15 de septiembre de 2006

Y dale (Nuevo ladrillo sobre el plagio)

Nuevo caso de (presunto, pero que muy presunto) plagio. Cómo resistirse cuando he sido desde niño admirador ferviente de Pierre Menard, cuyas líneas ensombrecen las del propio Cervantes. Creo, de todas formas, que ya he dicho todo lo que mi limitado seso es capaz de decir sobre copias, calcos y duplicaciones. Si fuera argentino y ciego tal vez podría haber escrito algo titulado «Lucía Etxebarría, autora de ‘Dependencia emocional y violencia doméstica» en el que cotejara ambas ediciones y concluyera que las simples afirmaciones de un psicólogo en una publicación especializada cobran una honda significación si son puestas en la mano de una autora que celebra el desequilibrio. Pero, creo que ya lo saben, no soy ni argentino ni ciego, así que permítanme dar un pequeño rodeo antes de tratar este espinoso asunto.

Enlacé ayer, en los comentarios, una curiosa página que recopila citas ilustres sobre el plagio. Entre ellas hay una que tal vez merezca una explicación. Me refiero a la que se debe a la mano del padre Benito Jerónimo Feijoo. Su historia viene muy al caso por tratarse de un autor que fue acusado de plagio y aquí es donde todos los caminos convergen porque Feijoo fue acusado de plagiar nada menos que a Sir Thomas Browne y, en concreto, su Pseudodoxia Epidémica, esa que de vez en cuando suelo traerles por aquí para hablar de basiliscos, de castores o de si los judíos hieden. Vayamos por partes.

Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, orensano afincado en Oviedo y autodenominado con toda justicia “ciudadano libre de la república de las letras” es uno de los primeros ensayistas patrios. Uno de los más interesantes, me atrevo a añadir. Dedicó todos sus esfuerzos a la erradicación de las supersticiones y errores comunes, con poco éxito a la vista del panorama actual. El subtítulo de su Teatro Crítico Universal deja bien claras sus intenciones: Discursos varios en todo género de materias para desengaño de los errores comunes. Son nada menos que ocho tomos que recogen 118 discursos de lo más diverso. Pueden consultar todas sus obras en edición electrónica aquí.

En 1748, Fray Francisco de Soto Marne publicó sus Reflexiones crítico-apologéticas en contra del Teatro Crítico Universal. En ellas se encuentra la acusación de plagio en términos tan diáfanos como estos:

Muchos de los Discursos que presenta V.Rma. en cualidad de Autor originario, son literales traslados, en que no intervino más fatiga que la de traducirlos a nuestro vulgar idioma.

Y más adelante:

Hasta la idea del Teatro es tomada de varios Autores que emprendieron ese mismo argumento. Estos son, entre otros, el Inglés Tomás Brown, que antes del año de 1680 escribió dos Tomos contra errores comunes: los dos Franceses, el P. Buffier, que escribió Examen de las preocupaciones vulgares, y Jacobo Primerosio, que escribió sobre los errores del vulgo. El mismo asunto ilustró el Italiano Scipión Mercurio, Médico Romano, en su Obra sobre los errores populares.

La respuesta de Feijoo a estas acusaciones se encuentra en su Justa Repulsa de inicuas acusaciones,.De ella extraigo la parte que a este asunto se refiere.

¡Jesús, lo que el hombre ha visto! dirán los que leyeren esto. Pues yo le digo a V.md. que apostaré cuanto quisieren, que ninguno de esos cuatro Autores vió, ni aun por el pergamino, como se suele decir. Vaya V.md. conmigo.

El año de 41 recibí una Carta de un Caballero de Vizcaya, en que me avisaba de que en la Gaceta de Holanda de 11 de Agosto del año 41 acababa de leer el siguiente parrafillo: «Briason, Librero de París, que vive en la calle de Santiago, imprimió ahora nuevamente un libro intitulado Ensayo sobre los errores populares, o examen de muchas opiniones recibidas como verdaderas, y que son falsas o dudosas; traducido del Inglés en dos tomos, con un Índice enteramente nuevo, y mejor que el de la edición antecedente».
En la misma Carta expresaba el Caballero Vizcaíno, que el motivo de darme dicha noticia era el recelo de que la impresión que en ella se enuncia, fuese ficción del Gacetero Holandés ordenada a desacreditarme, haciendo pensar al mundo por medio de la coincidencia del título de aquellos libros con el de los míos, que éstos eran traslados o copias de aquellos, en cuyo caso le parecía preciso que yo averiguase si la impresión era verdadera o fingida; y siendo lo segundo, hiciese manifiesta a todo el mundo la impostura.

Respondíle al Caballero con la Carta estampada pág. 258 de mi primer Tomo, que es la 34 en la serie de las Cartas de aquel Tomo. En ella le decía que tenía la noticia del Gacetero Holandés por verdadera, porque en efecto yo tenía en mi librería los dos Tomos de que habla en ella, de otra edición anterior, hecha también en París el año de 1733, y que de ellos era Autor, aunque el Gacetero no lo expresa, el Inglés Tomás Brown, porque todas las señas que daba la Gaceta, coincidían con los dos Tomos de este Autor que yo tenía. Añadía, que dichos Tomos me los había enviado el Maestro Sarmiento el año de 40, cuando ya tenía concluidos los ocho Tomos del Teatro Crítico: en consecuencia de lo cual, sólo pude valerme de ellos para el Suplemento, como en efecto me valí en alguna cosita; esto es, en la especie perteneciente a los Judíos, que propuse en la pág. 177, num. 27, para lo cual cité al mismo Tomás Brown con tanta legalidad, y tan distante de la injusticia de apropiarme trabajos ajenos, que en nombre y cabeza de aquel Autor exhibí las pruebas que convencen ser falsa la opinión del mal olor de los Judíos.

Ahora añado, que en caso que el P. Cronista no quiera creer que no tuve esos libros hasta el año de 40, le daré otra prueba, no dudosa, sino demostrativa de que no tomé, como él afirma, ni pude tomar la idea de mi Obra de la de Tomás Brown; y es, que la primera traducción que se hizo de ella del idioma Inglés al Francés, fue la del año de 33, como insinúa claramente el mismo Traductor en la segunda página de su Prefacio. ¿Cómo pude yo tomar la idea de una Obra que empecé a imprimir el año de 26, de otra que no pude ver hasta el de 33? Si no es que al P. Cronista se le antoje decir que yo sé la lengua Inglesa, y tenía esta Obra en el original Inglés antes de empezar la mía.

Con todo esto ya cabe entender las palabras del padre Feijoo (por ejemplo eso de “suponer letura de libros que nunca se han visto, ni aun por el pergamino”). Y en vista de que el padre se muestra bien capaz de defenderse el solito no abundaré más en ello. Vayamos ahora a la defensa de doña Lucía Etxebarría, a la que ella plantea, quiero decir .

El primer frente de esta épica batalla intelectual son las propias palabras de la autora que, adivinen, ¡tiene un blog!. En él viene a decir que los supuestos plagios de los que fue acusada anteriormente jamás fueron probados y se despide con esta perla:

Si existe alguna sentencia condenatoria que me inculpe de plagio agradecería que me la hicieran llegar y, ya de paso, que me informaran de donde están las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein o del paradero del comando etarra que había planeado los atentados del once de marzo.

No puede negarse que el diario El Mundo anda empeñado en una huída hacia delante basada en el ‘sostenella y no enmendalla” y es hasta lógica la tentación de intentar sembrar dudas sobre la credibilidad de dicho medio cuando uno se ve acusado por éste. Lamentablemente (no pueden imaginar cuánto lo lamento a diario) un servidor fue educado a la antigua y tiene sus limitaciones a la hora de comprender esta novedosa forma de debate que parece tener su origen en las llamadas “tertulias del corazón” y que reduce la artillería retórica a contestar a todo con un “pues anda que tú”.

Me tomo aquí la libertad de sugerir a la escritora que tome buena nota de las artes del padre Feijoo para resolver un trance similar al que ella padece. Las creo mucho más adecuadas que los argumentos Ad-Hominem e incluso que aquel Argumentum Baculinum sobre el que hablaba Sterne. Y sobre todo las creo mucho más adecuadas para quien quiere ser considerado escritor y no ser acusado de vivir del cuento.

Pero hay un segundo frente más sosegado, racional, desprovisto de ironía: el de las frías e impersonales leyes. En él batalla la abogada de Lucía Etxebarría, una tal Raquel Franco que, al decir de su clienta, está de muy buen ver. En el mismo blog puede leerse un comunicado de la abogada del que extraigo algunos párrafos.

En el libro Ya no sufro por Amor, Lucía Etxebarria pretende un acercamiento serio a determinados aspectos psicológicos de la temática tratada, anunciando en el comienzo del libro que no es psiquiatra, lo que explica y justifica que la autora, al efectuar determinadas afirmaciones conceptuales, con evidentes connotaciones psicológicas, se haya ayudado de estudios o análisis efectuados por profesionales en la materia, extremo que no oculta, al quedar éstos perfectamente identificados, como puede observarse en la bibliografía que el libro relaciona.

Aquí ya se van aclarando algo los pilares de la defensa. La autora, que busca “un acercamiento serio” a la “temática” (yo, prefiero, “tema”, pero es que soy un simple), nos hace saber que no es psiquiatra. Antes de seguir con esto, y para así también demostrar mi buena fe, hago constar aquí que no soy abogado (¡líbreme el cielo!). Con mucho mayor y mejor criterio que yo, Lucía Etxebarría se ha “ayudado” de estudios y análisis profesionales y lo deja bien claro al incluir en su libro una bibliografía. Yo, lo confieso, no he recurrido a nada de eso y por tanto no incluiré bibliografía ninguna.

Lo que demuestra que la autora no ha pretendido arrogarse la paternidad de la labor de estos profesionales. De hecho, la bibliografía sirve para que los lectores puedan acceder, si está en su interés, a los trabajos que ha manejado la autora, extendiendo su ámbito, en ocasiones reducido, de conocimiento.

De todas formas, y sin necesidad de recurrir a profesionales de nada, yo no veo por ningún lado que esto demuestre algo y mucho menos lo que se afirma. Por cierto, en estos tiempos que corren tal vez habría sido mejor decir “la maternidad de la labor de estos profesionales”. Pero por si la cosa no se hubiera entendido, la abogada precisa que Lucía Etxebarría se ha limitado a ejercer (ella dice ejercitar, que es mucho más feo) su “derecho de cita”.

En el caso concreto del Sr. Castelló, Lucía Etxebarria se ha limitado a ejercitar su derecho de cita, por lo que las reproducciones que haya podido efectuar por este concepto son perfectamente lícitas de conformidad y al amparo de lo dispuesto en el art. 32 T.R.L.P.I. y no suponen, de modo alguno, plagio.

Y para que no queden dudas, aclara:

En efecto, se cumplen todos los requisitos para que la referida prerrogativa no implique infracción de derecho alguno, puesto que:

i.- La obra citada se encontraba publicada con anterioridad a la de Lucía Etxebarría, en el número 3 de la revista Locard de la Asociación Valenciana de Criminología (2004), así como en las páginas web Psicocentro y del Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana.

No se asombren, que esto tiene su lógica aunque a primera vista no lo parezca. Los legos en la materia, es mi caso, tendemos a situar el énfasis de la frase en la palabra “anterioridad”. Mi primera lectura, superficial, me llevó a preguntarme cómo demonios se puede plagiar algo que ha sido publicado con posterioridad a la propia obra. No es por ahí por donde van los tiros. Al parecer se trata de que está prohibido “citar” lo que un autor no ha publicado.

ii.- Ha sido escrupuloso el respeto al reconocimiento de la paternidad de la obra del Sr. Blasco, ya que el libro contiene en la bibliografía una adecuada mención a D. Jorge Castelló Blasco y a su obra.

No se me alcanza qué se entiende aquí por escrúpulo. Desde luego, si atendemos a la primera acepción de la palabra en el DRAE hemos de concluir que el respeto de la autora produce “dudas o recelos que punzan la conciencia sobre si algo es o no cierto, si es bueno o malo, si obliga o no obliga; lo que le trae inquieto y desasosegado el ánimo”. En todo caso ‘escrúpulo’ significa, literalmente, piedrecilla razón por la que también se usa esta palabra para designar la “china que se mete en el zapato y lastima el pie”. No viene al caso, pero parece que eso es lo que tiene doña Lucía, una china en el zapato.

A mí me parece que el “respeto al reconocimiento y paternidad de la obra del señor (Castelló) Blasco” pasaría por entrecomillar la cita y hacer constar su autoría, pero es que yo soy muy quisquilloso. Tal vez sea suficiente con decir que se ha consultado la obra que se ha copiado, quiero decir, citado.

Al hilo de esto, no obstante, cabe decir que el padre Feijoo, siempre enzarzado en polémicas, recibió otra acusación bajo el título Blanda, suave, y melosa curación del Escrupuloso, y de sus flatos espirituales. A ella contestó en su Satisfacción al escrupuloso de la que extraigo un pequeño fragmento por darles una idea de la misma, mostrar las olvidadas artes de la argumentación y porque creo que no tiene desperdicio:

[El primer cargo] que V.md. le hace es: «Que ha disparado piedras, y flechado sátiras contra el Astrólogo, contra el Poeta, contra el Médico, y contra el Músico». Este cargo es en todas sus partes injusto. Del Astrólogo no ha dicho sino que su Arte no tiene fundamento alguno. Esto lo dijeron muchos Padres de la Iglesia, y probó latamente poco ha la misma conclusión el Venerable Padre Séñeri, en el primer Tomo del «Incrédulo sin excusa»; con que no se puede decir de su Rma. que ha flechado sátiras contra el Astrólogo, sin hacer el mismo juicio de aquellos; y hacer de aquellos este juicio, no es propio de un escrupuloso. Contra el Poeta sólo escribió, que hay muy raro que lo sea bueno (éste es el dictamen de cuantos entienden algo del Arte); pero esto a nadie ofende; pues a cualquiera que se precie, o con razón o sin ella, de ser buen Poeta, le queda a su arbitrio juzgar que él es ese raro. Dijo también, que las canciones que se componen para las Iglesias, no tienen el espíritu de devoción, y gravedad que pide la materia. Este es un hecho constante, en que nadie pone duda. Al Médico representó su incertidumbre. Si ésta es sátira, más satírico es V.md. que su Rma. pues no sólo confirma lo que él dijo; esto es, que la Medicina de presente es incierta; pero añade que nunca saldrá de este infeliz estado. Con que V.md. concurre con su Rma. a desconfiar a los enfermos, y de más a más desalienta en su aplicación a los Médicos. Al Músico manifestó, que muchas de sus composiciones sagradas tiene el aire de teatrales. Lo mismo, aun con términos más fuertes que él, dijo el Ilustrísimo Montalván en una de sus Pastorales, y nadie le ha tenido por satírico. Haga, pues, V.md. escrúpulo (que seriamente debe hacerle) de decir al Público, que su Rma. ha flechado sátiras, y disparado piedras.

Pero será mejor que continúe con la exposición de la abogada antes de que esto supere el centenar de páginas.

iii.- Existe plena concordancia entre la utilización de la cita y la finalidad de la obra. Un análisis de la obra permite vislumbrar cómo las referencias están perfectamente integradas en el contexto y naturaleza de lo tratado en la obra en cuestión; encajando a la perfección con los resultados de su investigación.

Deduzco aquí que de no existir concordancia entre la utilización de la cita y la finalidad de la obra este derecho no existe. En otras palabras, si yo ahora les traigo aquí unas palabras de Dostoievski sin venir a cuento estaría cometiendo un flagrante delito. No se preocupen. No lo haré. Me aburre mucho Dostoievski. Pero sigamos con este igual de aburrido asunto.

En definitiva, la naturaleza de la obra y las citas que contiene cumplen con las exigencias del art. 32 T.R.L.P.I., esto es, que la cita se haga “en la medida justificada por el fin de esa incorporación” por lo que Lucía Etxebarria ha actuado de conformidad con lo dispuesto en la Ley de Propiedad Intelectual y no ha cometido plagio.

Como ven, no cabe otra que recurrir a la Ley de Propiedad Intelectual para salir de dudas. Es lo que yo he hecho a pesar de que aborrezco esta clase de lecturas. El artículo 32 de marras, que regula el derecho de cita, tan sólo dice lo siguiente:

Artículo 32. Citas y reseñas

Es lícita la inclusión en una obra propia de fragmentos de otras ajenas de naturaleza escrita, sonora o audiovisual, así como la de obras aisladas de carácter plástico, fotográfico figurativo o análogo, siempre que se trate de obras ya divulgadas y su inclusión se realice a título de cita o para su análisis comentario o juicio crítico.

Tal utilización sólo podrá realizarse con fines docentes o de investigación, en la medida justificada por el fin de esa incorporación e indicando la fuente y el nombre del autor de la obra utilizada.

Las recopilaciones periódicas efectuadas en forma de reseñas o revistas de prensa tendrán la consideración de citas.

Yo, qué quieren que les diga, creo, ya lo he puesto más arriba, que incluir un texto ajeno “a título de cita” e “indicando la fuente y el nombre del autor” es algo más que copiar un pasaje e incluir su origen oculto en una bibliografía aunque tal vez los jueces disientan de esta opinión. La misma Ley es profundamente respetuosa con la vanidad de los autores. De hecho dice, muy clarito, que corresponde al autor “exigir el reconocimiento de su condición de autor de la obra” (art. 14.3) por mucho que a Montaigne le traiga la cosa al pairo (consulten mi trilogía sobre al plagio para mayor ilustración aquí: Casa de citas, Original y copia y Todo está hecho con espejos).

Y dicho esto vaya aquí la confesión de un pecado aún no cometido: les aseguro que las obras de Atanasio Farniente son un plagio descarado que no pienso descubrir. Avisados quedan.

NOTA FINAL

Al menos he sacado una satisfacción en todo este viaje: gracias a la lectura de la Ley de Propiedad Intelectual, hoy me siento más a salvo que ayer.

Artículo 39. Parodia

No será considerada transformación que exija consentimiento del autor la parodia de la obra divulgada, mientras no implique riesgo de confusión con la misma ni se infiera un daño a la obra original o a su autor.

No creo haber hecho daño a nadie y espero de ustedes que no confundan lo que está tan claro como el agua cristalina. Yo dejo esto aquí y me voy a nadar un ratito en el Leteo.