13 de septiembre de 2006

Notas anotadas

Estos días he estado ocupado en la relectura de cierto librillo que, no hay por qué negarlo, me ha proporcionado cierto regocijo. Me refiero a las Estampas Tapihianas de Atanasio Farniente, un curioso aunque oscuro volumen que merece, por muchas razones, que le dedique aquí unas líneas. Una de ellas, tal vez la más irrelevante, es que me he embarcado en cierto proyecto sobre el que les daré noticia hacia el final de este texto. Antes de seguir será mejor que les presente obra y autor, no necesariamente en ese orden.

A los más fieles tal vez les suene el nombre de Atanasio Farniente. Es el autor de Breviario, obra de madurez que recopila indagaciones sobre un tal Alirio Gutiérrez. Lo que tal vez desconozcan es que Farniente es tapihiano de adopción. Llegó a la isla hacia finales de los años treinta y allí concibió, gestó, redactó y publico toda su obra conocida (es de suponer que también la desconocida). Es ésta y no otra la razón de mi interés por ella.

Son muchos los que han tachado sus páginas de plomizas, tediosas, cargantes o soporíferas simplemente porque no alcanzan a vislumbrar su grandeza de miras, inusitada elevación, exacerbada dignidad, agudo ingenio e insondable hondura. Y si son tantos los que no lo vislumbran no seré yo quien les lleve la contraria por no buscarme más líos de los que ya sufro. Pero puedo afirmar con toda la rotundidad de que soy capaz que Atanasio Farniente fue un intelectual de los pies a la cabeza que albergaba innumerables inquietudes culturales entre pecho y espalda. Todo le interesó y a todo se dedicó con no poco esfuerzo y tesón en pos de la inalcanzable cumbre de la sabiduría. Más que un erudito puede decirse que fue un erudazo(1) y en cada una de sus líneas se aprecia tal cúmulo de direcciones del pensamiento que puede hablarse con toda propiedad de autor browniano.

Por todo esto Atanasio Farniente jugó un importante papel, no siempre reconocido en todos su méritos, en los círculos culturales isleños. Poco o nada se recuerda hoy de tan peculiar pensador y artista cuando las enciclopedias andan llenas de personajes al menos tan mediocres como él. Que yo sepa, tan sólo Sir Rupert Cholmondeley le ha dedicado algunas líneas de su vasta obra(2) y ello simplemente porque les unía una gran amistad.

Con toda probabilidad, las razones de tan injusto olvido se deben a que su obra pública, es decir, publicada, no está a su altura como pensador y literato. Por alguna oscura razón Atanasio Farniente sólo enviaba a la imprenta obras mediocres, insulsas, simples en su concepción y pobres en su resolución. Algunos de sus discípulos han querido ver en esta actitud algo premeditado aunque lo más probable es que careciera de criterio para juzgarse a sí mismo. He ahí la paradoja. Su certero juicio para todo lo divino y humano se veía considerablemente nublado a la hora de aplicárselo a sí mismo.

Intentaré hoy, en la medida de mis posibilidades, hacer justicia a este ignorado autor con algunas pinceladas probablemente insuficientes para formarse una idea cabal. Al fin y al cabo es lo que hago siempre, producir textos insuficientes(3).

Atanasio Farniente nació en un pequeño pueblo de Málaga en el seno de una familia de origen italiano. Al parecer, sus padres huyeron precipitadamente de Calabria al considerar que cierto malentendido familiar sólo podía resolverse poniendo tierra de por medio, cuanta más mejor, si se quería evitar el recurso a las armas de fuego. Se cree, sin que haya forma de confirmarlo, que Giuseppe, su padre, había construido un títere de madera que de forma harto misteriosa había cobrado vida. Hasta ahí la cosa no presentaba mayores problemas a pesar de su innegable singularidad. Éstos llegaron cuando al muñeco de marras le dio por ir largando por ahí lo primero que le venía a la cabeza. Como quiera que el susodicho era más bien proclive al vilipendio y los calabreses crédulos hasta el hartazgo no hubo forma humana de evitarlos. Así fue como su cuñado, Carlo, acabó convencido de que Giuseppe disfrutaba de los favores sexuales de su prima(4) y, lo que era peor, de los del rebaño de ovejas que atendía. No hace falta señalar la especial gravedad que ambas cosas revisten desde la perspectiva de los pastores calabreses, para los que la virtud familiar y la castidad pecuaria son sagradas.

Giuseppe, de natural bondadoso, creyó inicialmente posible convencer a su cuñado de la impostura del monigote instándole a apreciar el notorio crecimiento del apéndice nasal de éste al proferir sus infames difamaciones. Sin embargo Carlo no atendió a razones si es que puede llamarse razón a semejante frivolidad. “¡A mí lo que me están creciendo son los huevos!” le gritó antes de salir raudo en busca de su escopeta de caza(5).

No es cuestión de abundar aquí en tan truculenta historia que, en todo caso, toca muy de refilón la que aquí me traigo. El caso es que Giuseppe y Claudia, recién casados, huyeron en un carromato con el que recorrieron la costa mediterránea. Durante algún tiempo se ganaron el sustento con un rudimentario espectáculo ambulante de títeres ninguno de los cuales llegó a cobrar vida propia, pero al final el itinerante devenir acaba por cansar hasta al nómada más recalcitrante y en razón de tan innegable verdad resolvieron establecerse en un pequeño pueblo de Málaga y dedicarse al comercio de esparto. Allí nació Atanasio.

No hay constancia alguna de qué pueblo pueda ser ese. Sir Rupert Cholmondeley insiste en que se trata de Comares, pero jamás ha aportado prueba alguna de ello. Allá él. Ya se sabe cómo son los catedráticos británicos y sus excentricidades (6). De lo que sí hay constancia es de que pasó enormes privaciones durante su infancia en las que ha querido verse el origen de su proverbial tacañería. No seré yo quién insista en tan mecanicista concepción de la psique humana. Al fin y al cabo, ya dijo Sancho que cada uno es como Dios le hizo y aún peor muchas veces.

Ya desde niño Atanasio mostró un exageradso interés por todo lo que significara o significase cultura e intelectualidad. Andaba siempre de un lado a otro manejando libros descomunales las más de las veces impresos en letra gótica. Nadie supo nunca de dónde demonios los sacaba ya que no los había por allí. Tiene su lógica, por tanto, que tan inaudita afición despertara la curiosidad de los lugareños hasta el punto de que todos los martes, día de mercadillo, el niño fuera expuesto en un tenderete para asombro de la concurrencia. Allí, junto al chaval estudiando con denuedo y recitando de memoria la lista de los reyes godos en orden alfabético inverso, sus padres colocaban una escudilla para que propios y extraños colaboraran con algunas monedas en la manutención del muchacho habida cuenta de que el mercado del esparto andaba algo más que estancado(7).

Con el tiempo este inicial asombro se transformó en orgullo. Todo el pueblo sentía como suyos los progresos educativos del muchacho y, llegado el momento, el alcalde organizó una colecta para financiar sus estudios universitarios que fue muy bien acogida. No llevó ni dos semanas disponer de suficientes recursos para que el muchacho pudiera escoger entre los más prestigiosos centros universitarios del mundo entero.

Fue entonces cuando una lectura superficial, típica de la alegre juventud, del poeta tapihiano Kavafino Konstantis tuvo una influencia definitiva. En el corazón de Atanasio se encendieron pasiones que culminarían, años después, en su establecimiento definitivo en Tapihi. Me refiero a los conocidos versos que dicen:

Amadas voces ideales
de aquellos que han muerto, o de aquellos
perdidos como si hubiesen muerto.

Algunas veces en el sueño nos hablan;
algunas veces la imaginación las escucha.

Y con el suyo otros ecos regresan
desde la poesía primera de nuestra vida –
como una música nocturna perdida en la distancia.

Aquellas, al decir del editor, eran las voces de Tapihi, las voces perdidas que sólo la imaginación puede escuchar. El editor no era otro que Sir Rupert Cholmondeley, máxima autoridad reconocida en la obra del poeta. Atanasio, deseoso de intercambiar pareceres con Sir Rupert decidió sin asomo de duda que debía estudiar allí donde tan excelso catedrático repartía sus saberes, la Universidad de Oxbridge.

En Oxbridge, al menos al principio, Atanasio Farniente fue un estudiante destacado que dejó imborrables recuerdos tanto en las aulas como en las tabernas. En las primeras por su especial aplicación en todas las disciplinas; en las segundas por su falta de aplicación a la hora de pagar las cuentas. Ni que decir tiene que la asignación mensual que se le enviaba desde su pueblo natal apenas daba para un par de lápices, una goma de borrar, escuadra y cartabón, un sacapuntas y tres o cuatro cuadernos de hojas cuadriculadas tamaño cuartilla(8). No es de extrañar por tanto que Atanasio, apremiado por los impulsos juveniles, desarrollara una especial habilidad para echar de forma disimulada tragos de todas las jarras que los demás estudiantes dejaban desatendidas por un instante.

Por aquel entonces Sir Rupert Cholmondeley, que había sido nombrado tutor de Atanasio, trabajaba en su monumental edición de las Crónicas de Tapihi de Thomas Wassermeier. La ingente tarea de investigación que llevó a cabo y que culminó en una publicación en treinta y siete volúmenes de un relato que apenas contaba setenta páginas se vio especialmente bendecida por la ayuda prestada por el entonces estudiante.

Como todo ayudante comenzó encargándose del suministro de café para el maestro, pero pronto se hizo indispensable en tareas de mucho mayor alcance. El propio Cholmondeley agradecería los desvelos de su pupilo en la introducción de la obra con estas palabras: “...por último no quiero olvidar los servicios prestados por mi asistente , el joven estudiante Atanasio Farniente, sin cuyo concurso este trabajo no habría llegado a buen término. A él debo que siempre mis lápices estuvieran afilados, el brasero encendido, la cena en su punto, mi cama hecha, el baño limpio, mis axilas depiladas y mi periquito correctamente alimentado permitiéndome, en consecuencia, los necesarios sosiego y paz de espíritu imprescindibles para la elevada tarea que me había propuesto”.

Se ha supuesto que en las horas dedicadas a asistir al catedrático Cholmondeley se encuentra el nacimiento del obsesivo interés de Atanasio Farniente por la isla de Tapihi. Sea o no así, lo cierto es que sobre esas fechas comenzó a dedicarse en cuerpo y alma a investigarlo todo sobre aquella pequeña roca en medio de la inmensidad del Pacífico. Al principio procuró que la cosa no interfiriera en demasía en sus estudios, pero pronto lo que parecía una brillante carrera académica empezó a torcerse. Durante el tercer trimestre Atanasio Farniente comenzó a faltar a las clases de esgrima(9) y con ello llegó el primero de muchos suspensos.

Durante la vacaciones de verano, ya apercibido por las autoridades académicas que le habían instado a cambiar de actitud o abandonar la institución, Atanasio decidió interrumpir sus estudios y poner rumbo a Tapihi. Corría el año 1937 y poco sabía sobre la localización exacta de tan exótico destino, cosa que en nada le arredró. Resuelto en su objetivo y ayudado por el entusiasmo Atanasio inició así un largo camino de dos años recorriendo a ciegas el océano en busca de su paraíso. Hay noticias de su paso por Tonga, Kiribati y las islas Cook, todas ellas bastante alejadas de su destino final. Llegó a su ansiada isla en septiembre de 1939 y tuvo ocasión de conocer a Wassermeier en persona con quien hizo, a pesar de que estaba en las últimas, muy buenas migas.

Pronto comenzó a colaborar en la revista Cartas Tapihianas, fundada cinco años antes por Arthur Brandauer, Gustav Gandolfini, Leonidas Antúnez y Harald Gómez, de los que ya habrá ocasión de hablar en mejor ocasión. Se trataba del único medio impreso existente en Tapihi por aquel entonces. Al principio sus colaboraciones fueron esporádicas pero en junio de 1942, tras algunos éxitos menores, vio la luz la que sería una sección fija durante los siguientes cinco años. Llevaba por título Con ojo cítrico, en desafortunado juego de palabras que pretendía sugerir una acidez que jamás asomó por sus textos.

Con ojo cítrico pretendía ser un retrato a medio camino entre la sátira y la evocación sentimental de la vida y costumbres cotidianas de la isla que le había acogido. Sus temas siempre fueron de lo más variado aunque tenían como denominador común el hacerse eco de todos y cada uno de los cotilleos que llegaban a sus oídos. De ahí su éxito inmediato porque la indiscreción siempre se ha contado entre las cualidades humanas más arraigadas.

Con el tiempo, la natural inmodestia que todos poseemos en algún grado empujó a Atanasio Farniente a reunir todos sus escritos de costumbres en un único volumen, el que llevaría por título Estampas Tapihianas y que propiciaría que a partir de entonces hubiera de cargar con el apodo de “el estampao” (10). Es verdad que su estilo costumbrista es detestable y rescatan lo peor de tan chato y romo género literario. Pero no es menos cierto que muchas de las historias que contienen resultan cuando menos jugosas. Si no les recomiendo que se hagan con un ejemplar no es porque no lo considere de interés sino porque resulta extremadamente difícil hacerse con alguno.

Hasta donde yo sé sólo existe una edición, la original de 1954, que en realidad fue autoedición ya que el propio Farniente corrió con todos los gastos y molestias de la misma. Ni siquiera el inefable Aquende, ducho donde los haya en localizar extravagancias en las librerías de viejo, ha sido capaz de encontrar un ejemplar. El que tengo ahora en mis manos es, en consecuencia, una suerte de incunable que me fue regalado hace años por cierta persona cuyo nombre es mejor no desvelar para no dar lugar a malentendidos.

El libro se divide en dos partes tituladas, respectivamente, Paisaje (Dimes y diretes) y Paisanaje (Idas y venidas). La primera de ellas recoge el material de su sección Con ojo cítrico. La segunda procede de la columna semanal que publicó entre 1948 y 1950 en la revista cultural El Maleante, y que llevaba por título un juego de palabras aún más abominable que el anterior: Retrato hecho. Se trata de una serie de semblanzas de personajes tapihianos muy reveladora de la vida isleña de la época. Si en la primera parte se nombra el pecado pero no el pecador, en esta segunda se describe al pecador sin mencionar sus pecados de forma que sólo el lector agudo y perspicaz podrá establecer la exacta y apropiada correspondencia entre pecados y pecadores aunando el material de ambas partes.

Reconozco que las Estampas tapihianas me han hecho pasar muchas horas gratas y gracias a ellas conozco infinidad de anécdotas acerca de la que hoy he llamado isla de mis desvelos. De hecho puedo decir que las he estudiado a fondo y que pocos son, si alguno hay, los que conozcan todos sus entresijos con mayor detalle que yo. Por ello estoy seguro de que tanto el lector medio como ustedes, a los que considero por encima de la media e incluso del calcetín, se perderían muchas de las cosas que esconden y atesoran.

Juzgo, pues, muy necesaria una edición crítica de la que hoy en día carecemos y, a la vista de que no parece haber quien se decida a afrontar esta tarea con más y mejor tino, he resuelto tomarme la libertad de hacer mis pinitos en tan arduo campo. Así, me he lanzado a anotar, un poco a vuelapluma, lo reconozco, la edición que poseo. El resultado es el que procuraré ir ofreciéndoles por aquí, de cuando en cuando, según avance en mi propósito y si las voluntades, tanto la propia como las ajenas, me lo permiten.

Debo señalar, no obstante, que tan alta aspiración ha encontrado ya desde su comienzo algunos obstáculos que quisiera poner hoy aquí de manifiesto antes de que nadie se llame a engaño. Pues si bien es cierto que a lo largo de mi carrera profesional me he visto obligado a pergeñar y componer textos de corte más o menos “académico”, no lo es menos que jamás había abordado algo tan ambicioso y que exige un excelente dominio del arte de la anotación. Excelencia de la que, de más está decirlo, carezco por completo(11).

Anotadores, lo que se dice anotadores, la historia nos ha traído unos cuantos. En el olimpo de la disciplina está, ya se lo presenté hace tiempo, Robert Burton, preciso diseccionador de melancolías, acompañado del más famoso opiófago de cuantos en el mundo han sido, el señor Thomas De Quincey. Ambos andan muy lejos de lo que hoy en día se anota en academias y universidades. En una tesis doctoral actual es posible, aunque improbable, encontrar una frase luminosa, sugerente, insinuante, que pide a gritos que se la exprima sin piedad para extraerle todo su jugo; que reclama un comentario detallado de todas sus implicaciones; que invita a analizar su historia desde la noche de los tiempos, a conocer todos sus precedentes y cómo llegó a cobrar aquella forma; que demanda, en definitiva, todo un ensayo. Lo normal, sin embargo, es encontrarse con que remite a una nota similar a ésta:

Plat. Tim. (91B-C), Ov. Met. i,625 y HA, vii, 4.

Cuando no al sempiterno

Loc. Cit.

Es mi intención alejarme de este paradigma anotador en todo lo posible. No veo de qué puede servirles estar informados de que en determinado pasaje Farniente recrea un fragmento de Heráclito. Considero de mucho mayor interés indagar en la siempre laberíntica relación entre obra y autor sin olvidar que cada línea siempre es, ante todo, un autorretrato, por encima de cualquier otra cosa. Creo, además, que toda anotación debe tener por propósito antes distraer que informar(12), antes despistar que orientar. Así he decidido afrrontar el ejercicio que quiero traerles por aquí, resuelto a confundirles de todo corazón. Ya veremos si lo consigo.



Notas:

(1) Esto no lo digo yo, sino el mismísimo Agustín Castañón, fundador y presidente honorario del Centro Tapihiano de Estudios del Diminutivo y del Aumentativo, Maravaza.
(2) Writings, Vol. XVII, pp. 623 y ss., Oxbridge
(3) Y qué mejor ejemplo de insuficiencia que este mismo párrafo, a todas luces incompleto.
(4) De la que se dice que guardaba un asombroso parecido con una conocida actriz que no hace falta nombrar.
(5) Debo confesar aquí que no he sido capaz de averiguar el calibre de la misma.
(6) No está de más recordar que Sir Rupert todavía es recordado en Oxbridge como el primer profesor en impartir sus lecciones vestido de lagarterana.
(7) Cualquier manual de historia económica cuenta con páginas y páginas acerca de la gravísima crisis del esparto y no creo necesario abundar en ello.
(8) Según se desprende de la rigurosa contabilidad con que Atanasio daba cuenta de sus disposiciones de efectivo.
(9) A pesar de haber despuntado con sable y florete desde sus primeras lecciones.
(10) Otra tradición asegura que el sobrenombre se debe a cierto impúdico tatuaje localizado en una aún más impúdica parte de su anatomía y así lo hago constar aquí.
(11) De ahí estas notas que tienen un doble objetivo: que yo vaya practicando y que ustedes se vayan haciendo a ellas.
(12) He aquí un buen ejemplo de esto que les digo.