17 de diciembre de 2006

Gloria in Excelsis Deo

Tal vez por aligerar algo el contenido de estas salidas y sin ánimo de ofender a don Manuel Braña pensé en traerles una cara algo más amable de la cuestión teológica ahora que aquellos turbios debates ya se ven lejanos. No ha sido fácil. Busqué y rebusqué entre el abundantísimo material de archivo sobre Tapihi que almaceno en busca de algo lejanamente teológico pero tan sólo hallé alguna que otra exigua referencia a Nathaniel Jesús Fernández-Waddington, el único personaje tapihiano que alguna vez se ocupó de semejante disciplina y que excusó su obra declarando: “Tal vez debí dedicarme a otra cosa, pero llevando el nombre que llevo no vi otra posibilidad”.

El caso es que iba a darlo todo por perdido y procurarme otro tema para este domingo cuando en una pequeña caja, bajo un montón de papeles, aparecieron dos pequeñas joyas: una cinta de vídeo marca Blu-Sens y la colección completa de la Gaceta Escolar de Tapihi correspondiente al año 2004, aquel en el que Fernández-Waddington publicó una serie de breves artículos destinados a acercar la discusión teológica a los niños. Pero será mejor que comience por el vídeo.

Hacia mediados de los años ochenta Nathaniel Jesús Fernández Waddington apareció en el programa de TV Semblanzas triviales. Se trataba de una serie de entrevistas insustanciales a personas aún más insustanciales. Sus productores habían llegado a la conclusión de que nadie mejor que un teólogo para ilustrar o encarnar la falta de sustancia y llevaban tiempo tentándole con un especial de sesenta minutos. Esa cinta de vídeo a la que antes me referí es precisamente una copia, editada en Betamax, de aquel especial que se emitió el 23 de abril de 1989. De ella he extraído las siguientes perlas:

Tal vez debí dedicarme a otra cosa pero llevando el nombre que llevo no vi otra posibilidad.

Es cierto que ni siquiera sé si lo que yo hago puede llamarse teología. No tuve maestros. Nadie aquí se ha preocupado mucho de Dios. Ni yo mismo lo he hecho. Pero en algo había que pasar el rato. Otros hacen crucigramas.

La grave no es que Dios haya muerto sino que lo haya hecho sin dejar testamento.

La otra joya de aquella insospechada caja eran, como les digo, los cincuenta y dos ejemplares correspondientes a la temporada 2004-2005 de la Gaceta Escolar de Tapihi. Por aquel entonces los responsables educativos andaban algo preocupados porque cierto número de escolares se negaba a estudiar ética por razones éticas. Bueno, en realidad eran los padres de dichos escolares los de la negativa. Tratando de encontrar una solución alguien cayó en la cuenta de que la teología bien podía reemplazar a la ética en el caso de los renuentes.

Los intentos por convencer a Fernández-Waddington de que se embarcara en la enseñanza de la Teología fueron infructuosos. A su natural modestia y exagerada timidez se añadía su firme convicción de que más les valía a los niños permanecer ajenos a estas disputas estúpidas. De no ser por sus escasas dotes como jugador de mus jamás habríamos conocido sus siempre interesantes apreciaciones sobre los asuntos divinos expuestas en lenguaje llano, es decir, superficial aunque poco adecuado al público infantil. Quiso el destino que perdiera un órdago a chica con dos pitos de primeras dadas ante el editor de la Gaceta Escolar y las deudas de juego son lo más parecido a lo sagrado en Tapihi. No pasaron ni tres semanas hasta la publicación de su primer artículo. Pasaron exactamente dos.

Así nació una sección fija en la Gaceta Escolar titulada, con poca fortuna, Divina Mente. Fernández-Waddington pasó todo un año publicando cada semana sus reflexiones teológicas o lo que quiera que fuesen (si él no sabía si eran teológicas, yo mucho menos). En vista de que no encuentro mejor manera de que se hagan una idea sobre las mismas vayan aquí algunas a título ilustrativo. Aviso de que, por ahorrarme hacer una selección siempre difícil, me limitaré a transcribir (con algún enlace de cosecha propia) las tres primeras entregas. Espero que las disfruten o que las abominen.

Divina Mente
Por Nathaniel Jesús Fernández-Waddington
Criador de canarios y teólogo amateur
Profesor emérito del Centro de Contingencias del Club de Amigos de lo Referente

1.- Disquisición teológico-tapihiana de tercera división
(Publicado en la Gaceta Escolar el 6 de julio de 2004)

La pregunta sobre si existe Dios tiene la virtud de estar perfectamente formulada. Puede, por tanto, responderse con un simple monosílabo y por eso sorprende que tantas páginas se le hayan dedicado. Creo evidente que a mayor número de palabras más abrumadora es la confesión de que se carece de repuesta.

Aunque sólo sea por evidencia estadística, es decir, de número, estamos más que legitimados para sospechar que no hay tal respuesta. Al fin y al cabo nadie ha dado con ella desde el día en que se formuló si por dar con ella entendemos apoyarla en una demostración irrefutable que impida al siguiente cantamañanas seguir terciando y porfiando en el debate.

Se ha dicho, es verdad que sin mucho criterio, que Dios no existe, que ha muerto, que sólo existe él pero no nosotros, que en realidad somos nosotros, que todo es Dios, que Dios es todo y muchas otras variantes sin agotar las posibilidades de afirmar una mentecatez. Se ha intentado probar su existencia con recurso a peculiares artilugios mecánicos e incluso ha habido a quien le ha dado por apostar por él como si fuera un caballo de carreras, todo ello sin el más mínimo resultado. ¿No es hora ya de asumir la esterilidad de todo esto?

Por supuesto, no seré yo quien condene aquí la esterilidad, tan apreciada en nuestra isla. Líbreme Dios de ello, de existir éste, claro. Pero reconozcámoslo, hay esterilidades y esterilidades. Las hay en verdad divertidas y las hay más bien pelmas y aburridas. Cuento la discusión sobre la existencia de Dios entre estas últimas porque, además, no veo qué demonios (ya hablaremos otro día sobre la existencia del demonio) se pretende conseguir con ella.

La cuestión de la existencia de Dios es irrelevante para la teología. Ningún físico se pregunta por la existencia de las supercuerdas. Simplemente hacen uso de ellas para sus cosas, que no hay quien las entienda. Eso mismo es lo que yo he hecho. Pensar en Dios independientemente de si existe o no. Lo he encontrado divertido. Y si mis cosas tampoco se entienden será que están a la altura de las de los físicos.

2.- Del Diablo
(Publicado en la Gaceta Escolar el 13 de julio de 2004)

Mucho antes de Hegel ya existían quienes andaban convencidos de que nada es posible sin la existencia de su contrario y claro, no les quedó más remedio que ponerle a Dios el suyo. La cosa no era, ni es, sencilla para los monoteístas. ¿Qué puede oponerse a lo que es, por definición, absoluto? En vista de que no podía permitirse que nada hiciese sombra a su grandeza, no tuvieron otra que oponerle un jugador de tercera división. Si Dios era capitán, su opuesto debía quedar todo lo más en teniente (mejor sargento o cabo) y así convirtieron a un vulgar subalterno en príncipe de las tinieblas.

El pobre Diablo, prototipo del perdedor desde mucho antes de la aparición del gran Wile E. Coyote, lleva miles de años fracasando en sus deleznables propósitos y el más infeliz ermitaño es capaz de resistirse a sus tentaciones por más que el mismo Gustave Flaubert se las presente de muy diversas formas. Pero, es de justicia reconocerlo, lo cierto es que el Diablo como tentador es bastante mediocre. No es que pueda decirse que las tentaciones del Altísimo sean como parea tirar cohetes, pero las del Diablo claman al cielo (o al infierno). Tentar a alguien instándole a arrojarse al vacío no parece una cosa muy prometedora. Puede decirse, sin temor a errar, que equivocó la vocación.

En consecuencia, cabe afirmar que la figura del diablo encierra dos misterios estrechamente relacionados. De una parte está el hecho contrastable de la existencia de sus adoradores, que recuerdan a los desesperados apostantes o apostadores (no recuerdo el término correcto en este preciso momento) que en el hipódromo se juegan los dineros por el penco con menor posibilidad de victoria por si la rana cantara. De otra, la tenaz insistencia de las iglesias en considerar enemigo indomable a un pobre rufián cuya limitada maldad existe por voluntad divina.

Allá ellos con sus cuitas. A un teólogo neutral sólo le está permitido señalar los errores de concepto. Dios, al parecer, no ha contado con la fortuna de Wilfred Carrasco, que sí encontró un oponente de su talla en la figura de Walter Menéndez. Y si en el boxeo se procura que los contrincantes anden más o menos igualados, no veo lógico que en las cosas trascendentales no se haga lo mismo.

3.- De la condenación eterna
(Publicado en la Gaceta Escolar el 20 de julio de 2004)

Uno de los asuntos más jugosos en todo esto de la trascendencia es el que se refiere al régimen sancionador de las conductas humanas. Según se ve, desde que el hombre es hombre (es frase hecha, ya sé que hay serias dudas de que alguna vez haya llegado a serlo) se ha querido pensar que al final de los días alguna instancia justiciera pondrá a cada uno en su sitio sin permitir que las diversas tropelías de los hombres (y de algunas mujeres) queden impunes.

La coincidencia de iglesias y credos en este extremo es absoluta y las diferencias son bien irrelevantes y de orden menor. Para unos el justiciero se parece el Llanero Solitario, para otros viene a ser más bien una especie de solemne juez británico. Pero el fondo, el reparto final de castigos, es asombrosamente similar en su concepción y, lo que es más, casi todos coinciden en una cosilla que no es precisamente baladí: las penas a sufrir lo serán por toda la eternidad.

Una pena eterna es, por el simple hecho de serlo, algo radicalmente distinto de lo que aquí llamamos castigo. Los castigos, por mucho que no quiera verse, tienen una intención correctora o cuando menos escarmentadora o ejemplificadora. No se confundan, no me refiero sólo a las almas bienintencionadas que creen con ingenuidad que todos tenemos arreglo. El castigo humano más desalmado busca, cuando menos, servir de ejemplo a los demás. Pero ¿qué sentido tiene un ejemplo tras el fin de los días, cuando ya no existe posibilidad de pecar?

Supongo que semejante pregunta rondaba la cabeza de Orígenes al formular su tesis de la apocatástasis. Por ello fue torturado. Siglos después fue condenado en el II Concilio de Constantinopla. Al parecer de algunos aún merece más castigo, un castigo eterno para ser preciso. No han faltado doctores argumentando que la ofensa a un ser infinito precisa de un castigo infinito. Modestamente debo decir que me parece que ya son ganas de fastidiar.