26 de diciembre de 2006

Einstein A Go Go

Se cuenta que en cierta ocasión Albert Einstein se vio abordado por una despampanante mujer (hay quien dice que la mismísima Marilyn Monroe) que le instó a tener con ella un hijo con idea de aunar en una sóla persona la inteligencia del científico y la belleza de la fémina. Herr Albert, según esta apócrifa historia, le contestó:

– Pero señora, ¿no se da cuenta de que corremos el riesgo de que el niño salga tan feo como yo y tan estúpido como usted?

Ya ven, una historia con final abierto, o más bien sin final. Nada sabemos de la reacción de la señora o señorita. No se nos dice si al final el bueno de Einstein accedió a un requerimiento que cabe imaginar gratificante. Tampoco si, de haberlo hecho, consiguió engendrar un genio o un mastuerzo (o mastuerza, claro). Todo queda abandonado a la imaginación del lector u oyente. Hoy seré lector u oyente y dejaré que sea mi imaginación la que concluya la historia, una historia al menos. Para ahorrarles la indignacion a los herederos de Einstein (y para ahorrarme yo mismo problemas que ni deseo ni merezco) divagaré sobre personajes ficticios cuyo único parecido con la realidad es el respeto a las características antropomórficas (es decir, tienen dos brazos y dos piernas, una cabeza, cinco dedos en cada mano y en cada pie y demás convenciones de la naturaleza incluyendo entre ellas dos pechos memorables en el caso de la mujer).

El sabio y la corista

Érase una vez en el espacio-tiempo un hombre de ciencia que había alcanzado las más altas cimas de la sabiduría a pesar de llevar bigote. Se llamaba Herbert Zweistein y sus teorías habían transformado la forma de entender el mundo de los físicos y de los profesionales del márketing. Por ello su celebridad alcanzó dimensiones hasta entonces desconocidas. Los más prestigiosos centros de investigación se lo disputaban para que pronunciase conferencias y hasta en el mercadillo más humilde podían encontrarse camisetas impresas con su rostro y, lo que resulta aún más asombroso, con sus ecuaciones. Por si esto fuera poco, no había cocktail o celebración social donde no se requiriera su presencia.

Quiso el destino o las insobornables leyes del universo que Herbet Zweistein coincidiera con una renombrada corista en una de esas celebraciones, concretamente en una de las prestigiosas fiestas en casa del dramaturgo Arthur Brandauer a las que solía asisitir la flor y nata de la sociedad de la época. Me refiero a la entonces conocidisima Rosalyn Montroig, responsable de los sueños lúbricos de la mitad de la población del país y de buena parte de los registrados en el extranjero. Mediada la noche ella, llevando un escotado vestido blanco que pedía a gritos un paseo sobre los respiraderos del ferrocarril metropolitano, se le acercó en un aparte.

– ¿Sabe una cosa, Mr. Zweistein?
– Aunque ignorante de casi todo, me precio de saber más de una, señorita.
– Usted y yo deberíamos tener un hijo.
– Bueno, yo ya tengo dos. No sé para qué necesito un tercero. Pero es posible que a usted un hijo le ayude a centrarse.
– No me ha entendido.
– ¿Usted cree?
– Quiero decir que deberíamos tenerlo usted y yo juntos
– Err… ¿Quiere decir… a la antigua usanza?
– No conozco otra mejor y estoy segura de que a usted no le desagradaría demasiado.
– Tenga por seguro, Ms. Montroig, que esta clase de alegrías a mi edad no le amargan a nadie, pero ¿a santo de qué me viene usted con tan peregrina idea?
– ¿Acaso no ve el beneficio que traería a la humanidad una criatura con mi belleza y su inteligencia?
– Pero señora, ¿no se da cuenta de que corremos el riesgo de que el niño salga tan feo como yo y tan estúpido como usted?
– Eso es imposible, –dijo ella– Dios no juega a los dados con el universo.
– En fin, déjeme pensarlo y ya le daré una respuesta, ahora mi vejiga reclama mi presencia en otra parte.

Al día siguiente, con una resaca momumental, Zweistein coincidió con Rosalyn en el tren que le llevaba de vuelta a casa. Ella, algo informada de las teorías de su presa, se le acercó y le dijo con voz inocente:

- Disculpe, profesor, podría decirme si Nueva York para en este tren?

Aquello fue definitivo. Esta velada referencia a los trabajos científicos de Zweistein logró lo que ninguna de las estratagemas galantes de la noche anterior había conseguido: encender la llama de la pasión en el corazón del viejo sabio. Les ahorraré, por decoro, los detalles de lo que sucedió después y que tuvo lugar en los aseos de un vagón de primera clase.

El caso es que Rosalyn quedó embarazada y Zweistein se vio obligado a explicarle a su mujer que tan sólo se trataba de un experimento científico en beneficio de la humanidad. Ni ella, ni su abogado, ni el juez ante el que se presentó la demanda de divorcio fueron sesnsibles a semejante explicación. Berta, su mujer, se quedó con todo, hasta con los derechos de explotación del rostro de su ex-marido en camisetas, mochilas, tazas y demás objetos absurdos. A Herbert sólo le quedó el fruto de su pasión por la experimentación genética.

Zweistein hubo de instalarse en el pequeño apartamento de Rosalyn y aprender a convivir en un espacio reducido que, además, estaba lleno de ropa interior femenina por todos los rincones. No fue fácil, pero la ilusión depositada en los resultados de su experimento le ayudaba a sobrellevar todos los sinsabores y contratiempos. Incluso cuando descubrió que Rosalyn tenía por costumbre aprovechar sus paseos matutinos para llevar al apartamento a fornidos deportistas con intenciones poco científicas prefirió mirar para otro lado y concentrarse en la gestación del genio que habría de salvar al mundo de todos sus males.

Según se fue desarrollando el embarazo los fornidos deportistas fueron perdiendo interés en los favores de Rosalyn y la pareja se fue uniendo cada vez más gracias a esos invisibles lazos debidos a la llegada de un nuevo ser. Tan invisibles son que muchos padres jamás alcanzan a apreciarlos, pero este no fue el caso de Herbert y Rosalyn. El viejo científico salía cada noche en busca de los más variados antojos de su compañera. Que si fresas de Lepe una noche, que si diamantes de Tiffany’s otra, Herbert sentía que le sobraban las fuerzas por dificultoso que fuera el encargo. Llegó a conseguir que le enviaran desde no sé qué remota isla del Pacifico una ensalada fría de gambas y basilisco servida en un original coco decorado. Parecía haber vuelto a tener veinte años.

El parto se desarrolló sin complicaciones dignas de reseñarse. A pesar de ello la matrona Agnes Wiederhausen emitió, como era su costumbre, un completo informe de setenta y tres páginas gracias al cual ha podido saberse, entre otras muchas cosas, que el origen de la expresión “agujero negro” es de lo más prosaico. El resultado, producto o consecuencia de todos estos tejemanejes que anticiparon la moderna ingeniería genética fue una preciosa niña a la que convinieron en llamar Angustias. Para tranquilidad de todos no tenía bigote.

Con motivo de su primer cumpleaños Rosalyn apareció en una gala benéfica cantándole con inapropiada sensualidad el cumpleaños feliz. La niña, de más está decirlo, no sólo no agradeció el gesto sino que ni siquiera levantó la vista de sus clicks de Famóbil. Con el tiempo quedaría claro que Angustias aborrecía las galas, festejos, saraos y demás frivolidades con la misma intensidad pero mucho mayor empeño que su padre.

Ya en el colegio Angustias pronto destacó por su ensimismamiento y falta de atención hacia cualquier estímulo externo. Ni siquiera cambiaba cromos o jugaba a las canicas para preocupación y espanto de sus maestros. Cuando se le instaba a participar en las actividades escolares sacudía violentamente la cabeza y siempre que se le preguntaba qué hacía allí sola en un rincón respondía: estoy esperando a Godoy.

Para sorpresa de muchos, entre los que me cuento, tal espera tuvo sus frutos. Cuando ya la niña contaba diez años se jubiló el entrenador deportivo de la escuela, Leonard Skinner, y hubo que contratar a uno nuevo. Éste resultó llamarse, nada más y nada menos, Joe Godoy y fue el responsable de sacar a Angustias de su pertinaz aislamiento.

Godoy era un jugador de béisbol, retirado tras una exitosa carrera, que echaba de menos el trato con jovencitas. Había aceptado dirigir y entrenar un equipo escolar, entiéndase bien, no porque fuera proclive a la pederastia sino porque creía que semejante puesto le permitiría cortejar a las madres de sus pupilos, cosa a la que se dedicó desde el mismo momento de su incorporación con éxito contrastado.

No por ello Godoy dejó de atender sus obligaciones con toda la diligencia de que fue capaz. De hecho el equipo del colegio ganó la liga escolar en seis ocasiones durante el periodo de su ejercicio profesional y todavía hoy se exhibe allí una placa recordando aquellos triunfos que nunca han vuelto a repetirse. Pero lo más soprendente de todo aquel trabajo como entrenador fue haber descubierto las innegables virtudes como bateadora de Angustias Zweistein cuando ya todos, Herbet incluído, la daban por un caso perdido.

En efecto, la niña hasta entonces reservada hasta extremos enfermizos logró aquella temporada alcanzar la primera base en 56 partidos consecutivos, algo nunca conseguido en la liga infantil. Llegó a ser portada de la revista Time por este hecho y aún figura en el libro de los récords. Joe Godoy no salía de su asombro al comprobar, semana tras semana, su perfecto dominio del juego y su marcada personalidad ganadora. Tan intrigado estaba que quiso conocer a sus padres.

Herbert andaba por aquel entonces dictando un ciclo de conferencias en Los Alamos y ni siquiera había tenido noticia de la repentina transformación de su niña en manos de Godoy. Rosalyn hubo de acudir sola a la cita con el entrenador. Para ambos la sorpresa fue mayúscula.

– Jamás pensé que volvería a verte y mucho menos en estas circunstancias– le dijo él nada más cerrar la puerta de sus despacho.
– No has cambiado mucho, la verdad– contestó ella algo azorada aunque sin duda complacida por el encuentro.
– Ya hace más de diez años, pero jamás olvidaré aquella fiesta en casa de Arthur Brandauer.
– Yo tampoco, te lo aseguro, pero eso es agua pasada que debe quedar entre nosotros.

Y entre ellos quedó, tal y como la educación prescribe que debe hacerse con las intimidades. Herbert, a su regreso del ciclo de conferencias sólo fue informado de que se había obrado una suerte de milagro con su hija. La memoria de Rosalyn, siempre tan selectiva, tampoco había de olvidar las lágrimas que saliendo de sus ojos describían curiosas trayectorias descendentes a través del rostro que su ex-mujer seguía explotando económicamente con no poco éxito.

Durante la final del campeonato interestatal de aquel año Herbert Zweistein, en compañía de Rosalyn, se acercó a Godoy para decirle:

– No sabe cuánto le agradezco lo que ha hecho.
– Yo también –añadió Rosalyn con pícara sonrisa.
– Sepan –respondió Godoy– que volvería a hacerlo con gusto. No pueden imaginar todo lo que he disfrutado.

(Y hasta aquí el relato)

P.S. He aquí la banda sonora de esta historia. Una canción que, se lo avanzo, no me gusta. Si algun lector es lo suficientemente anciano tal vez la recuerde. La letra no viene muy a cuento, pero es la única canción de la que tengo noticia que dice, literalmente:

You'd better beware
Albert says that E equals MC squared