23 de noviembre de 2006

Descripciones

Gracias a Jaime he sabido que algún alma caritativa ha tenido a bien contarme entre los blogs recomendados en la página del Saló del Llibre de Barcelona 2006. No se alarmen, les ahorraré el ejercicio de modestia (sincera) que me pide el cuerpo. Mejor será que siga a lo mío y traiga aquí, con ocasión de haber recibido este honor, cierto asunto lejanamente literario que me ha vuelto a asaltar recientemente, el asunto de las descripciones.

La descripción es cosa que pasa por ser literaria aunque, en realidad, comprende la práctica totalidad de las facetas de la vida. Sin descripción no podría, por ejemplo, convencerse a las amistades de que la mujer que uno se llevó al huerto la noche pasada era de armas tomar o, mejor dicho, de bandera. No podría hablarse de lo guarro que es fulanito, de lo gorda que se está poniendo menganita o de lo mal que viste zutanito. No podría ni siquiera insultarse, ya que el insulto es la forma suprema del arte de la descripción.

En efecto, no hay cosa en el mundo a salvo de ser descrita. Ni siquiera las que no están en el mundo pueden estar tranquilas: contamos con descripciones detalladas de la caverna platónica a pesar de que nadie la ha visto jamás. Tomás Moro se molestó en dejar registro detallado de cierto No-Lugar que, me temo, jamás visitó nadie, ni siquiera Rafael Hitlodeo. Ejemplos los hay a cientos.

Y, por si fuera poco, tampoco hay situación en la que no venga bien recurrir a la descripción. Hasta en la carnicería pide uno los filetes finitos de la parte del centro. A veces hasta se vuelve uno poético, como cuando trata de describir los síntomas en la consulta del médico. Y qué decir de las horribles poesías amorosas que tantos tienden a perpetrar durante la adolescencia.

Pero hay dos gremios especialmente afectados por lo que los actuales pedantes darían en llamar “problemática descriptiva”. En efecto, tanto el aspirante a novelista como el investigador policial se ven, antes o después, obligado a realizar descripciones de personas. Como era de esperar, ambos están condenados a padecer los inevitables rigores de la practica de este arte que siempre conducen a una insatisfacción permanente. Aunque los padecen por razones bien diferentes.

El escritor, como vago y maleante que es o suele ser, tiende a la connotación, a dejar muchos vacíos que alimentan la imaginación del lector. Si de un rocín se dice simplemente que es flaco o de un galgo que es corredor, el resto ha de ponerlo el esforzado lector que, a buen seguro, ya cuenta con alguna que otra idea acerca de rocines y galgos. Así el rocín puede, por ejemplo, ser tordo, castaño o alazán.

El funcionario de policía, por el contrario, persigue inútilmente no dejar resquicio a la interpretación y mucho menos a la imaginación. Necesita fotografiar con palabras lo que viene a ser, si se me permiten las analogías, como hablar con colores, o como abrigarse con sonidos. En definitiva, está condenado a fracasar. Ya tratamos este asunto hace tiempo cuando traje aquella recomendación de crear un cuerpo de novelistas para ayudar en las tareas de toma de declaraciones a testigos.

Siempre me sorprenderá la ingenuidad de las autoridades, convencidas ellas de que un cuerpo de funcionarios seleccionados más o menos de aquella manera es capaz, libreta o Remington en mano, de describir con todo detalle y sin lugar para equívocos a todo el que se persone ante ellos. Así han llenado archivos y archivos que atestan los sótanos de los edificios públicos para solaz de ratones y archiveros y que insisto, no sirven para nada o para bien poco.

Vaya aquí un ejemplo. Se trata de la Tarjeta de Identificación de mi señora abuela, expedida por la Delegación de Migración en Nogales (en Sonora, México; no en Badajoz) en 1927. En ella, en la tarjeta, no en mi abuela, consta la “Media Filiación del interesado” con la que, con candidez no exenta de necedad e incluso mala educación se pretende describirla sin dejar resquicio a la interpretación. Vean, vean.



Como pueden apreciar, el funcionario de turno se permitió la inelegancia de decirle a la interesada que era de complexión “grueza”, pelo castaño, cejas pobladas, ojos cafés, nariz regular, boca chica, con un lunar en el carrillo izquierdo y de raza mestiza. Todo un cuadro capaz de deprimir a cualquiera y en el que, tal vez ni hace falta que lo señale, no reconozco a mi abuela ni por asomo.

Tampoco es cosa de tomárselo a la tremenda. En realidad basta con cambiar de funcionario para obtener otra descripción completamente distinta, tal vez incluso más agradable. Mi señora abuela, por ejemplo, renovó la tarjeta de identificación tres años más tarde en la Delegación de Veracruz y, o bien había sufrido una transformación radical similar a las que sobrelleva el increíble Hulk o bien cada uno describe a quien se encuentra como le viene en gana. Vean la reproducción de su segunda tarjeta.



Ya ven, salvo el pelo, que sigue siendo castaño y la boca, que permanece chica, nada es igual. La constitución física es ahora delgada. Por supuesto, se cuenta entre lo posible haber adelgazado a lo largo de los tres años que separan una tarjeta de otra. Y haberlo hecho de forma tan alarmante como para variar la “constitución física”. También, por lo visto, había sufrido una hipertrofia nasal, ya que la nariz había pasado a ser “grande” sin que me conste que le hubiera dado por mentir a lo Pinocho. La “constitución espiritual” de mi señora abuela nunca varió y no consideraba la posibilidad de mentir (y mucho menos a todo un señor funcionario del Estado). Los ojos se le habían aclarado algo. El conspicuo lunar había desparecido (o simplemente había dejado de ser conspicuo) y, lo que es más sorprendente, había cambiado de raza, posibilidad en la que ni Adolf Hitler había llegando a pensar nunca. En algún sótano polvoriento seguirán archivadas estas utilísimas descripciones que pronto, si es que no lo han hecho ya, caerán en manos de historiadores e investigadores diversos para que puedan deleitarnos con tesis doctorales de títulos tan apasionantes como “La evolución de la morfología nasal en el México post revolucionario” o “Auge y decadencia del lunar facial en los locos años veinte”.

En Tapihi al menos no son tan ingenuos. Es cierto que allí se mantiene un curioso archivo que pretende describir a todos sus habitantes, pero lo hace con ánimo lúdico y sin reglas establecidas. Por ejemplo, de un considerable porcentaje de la población se guarda una grabación de sus ronquidos por considerarse éstos únicos e intransferibles. Hay incluso un popular programa televisivo en el que los concursantes deben adivinar a qué célebre personaje pertenece el ronquido que se les da a escuchar.

Pero no quiero aburrirles más con esta chorrada, así que lo dejo aquí no sin antes proponerles yo también, como en el concurso tapihiano, otra adivinanza. ¿Sabrían decirme qué foto corresponde a cada una de las dos descripciones anteriores?