22 de septiembre de 2006

Viernes de ira

Disculpen los fieles de esta parroquia porque hoy, sin que sirva de precedente, toca ponerse serio (no mucho, pero porque no doy para más). Confío, en todo caso, en que sabrán comprender la imperiosa necesidad que tengo de sacarme de encima lo que sigue. Procuraré que no se repita. Si se aburren, siempre pueden recurrir a mi curso de filosofía en dos patadas, una y dos, para ahorrarse el mamotreto de hoy. Mamotreto que viene, no digan que no les avisé, de lo más cargadito. Pero llegó el día. Hoy es ese “viernes de ira” convocado por el ‘civilizado’ Yusef al Qaradaui y creo que conviene referirse algo a este asunto.

He estado, supongo que les ocurrirá lo mismo, de lo más sorprendido por las llamadas “reacciones” ante la lección pronunciada por el Papa Benedicto XVI en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona. Ali Jamenei lo calificó de “último eslabón de una cruzada”; Yusef al Qaradaui, como he dicho, ha instado a los musulmanes a “expresar su ira” este mismo viernes; por todas partes arrecian turbas vociferantes quemando efigies y arrasando con lo que encuentran, y hasta se ha llegado al asesinato de una monja en Somalia. Al parecer, Mohammed el Gadafi, hijo de nuestro querido Muammar (sí, aquel que dice que cuando una mujer “no menstrúa, se embaraza” y, claro, le sale un chico como este), llamó personalmente al Papa para instarle a reconocer la verdad y convertirse al Islam (convendrán en que el muchacho es ambicioso). Uno se ve tentado de preguntarse si es que no hay entre toda esa caterva alguien que sepa leer. También me produce asombro que tampoco por estos pagos parezca haber muchos que sepan hacerlo. O bien, es posibilidad probable, que sea yo el que no sabe leer

Es verdad que el transcurso de los días nos ha traído reacciones algo más moderadas y matizadas, algunas ciertamente extrañas. Sorprende, por ejemplo, que haya sido “Ahmadineyad el atómico” el que se haya puesto a templar gaitas pero, si hemos de creer los entrecomillados, ni él mismo se ha dignado a enterarse de qué demonios dijo el pontífice: “Le he oído decir que sus palabras habían sido malinterpretadas”, ha dicho. Supongo que habrá estado muy ocupado con sus compañeros alineados en su no alineación y no habrá tenido tiempo que dedicar a asunto tan nimio. Además, cada día que pasa rebaja su tono así que calculo que para fin de año se habrá ordenado franciscano.

La “escalada de reacciones” ha tenido al menos una consecuencia positiva: los medios de comunicación patrios se han dignado a reproducir la lección de Benedicto XVI y todo el que ha querido ha podido leerla (al principio sólo monsieur JPQ, que siempre muestra una sensibilidad que suele escasear en la prensa nacional, lo había reproducido en su blog). Sospecho, de todas formas, que no ha sido precisamente elevado su número de lectores. El mismo miércoles, por poner un ejemplo, el diario ABC publicaba una columna del Director de Colaboraciones del Wall Street Journal, Tunku Varadarajan, en la que podía leerse que el Papa, en su discurso, “echaba en cara al profeta Mahoma que exhortara a sus seguidores a propagar el Islam mediante la espada”. No creo que fuera eso lo que el Papa dijo. Al menos yo no he leído eso en su lección, aunque ya saben que mis entendederas tienen sus limitaciones. Si efectivamente lo hubiera hecho tampoco creo que hubiera sido para sacarlo todo de madre, pero será mejor que vayamos por partes.

La primera cosa que creo necesario hacer notar es que las palabras del Papa son una lección universitaria pronunciada –oh, sorpresa– en una universidad. No son, por decir algo, una rueda de prensa en la que se escupen cuatro conceptos bien masticados para que hasta el más torpe de los periodistas tome buena nota y los reproduzca cual lorito. No. Se trata de una conferencia de carácter académico que versa sobre una materia, la teología, sobre la que pocos pueden decir que saben algo. Yo, desde luego, confieso aquí mi ignorancia supina de estos asuntos tan trascendentales. De todas formas, la lección no es, en mi modesto entender, más que una reflexión sobre la idea de racionalidad y su relación con los principios de la fe que él representa. Y, por supuesto, creo lícito suponer que Benedicto XVI esperaba de su audiencia una mínima capacidad para entender sus palabras. Otra cosa es que a mí sus palabras me suenen a viejas, a un debate de lo más sobado, como espero mostrar más adelante (no es raro, al fin y al cabo se trata de recuerdos de sus tiempos universitarios). Pero en fin, vamos a lo que vamos.

Por lo visto, la “ofensa” proviene de la utilización de una cita del siglo XIV, debida al emperador bizantino Manuel II Paleólogo. Tal cita tan sólo se utiliza como ilustración del planteamiento del problema que se quiere tratar. No forma parte de la argumentación y toca sólo de refilón el asunto central de la lección. Para general ilustración, reproduzco aquí tales palabras.

“Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”.

“Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo.

Por lo tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas... Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte...”.

El Papa utiliza esta cita para ilustrar un problema teológico elemental. Al menos elemental para teólogos y filósofos. No conviene olvidar, ya lo he dicho, que se trata de una lección universitaria sobre una materia sobre la que el común de los mortales lo ignora casi todo. Sólo por eso ya considero obligado tomar toda clase precauciones a la hora de entenderla. Entiendo que no cabe exigirle a un periodista el dominio de tan impenetrables disciplinas pero sí que sepa informarse. En vista de que tantos ha sido los que no han podido o no han querido hacerlo, intentaré resumir sus líneas principales aunque, lo avanzo ya, probablemente mi estulticia me lleve a traicionar la exposición original.

El punto de partida, lo que explica el recurso a la injustamente controvertida cita, está más que claro: La afirmación decisiva en esta argumentación contra la conversión mediante la violencia es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. Entendámonos. Benedicto XVI plantea la espinosa cuestión de si Dios es racional o no. No es asunto baladí para un teólogo. Su propia disciplina depende de la respuesta a esa pregunta. Que el emperador bizantino, en circunstancias históricas de lo más concretas, reprochara cosas al Islam es secundario, ajeno al tema de la conferencia. Es cierto que Benedicto XVI bien podía haber recurrido a palabras “menos ofensivas” pero eso sólo le hace culpable de haber olvidado por unas horas que es el Papa.

Confieso que, como ateo irredento que soy, no percibo problema alguno en la cuestión, pero entiendo que para otros sí lo sea. No cabe negar, de todos modos, que las respuestas de las grandes religiones a esta cuestión afectan de manera más que evidente a las condiciones materiales del mundo que nos ha tocado vivir. Y por si fuera poco, hasta los agnosticismos y ateísmos más militantes se ven obligados, como espero poder mostrar, a ofrecer una respuesta similar. Se trata de algo que a todos atañe y que a todos afecta. No está de más, por tanto, examinar sus consecuencias.

Alguno pensará que estas abstrusas disquisiciones poco tienen que ver con sus problemas concretos y son, más bien, elucubraciones de quienes tal vez carezcan de verdaderos problemas y necesiten de algún divertimento para pasar el rato. ¿Qué tendrá que ver, en definitiva, llegar a fin de mes con un sueldo miserable con estas elevadísimas disquisiciones? Tal vez tengan razón pero yo estoy convencido de lo contrario. Intentaré explicarme recurriendo en parte al propio discurso o lección de Benedicto XVI.

Si uno se molesta en leer con algún detenimiento las palabras del pontífice apreciará que, tras el planteamiento del problema, se abre una exposición más o menos histórica de la concepción de las relaciones entre fe y razón. Señala, con indiscutible criterio a mi juicio, que el proceso de “helenización” del cristianismo, que arranca en fecha tan temprana como aquella milagrosa traducción de los setenta, supone el primer encuentro entre la revelación cristiana y la razón occidental que ha conformado nuestras sociedades y nuestra forma de entender el mundo. Proceso de helenización que exige o produce la primera gran transformación o adaptación del cristianismo primigenio. Sólo desde entonces es posible “pensar a Dios”, posibilidad que Manuel II Paleólogo, que no Benedicto XVI, niega para un Dios trascendente del Islam que puede permitirse hacer lo que le venga en gana sin dar explicaciones a nadie y que se parece tanto a ese otro que toma la palabra hacia el final del Libro de Job. Se ha dicho, con cierta base, que Ratzinger ha olvidado en su exposición la evidente aportación del Islam al desarrollo de occidente pero el catálogo de olvidos es algo siempre condenado a ser infinito.

En todo caso la cuestión no es algo sin consecuencias. La fe en un Dios inescrutable sobre el que no cabe pensar nada y sólo cabe asumir sus designios destruye muchos de los valores y principios que solemos dar por sentados en el mundo moderno. Desde un punto de vista más materialista hasta podría decirse que el cristianismo no podía florecer en una sociedad “helenizada” de no haber sufrido esa gran transformación. Sólo un credo basado en la idea de un Dios racional podía asentarse en el mundo occidental. No se dice, Ratzinger no lo dice, que esa posibilidad no exista en el Islam. Él sólo se refiere al cristianismo.

Y claro, de ahí a la escolástica, que tampoco fue un camino de rosas porque el desarrollo institucional de la iglesia no podía permitirse demasiadas alegrías teológicas en aras de conservar una cierta unidad. Toda la Edad Media fue una batalla constante por adecuar el credo religioso a las exigencias de una concepción racional, aunque basada en una muy concreta idea de razón, del mundo. Esa extraña idea tan al cabo de la calle de que la Edad Media fue una época oscura no se sostiene por ningún lado desde el punto de vista de la historia del pensamiento. Incluso la mayor parte de las herejías no eran si no racionalizaciones de los artículos de fe. Estudiar muchas de ellas se ha contado entre mis extrañas aficiones, pero no creo que la cosa venga ahora al caso.

La modernidad complicó aún más las cosas cuestionando, desarrollando, transformando y criticando la idea de razón. Benedicto XVI trae a este punto dos debates profundamente interrelacionados: el puramente epistemológico, es decir, el relativo a la forma que tenemos de conocer, y el que ya prefiguró Aristóteles y cobró carta de plena naturaleza con Kant, la separación entre lo material y lo formal, entre la razón pura y la razón práctica o, por decirlo de forma burda y un tanto equivocada, entre la técnica y la moral o, si quieren una simpleza aún más traidora, entre medios y fines. De todas formas, no es momento éste de abundar en estos asuntos que han llenado la práctica totalidad de los libros de filosofía de los últimos siglos, así que presumiré que saben de qué les hablo y sigo a lo mío.

La razón pura y el pensamiento científico tienen algo importante a su favor: funcionan. Los aviones vuelan. La cirugía láser es efectiva. Es posible comunicarse en tiempo real a largas distancias y qué sé yo cuántas cosas más. Hasta el propio Osama Bin Laden, tan pío él para sus cosas, cuando se vio en la necesidad llevó a una hija suya a los Estados Unidos para seguir un tratamiento médico. Y el señor Ahmadineyad no tiene empacho en reclamar con toda la vehemencia de que es capaz las provechosísimas ventajas de la fisión nuclear, producto estrella de la razón occidental, para su necesitado país (tal vez con el inocente propósito de borrar del mapa a Israel con fines pacíficos, aunque, ya digo, cada día que pasa modera aún más sus términos y sólo Dios, o Allah, o Zeus saben cómo acabará esto). No es raro, por tanto, verse tentado de elevarla a los altares y convertirla en criterio absoluto de verdad. Muchos lo han hecho y no son pocas las escuelas de pensamiento que en mayor o menor grado han discurrido por ese camino. En el extremo se encuentran quienes afirman que nada que no pueda argumentarse en sus propios términos puede ser considerado racional.

Como es lógico, semejante idea choca con graves inconvenientes. Quizá un burdo ejemplo lo muestre a las claras: un misil nuclear es perfectamente racional, funciona de acuerdo a complejas teorías científicas y, por supuesto, mata y destruye tal y como se pretendía. Discutir sobre si es lícita la masacre indiscriminada de poblaciones enteras es algo que queda, desde esta perspectiva reduccionista, fuera del discurso racional. ¿No les parece que algo falla? ¿No les gustaría poder decir que está muy feo eso de tirar bombas atómicas? ¿Es que no puede hablarse de ética y moral en términos racionales? ¿Es que la razón es tan poca cosa?

En realidad se trata de un viejo debate que ha cambiado de cara en numerosas ocasiones. En mis tiempos de estudiante todavía coleaba en su versión “ciencia e ideología” (recuerden al Habermas de finales de los años sesenta, el de “Conocimiento e interés” o “Ciencia y técnica como ideología”). En realidad es el mismo lobo que el que Max Weber planteó en sus imprescindibles (y densos) ensayos metodológicos (pienso, en concreto, en dos: “La «objetividad» cognoscitiva de la ciencia social y de la política social”, de 1904, y “El sentido de la «neutralidad valorativa» de las ciencias sociológicas y económicas”, de 1917; ambos resultan obligatorios para todo el que quiera tomarse en serio estas cuestiones). Está debajo de esas separaciones entre éticas materiales y éticas formales, de los intentos de algunos lógicos de derivar el ‘deber ser’ del ‘ser’ o de los de otros por negar tal posibilidad. Viene a ser también el mismo problema que se plantea cuando se exige a los medios distinguir entre información y opinión (sin preguntase antes si eso es verdaderamente posible). Llevamos muchísimos años hablando de lo mismo. Por eso me suenan tan viejas las palabras de Ratzinger.

Pero esta es la raíz del problema. El mismo que, desde un plano teológico, quiso plantear Benedicto XVI. La teología, materia que desconozco sobremanera, no ha sido ajena a estas transformaciones, de hecho se ha visto obligada a afrontarlas en paralelo. De eso ha hablado en Papa y sólo en relación con la parte que le toca.

En otras palabras, el Papa sólo ha dicho que considera necesario ampliar la “razón científica moderna” para posibilitar un “diálogo”. Y como al fin y al cabo es Papa considera que esta ampliación pasa por incluir lo divino en la universalidad de la razón. Tampoco iba el hombre a tirar piedras contra su propio tejado. Por eso, al final de su lección dice: “En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a encontrar este gran ‘logos’, esta amplitud de la razón”. A mí, insisto, me suena a viejo. El debate hace tiempo que discurre por otros derroteros. La “reducción de la razón” que padecemos no es la que Papa plantea y critica. Pero eso es cosa que ahora no viene al caso.

Sinceramente no veo razón, a tenor de lo que he leído, para ofenderse por nada de lo que Benedicto XVI dijo. Veo, por el contrario, muchas razones para agradecer el reconocimiento de la condición de interlocutor a muchos que, honestamente, no creo que la merezcan. Si yo hubiera tenido que “reaccionar” ante este discurso tengo claro que habría alzado mi voz para que se nombre a Benedicto XVI socio honorario del C.D. Alcoyano por méritos más que demostrados. Insistir en querer dialogar con algunos de estos ofendidos es de un optimismo subido.

Otra cosa, más sutil, es poner la lección de Ratisbona en el contexto del pensamiento del cardenal Ratzinger. Es lo que han hecho voces más autorizadas que la mía. Y eso, desde luego, puede llevar a leer otra cosa en la lección, pero no deja de ser “una” interpretación y, evidentemente, no “la” interpretación.

El asunto del diálogo inter-religioso se las trae. Ya en su día, con motivo del documento Dominus Iesus hubo muchos que se escandalizaron porque Ratzinger considerara que su iglesia es la verdadera. ¿Qué esperaban acaso? Me recuerdan bastante al hijo de Gadafi. Yo les confieso que no he leído el documento, ni ganas que tengo. Según Leonardo Boff, Ratzinger va más lejos en él y resume así la postura del futuro Papa:

Dicho en una forma sencilla -picaresca pero verdadera- he aquí el resumen de la ópera: “Cristo es el único camino de salvación y la Iglesia es el peaje exclusivo. Nadie recorrerá el camino sin antes pasar por ese peaje”. Dicho de otra manera “Cristo es el teléfono pero sólo la Iglesia es la telefonista. Todas la llamadas de corta y de larga distancia necesariamente pasan por ella”.

Pero Ratzinger, que ha sido muy polémico, no dice nada de esto en su lección. Lo repito. Yo sólo leo que la razón debe incorporar el ámbito de lo divino para posibilitar un diálogo. Eso es todo. ¿Tiene alguien ganas de rasgarse las vestiduras por esto?

Y el caso es que he oído muchas voces solicitando “una rectificación” aunque ninguna precisando qué es lo que hay que rectificar. El Papa, que no es tonto, se lo aseguro, se ha limitado a decir que no comparte las ideas de Manuel II Paleólogo, que son, supuestamente, las que tanto ofenden. Es tranquilizador saber que el Papa no anda anclado en el siglo XIV. Y aún más tranquilizador es saber que no está dispuesto a desdecirse de su apuesta por el diálogo sólo porque unos cuantos, malnacidos o ignorantes, no lo sé, hayan decidido aprovecharse de la confusión sembrada. A pesar de ello en Egipto, una autoridad religiosa suní, Mohamed Sayed Tantaui, ha declarado que “las precisiones del Papa han sido insultantes para el islam y los musulmanes, y constituyen un error científico y religioso” (vaya usted a saber qué demonios quiere decir este hombre con la palabra “científico”). Ignoro si se ha tomado la molestia de decir por qué.

Nuestro presidente Zapatero, al hilo de esto, ha declarado que el Papa ha estado claro en su “precisión” y que está convencido de que el Papa no quiso “provocar una polémica, una confrontación, una crítica a la confesión y a las personas que profesan la confesión islamista”. Yo también lo creo, pero ¿y si hubiera querido hacer una crítica? ¿Acaso el Islam esta exento de ser criticado? No me considero “islamófobo” aunque sé que algunos me lo llamarán después de leer esto. No tengo nada contra el Islam que no tenga contra cualquier otra religión. Procuraré detallar algunas de mis verdaderas fobias más adelante

Por supuesto, ya lo he dicho, en el discurso de Benedicto XVI puede leerse otra cosa entre líneas, pero no es justo establecer una correspondencia entre esa lectura y las intenciones del Papa, que ha dicho lo que ha dicho y nada más. Un desalmado como yo puede pensar, por ejemplo, que el atraso secular de la mayoría de las sociedades islámicas ha permitido que en pleno siglo XXI pervivan concepciones arcaicas y lo que es peor, arcaizantes, de la religión. No hay más que darle la vuelta la tortilla inicial sobre las condiciones necesarias para una convivencia entre la razón y un credo religioso. Algunos afirman la posibilidad de un islamismo tan acorde con los tiempos como respetuoso con sus fundamentos y principios. Confío en que lleven razón, pero desde luego estos señores tan enfadados están a una distancia estratosférica de tal moderación y modernización. Se nos dice con cierta frecuencia que existe de hecho un Islam moderado que el espectador occidental medio no ve asomar por ninguna parte, tal vez porque no proporciona espectáculo, que es lo único que buscan los medios. De verdad espero que sea cierto y, ya puestos, que tome algunas cartas en este asunto. De lo que estoy seguro es de que, históricamente, ese Islam sí ha existido y, por supuesto, ha tenido importantes contribuciones a nuestro desarrollo.

Pero, desde luego, por moderados que sean, no podrán contarme entre sus fieles o adeptos. Tampoco Benedicto XVI puede hacerlo. Personalmente ni creo en, ni siento la necesidad de un Dios para justificar una moral de sólidos principios éticos. En esto disiento claramente del Papa, pero estoy convencido de que podríamos discutir sobre ello de forma provechosa, al menos para mí. Dudo mucho, por el contrario, de la posibilidad de hacerlo con Alí Jamenei, por poner un ejemplo. Demasiados siglos nos separan. Seguro que hay otros musulmanes que sí darían pie a un debate provechoso para todos Aquí estoy para lo que quieran.

No creo, además, en la necesidad de recompensas o castigos para ese fundamento ético. Me parece que ha de resultar obvia la justificación del bien porque sí. Sin promesas, ya sean estas el simple agrado del todopoderoso, la fascinante contemplación del altísimo por los siglos de los siglos o la eterna desfloración de ejércitos de jóvenes y complacientes vírgenes expertas (por ciencia infusa, lógicamente) en las más abigarradas artes amatorias (supongo que el índice de masa corporal de las huríes será respetuoso con los cánones definidos por la Organización Mundial de la Salud).

El miércoles pasado una voz sin duda más autorizada que la mía, Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid, insistía en leer otra cosa en la lección de Ratisbona. Decía, entre otras cosas, en el diario El País que la elección de la cita de Manuel II Paleólogo “no es casual, revela ya la tendenciosidad del discurso y, objetivamente, sitúa el discurso del Papa en el horizonte de la teoría del choque de civilizaciones de Huntington”. Supongo que ostentar dicha cátedra lleva al señor Tamayo a leer a Ratzinger con todo lo que Ratzinger ha dicho y hecho en la cabeza. Yo, que me he dedicado a seguir a las carreras de los guitarristas de blues en lugar de las de los papas, sólo leo en esa lección lo que en ella se ha puesto. Tal vez por eso mi lectura cojea.

Pero tengo claro que todos los ofendidos, por tomar palabras de Ratzinger, “no se insertan en el espacio de libertad de la sociedad plural”. Me parece que afirmar que son unos animales de bellota o cosas peores no sólo no es ofender al Islam sino que incluso es hacerle un favor. Al fin y al cabo sólo son lastres para su propia religión.

También creo que conviene abrir los ojos. Muchos planteamientos racionalistas (utilizo el término con ironía pero en sentido estricto) son, a mi entender, inútiles juegos de salón. Creo una exigencia, hasta de orden moral, contemplar el mundo y esforzarse por entenderlo. Y hacerlo con la valentía suficiente para verlo como es. Es muy cómodo pensar que somos unos angelitos capaces de vivir en feliz armonía, que nuestros intereses podrían no entrar en conflicto, que podríamos ser capaces de resolver tales conflictos de forma pacífica y amigable. Todavía hoy hay quién piensa esas cosas a pesar de la abrumadora evidencia que constituye la historia completa de la humanidad. Lo repito, considero estos planteamientos radicalmente inmorales entre otras razones porque impiden afrontar los problemas. No es que reduzcan la razón, es que de hecho la niegan.

Vivimos permanentemente conflictos de muchos órdenes y creo obligado afrontarlos. Poco ayudan las habituales simplificaciones infantiles de la prensa occidental pero menos es nada, que es lo que padecen en otros muchos lugares y de lo que se aprovechan unos cuantos listillos no necesariamente musulmanes. Es muy fácil inventarse un enemigo y culparlo de todos los males (o su versión blanda, achacarle a un verdadero enemigo lo que es responsabilidad propia). Nuestros propios políticos lo hacen cotidianamente (unos más que otros, todo hay que decirlo). Es lo que hacen también, aunque a escala industrial, muchos líderes del tercer mundo (y del segundo).

Creo recordar haberlo dicho por aquí más de una vez pero ya tengo una edad en la que considero legítimo repetirme: Los errores políticos del señor George W. Bush no convierten a Mahmud Ahmadineyad en un inocente querubín al que puede permitírsele ordenar la desaparición de naciones del mapa, como no hacen del señor Hugo Chávez un cándido serafín al que se le puede dar carta blanca para acusar al presidente de los Estados Unidos de maquinar y perpetrar los atentados del 11 de septiembre y después representar una comedia bufa en la ONU. Algunos “líderes” se han mostrado en La Habana como una piña, lo que choca en principio con su autodeclarada falta de alineación. Y lo curioso es que muchos de esos líderes sólo están unidos por una sola cosa: se trata de individuos que aprovechan y se sirven de la miseria e incultura de los pueblos que gobiernan, que explotan esa miseria e incultura para garantizar la impune continuidad de sus tejemanejes, que apelan a encendidos sentimientos de ofensa y agravio para evitar que sea la razón la que juzgue sus actos. No conviene olvidar, de todas formas, que somos nosotros, los ciudadanos del llamado mundo desarrollado, los que hemos creado las condiciones idóneas para el florecimiento de tales especimenes indignos, los que les hemos proporcionado ingentes masas empobrecidas que manejar a su antojo. Personalmente no creo que el “diálogo” nos lleve a ninguna parte pero lo que es seguro es que de haber algún diálogo útil no será el que tenga lugar con estos personajes.

De hecho, el polémico Tariq Ramadan (peligroso fundamentelista para unos y embajador de la moderación para otros) dice hoy en El País: “Me hubiera gustado que [líderes religiosos, políticos e intelectuales del mundo musulman] adoptasen un punto de vista más razonado en sus críticas. En primer lugar, porque a pesar del amor que innegablemente sienten los musulmanes por Mahoma, sabemos que determinados Grupos y Gobiernos manipulan este tipo de crisis y las utilizan como válvulas de escape para sus poblaciones descontentas...”. Pues eso. Eso y nada más que eso es lo que ha habido. Interés por ofenderse.

Supongo que hoy viernes miles o millones de musulmanes (no soy capaz de calcular la capacidad de convocatoria de Yusef al Qaradaui) nos dejarán bien clara su ira. Si esa es su voluntad, pues muy bien. No tengo inconveniente. Mañana todo seguirá igual o peor. Aquello que me decían de niño de que dos no se pelean si uno no quiere es completamente falso y puede costarle a uno más de una fractura nasal. Benedicto XVI es muy libre de ofrecer su otra mejilla para seguir siendo abofeteado. Hasta sería un gesto de coherencia por su parte.

Yo, por mi parte, no pienso ofrecer mejilla alguna (El Perich decía que “cuando nos den una patada en los huevos es mejor ofrecer la mejilla porque si repiten en el mismo sitio vamos listos”). Creo en “valores” por encima de las “culturas” (¿es que nadie se ha parado a pensar qué significa lo de ‘universal’ en la ‘Declaración Universal de Derechos Humanos’?, no es fácil justificar esa universalidad, pero al menos ¿no merece la pena intentarlo?). Es algo que teníamos asumido y que estamos olvidando y dejando atrás en beneficio de ese pretendido ‘diálogo intercultural’ al que veo bien poco de logos. No tengo intención de “respetar” lo que creo indigno o injusto, ni aquí ni allí. No me molestaré es proclamarme “defensor de la paz”, algo muy bonito pero de cuya existencia no tenemos prueba, jamás la ha habido (si hasta en Bambi hay tiros y muertos). Procuraré mantener los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros y afrontar este y tantos otros retos en la medida de mis posibilidades sin fantasmas, palabrería, fantasías oníricas o pajas mentales. Y ahora, si quieren, debatimos.