4 de noviembre de 2006

No he muerto

Al olor del dinero (he leído por ahí que el señor Chin está dispuesto a pagar por que vuelva a escribir) regreso a esta tribuna sin ánimo de tratar sobre el estatuto andaluz (para descontento de doña Ana), sobre mis últimas ventas (para descontento del señor Aquende), sobre las elecciones catalanas (para alegría del señor Montilla), sobre fenómenos parasubnormales (para tranquilidad del señor Jiménez) o sobre los profundos asuntos multiculturales habituales. Tan sólo me mueve el interés por dar noticia de mi supervivencia y excusar una ausencia que, aunque en contra de mi voluntad, se prolongará por algunos días más (y, por supuesto la apelación a la cartera del señor Chin, que andamos todos muy achuchados).

Múltiples asuntos me tienen secuestrado. Los profesionales no los suelo traer por aquí y ya no tengo edad de ir cambiando de costumbres (si revisan por ahí en los archivos, descubrirán que se acerca el día en que me caerá encima otro año más). Los placenteros son de muy diversa índole. De una parte ando ayudando a Teddy Mars con la producción del que habrá de ser su próximo disco que, provisionalmente, lleva por título ‘Sailing with the King’. De otra, mi edición crítica de las Estampas de Atanasio Farniente prosigue su renqueante curso y pronto podré mostrarles parte de mis progresos. En concreto, la terrible historia de la eterna querella entre Wilfred Carrasco y Walter Menéndez. Por si todo esto fuera poco, mi proyecto Tapihiano ha crecido sobremanera y en pocos meses podré darles una sorpresa que espero sea considerable. En aras de una muy necesaria discreción, dejo aquí este asunto sobre el que no conviene avanzar más.

He tenido noticia, además, de la existencia de cierto mapa de Tapihi fechado en 1874, es decir, 26 años antes de su descubrimiento oficial por parte del inigualable Thomas Wassermeier. Ni que decir tiene que estoy investigando denodadamente (quiero decir, con denuedo) las serias implicaciones que la aparición de este mapa presenta y que, tal vez, arrojen algo de luz sobre la personalidad del misterioso hombre barbado que le puso en camino hacia tan ignoto islote.

Lo más curioso es que el mapa está firmado por un tal Sir Conrad Melville Stevenson, un supuesto noble inglés del que nadie tiene noticia y sobre el no existe enciclopedia que le dedique una sola línea. Comprenderán, al menos los que ya me vayan conociendo, el especial atractivo que encuentro en semejante personaje. Al fin y al cabo casi todo lo interesante que contiene la Historia (así, con mayúsculas) se esconde en sus más oscuros rincones, entre lo aparentemente insignificante. No es fácil distinguir lo que tiene importancia de lo importante y en ello estoy con no pocas dificultades. Espero poder decirles más al respecto en breve.

Debo decir, no obstante, que durante este tiempo no todo ha sido actividad productora o investigadora. Hace pocos días tuve, por ejemplo, ocasión disfrutar de la agradable compañía de los señores Kundabuffer, Bardamu y Pablo Müller, que asombrosamente concurren en el mismo cuerpo y con los que (o con el que, según se interprete tal concurrencia) espero poder colaborar en alguna cosilla si las circunstancias se alían para permitirlo.

El caso es que durante nuestra charla tuve ocasión de recordar un lejano día de 1983 en que andaba yo escuchando la radio cuando me sobresaltó una terrible noticia: el gran Pérez Prado había muerto. Unos minutos después otra cosa me sobresaltó aún más: el gran Pérez Prado, Dámaso Pérez Prado para más señas, se encontraba al teléfono dispuesto a salir en antena. Yo, aún afectado por la primera de las noticias, supuse que una conferencia desde el más allá debía alcanzar precios prohibitivos por lo que imaginé que algo importante había de declarar el autoproclamado Rey del Mambo.

No vayan a creer que esto es material para Cuarto Milenio. Dámaso Pérez Prado llamaba simplemente para aclarar que el finado era su hermano Pantaleón, también músico aunque menos conocido. Faltaban aún seis años para que don Dámaso fuera a reunirse con su hermano si es que los muertos disfrutan del derecho de reunión, cosa de la que dudo bastante.

Por alguna razón hay ciertas músicas (Benny Goodman o Stephane Grapelli, por ejemplo) que creo que casan muy bien con el espíritu tapihiano. El mambo es una de ellas, especialmente si va acompañado de señoritas ligeras de ropa para alegría de la concurrencia, como puede apreciarse en esta pequeña muestra, que no deja de ser otro experimento que me traigo (el sonido es pésimo, pero no se pierdan los gritos finales del público):





Sospecho que en general lo que en realidad siempre asocio a Tapihi es simplemente el buen humor. Sospecho además que si lo hago es porque cada vez lo echo más en falta en otras latitudes, estas por ejemplo. Empiezo a hartarme de maledicencias, desconfianzas, traiciones o hipocresías, las más de las cuales ni siquiera reportan beneficio alguno a quien las propala o practica. Alguien definió hace tiempo al idiota como aquel que produce un mal sin lograr un beneficio para sí. Abundan los imbéciles de atenernos a esta definición

Por eso (y por mucho más, que decía la canción), espero que comprendan que hoy tampoco asome mucho por aquí y me vaya a celebrar los cuarenta tacos de existencia que celebra la señora Rus, de los que algo más de siete (que saben a poco) ha tenido a bien compartir conmigo. Les agradecería que ahora le dieran al vídeo y se marcaran un mambo en su honor (con o sin ropa, lo dejo a su elección).

Yo me despido no sin antes avisar, como Pérez Prado, de que no he muerto y antes o después no les quedará más remedio que volver a sufrirme.