18 de septiembre de 2006

Arranca el proyecto

Tras largas e intensas horas de trabajo y estudio no exentas de diversas penalidades que no creo oportuno detallar vaya aquí, tal y como prometí, la primera entrega de mi edición crítica de las Estampas Tapihianas de Atanasio Farniente. Considero necesaria una advertencia: sean pacientes y no se hagan una idea equivocada, la introducción es, en fondo y forma, radicalmente distinta del resto de la obra.


ESTAMPAS TAPIHIANAS (1)
Por Atanasio Farniente
(Anotadas por Eduardo Allende)

INTRODUCCIÓN (2)

Dura aunque sutil es la carga del autor que se propone atacar en sus discursos la grotesca extravagancia de la sociedad en que vive. Si no dispone de una natural y malsana curiosidad, de una enferma imaginación, de un fino discernimiento; si no añade a estas gracias ingenio vivo, estilo sencillo, erudición limitada y, sobre todo, permanente análisis de la isla en que vive, en vano se esforzará por interesar a sus lectores; sus cuadros se olvidarán con facilidad y serán abandonados como aquellos retratos primigenios de Fenster-Parrish (3) que, por estudiados que estén, no alcanzan la virtud de recordar al original siquiera en algún detalle.

El transcurso del tiempo y los notorios sucesos que han mediado desde los últimos años del siglo anterior han traído a las costumbres de los pueblos nuevas direcciones, tal vez debidas a las bajas pasiones y peores intereses que pusieran en lucha las circunstancias (4). De esta forma, un renano actual se parece bien poco a un contemporáneo del preclaro Wassermeier (5) y en todas partes se observa la misma proporción.

Los tapihianos, aunque menos afectos en general a los antiguos por no haberlos habido en la isla, no hemos podido menos de participar de esta transformación, que se hace sentir tanto más cuanto mayor es la facilidad de las comunicaciones y el trato con los extranjeros (6). Añádanse a estas causas el entusiasmo por las modas foráneas y, sobre todo, la falta de una educación sólidamente tapihiana y se entenderá la necesidad de que nuestras costumbres hayan tomado un carácter mestizo, peculiar del siglo actual, y que no han sido capaces de prever los tibios moralistas o los severos críticos que describieron Tapihi en los años anteriores (7). Y en medio de esta confusión de ideas, tal vez debido a tal extravagancia de usos, nuestras singularidades han resultado cuando menos desfiguradas.

Muchos extranjeros han intentado describir moralmente Tapihi (8); pero o bien se han creado una isla ideal de romanticismo y quijotismo, o bien desentendiéndose del transcurso del tiempo, la han descrito no como es, sino como pudo ser en tiempo de Wassermeier... Y es así como en muchas obras publicadas en el extranjero de algunos años a esta parte con los pomposos títulos de Tapihi o las costumbres tapihianas, El tapihiano, Viaje a Tapihi, etc., etc. (9), se ha presentado a los jóvenes tapihianios enamorando con la guitarra (10); a las mujeres asesinando por celos a sus amantes (11); a las señoritas bailando el aparima (12); al trabajador descansando de no hacer nada; así es como se ha hecho de un domador de basiliscos un héroe de novela (13); de este modo se ha embellecido el Yatch Club y Le Neu Perroquet Bléu, dándoles un aire a lo Franz Kafka, al mismo tiempo que se olvidan nuestros más importantes tesoros, las obras más estimadas de nuestro arte; y así en fin los más sagrados valores tapihianos, la amistad, la despreocupación, la vagancia, el desparpajo, han sido puestos en ridículo y representados como terquedad, desasosiego, estupidez y simpleza.

Pero ¿qué ha de suceder? Viene a Tapihi un extranjero y antes de probar un verdadero basilisco a la albahaca ya está clamando contra los usos y costumbres de la gastronomía que aún no conoce (14); apéase en el Wassermeier Palace, donde se reúne con otros compatriotas que se ocupan exclusivamente de sus pequeñas miserias, y sigue en un todo sus patrios usos (15).

Levántase, por ejemplo, al siguiente día, y después de desayunarse con todos los diarios de su país, se dirige por el más corto camino a casa de algún paisano suyo para tomar un baño y luego almorzar, y saliendo a las tres.

-«¡Peste de isla! no hay nadie en las calles.» (16) -Con lo cual se baja al Perroquet, donde no encontrará quien le sirva un cynar (17)... -«¡Oh le vilain ile!» -Marcha al Yatch Club, encuentra tres cuartos de lo mismo; saca su libro de memoria y anota -«La isla parecereía abandonada de no ser por el atronador estruendo de todos su habitantes roncando al unísono.» -Sale de allí y baja al puerto al anochecer; entonces ya hay mucha gente, pero ya no se ve. -«Las jóvenes mozuelas (anota) pasean por el puerto completamente desnudas de cuello para arriba (18).» -Súbese por el Camino Real, visita a algún lugareño que le ofrece de beber y le entretiene tanto que llega al bingo cuando ya ha terminado la sesión (19): «Los bingos en Tapihi son lamentables.». -Pasan así quince días, vuelve rápidamente a su país, y a poco tiempo «Tableau moral et politique de Tapihi, par un observateur» -y pillando un trozo de aquí y otro de allá, no duda en tomar como divisa el: «Sígame, le mostraré Tapihi.» (20) Y por cierto que el Tapihi que ellos pintan no lo conocería ni el propio Wassermeier.

No pudiendo permanecer tranquilo espectador de tanta falsedad, y deseando ensayar un género que en otros países han ennoblecido elegantes plumas, me propuse, aunque siguiendo de lejos aquellos modelos y adorando sus huellas, presentar al público tapihiano cuadros que ofrezcan escenas de costumbres propias de nuestra isla (21).

Mi intento es merecer su benevolencia. Mis imágenes no serán brillantes pero serán ciertas; mis palabras no serán elevadas sino sencillas. Todo tendrá su lugar en estos cuadros, pero nadie podrá quejarse de ser el objeto directo de mis discursos, pues deben tener claro que se puede pintar sin retratar y, disponiendo de una cámara fotográfica, retratar sin pintar (22). Yo me limitaré a lo primero.

Notas:

(1) Al parecer, el manuscrito original, que se conserva en el Museo de Malas Artes de Tapihi, muestra a las claras el carácter ahorrativo de su autor. Puesto a economizar papel, Atanasio Farniente escribió prácticamente sin dejar margen alguno, con letra apretada y aún más apretados renglones. Algunas manchas sugieren que incluso intentó escribir en los cantos de las hojas. No queda casi espacio en blanco y el texto parece antes una gran mancha de petróleo que un conjunto ordenado de signos y grafías. Este hecho generó (y sigue generando) numerosas dificultades de interpretación a la hora de componer el texto para la imprenta. Durante la revisión de las galeradas Farniente llegó a declarar que no reconocía en modo alguno su obra pero que aquella versión le satisfacía, sin género de duda, mucho más que la que recordaba haber escrito y por tanto no estaba dispuesto a introducir ninguna corrección. Los curiosos siempre podrán cotejar esta edición con el manuscrito original pero, se lo aviso, no es probable que saquen algo en claro. Todo lo más, en oscuro, como el manuscrito.

(2) Farniente compuso esta introducción en apenas cinco minutos por indicación de Gustav Gandolfini, que le estaba ayudando con la edición final y consideraba necesaria una adecuada presentación de lo que el libro pretendía recoger. Tamaña celeridad ha llevado a muchos a creer que se trata de un vulgar plagio aunque nadie ha sabido descubrir la fuente. Lo cierto es que el texto introductorio presenta múltiples elementos extraños impropios tanto del autor como de la fecha y lugar en que fue redactado. Haré valer, no obstante, la presunción de inocencia anotando las inconsistencias y rarezas allí donde tengan lugar.

(3) Resulta curiosa esta referencia por ser anterior a la llegada del pintor a la isla, que se produjo hacia finales de los años cincuenta. Bien es cierto que Archibald Fenster-Parrish ya era una prominente figura en el mundo del arte. Farniente no lo sabía entonces pero no faltaban muchos años para que estos dos grandes hombres se encontraran. Ya habrá tiempo de tratar su relación en mejor lugar. Por el momento baste saber que en su primer encuentro el pintor pidió explicaciones por esta frase, que siempre consideró un insulto. Fenster-Parrish nunca llevó bien que sus retratos se tildaran de primigenios. Por eso, cuando años después se vio en situación de retratar al propio Atanasio Farniente, se despachó a gusto pintándolo con cara de basilisco y luciendo un certificado de exacta correspondencia con el original.

(4) Es cierto que el mundo sufrió graves y notorias transformaciones durante la primera mitad del siglo XX pero parece que este paralelismo con los cambios acaecidos en Tapihi es del todo excesivo toda vez que Tapihi había sido descubierta en 1896 por Thomas Wassermeier y, en consecuencia, la única transformación de que cabe hablar es la que se debe a la llegada de la civilización. Este tipo de afirmaciones, tan mal traídas y poco adecuadas al objeto de su obra, son las que han llevado a muchos a suponer que Farniente copió el texto de otra fuente y no se tomó la molestia de adaptarlo suficientemente. Al menos esa es la tesis de Sir Rupert Cholmondeley (Writings, Vol XVII, Oxbridge, pág. 624), que cita una conversación con Gandolfini en un apacible mesón romano y en la que varias botellas de Castelgiocondo Frescobaldi ayudaron a dar rienda suelta a recuerdos que llevaban mucho tiempo guardados.

(5) No está de más insistir en que ningún renano de los que en la historia han sido se ha parecido gran cosa a Wassermeier que siempre fue ave rara en aquellas latitudes. Su falta de rigor y precisión hasta en las más cotidianas tareas chocaban con la inflexible tenacidad y escrupulosa exactitud de sus paisanos en todo tipo de menesteres. Se cuenta, recordando ciertas declaraciones de Agnes Wiederhausen, que ya en la escuela primaria Wassermeier era incapaz de recitar la tabla de multiplicar con un margen de error inferior al 9%. No parece, por tanto, que el descubridor sea buen ejemplo de las grandes transformaciones sociales acaecidas. En todo caso lo sería de las nuevas patologías psiquiátricas que los tiempos modernos han traído.

(6) El trato con extranjeros en Tapihi era por aquel entonces obligado ya que, con excepción de las dos familias aborígenes que Wassermeier encontró allí, todos lo eran. Las comunicaciones con Tapihi, por el contrario, han sido siempre harto dificultosas al no conocerse su exacta localización. Si en un principio cabía atribuir este despiste a las peculiares rarezas de su descubridor, a día de hoy parece claro que son los propios tapihianos los que se encargan de ocultar muy mucho y con toda diligencia las coordenadas precisas de su patria y hogar. A tenor de su actual situación sólo cabe concluir que hacen pero que muy bien.

(7) No se sabe de crítico o moralista que se haya ocupado jamás de Tapihi en sus textos. Con excepción de las Crónicas de Tapihi de Wassermeier nada se había escrito sobre la isla por aquel entonces así que no está nada claro a qué se refiere Farniente. Desde luego, este tipo de frases refuerzan la tesis del plagio, sobre todo por lo que se verá en el siguiente párrafo en el que el autor insiste en la falsa afirmación de la existencia anterior de una literatura de costumbres sobre Tapihi anclada en folklóricos lugares comunes. Me remito a la siguiente nota.

(8) He de insistir: esto es radicalmente falso. Si existe un territorio sobre la faz de la tierra que jamás ha llamado la atención de poetas y filósofos, ese es Tapihi.Ya sea por ignorancia, ya por desdén, los hombres de letras han preferido dedicar su ingenio a tratar sobre absurdos lugares como la Atlántida, la Ciudad del Sol o Balnibarbi. Por más que se empeñe Farniente en proclamarse heredero de una larga tradición que se propone enderezar su obra es, en cierta medida, pionera. Abrir caminos siempre ha sido tarea ingrata. Por ello, a veces pienso que esto no es más que un reflejo de la angustia de Farniente al adentrarse en un territorio inexplorado. Un autoengaño, en suma.

(9) Ninguno de estos títulos ha sido jamás encontrado, posiblemente porque jamás hayan existido. Hace unos años el librero judío Moisés Achabowski, que había dedicado su vida a la localización de rarísimos ejemplares, aseguró disponer de un juego completo, pero no conviene tomarle muy en serio ya que su catálogo incluye joyas como un Lazarillo de Tormes firmado por su autor y un Biblia hebrea dedicada, de puño y letra, por San Lucas a un compañero de petanca (sin que a nadie resultara sospechoso que el santo firmara como “San Lucas” antes de haber sido canonizado). Dando por hecho la inexistencia de tan extraños libros, se me ocurre que tal vez Farniente tuviera en mente aquellas palabras de Borges que declaraban preferible limitarse a resumir y comentar los libros no escritos a redactarlas efectivamente. De ser así, cabría entender su crítica de forma mucho más sugerente, pero será mejor que deje de calentar la imaginación del lector.

(10) He aquí otra sospechosa licencia literaria ya que, aunque hoy existe una gran afición por ella, en Tapihi nunca hubo guitarras hasta la llegada, en 1965, de Teddy Mars. Es cierto que existía un instrumento tradicional bastante parecido, una especie de diminuto ukelele cuya caja de resonancia estaba hecha con un coco y tenía dos cuerdas hechas con tripa de basilisco. Todas las fuentes coinciden en afirmar que su sonido era de lo más irritante por lo que no cabe pensar que los jóvenes tapihianos lo usaran en sus escarceos amatorios.

(11) Es ésta una de las más intrigantes afirmaciones de esta introducción ya que en Tapihi jamás se ha registrado crimen alguno, pasional o no. En líneas generales el tapihiano ha sido siempre de natural relajado y los celos son un concepto desconocido en la isla.

(12) El aparima es una danza tradicional polinesia que jamás se ha bailado en Tapihi entre otras razones porque la cultura local abomina de cualquier cosa que tenga reglas. Como curiosidad creo interesante señalar que Wassermeier fue un apasionado del foxtrot aunque, por respeto a las costumbres locales, sólo lo practicaba en la intimidad y ayudado por una buena dosis de cerveza.

(13) Probablemente haya aquí una velada crítica a La zanahoria y el palo, la novela que Harald Gómez estaba ultimando por entonces y que siempre fue muy criticada por Farniente. Los miembros de la redacción de la revista Cartas Tapihianas tenían por costumbre someter sus manuscritos al severo juicio de sus compañeros. Ninguno más severo que el de Atanasio Farniente que solía descalificar con socarronería no exenta de sarcasmo cualquier página que se le ofreciera. De hecho, en cierta ocasión y por ponerle a prueba, le entregaron una escena del Ricardo II de William Shakespeare que despachó declarando “no soy quién para opinar sobre literatura infantil”. Gómez había discutido numerosos pasajes de su obra con Farniente, que juzgaba del todo inapropiado a su protagonista. Cuando publicó la reseña de la obra, Farniente escribió: “Hacer de un domador de basiliscos un héroe novelesco es un despropósito de calibre semejante a convertir a un viejo hidalgo en caballero andante. Ningún lector en su sano juicio podría tomárselo en serio”. Sin embargo, el protagonista de Harald Gómez estaba inspirado en un personaje real, el domador de basiliscos Thadeus Winkelkraut, nombre artístico de Panayotis Papadopoulos, que a su vez es el nombre que utilizó el limpiabotas Gjergj Bushati para escapar de Albania haciéndose pasar por marinero griego. Se cuenta, no obstante, que en realidad Bushati es la identidad falsa que le proporcionaron los servicios secretos al fresador bielorruso Arvidas Romaschenko, que en realidad era una agente del KGB llamada Ludmila Ajmátova, que había cambiado de sexo para infiltrarse en una fábrica de torpedos con la misión de desmantelar cierta conjura de la que poco ha podido saberse. Sea o no verdad, lo cierto es que nadie antes había logrado que un basilisco pedaleara en una pequeña bicicleta y eso, claro está, le había reservado un lugar en la historia por insulsa que resultara su vida anterior.

(14) El basilisco a la albahaca, plato típico por excelencia, nunca ha sido muy apreciado por los visitantes extranjeros a los que, por lo general, disgusta su sabor ácido y penetrante olor. Hace ya tiempo que a los turistas se les sirve siempre pollo hervido jurando y perjurando que se trata de basilisco y hasta el momento ninguno se ha quejado. Es más, la mayoría regresan ciertamente felices de haber degustado tan exótico animal.

(15) Poca razón llevaba Farniente al quejarse de la falta de integración de los extranjeros en la sociedad local. Él mismo era uno de ellos e hizo lo mismo que todos los demás, aportar su granito de arena en la creación de ese extraño híbrido que es hoy la sociedad tapihiana. De hecho, de no haber sido así, Tapihi sería en la actualidad uno de tantos islotes que sólo sirven para hacer postales.

(16) La siesta en Tapihi es un deber sagrado y no es fácil encontrar a nadie sobre esa hora. No se tiene noticia, no obstante, de ningún turista que haya faltado a una costumbre que a todos satisface. Además, tampoco hay nada mejor que hacer a esas horas en que el calor disuade de cualquier tentación.

(17) El cynar, aperitivo de alcachofa, es la única bebida inexistente en Tapihi, que se precia de disponer de la colección más completa de bebidas espirituosas del mundo. Fue voluntad de Thomas Wassermeier cerrar las fronteras de su reino a este brebaje del que, al parecer, guardaba muy malos recuerdos. La prohibición de importar cynar es en realidad la única normativa aduanera de la isla. De todas formas, jamás ha sido necesario aplicarla ya que a nadie le ha interesado nunca probarlo. La palabra de Wassermeier siempre ha sido muy respetada y si él decía que era repugnante nadie ha osado dudarlo.

(18) Es cierto que la moral sexual de Tapihi es bastante laxa y este tipo de escenas es habitual. Pero no es menos cierto que nunca han causado escándalo. De hecho es imposible escandalizar a un tapihiano cosa que este mismo año ha quedado demostrada cuando la cantante Madonna incluyó Tapihi en la programación de su última gira. Avisada de las más que probables carcajadas que sus desesperados intentos escandalizadores producirían, suspendió finalmente el recital para alivio de los lugareños.

(19) Otro elemento para la sospecha. En Tapihi no hay ni ha habido salas de bingo desde que existe la memoria. Los tapihianos encuentran ese juego tedioso y absurdo y saben de mil y una maneras de pasar el rato de forma más agradable (no creo necesaria una enumeración que, por lo demás, siempre resultaría insuficiente). La forma de entender el azar de los tapihianos juega además en contra de este tipo de diversiones. Este tema está mucho mejor desarrollado en Breviario, el último libro de Atanasio Farniente, que pone en boca de un tal Alirio Gutiérrez los fundamentos de la concepción tapihiana de la fortuna. No es cuestión, por tanto, de abundar aquí en ello. Baste saber que en Tapihi los conceptos de necesidad y contingencia se interpretan exactamente a la inversa de lo habitual. De ahí, por ejemplo, que se trabaje por casualidad y se disfrute por necesidad.

(20) Da la impresión de que en todo este pasaje Farniente tiene un modelo en mente que pretende descalificar. De dónde se lo ha sacado es cosa de lo más misteriosa porque no se alcanza a ver sentido en la crítica de lo inexistente. De tratarse de un texto copiado éste sería uno de los pasajes que más chirrían al no haber sido adaptado convenientemente al tema y propósito de la obra que pretende prologar.

(21) Se ha hecho notar que en Tapihi el costumbrismo carece de sentido. Sus reducidas dimensiones y el hecho de que toda la población se conozca personalmente impide el establecimiento de tipos y pautas. Tal vez esto explique el éxito de los artículos de Farniente. Lo que en cualquier otra parte puede ser tomado como un retrato de costumbres en Tapihi no pasa de la categoría de chisme. Tengan en cuenta que para el lector tapihiano todos los personajes son conocidos y perfectamente reconocibles aun cuando no se les nombre.

(22) No es muy conocido el hecho de que Archibald Fenster-Parrish se inspiró en esta frase para crear una de sus más célebres series, la que lleva por título Leica Motif cuyos cuadros andan dispersos por los más influyentes museos del mundo. Al parecer, a Fenster-Parrish le resultó muy sugerente esta idea de retratar sin pintar y se puso a ello con un entusiasmo diríase que juvenil. Encargó una cámara fotográfica por correspondencia y durante seis meses abordó un proyecto similar al de August Sanders con sus “Hombres del siglo XX”. Su intención era retratar a todos los tapihianos sin excepción que, todo hay que decirlo, no eran muchos. Con el tiempo descubrió que su idea no era tan original y que la mayor parte de los servicios policiales de los países occidentales ya habían hecho algo similar así que resolvió abandonar el proyecto. Dado que ya llevaba hechos unos doscientos retratos y no queriendo desperdiciar tanto material, dedicó el año siguiente a pintar bucólicos paisajes con florecillas y ovejas por la parte de atrás de las fotografías. Así, todos los cuadros de esta serie tienen en su reverso, que en realidad es anverso, el retrato de algún isleño aunque tan sólo cierto museo de Amsterdam ha tenido el valor de exponer la obra por ambos lados. Se trata, curiosamente, de un retrato de Atanasio Farniente.