3 de diciembre de 2006

Ancha es Manchuria

Esto de la interné es asombroso. Me consta que ya lo saben, pero es que no hay día en que no me depare alguna sorpresa. Muchas de ellas tienen relación con la infinita variedad de desequilibrios y otras anomalías patológicas que alberga la mente humana. Otras, y a ellas me referiré hoy, tienen que ver con lo grande que es este minúsculo planeta y lo fácil que se ha vuelto llegar a casi todos sus rincones.

Durante los casi dos años de vida de estas Salidas he tenido ocasión de ver varias veces cómo éstas atravesaban muchas fronteras, incluidas las del idioma. Mi texto sobre Nabokov, Capablanca y José Lezama Lima, por mencionar una, anda enlazado en un blog portugués sobre ajedrez.

De todas estas embajadas que tengo en el extranjero la más pintoresca e interesante se la debo a John J. Emerson, a quien llegué porque él llegó a aquel escrito que hablaba de Roma sepultada en ruinas y reunía los nombres de Quevedo, Monterroso y Janus Vitalis entre otros (visítenle aquí). Debo a este azaroso encuentro haber tenido noticia del concepto de antilibro, divertimento que me ha tenido entretenido un buen rato y que me permite abrir aquí un

Paréntesis

Todo el que ha comprado algo en la red habrá visto cómo se le sugieren artículos relacionados con el que acaba de adquirir. Tiene su lógica. Al fin y al cabo es probable que los intereses de los demás compradores del mismo artículo se parezcan a los propios. Pues bien, lo contrario también tiene su lógica y es de lo más reveladora.

Es lo que tiene esto de las redes sociales. Más de 80.000 personas han listado el contenido de sus bibliotecas personales en Library Thing. Gracias a ello, es posible conocer, dado un título, la lista de libros más improbables de encontrar en la misma biblioteca. En definitiva, los antilibros de uno dado (prueben ustedes mismos el Unsuggester, seguro que pasan un buen rato).

Los resultados son de lo más curioso. Por ejemplo Night Pleasures de Sherrilyn Kenyon es un antilibro de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, pero también lo es de las Confesiones de San Agustín. Algo titulado Real sex : the naked truth about chastity y que se debe a la mano de Lauren F. Winner tiene su antilibro en La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, lo que puede tener su explicación a poco que uno recuerdo el concepto de “paja mental”. El conocido The road to serfdom de F. A. Hayek y tan del gusto de los llamados ultraliberales tiene su opuesto en El diablo viste de Prada (The devil wears Prada) de Lauren Weisberger. No me digan que no tiene su interés (las interpretaciones háganlas ustedes). Pero yo de lo que he venido a hablar es de lo pequeño que se nos está quedando el mundo. No dejen que me distraiga.

Se cierra el paréntesis

Volvamos a lo que me ha traido aquí. Qué decir de las visitas. Las gentes llegan de todos los rincones imaginables y de algunos inimaginables. Llegan incluso de aquellos países en los que las autoridades mantienen un control, más o menos férreo, sobre el acceso a internet, lo que, en principio, permite afirmar que mis letras no son consideradas peligrosas o nocivas en aquellos lugares. Lo que ya no está tan claro es la idea de peligro o nocividad que tales autoridades tienen.

Sobre el caso cubano algo se puede afirmar ya que, gracias al hoy elector Jorge Gómez Jiménez, me he enterado de algo al respecto. Cito su cita de un documento de la Facultad de Medicina “Comandante Manuel Fajardo”.

Habrá un estricto control para evitar el intercambio y diseminación de información nociva, como es el diversionismo ideológico, la propaganda contrarrevolucionaria, la desinformación científica y social y la pornografía.

Me aplicaré el cuento en orden inverso:

  • Pornografía. No creo, o no recuerdo, haber publicado contenido pornográfíco en mis Salidas. No lo he hecho por una razón evidente: no tiene ningún sentido hacerlo en una página de acceso gratuito. La pornografía, como todo el mundo sabe pero suele olvidar llegado el momento cumbre, consiste en despertar los instintos del usuario para rebajar la estricta guardia que mantiene sobre su cartera.
  • Desinformación científica y social. Esto ya es más opinable. Estas páginas, lo reconozco, contienen mucha información científica y social. Han tenido aquí noticia, por poner un ejemplo, de los problemas para modelizar el régimen turbulento de los fluidos y de lo poco que éstos sirven para describir el desarrollo del estado de las autonomías en España. Pero también contienen mucha desinformación por respetar el espíritu tapihiano, que la considera mucho más divertida. Excusen que no de más detalles porque sería informar demasiado.
  • Propaganda contrarrevolucionaria. Entramos ya en terreno escurridizo. Por una parte, “propaganda” es en sentido estricto lo que hace cualquier blogger. Por otra, en Cuba se practica una concreta forma de la metonimia llamando revolución al resultado de la misma y confundiendo, por tanto, causa y efecto. Sea como sea, si hay quien interpreta mis cantos a las excelencias tapihianas como propaganda contrarrevolucionaria, tal vez lleve algo de razón. Al fin y al cabo es propaganda contra todo.
  • Diversionismo ideológico. Hace tiempo que tengo abandonados estos debates y quizá por ello ando algo despistado. Supuse y supongo que la palabra “ideología” se usa en su sentido marxista (así la uso yo), por lo que el “diversionismo”, sea lo que sea eso, no puede ser el problema. No, el problema es que es “ideológico”. Pues bien, confieso aquí que mis letras rebosan ideología. Son consecuencia directa de las condiciones materiales en las que han nacido y a las que, por resumir, calificaré con una sola palabra: precarias. Por supuesto, si alguien quiere que deje de escribir en condiciones precarias no le resultará difícil imaginar cómo puede ayudar.

Pero dejemos Cuba en el Caribe. Hay otros lugares cuya censura me resulta mucho más misteriosa por desconocida. A todos nos consta, y a bastantes indigna, el férreo control que las autoridades chinas ejercen sobre el contenido accesible desde su país. Contrariamente a lo que suele suponerse, ponerle puertas al campo no es imposible (¿es que no han oído hablar de las cercas?), sólo es difícil y, sobre todo, caro.

En China, hace poco lo hemos comprobado, los pornógrafos están en la cárcel; los desinformadores tal vez tengan despacho oficial; los propagandistas contrarrevolucionarios se dedican a la jardinería, esto es, a criar malvas, y los diversionistas ideológicos, mucho me temo, suman el resto de la población porque no veo yo cómo se puede no ser eso. Aquí se dijo siempre que todos los chinos son iguales. Lo fueran o no, el caso es que se montaron una revolución con ese objetivo y que los ha dejado igual de, si no más, distintos que antes y con unos cuantos fastidios cotidianos entre los que los problemas para conectarse a una página guarra no son precisamente los más importantes (y eso que yo no concibo una red libre de pornografía).

Por eso puedo decir, como el rey, que me llena de orgullo y satisfacción tener un lector en China que ya ha aparecido por aquí siete veces y al que animo a seguir haciéndolo así como, si no lo considera peligroso para su integridad física, a participar en los comentarios donde le espero con los brazos abiertos.

Pero ya que hablamos de censuras, me ha dado por recordar que Jorge Luis Borges, autor que suelo traer por aquí a regañadientes (entiéndase bien, es él el que viene a regañadientes por verse mezclado con estas nimiedades) se declaró en más de una ocasión partidario de la censura.

Considero del todo inapropiado ponerme aquí a hablar del conservadurismo de Borges. Todo lo más citaré a mi amigo Monterroso que, allá por 1976, declaró lo que sigue:

… Borges nos ha enseñado mucho: todo un mundo de literatura, y tras de ese mundo, otros, de rigor, de imaginación. Nos ha enseñado hasta cómo no se debe ser en política, si es que sus declaraciones no son simples bromas de mal gusto. Pero hasta en eso sería primero: el escritor importante de más mal gusto político de América Latina, como para Premio Nobel. Bueno, en este terreno tal vez hay otros, pero aunque quisieran que se les notara, se les nota menos.

Las opiniones de Borges, me parece obvio, siempre tienen su jugo y no conviene tomarlas a la ligera por más que se pueda estar en desacuerdo con ellas. Por eso me permito lanzar aquí unos

Elementos para el debate

El diario La Razón, publicó en Buenos Aires el 8 de octubre de 1962 unas declaraciones de Borges a raíz del fallo del juez John M. Woolsey que autorizaba la difusión del Ulises de James Joyce sin enmiendas ni cortes. En él se decían cosas como estas:

…creo que la censura puede justificarse, siempre que se ejerza con probidad y no sirva para encubrir persecuciones de orden personal, racial o político.

Todo lo que tiende a aumentar el poder del Estado me parece peligroso y desagradable, pero entiendo que la censura, como la policía, es, por ahora, un mal necesario.

Schpopenhauer prometía su maldición a quienes cambiaran una tilde o un punto en su obra; en cuanto a mí, sospecho que toda obra es un borrador y que las modificaciones, aunque las haga un magsitrado, pueden ser benéficas.

El 11 de diciembre de 1981, la revista Somos publicó un escrito en el que Borges celebraba la prohibición de exhibir la película La Intrusa, de Carlos Hugo Christiansen y basada en un cuento suyo, por incluir “sugerencias de homosexualismo”, “obscenidades”, “desnudos” y “sugerir la pornografía y el sexo”. De aquel artículo, titulado Sí a la censura (el mísmo número de la revista incluye otro de Christiansen titulado No a la censura) proceden estas frases:

… en este caso estoy de parte de la censura porque me beneficia y porque frente a la pornografía considero aceptable la labor del censor,

Cuando se dice que la censura es perniciosa siempre, yo pienso que no siempre, porque la prohibición de lo indecoroso muchas veces induce a la ironía, obliga a esforzarse para decir las cosas de un modo indirecto y no de un modo burdo. Así, por ejemplo, la censura puede favorecer el cultivo de la ironía, esa sutileza expresiva capaz de una mayor eficacia que la palabra gruesa o la situación grosera,

Esta defensa estética de la censura tiene su continuación en un artículo publicado en el diario Clarin el 14 de abril de 1983 en el que condena la censura de un libro de Salvador de Madariaga por oponerse a la “canonización del general José de San Martín” y del que extraigo las siguientes frases

El estilo directo es el más débil. La censura puede favorecer la insinuación o la ironía. (…) Que yo sepa, este argumento de orden estético es el único que puede alegarse en pro de la censura.

Confiscar un texto cualquiera es una operación arbitraria que se parece menos a la inteligencia que refutarlo o discutirlo.

Si la cosa resulta de su interés (para mí, lo tiene) y lo demuestran allá en los comentarios, desentrañaremos este asunto. En caso contrario habré de presentarles de una vez al teólogo tapihiano Nathaniel Jesús Fernández Waddington.