4 de abril de 2006

Algo hay que escribir

Reconozoco que acontecimientos diversos (que no divertidos) me tiene algo secuestrado y no comparezco aquí con la debida frecuencia. De hecho hasta me ando pensando concederme un mes de vacaciones blogueriles (de ser así, les avisaré). No hay mal (ni bien) que cien años dure, aunque todavía va faltando una eternidad para alcanzar ese siglo de desgracias. Pero ya saben que no suelo venir por aquí a llorar, así que mejor cambiar de asunto.

Mr preguntó ayer la amiga Ana si a mi regreso me había reeconcontrado “con el caos, el desorden, el jaleo, la ineficiencia, la ineficacia, la caradura, el griterío permanente y el quítate tú que me pongo yo”. Debo decir que no, que no me reencontré con nada de eso. Me topé, para mi sorpresa con otras dos o tres cositas que garantizan la excelente salud de mi estupefacción permanente.

Todo tiene dos caras, o una cara y una cruz. La cara, impensable en este, mi país, hace unos años, es que debe haber alguien en AENA (nota para foráneos y desinformados, AENA es el organismo que gestiona los aeropuertos españoles mientras los estatutos de autonomía no se empeñen en decir lo contrario) de buen corazón. Se preguntarán por qué digo esto.

Tal vez recuerden que hace unos días tuve ocasión de constatar la nula indicación de la situación de los escasos “recintos” (ya no sé qué palabra usar, tal vez ‘corralillo’) para fumadores en la T4. Pues bien, al regreso me vi en la situación contraria. Por lo que se ve, alguien cayó en la cuenta de que no se puede tener permanentemente acosado al fumador sin grave riesgo de disturbios públicos. Tras las horas de espera más las horas de vuelo sin poder fumar, el civilizado fumador se transforma en una bomba de relojería, capaz de explotar al mínimo incidente. Entonces es cuando esta alma caritativa anónima decidió que ya estaba bien, que vale apretar pero no ahogar. Por eso, al final de eso que algunos llaman ‘finger’ y otros ‘puente de embarque’, aunque yo prefiero decir ‘tunelillo’, descubrí una cartelito con un exhaustivo plano de la terminal y la localización exacta de todos y cada uno de los cuchitriles para viciosos. Si al final no van a ser tan malos.

Pero mi auténtico asombro aún estaba por llegar y no tiene que ver con el funcionamiento de la terminal, que fue siempre modélico (ya sé que los telediarios cuentan otra cosa, yo sólo hablo de mi caso). Fue a la salida, al tomar un taxi (por aquí se dice ‘coger un taxi’, pero por deferencia a los lectores argentinos me abstendré de localismos). Lo primero que me encontré fue una ordenadísima cola. No es que sea cosa sorprendente, hace años que comenzó nuestro proceso de ‘europeización’ a la vista del fracaso del intento de ‘españolizar’ Europa. De un tiempo a esta parte nos vamos volviendo algo británicos (no puedo olvidar el viejo curso de inglés del colegio: “English people love making queues”). Todo funcionaba a las mil maravillas, la gente aguardaba ordenada y pacientemente de forma espontánea. Hasta que la cola llegaba al espacio naturalmente destinado para ella. Me explico.

En la terminal, como en cualquier otra terminal, hay una zona destinada para guardar turno para tomar un taxi. El atávico optimismo de los planificadores ibéricos ha llevado, una vez más, a que las dimensiones dicha zona sean varias veces inferiores a las razonablemente necesarias para tal menester dado el volumen habitual de viajeros. No puede decirse que sea un problema que revista especial gravedad. Como les he dicho, los pasajeros son capaces de organizarse espontáneamente y el turno se aguarda con cierto orden. El problema llega algo después, cuando la cola de viajeros alcanza la verdadera zona de espera. Entonces todo lo que parecía un civilizado paraíso se transforma en una celebración del surrealismo gracias a la presencia de “la autoridad”

La “autoridad” la ostentan en aquel lugar una suerte de ‘Agentes de colocación en los servicios de transporte discrecional’, que vienen a ser similares a lo que en sevilla llaman ‘gorrillas’, pero con cargo y sin posibilidad de aceptar (o exigir) propinas. Ya saben lo que pasa en estos países sureños cuanda a alguien se le da una gorra, o una porra, o cualquier otro instrumento que simboliza el poder. Podría ponerme aquí a citar los sesudos estudios sobre la personalidad autoritaria pero se iban a aburrir ustedes al leerlo y yo al escribirlo. Baste decir que los pasajeros una vez comandados por estos ‘agentes del orden’ se ven sumidos en un caos indescriptible.

Las formas son las de siempre. Malos modos, peores palabras. Parece que tratan ganado. De hecho estoy seguro de que creen que tratan ganado y por eso no paran de pegar silbidos y repartir onomatopeyas para dirigir a los viajeros a sus vehículos. De vez en cuando se dignan a pronunciar palabra. Cosas como ‘¡Señoraaaa, no se me despisteeee!’, pronunciado a gritos. Lo asombroso es que la señora, que bien puede ser una turista procedente de la Costa Brava o la mismísima Condoleeza Rice, acata sumisa las órdenes recibidas.

Pero el colmo del desorden no viene provocado por las pésimas formas de estos ‘agentes’. No. La cosa se debe más bien a que a nadie se le ha ocurrido darles un cursillo o similar para que aprendan a manejar con algo de cabeza un curioso mecanismo inventado para facilitarles el trabajo, supongo que por la misma persona que ideó las cuadras para fumadores.

Se trata de un conjunto de postes con unas cintas extensibles que sirven para formar pasillos a lo largo de los cuales se forman las colas. Los habrán visto cientos de veces. Pero estos caballeros (y señora, en mi caso) los uitlizan para componer laberintos que ríanse ustedes del de Creta. Son, además, laberintos cambiantes, porque no pasa un minuto sin que cambien las cintas de lugar. Cuando uno vislumbra el final de la pesadilla y cree haber encontrado una salida hacia el ansiado taxi, llega el gorrilla y le cierra el paso con la maldita cinta.

Bien mirado, puede uno hasta tomarle el gusto. ¿Acaso no hay gentes que en los parques de atracciones pagan por verse encerrados en laberintos? Pues esto es lo mismo, con el aliciente añadido de que la cosa está completada con tres o cuatro minotauros, ya saben, cuerpo de hombre y cerebro de rumiante, que le proporcionan un encanto especial. Sale un poco caro porque al final hay que pagar la carrera del taxi, cosa que me lleva, de refilón, al último episodio de mi aventura. Porque el precio de la carrera del taxi se ve incrementado por un curioso concepto.

Pude habérselo contado en la anterior entrega porque es factor común de idas y vueltas. Les hablo del famoso peaje de acceso. Aquí sí que puedo decir que no he visto cosa igual. ¡1,55 Euros por doscientos metros de carretera! Son casi 1.300 pesetas por kilómetro. De La Coruña a Madrid, por poner de ejemplo mi último traslado, hay 609 kilómetros. De haber un peaje a este precio el viaje se pondría en casi 12.500 euros. ¡Más de dos millones de pesetas!

Qué quieren que les diga. Mi fijé muy bien. Tanto a la ida como a la vuelta y nada, ni el asfalto, ni la señalización, ni los quitamiedos eran de oro. El cobrador no llevaba un Rolex y en el aparcamiento para empleados no se veían Ferraris y Masserattis. Tal vez, en aras del buen gusto, hayan decidido no hacer ostentación. Aunque mucho me temo que la explicación sea otra.

Pero no hemos venido aquí a dar explicaciones, ¿verdad?