18 de abril de 2006

Noticia o noticias

Al fin de vuelta, tras haber sustituido las peripecias terminales por el agradable disfrute de la magnífica red nacional de carreteras en la que,como todo el mundo sabe, nunca pasa nada. Porque estos días mi ausencia blogueril se ha visto completada con la más solvente ausencia física. He estado de viaje.

En efecto, me he pasado los últimos días revisitando los escenarios de mis últimos siete años. No en arrebato nostálgico porque ya saben que eso se me da mejor con un teclado, sino por el puro gusto de hacerlo. Y como siempre que pasan estas cosas, uno acaba constatando que el puñetero planeta no deja de dar vueltas y todas las cosas se empeñan en seguir su curso sea o no éste acertado. Podría escribir, no sé si en paráfrasis o parodia de aquellas otras que Borges escribió acerca de la muerte de Beatriz Viterbo.

... noté que las carteleras de la plaza habían renovado no sé qué anuncio de telefonía móvil; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

Podría escribirlo, sí, pero sería faltar, al menos de forma parcial, a la verdad. Porque lo que ha cambiado no son los lugares sino las personas. O tal vez no han cambiado y sólo la distancia proporciona la necesaria perspectiva para el recto discernimiento de las cualidades humanas. Tampoco es para ponerse a llorar. Entre otras cosas porque algunos siguen siendo muy buena gente, como Osvaldo o Javier (que me consta que a veces pasean sigilosos por aquí) o George y Blanca en cuya casa me alojé.

En buena medida por alejarme de tópico costumbrista y otro tanto por cambiar de tema quiero dar cuenta de cierto descubrimiento que, casualmente ha tenido lugar durante este viaje. Que quede claro que quiero decir un descubrimiento para mí. Para ustedes, habida cuenta de la gran cultura que les supongo, no significará gran cosa.

Se trata de un guitarrista sueco cuyo nombre, Ulf Wakenius, bien puede parecer el de un personaje de mi Bestiario. No lo es. Visiten su página “oficial” y se convencerán además de tener ocasión de escucharle (bájense, por ejemplo, Notes to JC). Nunca podrá reemplazar el lugar que en mi corazón ocupa el gran Joe Pass, pero les aseguro que se trata de un digno sucesor, o heredero, o continuador o lo que ustedes quieran.

No sé por qué me recuerda en cierta forma aquella composición de Teddy Mars que fue adoptada como himno ocifial de Tapihi, el Concierto para doscientos solistas y un acompañante, que nunca ha sido interpretado porque los músicos no se ponen de acuerdo en quién ha de hacer de acompañante, sin duda ninguna el papel más destacado entre todos los intérpretes. Tal vez será porque lo conocí acompañando a Oscar Peterson en un concierto, A night in Vienna, que acaba de editarse en DVD. Si pueden háganse con él (yo ya renuncio a enlazárselo en Amazon para perjuicio de mi bolsillo).

Y el caso es que los ecos de Tapihi siguen resonando en mi cabeza. Ya sé que hace tiempo que he suspendido la publicación de Ficcientos. Sus escasos lectores no deben, no obstante, alarmarse. A su debido tiempo dispondrán de la obra completa porque he continuado su historia. No he dejado de escribir aunque sí de publicar. Tal vez sea conveniente que avance alguna explicación al respecto.

El contenido de Ficcientos, ahora titulado (provisionalmente) Tapihi se ha ido convirtiendo en novela, o en ‘divertimento fragmentario’, que es como me gusta llamarlo. Le han nacido nuevas secciones, Rosario ya tiene su final (que en cuanto lo considere definitivo le enviaré al señor Chin, por ser quién más interés mostró por él). Y todo se ha complicado bastante. Sobre todo por las cada vez más numerosas interrelaciones entre los textos que me obligan, por cada línea que escribo, a modificar todas las demás secciones. Así, a día de hoy, el contenido (siempre provisional) de la obra (si puede llamarse así) es:


  • Falsario: Relato vagamente enciclopédico.

  • Bestiario: Enciclopedia de personajes singulares, vidas ejemplares y otros pájaros de cuenta. Editada por el Instituto Uqbar.

  • Rosario: Narración dispersa de Ulises Molina, escrita a su manera.

  • Breviario: Indagaciones y exégesis sobre la extensa obra (breve) de Alirio Gutiérrez. Por Atanasio Farniente, de la Real Academia de Estudios Profundos.

  • Epistolario: Examen indiscreto de la correspondencia entre Archibald Fenster-Parrish y su hija Marianne (con autorización e introducción de la interesada).

  • Anecdotario: Epítome de las Crónicas de Tapihi de Thomas Wassermeier, comentado y anotado por Sir Rupert Cholmondeley con fotografías del autor e ilustraciones de Archibald Fenster-Parrish. (Traducción de Anastasio Méndez).

  • Perdulario: Estampas de Le Perroquet Bleu.

  • Corolario: Todos los caminos...


Como ven, no es que haya estado inactivo. Simplemente he necesitado alejarme algo de la vorágine de la luz pública (aunque, nuestra Corsaria, tras recibir mi oportuno permiso, ha presentado en mi nombre la biografía de nuestro amigo Jesper a cierto concurso literario, lo que es peligrosa forma de procurarse luz pública). A ello se une el hecho contrastable de que cuanto menos publica uno más se pregunta para qué demonios tiene un blog. Y como nunca he sabido la respuesta, ni nunca la sabré, pues pasa lo que pasa, que la cosa se muerde la cola como las pescadillas y aquel sorprendentemente célebre actor pornográfico y gordito que se hacía llamar Ron Jeremy.

Mi decisión empieza a ser firme. Dejaré que estas Salidas continúen, no sé si renqueantes o a buen ritmo, hasta que cumplan sus dos añitos. Entonces, tal vez sea el momento de plantear eso que los americanos llaman ‘Major Changes’ y que me andan rondando la cabeza desde hace tiempo para volverlas notoriamente más discretas aunque igual de públicas. Ya no soy el que abrió esta bitácora. Tal vez sólo sea eso. Si lo hago saber hoy es precisamente porque se cumplen quinientos días de su nacimiento y me parece cosa digna de celebración.

Nota sobre el rostro de Jesper
Anexo inoportuno (que quería soltar desde hace tiempo)

Cuando redacté el artículo sobre Jesper Henning-Olsen, primero de una serie que constituye una sección de una obra más amplia, tuve claro que el ‘tono enciclopédico’ que quería darle aconsejaba insertar un retrato del biografiado. Desconocedor de las técnicas avanzadas de retoque fotográfico no me quedó más remedio que aprenderlas a la carrera para poder obtener una imagen aceptable.

La fuente original que utilicé fueron tres retratos suficientemente antiguos como para poder ser contemporáneos de mi personaje así como estar libres de derechos de autor. Por razones que no viene al caso, me decidí por tres prominentes figuras científicas.

El primero fue Rudolf Julius Emmanuel Clausius (1822-1888), uno de los padres fundadores de la termodinámica.

Rudolf Julius Emmanuel Clausius

El segundo fue Siméon Denis Poisson (1781-1840), eminente matemático al que debemos interesantes aportaciones sobre las integrales, las series de Fourier y la distribución de probabilidad que lleva su nombre.

Siméon Denis Poisson

Por último para paliar en cierta medida mis incapacidades con el Photoshop, me decidí por un personaje barbudo que pudiera utilizar para ocultar los defectos al unir las imágenes. El elegido fue el físico y químico inglés Sir William Crookes (1832-1919).

Sir William Crookes

Una vez transformadas, invertidas, ajustadas, recortadas y demás tejemanejes, las tres imágenes se conviertieron en Jesper.

Jesper Henning-Olsen

Todo se hizo más fácil entonces. Cada vez que dudaba sobre cómo continuar su historia me bastaba mirarle a los ojos, que ya no eran de Clausius, para encontrar el camino a seguir. Todavía hoy me pregunto cómo hacen los verdaderos escritores para componer sus obras sin poder mirar a sus personajes a la cara.