó en su copia todo aquello que consideró de interés, pero se dejó, por ejemplo, casi toda la información naútica que habría sido de gran interés para conocer los detalles del viaje.

Al parecer, Cristóbal Colón utilizó durante su viaje una carta náutica debida a Toscanelli que hoy se encuentra perdida. Se la nombré de pasada el otro día. Se trataba de un mapa sorprendente para aquella época ya que representaba Europa y Africa al este y ‘las Indias’ al oeste separadas por el inmenso (aunque menos inmenso de lo que realmente es) mar océano. Poco a poco se iba asentando en aquellos tiempos la idea de que existía una ruta occidental hacia las indias, pero nadie la había representado en un mapa de forma tan clara. Una de las múltiples reconstrucciones hipotéticas que se han hecho de esta carta es la siguiente:

Pueden observar al oeste el gran continente de Catai, la actual China y algo más al oriente la mítica isla de Cipango, el actual Japón. Los destinos que Colón se propuso alcanzar en su viaje.

Otro curioso detalle del primer viaje de Colón es su decisión de engañar sistemáticamente a la tripulación para que creyeran haber navegado menos distancia de la que realmente recorrían. Trataba así de tranquilizar a la marinería queriendo que se sintieran más cerca de casa de lo que realmente estaban. Así, Colón estimaba la distancia recorrida cada día y comunicaba a sus tripulantes una cantidad menor. Con los pocos datos rescatados por Las Casas ha sido posible recontruir con más o menos fidelidad las dos cuentas, la verdadera y la falsa, llevadas por Colón. Y lo asombroso es que la falsa es más acertada que la verdadera. Da la impresión de que la impaciencia y el ansia de llegar empujaron a Colón a realizar estimas excesivamente optimistas.

Llegados a este punto, es momento de regresar a la discusión entre Pinzón y Colón la noche del seis de octubre de 1492. Esto es todo lo que sabemos de ella:

6 de octubre
Esta noche dijo Martín Alonso que sería bien navegar a la cuarta del Oeste, a la parte del Sudoeste; y al Almirante pareció que no. Decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el Almirante veía que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra y que era mejor una vez ir a la tierra firme y después a las islas.

Como ven, en realidad la cosa fue al revés de lo mencionado por don Pelu, fue Pinzón el empeñado en virar al sudoeste. ¿Y a cuento de qué venía ese empeño? Una posible explicación, la más razonable a mi juicio, se basa en uno de los hechos más misteriosos de todo el viaje: nadie sabe por qué, pero Colón decidió mantener duranter toda su travesía rumbo oeste a lo largo del paralelo 28. Se ha especulado mucho sobre las razones de esta decisión que, en principio, no tiene mucho sentido. Los vientos no son los más favorables y si hubiera pretendido dar con Cipango (y si el mapa de Toscanelli es tal y como creemos que es) habría sido más razonable navegar algo más al sur para no asumir el riesgo de pasarla de largo. Hay teorías para todos los gustos, incluso alguna muy descabellada, pero todas se quedan en eso, en teorías. Lo único cierto es la obstinación por navegar a lo largo del paraleo 28 y esto es lo que permite interpretar aquella discusión.

He aquí la hipótesis: Pinzón y Colón discuten porque creen estar en lugares distintos. Pinzón, se cree demasiado al norte para alcanzar la isla de Cipango cuya longitud no cree haber rebasado y por eso recomienda virar al sudoeste. Colón, por el contrario, con su cuenta ‘aumentada’, creía haber rebasado ya Cipango por el norte y pensaba en alcanzar directamente Catai (la tierra firme). Me he permitido reproducir la situación (inspirado en o copiando a José Luis Comellas) en la siguiente ilustración. En rojo, la idea de Pinzón para alcanzar Cipango, en azul, la situación en opinión de Colón.

Aún así, al día siguiente y sin haber cambiado de rumbo, se produjo un falso avistamiento de tierra por parte de los marineros de la Niña.

7 de octubre
Como en la tarde no viesen tierra, la que pensaban los de la carabela Niña que habían visto, y porque pasaban gran multitud de aves de la parte del Norte al Sudoeste (por lo cual era de creer que se iban a dormir a tierra o huían quizá del invierno, que en las tierras de donde venían debía de querer venir, porque sabía el Almirante que las más de las islas que tienen los portugueses por las aves las descubrieron), por esto el Almirante acordó dejar el camino del Oeste y poner la proa hacia Oessudoeste, con determinación de andar dos días por aquella vía.

Fueron esos pájaros, tal vez loros, quién sabe, los que aconsejaron desviar el rumbo en busca de tierra, pero es poco probable que Colón dijera nada sobre oro y papagayos. Pero tampoco es cuestión de ponerse muy tiquismiquis por las inexactitudes de esta historia que nos trajo don Pelu. Alrededor del viaje de Colón es tradición cometerlas y hasta los más ilustres han puesto su granito de arena. Guillermo Cabrera Infante, maestro sin par de la lengua, dejó escrito en impecable inglés lo que años después reescribiría en español.

Pero no hay mucha gente que conozca lo mucho que debe Colón a dos marineros insignificantes llamados Rodrigo. (En la España medieval uno de cada tres hombres se llamaba Rodrigo y una de cada dos mujeres Ximena). Fue Rodrigo de Triana el primero en otear América desde el palo mayor de la Santa María.

El problema es que ningun miembro de las tripulaciones de la Pinta, la Niña o la Santa María se llamaba Rodrigo de Triana. A pesar de ello, la transcripción de Fray Bartolomé de las Casas dice muy claramente lo siguiente: Esta tierra vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana. La hipótesis más aceptada es que este marinero era un tal Juan Rodríguez Bermejo, vecino de Triana. Si esto es así, Rodrígo de Triana difícilmente pudo ver tierra desde el palo mayor de la Santa María porque iba embarcado en la Pinta.

El caso es que anduvo entonces Colón recorriendo las diversas islas que iba encontrando hasta que, a tenor de lo que pudo colegir de lo que los indígenas le decían, decidió poner rumbo a Cipango. Pronto llegaría el verdadero gran descubrimiento.

Martes, 23 de octubre
«Quisiera hoy partir para la isla de Cuba, que creo que debe ser Cipango, según las señas que dan esta gente de la grandeza de ella y riqueza...»

Y el 28 de octubre llegó finalmente a Cipango, digo a Cuba, y púsose a costearla (es decir, a navegar por su costa). Entonces, el dos de noviembre, Colón tomó una decisión trascendental que llevaría a ese segundo Rodrigo del que hablaba Cabrera Infante a un descubrimieto de singular importancia.

Viernes, 2 de noviembre
Acordó el Almirante enviar dos hombres españoles: el uno se llamaba Rodrigo de Jerez, que vivía en Ayamonte, y el otro era un Luis de Torres, que había vivido con el Adelantado de Murcia y había sido judío, y sabía dice que hebraico y caldeo y aun algo arábigo; y con éstos envió dos indios, uno de los que consigo traía de Guanahaní y el otro de aquellas casas que en el río estaban poblados.

He aquí pues el segundo Rodrigo que mencionó Caín, Rodrigo de Jerez. Por alguna razón el pobre Luis de Torres, el intérprete de la expedición, no ha pasado a la historia, al menos a esta historia que traigo hoy aquí, a pesar de tener los mismos méritos que su compañero (y eso que la Wikipedia tiene artículo sobre Torres y no sobre Rodrigo de Jerez). Se preguntarán cuáles son esos méritos. Pues habrá que esperar a su regreso, el 6 de noviembre.

Martes, 6 de noviembre
Ayer en la noche, dice el Almirante, vinieron los dos hombres que había enviado a ver a la tierra dentro...
(...)
Hallaron los dos cristianos por el camino mucha gente que atravesaba a sus pueblos, mujeres y hombres, con un tizón en la mano, hierbas para tomar sus sahumerios que acostumbra.


Estos sahumerios los describe con mayor detalle Las Casas en su Historia de las Indias, donde dice “que son unas hierbas secas metidas en cierta hoja, seca también, a manera de mosquete hecho de papel, de los que hacen los muchachos la Pascua del Espíritu Santo, y encendido por la una parte dél, por la otra chupan o sorben por el resuello para adentro aquel humo; con el cual se adormecen las carnes y cuasi emborracha, así diz que no sienten el cansancio. Estos mosquetes, o como les nombraremos, llaman ellos tabacos”. Y así, Rodrígo de Jerez (con la colaboración de Luis de Torres) se convirtió en el descubridor del tabaco.

En realidad Colón ya había visto antes el tabaco, pero desconocía sus usos y placeres (negritas de un servidor).

15 de octubre
... hallé un hombre solo en una almadía que se pasaba de la isla de Santa María a la Fernandina, y traía un poco de su pan, que sería tanto como el puño, y una calabaza de agua y un pedazo de tierra bermeja hecha en polvo y después amasada, y unas hojas secas que debe ser cosa muy apreciada entre ellos porque ya me trajeron en San Salvador de ellas en presente.

Se dice que Rodrigo de Jerez fue el primer occidental en fumar tabaco. Tal vez su fama se deba también a otra leyenda. Se cuenta que una vez de vuelta en España y habiendo cogido la costumbre de fumar fue arrestado por la Santa Inquisición por esa extraña costumbre de exhalar humo por la boca. No vayan a creer que esto de la persecución y acoso a los fumadores es cosa reciente. Pero por no dejar esta historia con asunto tan polémico, permítanme reproducir aquí la recreación de Cabrera Infante de este importantísimo descubrimiento.

Rodrigo de Xeres (cuyo apellido delata que viene de Jerez, cálida tierra de caldos: ya connoiseur de nacimiento) fue enviado por Colón a tierra para buscar oro. De Xeres no volvió con pepitas, pero sí con una noticia verdaderamente nueva: había encontrado la tierra de los hombres-chimenea. Colón se molestó con De Xeres. No sólo había sido incapaz de encontrar oro, como hiciera Polo, sino que volvía con esas patrañas. ¡Una bonita historia! ¿Qué le iba a decir él al rey Fernando? «Majestad, mi avanzadilla me puso una zancadilla». Demasiado sol, demasiado pronto. ¿O acaso quería decir quimera y no chimenea? ¡Demasiado amontillado! Pero De Xeres explicó, con sobriedad, que los salvajes a quienes había observado echaban realmente humo. Como chimeneas. Adondequiera que fuesen llevaban consigo un tubo marrón ardiendo por un extremo. Se colocaban el otro extremo en la boca, y parecían beber del tubo. Después expulsaban el humo por la boca y la nariz. ¡Y daba la impresión de que disfrutaban de ello! El tubo lo encendían con la ayuda de un vademécum que portaba una rama ardiendo. Bonito vicio. De lo más inusual, Señor. Su Excelencia. Quiero decir, Gran Almirante. Colón dijo: «Esto es lo que me gusta de las islas. Que aquí llaman, a los vagos, parias».