25 de septiembre de 2006

Una de imbestigación

Después de haber soportado con encomiable estoicismo lo que aquí solté la última vez que asomé, creí que se merecían un cierto aligeramiento de contenidos. Me pareció oportuno traer por aquí algunas de las reflexiones del teólogo tapihiano Nathaniel Jesús Fernández-Waddington en justo contrapeso de mi anterior entrega. Pero las cosas se torcieron un poco. No es que se torcieran gran cosa, lo justo para que renunciara a mi propósito y dedicara las líneas de hoy a otra cosa. Quede pues Fernández-Waddington en lista de espera y vaya yo a una modesta (por mi condición) denuncia.

El caso es que andaba yo ayer preparado una serie de documentos de corte más o menos profesional cuando me dio por tomarme un descansillo. Imprudente, encendí el televisor y topé con cierto programilla miserable. Normalmente no le habría prestado atención. Habría cambiado de canal con la mayor celeridad que mis falanges hubieran permitido. No lo hice porque en la pantalla y para mi asombro estaba cierto personaje del que no está de más que los programadores televisivos, tan impermeables ellos, sepan algunas cosillas.

Les pongo en antecedentes. El reportajillo consistía en una supuesta investigación de eso que algunos dementes llaman “psicofonías” (‘el sonido del espíritu’, vaya tela). Una intrépida reportera que se confesaba “escéptica” pasaba una noche en un caserón abandonado en compañía de este caballero al que quiero referirme hoy. Luego se les veía “analizar” las grabaciones en una computadora (reproducirlas en un editor de ondas, para entendernos; “analizar”, por lo visto, no es nada más que eso). Finalmente, como apoteósico final, la reportera confesaba que empezaba a creer en estas majaderías.

Supongo que se preguntarán por qué me llamó la atención semejante bobada. Lamentablemente las programaciones televisivas están repletas de idioteces semejantes. Además, el programilla en cuestión no es más que una vulgar mezcolanza, a partes más o menos iguales, de truculencias (si son sangrientas, mejor), cotilleos, pseudoerotismo de baja estofa y sensacionalismo. ¿Por qué preocuparse?

Pues bien, me llamó la atención porque el señor en cuestión, que tiene nombre, Pedro Amorós Sogorb, acaba de ver desestimada una demanda que él mismo interpuso contra el diario El Mundo a propósito de las denuncias de este último sobre la estafa de las nuevas caras de Bélmez. La sentencia, que se ha hecho pública hace unos días declara probadas cosas tan jugosas como que la Sociedad que el susodicho dice presidir no existía (y eso que expedía títulos “académicos” previo pago). Si quieren conocerla al completo visiten En ocasiones veo fraudes. ¿No sabían de esto los responsables del programa o es que les trae al fresco presentar como importante y respetado investigador a un señor al que le han pillado con el carrito del helado en más de una ocasión? ¿Por qué siguen apareciendo estos “parapsicólogos” o “misteriólogos” en todas las cadenas por más que vayan quedando al descubierto todas sus majaderías?

Hace unos días, en amable discusión con nuestra corsaria particular, tuve ocasión de recordar el famoso caso del cosmonauta fantasma. Otro caballero de la misma calaña, el inefable Íker Jiménez, dio por cierta la existencia de un misterioso astronauta soviético que no era más que una ficción creada por el fotógrafo Joan Fontcuberta para una de sus exposiciones. Éste es el nivel de “investigación” de estos caballeros y la razón por la cual hace tiempo que se conoce como “imbestigación” (¡si han llegado a decir que han entrevistado a personajes de ficción!).

Y así hasta el infinito. Tenemos deambulando por nuestro país una recua de “imbestigadores” sobrados de desfachatez, ávidos de echar mano al bolsillo del incauto e incapaces de aceptar una crítica ni mucho menos argumentar en contrario. Que florezcan por doquier, que su negocio sea más que rentable, es cosa que bien merece las explicaciones o disculpas de los responsables de la política educativa de los últimos cincuenta años.

Frente a estos caraduras existe toda una red de críticos escépticos más o menos organizados que procuran desenmascarar todas y cada una de sus tropelías. Pero, al parecer, sus voces no llegan a los programadores televisivos. Por lo visto la argumentación lógica y la prueba fehaciente no son armas suficientes para echar por tierra el catálogo de bobadas que estos individuos esparcen. Por ello, no está de más que cada uno aportemos nuestro granito de arena para que todo esto sea de general conocimiento. Toda la información que les comentaré a continuación procede de estos voluntariosos escépticos. Procuraré enlazárles la mayor parte pero, en todo caso, colocaré al final una lista, no exhaustiva, de algunas de las páginas que frecuento.

Una de las cosas que siempre me ha llamado la atención es que el señor Amorós, alicantino él, practique lo que la Real Academia Española de la Lengua llama “concordancia a la vizcaína”, que tan lejos le queda. Así, se llama fundador y presidente de algo que llama “el SEIP”, aclarando que las siglas se corresponden con esto: “Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas”. Es decir, hablamos de “el Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas”. Y tanto insiste en ello que hasta su página web se llama así, elseip punto com.

El señor Amorós, por lo que se ve, ha difundido un currículo de lo más sorprendente. Pueden echarle una ojeada aquí. En él, por ejemplo, consta que es “ingeniero informático”, afirmación desmontada por Javier Cavanilles en el diario El Mundo, edición Comunidad Valenciana, de fecha 22 de abril de 2002. Lo cierto es que el señor Amorós, que no aparece en ningún registro del Ministerio de Educación con tal título, no ha sido capaz de aportar la más mínima justificación de semejante afirmación, lo que contrasta con el detalle referente a su “Master en Parapsicología Superior por la Academia Europea de las Artes y las Letras con el nº 18/1998 reg. 9832”.

Podrán ver en el anterior currículo que el señor Amorós “ha colaborado” con la CNN o la BBC, cosa que Mauricio-José Schwarz ya se ha encargado de desmentir a través del sencillo método de dirigirse a dichas instituciones (véanlo aquí y aquí). Por lo visto, en otras versiones se llega a afirmar que ha sido asesor de la serie televisiva Expediente X aportando como prueba una carta, en español, dirigida por él a Chris Carter. Por supuesto, la productora de la serie comunicó en su día a El Mundo la inexistencia de esta “asesoría”. Algo similar ocurrió con la afirmación de que había colaborado en el Proyecto SETI. En fin, que poco queda en pie salvo ese curioso master con tanta numeración que imparte una academia que he sido incapaz de localizar en la web (torpe que soy).

En fin, ya ven, éste es el personaje. Un caballero que concede, previo pago de 290 eurazos de nada, diplomas en parapsicología en nombre de una sociedad que hasta hace bien poco ni siquiera existía. Con respecto a los cursos, la sentencia a que antes me referí afirma lo siguiente:

...no siendo cierta la afirmación efectuada por el hoy demandante del interés mostrado por la Universidad de Cambridge para convalidarlos. El demandante manifestó en el acto de la vista que dichos cursos dejaron de impartirse debido a los pocos alumnos con los que contaban, aunque lo cierto es que en la actualidad aparecen contenidos en la página web del demandante donde se recoge el temario, evaluaciones, así como el correspondiente Boletín de inscripción con las cuotas a pagar por dichos cursos.

Por si quedan dudas, aquí está el enlace.

Supongo que ya irán entendiendo por qué me asombra que este caballero siga saliendo por televisión como si tal cosa. Pero hay otra cosa que me asombra aún más y es la capacidad de estos individuos para retorcer las palabras y los argumentos hasta extremos delirantes. Es lo que ha hecho con esta sentencia otro de los misteriólogos oficiales del reino, el señor Bruno Cardeñosa.

Pueden seguir el extenso catálogo de perlas soltadas por el señor Cardeñosa al hilo de esta demanda en el blog de Javier Armentia, pero yo me quedo con su “interpretación” de la sentencia. Asómbrense: “...podría pensarme incluso, en descarga de la jueza, que por temor a la relevancia pública de su sentencia y en previsión de críticas en los medios de comunicación ha decidido lavarse las manos con una sentencia salomónica que facilitara el recurso de los abogados, para que, intencionadamente por parte, de ella otra instancia más impersonal dejara las cosas en su sitio­ que ahora tiene en sus manos todos los argumentos para que se sentencie a su favor”. No encuentro palabras, pero sí, han leído lo que han leído. Cardeñosa abunda en ello para mejor ilustración de todos:

Gracias al texto de esta sentencia, pese a todo, la victoria de Pedro Amorós está mucho más cerca. La moral ya la tiene. La legal, si hay cordura, en breve. Los mismos acusados son conscientes de ello. Por error, o con intención, el contenido de la exposición de la jueza ha sido un paso adelante.

¿Qué hacer ante semejante “argumentación”? Y mientras tanto, Benedicto XVI preocupado por encontrar un gran Logos que posibilite el diálogo. Ironías de la vida, ¿verdad?.

Les dejo aquí una pequeña lista de páginas y blogs dedicados al desmantelamiento de toda esta superchería y estupidez y a la defensa de l pensamiento crítico y racional. Les aconsejo que se den una vuelta por ellas y comprueben el nivel de desfachatez a que llegan algunos con tal de sacarse unas perrillas vendiendo misterios. Encomiable esfuerzo el de estos críticos pero, por lo visto, insuficiente.

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