16 de agosto de 2006

Los castores de la Arcadia

Heme aquí. Acá estoy. De vuelta o de vuelta y media, según se mire. De nuevo sin saber por qué. Sin razón y con la sospecha de que, una vez más, se trata de un error tal vez craso. Tengo para mí que el vicio blogueril es cosa insana. Tras dieciocho meses de ejercicio ininterrumpido y casi dos más de merecido asueto creo poder afirmarlo con cierta autoridad. No sé yo qué demonios puede motivar a alguien para perder el tiempo en dar voces en este mercadillo. Voces que siempre se confunden entre el griterío de esta muchedumbre de la que formamos parte con intención de sentirnos únicos. Pero soy hombre de palabra. Prometí regresar y ahora lo hago. A explicarme dedicaré estas líneas en este escrito de regreso.

Podría decir que a lo largo del último mes las tentaciones de abandonar esta perniciosa práctica han sido infinitas, pero sería faltar a la verdad. Lo cierto es que la tentación ha sido sólo una, aunque continua y sostenida en el tiempo. No pueden imaginar lo tranquilo que se vive fuera de la blogosfera. O tal vez sí puedan. El caso es que un servidor se ha visto muy tentado de poner pies en polvorosa, tomar las de Villadiego, si te he visto no me acuerdo y aquí paz y después gloria.

Bien es verdad que un eventual abandono sin aviso previo habría dividido las opiniones. Algunos podrían haberlo tomado como un acto de cobardía, otros, con más discreto juicio, como un acto de indudable lucidez. Uno, que es de natural enrevesado, no puede evitar la imagen del castor huyendo a la hora de plantear esta cuestión. En sus enseñanzas se inspira mi decisión. Pero antes de seguir, y en atención a aquellos que desconozcan la forma de huir de los castores (me consta que al menos ya hay una persona de lo más intrigada con esto), vaya por delante una breve explicación.


El castor, o más bien su huída, es un lugar clásico común, que es forma pedante de decir que es un lugar común clásico. Desconozco el origen de tan peculiar leyenda, pero ya puede encontrarse en las fábulas de Esopo. Lean aquí la ya olvidada fábula del castor:

El castor es un animal que vive en los pantanos. Ciertas de sus partes sirven, según dicen, para curar algunas enfermedades. Por eso cuando se ve descubierto y perseguido para cortarle las partes, sabiendo por qué le persiguen, huye hasta alguna distancia, sirviéndose de la rapidez de sus pies para conservarse intacto; pero cuando se ve perdido, él mismo corta sus partes, las arroja y salva de este modo su vida.

Plinio, al que llaman “el Viejo” con toda propiedad pues ya tiene casi dos mil años (no ocurre lo mismo con su sobrino, al que llaman “el Joven” aunque no le va muy a la zaga, yo hace tiempo que los llamo “el más viejo” y “el menos viejo”), reprodujo esta misma historia en su fascinante Historia Natural, uno de mis libros favoritos. No es difícil figurarse a qué partes se refiere nuestro fabulista con la palabra “partes”, pero por si alguno tiene limitada la imaginación completaré la historia con clarificadoras palabras de Juvenal.

...imitates Castora, qui se
Eunuchum ipse facit, cupiens evadere damno
Testiculorum, adeo medicatum intellegit inguen

Traduzco: ...como el castor que se hace a sí mismo eunuco, deseoso de escapar, con la pérdida de los testículos, hasta tal punto consciente del filtro mágico que lleva en la ingle. Pues sí. Ésta es la leyenda. El castor perseguido, sabedor de que se le pretende dar caza para arrancarle los testículos, se castra a sí mismo con los dientes dejándolos abandonados para así poder escapar.


No crean que esta afirmación es una rareza de esas que suelo traer por aquí. Es creencia muy extendida en el tiempo y el espacio. Aquellos que recuerden la rica ganancia del yelmo de Mambrino por parte de Don Quijote (1ºParte, Cap. XXI) podrán evocar este pasaje: Dejóse la bacía en el suelo, con la cual se contentó don Quijote, y dijo que el pagano había andado discreto y que había imitado al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, se taraza y harpa con los dientes aquello por lo que él por distinto natural sabe que es perseguido. Fíjense hasta dónde ha llegado.


He podido leer en cierta página web que en la Edad Media las personas poco versadas en latín asociaron la palabra “castor”, de claro origen griego, con el verbo “castrar”, a todas luces latino (Persons of modest acquaintance with Latin assumed that the word castor must be related to the verb castrate). Entre estos incultos ignorantes ha de contarse nada más y nada menos que San Isidoro de Sevilla que, en sus Etimologías, deriva, por este hecho, la palabra “Castrado” de “Castor” (Libro XII, ii, 21: “Castores a castrando dicti sunt. Nam testiculi eorum apti sunt medicaminibus, propter quos cum praesenserint venatorem, ipsi se castrant et morsibus vires suas amputant”). Ya puestos también podían haber derivado la palabra “Casto” por razones más que obvias, pero veo que, como siempre, empiezo a desviarme del asunto que aquí me trae.


Al parecer, los castores cuentan con una especie de glándulas semejantes a testículos sin serlo (entre otras cosas porque ambos sexos disponen de ellas). Su función es desconocida, debiendo entenderse con esto que es desconocida para mí no para los especialistas en castores que vaya usted a saber cómo se llaman. De ellas se extraía una sustancia llamada castoreum que en la antigüedad se consideraba con propiedades curativas y, por lo visto, era muy apreciada para desgracia de los castores.

Mi fuente principal para estas cosas es, como es habitual, el diligente Sir Thomas Browne, que desmonta esta falacia de la autocastración en su Pseudodoxia Epidémica. No hay animal de la creación, entre ellos me cuento, que no sienta un profundo apego por sus genitales y procure conservarlos en perfecto estado de revista por lo que pudiera ser. Además, como he dicho, esas extrañas glándulas del castor no son genitales por más que parezcan estar en su lugar. Sir Thomas lo expresa muy claramente: los testículos se definen por su oficio y no se determinan por lugar o situación. De ahí que puedan tenerse por corbata.

Sin embargo, Sir Thomas admite el valor moral y metafórico de esta creencia:

Si, por ende, alguno afirmare que un hombre sensato deba rebajarse como el castor, que para escapar con su vida no repara en la pérdida de sus genitales, a saber, en ocasión extremada no intentar estrictamente la preservación de todo, pero asentarse en el goce del bien mayor aunque con detrimento y pérdida del menor, podemos aprehender aquí una verdad útil y efectiva. (Pseudodoxia Epidémica, Lib. III, Cap. IV).

En otras palabras, mejor perder los huevos para conservar la vida que perder la vida y los huevos o, lo que resulta manifiestamente peor, perder la vida para conservar los huevos por muy de oro que éstos sean (ya que de huevos hablamos no está de más recordar que el más famoso Cástor de la historia nació de un huevo puesto por Leda, aquella mujer incapaz de defenderse de los cisnes).

En consecuencia, creo que se me ve venir, más me vale arrancarme algunas de estas criadillas que por aquí suelto antes de verme envuelto en más líos de los que soy capaz de afrontar. He dicho y lo repito ahora que no sé por qué estoy aquí. Por alguna razón, probablemente patológica, disfruto con esta chorrada. Mantenerla, ahora lo veo claro, implica rebajarla en su alcance, que nunca ha sido mucho. Vuelvo, sí, pero con mucha más calma y menos dedicación que antaño. Todo sea por el bien general.

De entrada limitaré el ritmo de publicación a una cadencia razonable, una vez por semana aproximadamente sin que deba tomarse como norma o exigencia. Seguiré siendo discreto y silencioso lector de todos los parroquianos y procuraré atender a todo el que a mí se dirija por la vía privada. Pero ya está bien de hablar de mí. Lo dejo aquí, no sea que esto empiece a parecer un blog.